Y así, a trancas y barrancas, hemos llegado al ecuador de la tercera y última etapa del blog. Os recuerdo, por si os habéis incorporado tarde a la retransmisión, que se trataba de reseñar mis cien libros predilectos, arropándolos con algo de música y ajedrez que pudiera venir a cuento. Al ecuador geométrico, precisemos, porque su latitud temporal, tres años y cincuenta entradas después, es incierta. Mi vector velocidad, ya lo sabéis, no ha hecho más que acortarse, y llevo meses sintiéndome como Aquiles, el de la paradoja; un Aquiles artrítico y desfondado del que la tortuga, puesta de anabolizantes hasta los topes, se aleja otro poco a cada zancada.

No hay necesidad, realmente. Si en el pasado se ha revelado aquí alguna imprescindible y eterna verdad para la especie humana, cosa harto improbable, no cabe esperar que se repita. Hoy, 17 de febrero de 2019, música y ajedrez de diez echa oficialmente el cierre. La despedida es intempestiva, lo admito, y no obstante, a su chusca manera, tiene su cierta coherencia, porque esta bitácora excesiva cobró vida propia hace mucho y no acepta más ley que la de sus apetencias. Va a costarme, no creáis: el nuestro ha sido un romance intenso (no sé si algo tóxico también) y le he cogido cariño a la condenada. Pero sabéis que tengo razón: o la dejo yo ahora, cuando aún puedo ahuecar el ala con alguna compostura, o ella me plantará a mí el día menos pensado.

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Pues sí. Tarde o temprano, este río tenía que cruzarse. De lo que me aguarda al otro lado ya me iré enterando, pero mimemos el karma por lo que pueda pasar; y con ese título, “Al otro lado del río”, existe una canción luminosa y hermosísima que encaja al doscientos por cien en un día como hoy. Al menos al karma de su autor, Jorge Drexler, le sentó de lujo: incluida en la banda sonora de Diarios de motocicleta, le sirvió para ganar el Oscar a la mejor canción original de 2014, la primera (y única vez) que un tema en español ha obtenido tal galardón. Vale, no de lujo del todo, porque a veces los yanquis pueden ser muy, muy macacos, y el día de la ceremonia de premiación, cuando se supone que los candidatos interpretan sus piezas, a él no le dejaron cantar la suya, por lo visto por no ser lo suficientemente famoso. En su lugar saltaron al escenario, atentos, Antonio Banderas (os lo juro) y Carlos Santana, que completaron una de las versiones más abochornantes que jamás se han hecho de esta o de cualquier otra canción. Dicen que la venganza se sirve fría: cuando subió a recibir la estatuilla, Jorge se dio el gustazo de hacer una reverencia al maestro de ceremonias (un estupefacto Prince) y entonar, a modo de discurso, una de las estrofas.


Solo por este épico detalle ya me cae bien este uruguayo, que iba para otorrinolaringólogo (se financió sus dos primeros discos trabajando como médico) y que en 1995, animado por Joaquín Sabina, decidió jugársela y cruzar al otro lado del gordísimo río Atlántico para hacer carrera musical en España. No le ha ido, ni le va, nada mal en nuestra tierra, ni en lo artístico (tres Grammys latinos acaba de embolsarse a cuenta de Salvavidas de hielo, su último trabajo), ni en lo sentimental (¡Leonor Watling, Dios mío…!). Un éxito profesional más que merecido, porque Drexler aúna rimas intimistas y bien tramadas con melodías de cierta sofisticación que no rehúyen la esporádica pincelada experimental; desde una perspectiva, sí, cosmopolita, pero que asume sin complejos su linaje meridional. En cuanto a lo otro, Leonor, cuídanoslo, porque no está el nivel de la música patria para que se vuelva a Montevideo a curar otitis.

Al otro lado del río / Jorge Drexler
Al otro lado del río / Jorge Drexler letra de la canción

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Con solo doce años, Fabiano Caruana también saltó el gran charco en busca de pastos más verdes. En la misma dirección que Drexler, por cierto. Aunque su nombre parezca sugerir lo contrario, nació y se educó en Estados Unidos, si bien posee la doble nacionalidad porque su familia es de origen italiano. Si la jugada de Drexler fue buena, doble exclamación para la de Fabiano. Europa es un ecosistema notoriamente más benigno que Norteamérica para el ajedrez profesional, y durante la década que los Caruana pasaron en el Viejo Continente (primero en Madrid, luego en Budapest y Lugano) el muchacho progresó de interesante promesa a aspirante a todo.


