Tiempo de vacaciones, tiempo de viajar. La costa Azul es un clásico, los más aguerridos podrían atreverse con los Balcanes o incluso Oriente Próximo. Grecia es otra opción, no me cabe duda, aunque en este caso os recomendaría una prevención, y no pretendo ser agorero: poned el testamento a buen recaudo.

85: El misterio del ataúd griego de Ellery Queen

Edgar Allan Poe es el padre indiscutido del relato de detectives, aunque no parece que este fuera un retoño de su especial estima. Poe poseía (¿sufría de?) una imaginación desbordante y una insaciable curiosidad, y se pasó toda su vida literaria buscando nuevos modos de expresar las ideas que se agolpaban en su cerebro. Si sus cuentos de horror le servían como válvula de escape con que aliviar su creciente neurosis, las pocas “historias de raciocinio” (así las llamaba él) que publicó ejercían de contrapeso y solaz para el lado más analítico de su personalidad; y si no escribió más de estas últimas fue, simplemente, porque sus obsesiones acabaron por ganar la batalla que se libraba en su mente perturbada. Y sin embargo, esas contadas historias (“Los crímenes de la calle Morgue” a la cabeza), condensan prácticamente todos los tópicos en torno a los que giraría después el género: el crimen inexplicable, el investigador omnisciente, el culpable inesperado.


En términos estrictos, la historia clásica de detectives aún tardaría bastantes años, décadas de hecho, en cristalizar como género, primero en forma de cuentos cortos, al estilo de Poe, más adelante, según las tramas ganaron sofisticación, como novela. Su periodo de máximo esplendor, la conocida como Edad de Oro de la ficción detectivesca, se inicia en 1926, año en que aparecieron dos libros de inmensa popularidad: El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie, en Gran Bretaña, y El misterioso asesinato de Benson, de S.S. Van Dine, al otro lado del Atlántico. Concluye, de forma abrupta, con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Es todo un tributo a Poe que tal apogeo se sustanciara en la exacerbación, casi fanática, de las pautas sugeridas por el visionario norteamericano. El detective, sabelotodo hasta lo insufrible y asexuado como un bizcocho, no es feliz si no cita quince veces a los clásicos, o suelta otras tantas parrafadas en francés, entre crimen y crimen; el muerto, para ponérselo difícil al villano, se encerrará a cal y canto antes del deceso, y el villano, para ponérselo difícil al sabueso, se las ingeniará para que los cerrojos sigan echados cuando se marche. El desenlace, por fin, debe ser el colmo de lo insólito, aunque para ello haya que bordear, cuando no traspasar descaradamente, lo delirante. (Hay un final que no se me olvidará en la vida —no os digo autor, uno de los más afamados del periodo, ni libro, no vaya a ser que un día os lo tropecéis por ahí—: el homicida es un tipo sin piernas, cosa que el lector desconoce porque usa prótesis; la gracia está en que debe quitárselas para cometer el crimen. Ahora que caigo, a lo mejor no es tan delirante, o ya me diréis el caso Pistorius…)

En el camino, hay que decirlo, y salvo unas pocas y honrosas excepciones (algunas historias de Conan Doyle y su Sherlock Holmes, la serie del padre Brown de Gilbert K. Chesterton), se extravió toda pretensión de excelencia artística. Coronado el puzle monarca absoluto, las veleidades formales quedan tan fuera de lugar como un soneto en un tratado de geometría diferencial. Van Dine se atrevió incluso a proponer una axiomática, veinte reglas a las que toda intriga detectivesca digna de su nombre debía someterse. Algunas son muy razonables (el detective no puede ser el criminal, no deben hurtársele pistas al lector, lo sobrenatural está estrictamente prohibido, etc.), pero ojo al mandamiento 16: “Una novela de detectives no debería contener pasajes con largas descripciones, ni demorarse literariamente en cuestiones colaterales, ni presentar personajes sutilmente construidos, ni esforzarse en crear una ‘atmósfera’. Tales asuntos son irrelevantes para una historia de crimen e investigación.” Con un par. Un aspecto muy llamativo de la novela-problema es que, en sus días de gloria, fue aceptada por las élites educadas como un clase de lectura perfectamente respetable: Phillip Guedalla, un prominente intelectual de la época, la describió como “el recreo natural de las mentes nobles”. Esto explica el ramalazo clasista, cuando no abiertamente reaccionario, de estos relatos, que hoy nos parece tan desfasado: un detective podía ser hasta ciego, como el Max Carrados de Ernest Bramah, pero nunca judío y no digamos ya negro. Da idea, también, de lo perdidas que algunos tenían las cabezas en los años de entreguerras.


