“Pongamos que hablo de Madrid” y “Peces de ciudad” de Joaquín Sabina

Llamadme ruin si queréis, pero ya empieza a cansarme un poco la letanía esa del tremendo paro juvenil. Digo yo: ¿no serán también ellos en parte los responsables, los jóvenes quiero decir? Se supone que es la generación mejor preparada, muchos saben idiomas y han estudiado algún curso en el extranjero, pero parecen remisos a desplegar sus alas, a volar del nido. En los países europeos más avanzados, Noruega, Finlandia, Alemania, raro es el chaval de veintipocos que sigue viviendo en el domicilio familiar. Los nuestros no tienen ayudas sociales ni remotamente comparables, está claro, pero no se trata solo de eso. Algo les hace aferrarse a su cuarto, a sus amigos de siempre, a sus abuelos, como náufragos sujetos a una roca para que no les arrastre la marea de la economía global. A ver si es que nos han salido más sentimentales y blandos de la cuenta: muchachos, hay que espabilar.

Tal vez la solución sea encontrar una empresa pujante a la que amar de corazón, donde comas a mediodía y con la que sueñes a medianoche

Puede que la solución esté en mudarse a una gran capital, dinámica, de las que tiran del carro del PIB. Con Skype y WhatsApp ya no hay distancias, y además disfrutas de una inigualable oferta cultural, un ambiente cosmopolita y una estimulante vida nocturna. Y tienes a tu disposición un utilísimo metro que derrama a diario millones de personas por sus bocas, aunque cuando transites por sus tripas te vendrán bien unas gafas de sol para no ver, unos auriculares para no escuchar, y una bufanda para no respirar. Tal vez la solución sea encontrar una empresa pujante a la que amar de corazón, donde comas a mediodía y con la que sueñes a medianoche. Un apartamento bien situado, con la nevera vacía (para cenar basta una lata de atún, una pera y un yogur) y habitaciones más vacías todavía. A lo mejor la clave está en ser pragmático, obviar a los perdedores, intimar con alguien culto, sofisticado y con buena estrella, quién sabe si llegará incluso un hijo, cuando las circunstancias lo permitan. Un chico al que educarás en un colegio exclusivo y bilingüe, y que en unos pocos años podrá presumir de los padres divorciados más civilizados y que mejor se llevan del mundo. Tú siempre fuiste una persona cumplidora, así que date un par de días de hueco en Navidades para volver al pueblo, aunque ya no reconozcas a tus sobrinos y hayas olvidado sus nombres; sé espléndido y regálales un buen dinerillo, así no te complicas y quedas como un señor. ¡Ah! y no olvides que el futuro está a la vuelta de la esquina. Así que invierte en un sólido plan de pensiones con el que pagarte, cuando llegue la hora, una residencia de postín con enfermeras majas y competentes, entrenadas para secarte las lágrimas y cambiarte los pañales con la mejor de las sonrisas en los labios.

Sí, seguro que es esa la solución.

Pongamos que hablo de Madrid/ Joaquín Sabina
Pongamos que hablo de Madrid / Joaquín Sabina letra de la canción

Más canciones redondas de Joaquín Sabina:

“Así estoy yo sin ti” (Hotel, dulce hotel, 1987), “Y sin embargo” (Yo, mi, me, contigo, 1996) y “19 días y 500 noches” (19 días y 500 noches, 1999).

Esta es para mi queridísima promoción 2006-2011. Si este país no encuentra un modo de haceros felices más le valdría a la ONU pintar sobre nuestro territorio, en todos los mapamundis, una “V” bien mayúscula, bien gorda y bien roja. “V” de vergüenza.

3 de marzo de 2017:

Cuando escribí lo de arriba estaba tan en modo lírico que ni siquiera menté al maestro jienense, un detalle de horrendo gusto por mi parte. Patricia Ruiz Guevara, amiga entrañable y sabinófila compulsiva, ha decidido tomar cartas en el asunto, y admito que le sobran los motivos. No falta detalle en el menú, ni siquiera el cerdo agridulce.

A todo esto, qué bien escribe la condenada.

