Presentando el regalo de Reyes por antonomasia, la bicicleta, y ciertas prácticas más bien libidinosas que pueden realizarse con ella. Bien es cierto que, para algunos, nada iguala el robusto sex appeal de una grabadora.

77: El tercer policía de Flann O’Brien

Si se os derrumba un mito lo siento, pero tengo que hacer una confesión terrible: no todo lo que leéis aquí es original. Continuamente surfeo por internet en busca de ideas con que inspirarme; alguna que otra vez, que Dios me perdone, he llegado a usar frases pilladas de por ahí. En nuestro trabajo, los académicos profesionales somos megaescrupulosos con esto, compilamos exhaustivas listas de referencias bibliográficas, entrecomillamos citas textuales, etcétera (bueno, visto lo que no está pasando con el plagiosino en serie y todavía rector de la Juan Carlos I, tal vez exagere con lo de “megaescrupulosos”). En un blog tan festivalero y pirata como el presente, recurrir de continuo a tal parafernalia quedaría pedante, cuando no directamente ridículo, pero si hay que decirlo se dice: en los respectivos prólogos de Dennis Lehane y Javier Ayuso a Los amigos de Eddie Coyle y Don Camilo encontré en su día una mina; y si creísteis en serio que la retorcida e ingeniosa metáfora “I think therefore I A.M.”, con la que culminé mi comentario de Fantasmas, era mía y no de Peter Nicholls, demostráis una fe en mi perspicacia analítica muy superior a la que merezco.

Si de lo anterior habéis deducido que hay en mí un cierto propósito de la enmienda, qué va. Os lo aseguro: ojalá pudiera fusilar a troche y moche (soy matemático, demonios, no crítico literario). Por desgracia es casi imposible, porque la inmensa mayoría de la gente que escribe sobre libros, y esto afecta no solo a aficionadetes como yo, lo que sería disculpable, sino a periodistas, autores, investigadores y los mencionados críticos, ignora que: (a) no basta con acumular párrafos de impresionante contundencia retórica, ha de haber una mínima hilazón lógica entre ellos; y sobre todo: (b) aunque te parezca imposible, la gente prefiere leerse el libro a leerte a ti. Así que, por Cristo bendito, no se lo destripes de arriba a abajo; al menos CÁLLATE el final.


Cuando me decidí a hablaros de El tercer policía ya barruntaba yo que habría problemas, porque es muy complicado decir cosas jugosas sobre la novela sin revelar demasiado. Lo que ignoraba cuando inicié mi habitual, y como casi siempre infructuosa búsqueda de algún comentarista sensato a quien vampirizar, es que lo que yo tenía sin más por una chocante invención, tirando a friki, se considera una de las obras esenciales (y fundacionales) del posmodernismo literario, a la altura de El extranjero de Camus o Esperando a Godot de Beckett. Es decir: la carnaza ideal para que los industriales del rollo macabeo y el espoileo publiquen artículos en revistas especializadas y tesis doctorales a pistón. Por ejemplo, fijaos lo que aporta una enloquecida profesora búlgara, de nombre Irina Perianova, en uno de sus trabajos: “Como novela posmoderna, sin embargo, escrita sin reglas preestablecidas, ha de ser vista como creadora de pautas que dan sentido al ser, rediseñando la familiaridad y haciendo proliferar espacios sin límites. Como dice Lyotard (que me registren), las obras posmodernas no pueden juzgarse acorde a un determinado criterio, aplicando categorías familiares al texto o la obra, sino deben interpretarse ‘según la paradoja del modo futuro post-anterior’.”

(Pausa de cinco minutos para que metáis la cabeza bajo el grifo y seguimos.)

De acuerdo, intentaré resumiros de qué va esta “proliferación de espacios sin límite”, a ser posible sin fastidiarla. El comienzo de la novela nos pone de inmediato en situación:

No todo el mundo sabe cómo maté al viejo Philip Mathers, hundiéndole la mandíbula con mi pala; pero antes será mejor que hable de mi amistad con John Divney, porque fue él quien derribó primero al viejo Mathers, asestándole un fuerte golpe con un bombín especial para bicicletas que él mismo había fabricado con una barra de hierro hueca.