Y todavía no habíamos visto nada, porque el retorno a su país fue directamente apoteósico. En septiembre de 2014, en la Sinquefield Cup, firmó la que algunos consideran más extraordinaria hazaña jamás vista en el ajedrez de torneo, fulminando consecutivamente a Topalov, Vachier-Lagrave, Carlsen, Aronian, Nakamura y de nuevo Topalov y Vachier-Lagrave, acabando con tres tablas (tras desaprovechar posiciones ganadoras ante Carlsen y Nakamura) para elevar su ranking Elo a cotas solo sobrepasadas por Carlsen y Kasparov. Caruana tiene el típico estilo que suele describirse como universal: ataca bien, defiende mejor, calcula muy preciso y su preparación teórica es formidable. Durante esas dos increíbles semanas hizo gala de todas y cada una de sus cualidades en grado superlativo, sin casi cometer errores ni pasar el menor apuro.


Barbaridades como esta solo pasan una vez en la vida (si es que pasan). Desde entonces hasta acá se ha consolidado como la amenaza más consistente al trono del Goliat noruego, dejando escapar por un pelo el torneo de Candidatos de 2016 y ganando convincentemente el de 2018. Su desempeño en el reciente Mundial de Londres pudo parecer frustrante (doce tablas en otras tantas partidas, apabullado en el desempate a rápidas), pero lo cierto es que ambos jugaron a gran altura y se concedieron poquísimas oportunidades. Si mantiene estable su nivel, y supera su empanada en las partidas a media hora (tiene potencial para hacerlo, porque en 2014 fue subcampeón mundial de la modalidad), en 2020 volverán a competir por la corona, y todo podría pasar. Entretanto, disfrutemos de la tremenda batalla que Carlsen y Caruana (con negras) libraron en aquella Sinquefield Cup inolvidable. Con el permiso de Alphazero y Stockfish, hay poco en el ajedrez actual que pueda compararse a esto.

Carlsen-Caruana, San Luis 2014

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Ya casi he terminado. Si tenéis curiosidad por saber qué otros cincuenta libros pensaba recomendaros, encontraréis la lista junto a la del medio centenar ya revisado. Tengo pendiente releerlos, y comprobar si siguen transmitiéndome tanto como cuando los leí la primera vez, la mayoría hace muchos, muchos años. Conforme lo haga añadiré enlaces al texto tanto en su lengua original como (caso de que exista traducción) en español. Quedan un puñadito de canciones y partidas guardadas en mi cajón. Les tengo demasiado aprecio, la verdad, para extraviarlas en esta precipitada mudanza. Procuraré hacer hueco en mis ratos libres para, poco a poco, traducir sus letras y comentar sus movimientos, e ir subiéndolas a LAS CANCIONES y LAS PARTIDAS, que es donde merecen estar. Pero el blog, como tal, no se volverá a actualizar: alguna entrada tenía que ser la última, y es esta.


Cuando me embarqué en esta aventura singular, hace la friolera de 374 semanas, hice una aparatosa declaración de intenciones: “usar la música y el ajedrez para inocularos una pequeña dosis semanal de felicidad”. Visto en retrospectiva fue una temeridad: si existe una vacuna milagrosa, física o espiritual, para la desdicha, yo no la conozco. Hoy prefiero enfocarlo de otro modo. Decía Nietzsche, y decía bien, que la vida sin la música es un error, y podría haberlo dicho igual del ajedrez, la literatura o las matemáticas; de todo aquello cuya belleza solo puede contemplarse con los ojos de la mente y el corazón. Si música y ajedrez de diez ha logrado inmunizaros, siquiera un poquito, contra ese error, mereció la pena el viaje.

Los últimos párrafos de las entradas han sido siempre los que más se me han resistido. Es un arte complicado, al menos a mí me lo resulta, este de compactar con una frase inspirada cuanto se dijo antes. Creo que iré a lo seguro y usaré las seis palabras mágicas, con ellas no suele fallarse. Si las dijéramos más a menudo, y lo hiciésemos de corazón, este planeta rodaría por el cosmos bastante más sosegado.

Con el corazón las escribo: muchísimas gracias por haber estado ahí.