Si tuviera que llevarme un libro de la Edad de Oro a la proverbial isla desierta, elegiría muy posiblemente El misterio del ataúd griego, de Ellery Queen, porque es la pura quintaesencia de esta peculiar variante de la ficción criminal. “Ellery Queen” fue el nom de plume (yo también sé colocar mis pildoritas en francés) de los primos neoyorkinos Frederic Dannay y Manfred B. Lee, firmas con que deformaban sus verdaderos nombres, Daniel Nathan y Manford Lepofsky, probablemente para disimular su ascendencia judía. Sin ser para nada ajenos a los desvaríos de sus colegas (su investigador franquicia, también llamado Ellery Queen, usa quevedos y bastón, y eso que acaba de licenciarse en Harvard), su inventiva era tan desbordante como la de cualquiera, y sus primeras novelas incorporan una novedad que las hace especialísimas, el desafío al lector. Avanzada la narración encontraréis un reto explícito: disponéis de toda la información necesaria, sin trampa ni cartón, no solo para identificar al culpable de turno, sino para descartar rigurosamente al resto de sospechosos. Así y todo os aviso, polizontes de pacotilla, que vuestras posibilidades de éxito son infinitesimales. El misterio del ataúd griego, en concreto, es un carrusel de sorpresas tan incesante que no ganáis nada con que os adelante el comienzo del embrollo. Georg Kalkhis, un acaudalado tratante de arte, fallece de súbito, en apariencia por un ataque al corazón. Tras el entierro, en un cementerio anexo a la mansión familiar, su abogado descubre que el testamento, sensacionalmente modificado el día anterior al óbito (nadie, ni el propio letrado, sabe quién es el nuevo beneficiario), ha desaparecido. Controladas las entradas y salidas, y siendo imposible la destrucción del documento, guardado en una cajita de acero cuya llave todavía custodia el abogado, el testamento debe ocultarse en algún sitio cercano… pero la policía registra a fondo la residencia y la cajita sigue sin aparecer. ¿Intuís dónde puede estar escondido el dichoso testamento? Ya, ya…


Tras el traumático baño de realidad que supuso la guerra, el público cayó de golpe en la cuenta de algo que, a la postre, había sido siempre perfectamente obvio: como forma de ficción, la novela-problema resulta un invento de lo más disparatado. Los maestros de la vieja guardia, entre ellos los Dannay-Lee, se adaptaron a los nuevos tiempos como buenamente pudieron. En el llamado ciclo de Wrightsville, que arranca con La ciudad desgraciada (1942), hay una apuesta decidida por temáticas más naturalistas; Ellery se humaniza, sufre, y yerra. En un libro posterior (La ciudad contra Kowalsky, 1954), ya sin él como protagonista, llegan a abordarse los años siniestros del macartismo. Algún que otro especialista juzga estas obras de mayor mérito que las de la edad dorada; a lo que Edgar Allan Poe, estoy seguro, hubiera replicado con un bufido despectivo, marchándose acto seguido a cazar pesadillas, o fantasmas, o lo que sea que se cace en el inframundo de los genios dementes.

El misterio del ataúd griego
The Greek coffin mystery (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

Los títulos de los nueve primeros libros de los Dannay-Lee se ajustan escrupulosamente al mismo patrón, “The + adjetivo de nacionalidad + sustantivo + mystery”: The Roman hat mystery, The French powder mystery, The Dutch shoe mystery, The Greek coffin mystery y así sucesivamente. Supongo que se trataba de darle un aire cosmopolita y viajado a la saga, a rebufo de los Hercules Poirot, Lord Wimsey y compañía de la competencia.

Aunque, para viajado, Zach Condon, natural de Santa Fe, Nuevo México, que con solo 17 años, y acompañado por su hermano mayor, se echó la mochila al hombro y se marchó a Europa en busca de inspiración musical, que encontró, nunca os lo imaginaríais, en los folclores balcánico y zíngaro. Tan sorprendente enamoramiento dio fruto, apenas tres años más tarde, con Gulag Orkestar (2006). Se trata de una grabación prácticamente casera, publicada bajo el nombre artístico de Beirut (“el lugar donde los caminos se encuentran”, se explica Zach), que la intelligentsia indie acogió con alborozo, que abunda en canciones tituladas “Prenzlauerberg”, “Brandenburg”, “Postcards from Italy”, “Rhineland” o “Bratislava”, y que viene a sonar como si Emil Kusturica hubiera encargado la banda sonora de una de sus películas a Neutral Milk Hotel.


