La música: “Solsbury Hill” de Peter Gabriel

Donde vosotros vivís no sé, pero aquí no hay mes mejor que abril. Si alguna vez tuvimos invierno, ya se despidió, y los calores de finales de mayo aún no han convertido el aire en un sofocante vapor. En los días limpios, que son la mayoría, el cielo exhibe un azul profundo y transparente. Son días de esos en que cuando eras crío, a la salida de la catequesis, no te hubiera sorprendido lo más mínimo ver descender de lo alto al Espíritu-Santo-En-Forma-De-Paloma para ir cogiendo un poco de color de cara al verano.

Así pues, cargadas las pilas de buen rollo hasta los topes, he decidido consagrar las cuatro entradas de este mes al loable empeño de hacer de vosotros ciudadanos más felices.

Uffff. Qué pedante y pretencioso ha quedado eso. Mejor nos moderamos un poco:

Recomendaciones primaverales para que alegréis un poco esa cara, o al menos para llevarlo lo mejor posible, dentro de un orden:

Sabio Consejo nº 1: prueba a cambiar algo, aunque sea tu marca de dentífrico.

Ya es hora de aceptarlo. Vuestro trabajo es un asco y el jefe va a ser toda la vida un @xxx!$$, salvo que cambie, que entonces lo hará casi seguro a peor. Pues sí, pero es inútil estar todo el rato dándole vueltas a la cabeza, derramados como gelatinas frente a la tele y dejandoos la uña en el mando intentando en vano dar con un programa que no insulte la inteligencia…

Hay que activarse ya. Seguro que hay cosas que te apetece hacer desde hace un siglo. Alegas falta de tiempo, pero realidad es pura pereza, o incluso peor, un pudor trasnochado y sin fuste. No sé, hazte socio del Club de Amigos de la Papiroflexia. O apúntate a la escuela municipal de bailes de salón. O escribe un blog sobre música y ajedrez.


Notad cómo discretamente he esquivado sugerencias más radicales (“manda al @xxx!$$ de tu jefe a paseo”) porque no está el mercado laboral para según qué alegrías. Ahora bien, tampoco seríais los primeros. Véase, sin ir más lejos, el caso de Peter Gabriel.

Hemos de retroceder al año 1974. Genesis no eran todavía los revientaestadios en que convertirían años más tarde, pero se habían consolidado entre los grandes del progresivo, las finanzas estaban saneadas y tenían conciertos contratados para los dos años siguientes. Eran actuaciones que trascendían lo meramente musical, en las que Gabriel (el cantante solista del grupo) se adornaba con los más extravagantes disfraces y acaparaba todo el protagonismo. Las cosas parecían ir viento en popa.

Sin embargo, bajo la plácida superficie las aguas andaban muy revueltas. La banda aglutinaba una inmensa cantidad de talento (Phil Collins era el último mono entonces, así que calculad), y algunos de sus miembros pensaban que el público, embobado con las performances de Gabriel, no valoraba su aportación como se merecía. Para complicar más las cosas, el cantante tenía problemas en casa: mientras él andaba de gira vestido de margarita, su esposa sufría las consecuencias de un primer embarazo muy problemático. Gabriel sentía que tenía que romper con aquella opresiva rutina, pero no encontraba las fuerzas: ¿cómo bajarte del barco que con tanto esfuerzo has ayudado a construir, ahora que surca los mares a toda vela?


Solsbury Hill es una pequeña colina cercana a Bath donde Gabriel soltaba lastre mental, corriendo y paseando, durante aquellos días turbulentos. Es un paraje de resonancias druídicas, donde se ubicó una fortificación de la Edad de Hierro, y cuenta la leyenda que las huestes del rey Arturo derrotaron allí a los invasores sajones en una gloriosa batalla. Parece que un cierto karma bélico sí ha perdurado en el sitio a lo largo de los tiempos, porque en 1994 Solsbury Hill fue escenario de una nueva trifulca, esta vez entre activistas medioambientales y los seguratas de la constructora a cargo de una autopista de cuatro carriles que iba a llevarse por delante un trozo de colina. Lamento decir que esta vez ganaron los malos.

El mismo karma, supongo, que una noche dio a Gabriel la patada en el trasero que necesitaba para soltar amarras de una vez y lanzarse a navegar en solitario. Muy apropiadamente, la canción que resume sus tribulaciones se convirtió en su primer gran éxito, anticipo de lo mucho y bueno que estaba por ocurrirle. ¿La moraleja? Pues yo qué sé; es obvio que aprender a bailar el tango no tiene por qué ser el detonante de nada en vuestra vida, ni la laboral ni la otra. Eso sí, más saludable contra el colesterol que el zapping, segurísimo que es.