A ver si nos va endilgar este una especie de splash thriller, habrá pensado alguno… Frío, frío. Divney no tiene muchos escrúpulos, eso es cierto, pero el relator (cuyo nombre no sabemos y, lo que es más preocupante, él tampoco consigue recordar) necesita el dinero del viejo para financiar, atención, la publicación de un índice que escribe sobre la obra de un filósofo pirado apellidado de Selby. Buscando en casa de Mathers la caja negra donde en teoría escondía sus ahorros, nuestro cojo (¿no os había dicho que tiene una pata de palo?) se lleva el pasmo de su vida: el supuesto fiambre aparece allí sentado, tan campante. De lo que pasa a continuación no debo contaros más, salvo que la acción transcurre mayormente en la comisaria del sargento Pluck y su ayudante MacCruiskeen, unos sádicos obsesionados con las bicicletas por razones diversas (sin excluir las románticas), que parecen concebidos mano a mano por Lewis Carroll y Franz Kafka. Falta un tercer policía, Fox, al parecer todavía más demente que Pluck y MacCruikeen, cuya identidad se nos revelará sensacionalmente en su debido momento.


La novela de Flann O’Brien (uno de los seudónimos con que firmaba el escritor y periodista irlandés Brian O’Nolan) es un texto tan intempestivo y mudable como el clima de su país, donde dependiendo de la página lo mismo encuentras delirio, espanto, crueldad o mofa. Si llega a dar “sentido al ser” no sabría decíroslo, pero desde luego no es el sinsentido que parece ser, como entenderéis cuando la terminéis y descubráis de qué va la historia en realidad. Y, lo siento por Madame Perianova, no hay margen para la interpretación simbólica o esotérica. En una carta que el autor escribió a su colega William Saroyan, que podéis (pero todavía no debéis) leer íntegra al final del libro en versión original, lo ponía negro sobre blanco: “Acabo de terminar otro libro. Lo único bueno que tiene es la trama [...], creo que la idea es bastante nueva.” (Un aparte curioso: después de que dos editoriales rechazaran publicar la novela —año 1940— O’Brien se inventó el bulo rocambolesco de que un día, conduciendo por el campo, se le había abierto la ventanilla y su única copia había salido volando. Lo cierto es la tuvo guardada en un armario todo el tiempo y nunca volvió a intentar publicarla, ni siquiera cuando En-nadar-dos-pájaros —su otro libro clave— se reeditó en 1960 y el público empezó a darse cuenta del pedazo de escritor que tenía enfrente. El tercer policía apareció por fin en 1967, tras la muerte de O’Brien y a instancias de su viuda.)

Vaaaaale. Objetivamente, podría haber una segunda intención, más disimulada, tras El tercer policía. Existe una antiquísima tradición en la literatura humorística, la sátira menipea, cuya intención es ridiculizar, más que las personas en concreto, sus actitudes mentales. Un ejemplo clásico es la atolondrada Academia de Lagado, con la que Jonathan Swift se burlaba en Los viajes de Gulliver de la arrogancia repipi de la Royal Society. Más allá de su espectacular idea central (si sigo mordiéndome la lengua me va a sangrar), la novela de O’Brien es, toda ella, una orgía de creatividad; solo por leer los disparates de de Selby y sus discípulos, salpicados de notas a pie de página y bibliografía espuria (una de las teorías de este erudito, para que os situéis, es que la noche no es más que “aire negro” proveniente de tenues erupciones volcánicas, y el sueño sucesivos desmayos provocados por la semiasfixia de respirarlo) ya merece la pena el viaje. Resulta que O’Brien detestaba la física moderna, a la que tenía por aberrante y aun pecaminosa, por lo que no es imposible que los destinatarios reales de sus chanzas fueran más o menos los mismos que los de su compatriota Swift.

O quién sabe: a lo mejor solo pretendía reírse de las elucubraciones con que los industriales del rollo macabeo y algún que otro aficionadete estaríamos dándoos la brasa muchos años después; cuando a vosotros, en realidad, lo único que os interesa es leer El tercer policía.

Ya estáis tardando.