“Ahora que tengo un alma que no tenía”, por Patricia Ruiz Guevara

“Con un poco de imaginación, partiré de viaje en seguida, a vivir otras vidas, a probarme otros nombres, a colarme en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré”. Era 1992 cuando se estrenaba esta mítica canción y, según cuenta siempre mi madre, yo bailaba en la cuna, agarrada a los barrotes, con ni siquiera un año de edad, al ritmo del pirata cojo con pata de palo y parche en el ojo. Mis padres me metieron a Sabina en las venas desde que nací. Gracias a él, gracias a ellos, he podido soñar con tantas vidas, meterme en la piel de tantas historias, y vivir de manera especial la mía, teniendo su música por banda sonora siempre; especialmente, cuando tengo que recurrir a buscar refugio o explicaciones a la realidad.

Supongo que a cada cual le afecta la música de una manera. A mí me da energía, tranquilidad, ideas, me alegra, me motiva, me consuela, me entristece, me transporta. Depende de la canción, del momento, del recuerdo que lleve asociado. Las canciones del genio de Úbeda guardan para mí montones de historias, de instantes que se han sucedido a lo largo de los años, de letras que están escritas en mi piel como si formaran parte de ella. La forman.

Yo, de puntillas para llegar al equipo de música, poniendo una y otra vez aquel rocanrol de los idiotas; embrujada por la armónica y por ese carraspeo que se oye, si te fijas, al principio de la canción; preguntándome si sería Sabina el que se aclaraba su entonces nítida voz. “Pacto entre caballeros” sonando por enésima vez en el coche, y mi padre y mi hermano esperando, impacientes, a que llegara el final de la canción para gritar con Joaquín aquello de mucha policía. Cada abril, invariablemente, volver a escuchar con el mismo desconsuelo la historia del hombre del traje gris, de la chica de BUP, y de mi madre y su marido. Recuerdos a la orilla de la chimenea, con un eclipse de mar, preguntándome, ¿y si amanece por fin? Aprender con los años y la frente marchita, que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Lo siento, no atiendo a razones sobre alguien a quien admiro desde que tengo uso de razón

Cuando hablo del maestro del bombín puede sonar a adoración. Lo es. Soy sorda y ciega a quienes intentan sacar a la luz sus defectos y criticar sus canciones, cuestionar su talento o burlarse de sus filias y sus fobias. Lo siento, no atiendo a razones sobre alguien a quien admiro desde que tengo uso de razón. Un día, conseguí por fin materializar a mi deidad y escuchar su voz, ya quebrada, en directo; y qué queréis que os diga, se convirtió aún más en un dios. Desde entonces le intento perseguir por los escenarios. Soy una grupi que nació tarde. La vez que más cerca lo tuve fue en un recital que compartía con Luis García Montero. Tan cerca, hombro con hombro, que me firmó uno de sus libros y hasta posó conmigo para una foto… pero la maldita tecnología de 2008 me la jugó y la cámara no funcionó. Uno de los momentos más agridulces de mi vida. Como el cerdo.

Exageraciones y bromas aparte, la verdad es que para mí no es solo música: es poesía, literatura, dosis de realidad que suenan mejor cuando las canta Sabina. He crecido respirando sus canciones. Primero, porque era el cantante de cabecera de mis padres. Después, porque se convirtió en el mío. No me daba cuenta en ese momento, pero a través de sus letras descubrí el amor, el odio, el rencor, la pasión. Descubrí también a una España distinta a la que yo no conocía, al español y su pasado, y, a través de sus biografías que leí después, entendí el exilio, la política, los motivos. Al final, siempre, la misma meca: Madrid.

Amé Madrid antes de pisarla por primera vez. Ahora que vivo aquí, entiendo la devoción, incluso a sus defectos, del jaenero, más madrileño que de allí, porque esta ciudad atrapa. Pongamos que hablo de que cada vez que cojo la línea 1 no puedo evitar leer Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal, cantando, y pensando que Sabina ha estado en esos vagones. Pongamos que digo que cada vez que me bajo en Atocha me estremezco y me emociono. Pongamos que ya entiendo por qué se persigue el mar dentro de un vaso de ginebra, y por qué somos, aquí, “Peces de ciudad”.