(A lo mejor debería aclarar la comparación porque es improbable que conozcáis a uno o a otros. Kusturica es un cineasta —y músico— serbio que puede presumir de haber ganado dos Palmas de Oro en Cannes. Os diré que cuando vi Underground —con la que logró el segundo de estos premios—, un vodevil que abarca la historia de Yugoslavia desde la Segunda Guerra Mundial hasta la Guerra de los Balcanes, me quedé bastante estupefacto. No conozco ninguna otra película suya, mi mujer las tiene vetadas en casa. En cuanto a Neutral Milk Hotel, o más exactamente su álbum In the aeroplane over the sea, la considerada obra maestra de la psicodelia lo-fi, me remito al crítico Jason Ankeny, que describe al líder del grupo, Jeff Mangum, como “o bien un genio o un completo chiflado, o más probablemente alguien a medio camino entre ambas cosas”, y resume así el disco: “una proclama sin duda grandiosa, aunque entender qué se proclama es ya otro asunto”. Algún día, cuando reúna el suficiente valor, prometo traer una de sus canciones al blog.)

No sé si lo anterior os habrá aclarado algo, realmente; mejor entonces que escuchéis “Elephant gun”, perteneciente a un EP que se publicó al año siguiente, que formula a la perfección la axiomática musical de Beirut. (Por cierto, la palabra “undergroud” aparece en la letra, y me sorprendería que fuera una casualidad: Condon es un devoto confeso de Kusturica.) Al cabo, lo que trato de decir es que Kusturica, Mangum o Zach Condon son de esos artistas que solo puedes apreciar si esas dispuesto a abandonar, aunque sea ligeramente y por un momento, tus espacios habituales de confort. No es nada malo, en el fondo ¿Nunca os habéis preguntado de qué se hablará, al cobijo de esas hogueras secretas a la medianoche, en un campamento de gitanos?


Esta se la debía desde hace tiempo a Martín, él también trashumante, aunque de la ciencia. Este es un blog para hablar de ajedrez y música, últimamente de libros, nunca de política. Pero es obligado decirlo: la concienzuda demolición a la que se ha sometido en España, estos últimos años, a la investigación joven, tiene que haber sido diseñada o bien por un desalmado o un completo chiflado, o más probablemente alguien a medio camino entre ambas cosas.

 

Elephant gun / Beirut
Elephant gun / Beirut  letra y traducción

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No hay evento en el ajedrez tan internacional e incluso ecuménico como las olimpiadas, el equivalente al campeonato del mundo por equipos que se celebra cada dos años. La última edición, disputada en Tromsø (Noruega) en 2014, congregó a 1570 jugadores (881 hombres), que en la competición masculina, o más exactamente open, representaban con sus 177 equipos a la friolera de 172 países. (La discrepancia numérica se explica en parte por lo de Inglaterra, Escocia, etc. Me confieso anglófilo hasta el tuétano, pero últimamente se me llevan los demonios con ellos. Lo que excusa este comentario entre paréntesis, por lo demás bastante gratuito.)


De toda la vida, las olimpiadas han sido fuente inagotable de gran ajedrez. La razón no es solo de masa crítica. Los jugadores compiten más relajados que en los torneos individuales, porque lo que cuenta es el resultado global del equipo, y se permiten alegrías creativas a las que son menos proclives cuando están en juego sus propias habichuelas. Ya he traído unas cuantas partidas olímpicas al blog, la última hace bien poco, y habrá más en el futuro. Para la entrada de hoy me encaja, por varias razones, el duelo que enfrentó en Niza ’74 a Michael Stean, británico, de cuyo escueto currículum cabe destacar precisamente su medalla de oro como cuarto mejor tablero en la siguiente olimpiada de Haifa, contra el estadounidense Walter Browne, seis veces campeón de su país. Lo primero, porque bien está que hablemos de la cosmopolita ciudad francesa a cuento de algo que no sea el Apocalipsis. Lo segundo, porque me vale de metáfora de un rifirrafe diplomático entre Scotland Yard y la policía de Nueva York, en relación a un cuadro perdido de Leonardo, de suprema relevancia en la novela. Y por último, porque la partida es enorme, hasta el punto de que se premió como la mejor del certamen superando, entre otras, a esta excelsa maravilla de Karpov.

Os anticipo que Stean gana (al final me puede mi anglofilia) con uno de esos sacrificios que, aunque por fuerza intuitivos, progresan con tal armonía (y eso incluye una entrega de dama diez jugadas más tarde, con el rey propio a la intemperie) que se dirían calculados con precisión inhumana desde el principio. Pero quien sabe: en lo mejor de su carrera, con tan solo 29 años, Stean abandonó el ajedrez para trabajar como contable; en esto recuerda a Isaac Kashdan, el experto en olimpiadas por antonomasia. Por lo que yo sé, el inglés no se ha arrepentido nunca de su decisión, y los que lo contrataron seguro que tampoco; de calcular, está claro, sabía un rato.

Stean-Browne, Olimpiada de Niza 1974