El tercer policía
The third policeman (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

Mi voto para el segundo policía más excéntrico que jamás pisó una comisaria (lógicamente, el tercer policía es el primero :-) ) va para el agente especial Dale Cooper, ya sabéis, aquel que desentrañaba el asesinato de Laura Palmer (¿o era el asesino de Laura Palmer el que lo desentrañaba a él?) en Twin Peaks. Ojo que aquí no se le da el carnet de excéntrico al primer mindundi con quevedos que pasa; a un poli excéntrico como Dios manda, los agujeros más sombríos y prohibidos de la psique no solo han de resultarle familiares, es que tiene que pasárselo pipa revolcándose dentro.


Cooper, de eso no hay duda, superaba con notaza el examen de excentricidad, con su infalible método onírico-tibetano de detección de sospechosos y esa manía de grabarle cintas y cintas a una misteriosa Diane que no terminabas de saber si era su secretaria o la propia grabadora. Los que tuvisteis la suerte de no ver la serie en su momento (en el sentido de que sois lo suficientemente jóvenes para no haber podido) tendríais que descargárosla de donde sea, así comprobáis por vosotros mismos, sobre todo ahora que se anuncia la emisión de una tercera temporada, hasta qué punto son merecidos los veinticinco años de piropos que le hemos dedicado sus fanáticos (o justas las críticas de sus detractores, que también los tiene en cantidad).


No es solo el dudoso affair de Cooper con su magnetófono: todo en esta descoyuntada soap opera de pueblerinos pintorescos, secretos de pesadilla y humor absurdo es borroso, y apostaría el otro brazo de Mike el manco, o el ojo sano de Nadine Hurley, a que cuando acabe la tercera entrega seguiremos igual de perdidos. Lo único meridianamente claro de la serie, eso no lo cuestionan ni sus haters más redomados, es que a la banda sonora de Angelo Badalamenti no se le puede mejorar una nota; más aún, Twin Peaks es inconcebible sin ella. Badalamenti ya había colaborado con David Lynch en Terciopelo azul, película que en ciertos aspectos puede considerarse un precuela salvaje y desorbitada (si es que tiene sentido usar el adjetivo “desorbitado” cuando comparas algo con Twin Peaks) del serial. Junto a oldies imprescindibles como el tema de Bobby Vinton que da título al filme o In dreams de Roy Orbison, destacaba una canción, The mysteries of love, cuyas reverberaciones, engañosamente vaporosas, te hacen pensar en una Enya a la que hubieran vertido en el ponche un tóxico altamente alucinógeno. Acto seguido, cineasta y compositor producirían a Julee Cruise, la cantante, un álbum completo en la misma línea (Floating into the night, 1989), algunos de cuyos cortes incorporaron a la banda sonora de Twin Peaks, muy destacadamente este “Falling” que, en versión instrumental, sostenía los créditos de inicio de cada episodio. El título es ideal, porque no solo aquí, sino en toda la filmografía de Lynch, enamorarse (“caer en el amor” si traducimos literalmente del inglés) implica justo eso, caer, despeñarse por un precipicio sin fondo donde los cielos pierden su azul y se opacan las estrellas. Para que se os ponga cuerpo “Twin Peaks” del todo lo he fundido con el otro tema capital de la serie: si hemos de creer a Badalamenti, lo improvisó al piano, nota por nota y de una tacada, mientras Lynch le susurraba al oído visiones de un bosque de sicomoros, sumido en la oscuridad, por el que camina una desvalida, e inmensamente triste, Laura Palmer.

En definitiva, hay que estar bastante majara para abandonarse a las turbulencias de este amor sin salvavidas con el que coquetean Badalamenti y Lynch. En comparación, flirtear con una bicicleta me parece hasta sensato.

Falling – Laura Palmer’s theme / Angelo Badalamenti
Falling – Laura Palmer’s theme / Angelo Badalamenti  letra y traducción

P.S. Como la festividad me exige un detallito extra con vosotros, ¿qué tal completar una “trilogía musical David Lynch” con los otros dos temas fundamentales de sus películas? La versión de “Blue velvet” de Bobby Vinton es innegociable, y en el tercer peldaño coloco a “Wicked game” de Chris Isaak, una amenazante balada absolutamente imposible de olvidar. Esta última, en formato instrumental, enmarca uno de los tramos (el del accidente de coche) más surrealistas de Corazón salvaje, film con el que Lynch ganó la Palma de Oro en Cannes en 1990 y se terminó de consagrar, si no lo había hecho ya, como tótem supremo de lo modernísimo. Yo no sé dónde buscaba Lynch estas canciones (“Wicked game” se hizo muy popular tras la película, había pasado desapercibida hasta entonces) pero desde luego las encontraba.