Solsbury Hill / Peter Gabriel  letra y traducción

Más canciones redondas de Peter Gabriel:

Todo el mundo en pie. Peter Gabriel es una de mis grandes debilidades, y sostengo sin pestañear que es uno de los cuatro o cinco músicos más brillantes que ha dado el último cuarto del siglo XX. Solo tres recomendaciones, como siempre, aunque me quedo con ganas de seguir mucho más rato:

  • Stephen Biko fue un estudiante negro de Medicina que se enfrentó al aberrante apartheid sudafricano y que murió en 1977 a consecuencia de las heridas sufridas durante un brutal interrogatorio policial. Diez años después Richard Attenborough narró con solvencia su dramática historia en el filme Grita Libertad, pero ya en 1980 Gabriel le había dedicado una canción de su tercer álbum, titulada Biko sin más, donde asoma inevitablemente ese ramalazo world music que tan a menudo impregna su etapa post-Genesis. Es de esas que siempre te erizan el vello, no importa las veces que la hayas escuchado antes.

  • Don’t give up es sin duda su tema más conocido, y con todo merecimiento, porque tiene el magnetismo abrumador de las cosas que te salen de muy dentro. Gabriel ha pasado en su vida por largos periodos de depresión (en la red se especula incluso con que sufre de trastorno bipolar) y de eso va la letra. Nunca su soberbia voz lució tanto como aquí, y por si faltaba algo Kate Bush le arropa en los dúos. Esta canción no es de diez, es de once.
  • “Don’t give up” es uno de los temas de So, el álbum que devolvió a Peter Gabriel la relevancia mediática que había perdido tras su marcha de Genesis. Pero al contrario de sus ex colegas, más que vendidos ya a la industria por entonces, Gabriel nunca se ha mostrado demasiado interesado en hacer caja: Us (1992), la secuela de So, se publicó seis años después. Es un trabajo algo menos inspirado que el anterior, pero con todo muy estimable. Por variar os recomiendo Steam, un trepidante divertimento funky muy en la línea de “Sledgehammer”, el otro gran éxito de So. Una prueba palpable de que calidad y comercialidad no tienen por qué andar necesariamente a la gresca.

El ajedrez: estudio de J. C. Infantozzi, ÚV ČSTV 1985

En consonancia con el toque de color que pretendo dar al blog este mes, también apostaré por aportaciones refrescantes en su lado sur. Y qué mejor manera de hacerlo que buscar inspiración en la bacanal de sacrificios de la irrepetible Serper-Nikolaidis. (Por si no la habéis visto —mal hecho—, Serper, cual gurú de una secta suicida, se anota el triunfo tras inmolar a todos sus efectivos a lo largo de la contienda.)

Naturalmente, daba por sentado que los compositores habrían hecho mil y una diabluras con este tema, pero me equivocaba. De hecho, tras revisar a conciencia las bases de datos más solventes que pueden encontrarse por ahí, he descubierto sorprendido que casi bastan los dedos de una mano para contar las composiciones que lo implementan. Os pongo rápidamente en situación.

Como tantas veces pasa en la vida, unos cardan la lana y otros se llevan la fama

Para empezar debemos remontarnos a 1851, año en que Conrad Bayer publicó en el Illustrirte Zeitung un mate en 9 en cuyo transcurso las blancas entregaban dama, ambas torres, un alfil y un caballo. Con la partida Anderssen-Kieseritzky aún fresca en la memoria de los aficionados, se le apodó “el problema inmortal”, y desde entonces así es como se conoce a esta composición. El problema es tan célebre que hasta la Wikipedia (en su versión en alemán) le dedica una entrada. No debería serlo tanto, porque cuatro años antes H. R. Kuiper ya había presentado en Schachzeitung un fastuoso mate en 8 en el que las blancas entregaban sus siete piezas en las siete primeras jugadas (¡y no se empieza con un jaque!) y en la octava remataban la faena con un peón. Como tantas veces pasa en la vida, unos cardan la lana y otros se llevan la fama.