Blue velvet / Bobby Vinton
Blue velvet / Bobby Vinton  letra y traducción
Wicked game / Chris Isaak
Wicked game / Chris Isaaki  letra y traducción

P.S.S. Por otra parte, admito que para ser la única entrada de estas vacaciones, y por pelos, no salió muy navideña que digamos. Convendrá refrescar el aire con una copiosa nevada, de nieve normal quiero decir, no la que esnifaba Laura Palmer con sus malignas compañías. Claude Thornhill compuso “Snowfall” allá por 1941, como tema de presentación para su big band, y se ha consolidado como estándar para estas fiestas, quizá no de los más conocidos —al menos por nuestras latitudes— pero sedoso y distinguido como pocos. Tendría que haber elegido cualquier versión menos la de Henry Mancini, a quien ya dediqué en su día una entrega de música y ajedrez de diez, pero es tan superior al resto que sería monstruoso hurtárosla.

Snowfall / Henry Mancini
Snowfall / Henry Mancini 

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Y si es cuestión de bicicletas, al menos en el sentido que en el argot tenístico se da a este término, no la ha habido tan sonada, ni la habrá, como el doble 6-0 que Fischer endosó, primero a Taimanov y luego a Larsen, en las eliminatorias de Candidatos de 1971. Del escandinavo ya me ocupé en su día, así que hoy corresponde recordar en el blog al entrañable Mark Taimanov; un homenaje especialmente oportuno ya nos dejó hace apenas semanas, dos días antes de que acabara el mundial Carlsen-Karjakin.


No hay estómagos que digieran fácilmente roscones como los que despachaba Fischer, pero en circunstancias normales Taimanov lo habría llevado mucho mejor que el quijote danés porque para el soviético el ajedrez nunca fue cosa de vida o muerte. Su notable peripecia empieza cuando, con solo 10 años, le ofrecen el papel principal en la película Concierto de Beethoven. A esa edad ya tocaba el piano más que solventemente, aunque de lo que iba en realidad la película aquella era de un prodigio del violín. Ningún problema: en solo un año evidenció tal destreza con su nuevo instrumento que impresionó al famoso concertista Isaac Stern. Concierto de Beethoven resultó todo un éxito, incluso recibió un premio en un festival de cine internacional en 1937, así que Mark se convirtió en una pequeña celebridad e ingresó, como invitado de honor, en el Palacio de los Pioneros de Leningrado, una escuela para jóvenes talentosos que proporcionaba educación especializada en diversas disciplinas. Una repentina inspiración le hizo escoger el ajedrez, y bajo la tutela de los maestros Sokolsky y Levenfish, primero, y del mismísimo patriarca Botvinnik dos años más tarde, progresó con tanta velocidad como lo había hecho con la música. Desde entonces, y por el resto de su vida, compaginó ambas actividades hasta extremos de virtuosismo verdaderamente pasmosos: si Philips Classics seleccionó uno de sus discos de piano a dúo con su primera esposa, Lyubov Bruk, para su serie Great pianists of the 20th century (compartiendo colección con, entre otros, Rachmaninoff, Gould, Rubinstein, Horowitz o Barenboim), como ajedrecista se mantuvo un par de décadas entre la élite, dos veces candidato, con un récord solo igualado por Geller de 23 participaciones en el campeonato soviético (que ganó en 1956), y cinco oros en olimpiadas y europeos por equipos, amén de innumerables éxitos en torneos de primer nivel.

Con esa naturalidad que tienen los elegidos para trivializar lo imposible, Taimanov justificaba así su doble personalidad artística: “cuando me cansaba del ajedrez, descansaba con la música, y viceversa, ¡de modo que mi vida ha sido un continuo descanso!”. Por supuesto, queda la duda de si habría podido ser todavía más exitoso consagrándose a una sola de las disciplinas. “Eso no está nada claro. Lo que es seguro es que mi vida habría sido la mitad de interesante. Por otro lado, no tener que elegir entre las dos profesiones proporcionaba muchas ventajas. El disponer de una vía de escape alternativa me permitió asumir los fracasos mucho mejor que a otros, y posibilitó que mantuviera buenas relaciones con mis colegas de ambos mundos: nadie me envidiaba porque los pianistas me consideraban un ajedrecista y los ajedrecistas un pianista. Y francamente, nunca soñé con lograr más de lo conseguí, nunca aspiré, por ejemplo, a ser campeón mundial: ¡siempre me sentí como un amateur en mis dos carreras!”


Por eso decía yo al principio que, en “circunstancias normales”, Taimanov habría encajado lo de Fischer sin excesivo sobresalto; de hecho, él siempre consideró aquel match como la culminación de su carrera ajedrecista, e incluso escribió un libro sobre el mismo, que tituló (hace falta cachaza) Cómo me convertí en una víctima de Fischer. El problema es que las “circunstancias” de la URSS de 1971 eran de todo menos “normales”, y como las autoridades no podían concebir que un soviético perdiese 6-0 contra un yanqui, dedujeron que Taimanov se había vendido al enemigo. El castigo no se hizo esperar: se anularon sus derechos civiles, se le retiraron pasaporte y salario y se prohibió que se le mencionara en la prensa. Para complicarlo aún más, estaba divorciándose por entonces de la Bruk, así que también dejó de recibir invitaciones para conciertos. Así estuvo la cosa por un tiempo, hasta que en 1973 se examinó su caso en el Comité Central del Partido Comunista para ver que se hacía definitivamente con él. Al cabo decidieron perdonarle, en el fondo gracias a Fischer: resultaba demasiado inverosímil, incluso para estos mastuerzos, que también un occidental como Larsen se dejara perder 6-0; sin olvidar el soplamocos (6½-2½) que había encajado, sin solución de continuidad, el excampeón Petrosian en la final de Candidatos.

Como artista Taimanov sentía una inclinación muy acusada por los románticos, Chopin, Schubert, Tchaikovsky o Khachaturian en la música, Alekhine, Tal y Kasparov en el ajedrez, si bien tamizada en este segundo campo por el enfoque científico de su mentor Botvinnik. Ha de resaltarse que su prestigio como teórico iguala, si no supera, al de jugador práctico, y hay líneas con su nombre en defensas como la Benoni, la india de rey o, la más popular de lejos, la variante Taimanov de la siciliana. De ambos Taimanovs, el pensador y el fantasista, gozaremos a partes iguales en este combate frente a Petrosian disputado en el por tantos motivos memorable torneo de Candidatos de Zúrich de 1953. La partida tiene un toque de misterio incluso, como si la historia se viera forzada a repetirse por arte de magia; pues a la nimzoindia de Petrosian, Taimanov opone una fulminante novedad teórica, inspirada por una victoria de Botvinnik contra Capablanca ya por entonces clásica; y, esto es lo extraordinario del asunto, dinamita tácticamente la partida, muchas jugadas más tarde, con un sacrificio de alfil calcado al usado por Botvinnik.

Si de los misterios del ajedrez entendía lo suyo Taimanov, de esos misterios del amor con los que especulaban Lynch y Badalamenti para qué hablar. Ni ajedrez, ni música, ni historias: como confesaba con toda candidez, “las mujeres han sido la mayor pasión de mi vida”. Un total de cuatro veces se casó este valiente, la última vez, os lo recuerdo por si ya se os había olvidado, con setenta y tantos años y la matahari que presuntamente mató de éxtasis a Leonid Stein. Cuando empecé a escribir este blog hace un lustro me escudé en una frase de otro grande del juego, Siegbert Tarrasch, como apología: “El ajedrez, como el amor, como la música, tiene la virtud de hacer feliz a la gente”. Nadie la ha aplicado a su vida tan a rajatabla como Mark Taimanov.

Taimanov-Petrosian, torneo de Candidatos de Zúrich 1953