He localizado dos o tres problemas más (ya de fecha mucho más reciente) con el séptuple sacrificio como idea central, pero ninguno termina de llenarme. A fin de cuentas, en un problema se trata de dar mate en el menor número posible de jugadas, pero suele haber otras líneas ganadoras (aunque más lentas) y así ocurre en los problemas mencionados. La pregunta es entonces: ¿se conocen posiciones donde solo la séptuple entrega asegura el éxito? Pues hasta donde yo sé, exactamente cuatro, y con reparos: dos estudios recientes (2004) de van Essen y González, un tercero de Jean Roche (1997) y por último, aunque el más temprano en el tiempo, el que le valió a Julio César Infantozzi una mención especial en el Memorial Pachman y Fritz, organizado en 1985 por la Asociación Checoslovaca de la Educación Física y el Deporte. He escrito “con reparos” porque si entendemos “éxito” y “victoria” como sinónimos, entonces los de van Essen y González se caen de la lista porque el blanco solo obtiene tablas tras su onerosa inversión. Puestos ya a poner pegas, en el estudio de Roche (muy bonito, por cierto, y donde se especula con mucho ingenio con el tema de la torre suicida) la ventaja material de las blancas es, a pesar de los sacrificios, siempre sustancial y tan solo se arriesgan a un empate. Así que queda claro: existencia y unicidad, que diría un matemático.


Julio César Infantozzi Rossi nació en Montevideo en 1916, ciudad donde murió en 1991. Cirujano de profesión, se prodigó poco en el ajedrez activo, más allá de algún campeonato nacional en la década de los cincuenta y competiciones por equipos (formó parte de la escuadra que se enfrentó a la URSS en un match amistoso en 1954 en la capital uruguaya, así como del equipo olímpico en Tel Aviv 1964).

Se inició en el mundo de la composición en 1943, al comienzo con problemas de mate en tres y de mate ayudado, y más adelante centrándose sobre todo en los finales artísticos. Unos setenta compuso, según Zoilo R. Caputto, que escribió lo siguiente sobre él en su obra El arte del estudio de ajedrez: “Sus temas preferidos fueron el ahogado y el ‘zugzwang’ hasta en sus animados finales de peones solos, y con paciente dedicación, que le robó tiempo para su propia obra, hizo ‘cirugía’ mayor en infinidad de composiciones antiguas y modernas, corrigiéndolas o bien mejorándolas, con su manía por la perfección.” No era muy proclive a presentar sus trabajos en concursos internacionales, receloso al parecer de la competencia de los jueces que los valoraban. Aun así participó en cuatro de ellos, con el saldo de dos primeros premios, un segundo, dos menciones honoríficas y la ya citada mención especial por el estudio que hoy nos ocupa.

Mención especial que corrobora las reticencias de Infantozzi, pues tan excepcional composición se merecía indudablemente mucho más. Locuciones tan del gusto del periodismo deportivo como “vaciarse en la cancha” y “darlo todo en el terreno de juego” nunca fueron tan apropiadas como aquí. Siempre al borde del precipicio, el blanco, no contento con desprenderse de todas sus piezas, invierte también un par de peones en el proceso. Y ojo al sutil movimiento de peón que finiquita el estudio y con el que el doctor Infantozzi rinde homenaje al añejo problema de Conrad Bayer; en realidad, más que movimiento, es una auténtica inyección letal.

P.S. Con mi más sincero agradecimiento a D. Héctor Silva Nazzari, árbitro internacional de la FIDE, que tuvo la amabilidad de proporcionarme los datos sobre Infantozzi que acabáis de leer (¡amén de la impagable caricatura!). Dicha información está tomada de su libro Ajedrez uruguayo 1880-1980, referencia ineludible si se quiere estar al tanto de una parte esencial de la historia del juego-ciencia al norte del Río de la Plata.

Estudio de J. C. Infantozzi, ÚV ČSTV 1985

Más composiciones memorables de Julio César Infantozzi:

Absolutamente imprescindible mencionar aquí el legendario problema de la jaula de Tamerlán. Se trata de un problema de mate condicionado en el que, en el número de jugadas prescritas, el blanco debe dar mate con un solitario caballo a un rey negro encerrado ¡por sus ocho peones! La denominación alude a un feroz emperador mongol famoso por su crueldad. La “jaula de Tamerlán” es la representación ajedrecística de la prisión sobre ruedas en que Tamerlán hizo exhibir a su vencido, el sultán turco Bayaceto I; el jaque mate con el caballo recrea el hecho histórico de que el prisionero fue torturado y ejecutado por un guardia de caballería.

Parece que fue el francés Lionel Kieseritzky quien publicó la primera composición con esta idea (1842), pero más allá del efecto sorpresa su versión carece de valor por sus muchas incorrecciones. Cupo a Infantozzi el honor de hallar (¡tras doce años de esfuerzos!) la primera versión sin ningún peón previamente doblado, carente de duales y con una posición de partida perfectamente legal. El problema, un mate en 31 movimientos nada menos, fue publicado por el San Francisco Chronicle en 1985.