Esa canción resume a la perfección quién es Sabina y qué significa su música para mí: un viaje hasta el fondo de uno mismo. Con once años no entendí el significado de muchos de los versos que la componen, y lo mágico es haber ido descubriéndolos con el tiempo. Cuando pisé París, vi en sus líneas de metro la estación Gare d’Austerlitz y me sentí en casa. Cuando viví en Bélgica y me emocioné al ver pintado ese país llano en las palabras de Jacques Brel. Cuando regresé allí meses después, llena de nostalgia, y comprobé que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Cuando sentí por primera vez, y muchas veces más después, la necesidad de huir y la angustia de no poder encontrar una isla donde naufragar. Cuando mordí el anzuelo y me quedé atrapada a ras del suelo. Amsterdam, el español que desafina en la torre de Babel, el cielo de Madrid, el verbo envilecer y un velero al abordaje. Mi corazón de viaje.

Cuenta su inseparable Varona que los peces nacieron en Lima, en la habitación de un hotel. Dicen que en los hoteles nacen las mejores canciones. También dicen que Sabina es el Dylan español, aunque él lo niega todo. Lo innegable, según Pancho, es que el ritmo de esa canción fue inspirado por una del Sabina americano, “To Ramona”. Para más detalles, nótese que hasta homenajea a su calle de la desolación. El músico mano derecha de Sabina también recuerda que la creación de mi canción favorita fue una fiesta con whisky y abrazos. No puedo imaginarme un origen más sabinero. “Incluso el mismo Joaquín tuvo que parar la grabación de la voz de esa canción por un inesperado ataque de emoción”. Yo me emociono cada vez que la escucho, aún más en directo, y me he emocionado escribiendo estas líneas.

Así que, cuando apriete el frío, cuando sientas que has nacido para perder, cuando te atrape la negra noche, cuando estés en números rojos, cuando te encuentres tan joven y tan viejo, cuando te sobrevenga la nube negra o cuando estés cerrado por derribo, huye a una playa (con o sin mar) y escucha “Peces de ciudad” aspirando cada desgarro, cada capítulo de la historia, y dejarás de sentirte tan solo y perdido en tu viaje. Porque la música puede ser la mejor compañera y, Joaquín Sabina, el mejor conductor. “Y sal ahí, a defender el pan y la alegría. Y sal ahí, para que sepan que esta boca es mía”.

Peces de ciudad / Joaquín Sabina
Peces de ciudad / Joaquín Sabina letra de la canción

3 comentarios sobre ““Pongamos que hablo de Madrid” y “Peces de ciudad” de Joaquín Sabina

  1. Paupérrimo aladroque Contestar

    […] Desde hace aproximadamente cuatro décadas, desde que la revolución conservadora se hizo hegemónica en el mundo, se ha ido desarrollando una “rebelión de las élites”, debido a una correlación de fuerzas muy favorable a las mismas.

    Ha habido una secesión de los poderosos, que ya no están interesados en cumplir el contrato social que fue el pegamento social desde el final de la II Guerra Mundial. A saber: vosotros, los ciudadanos corrientes (l’uomo qualunque), tendréis empleo, protección, bienestar y una escala social ascendente; a cambio, nosotros nos llevamos la tajada más grande de la riqueza. Todos saldremos ganando, aunque en distinta medida. Desde la caída del muro de Berlín y en ausencia de un sistema político alternativo, esas élites han perdido el miedo y ya no necesitan hacer concesiones. El temor se ha trasladado al otro bando. La crisis lo muestra: ni trabajo, ni protección social, ni bienestar, y el único ascensor es el del cadalso (Louis Malle). […]

    (“La rebelión contra las élites”, 3 de junio de 2015; recuperable en http://cultura.elpais.com/cultura/2015/06/03/babelia/1433325886_006628.html).

  2. Hàster Risco Contestar

    Mi comentario es que Patricia me ha emocionado hablando de Sabina. Mucha razón tiene. Sabina es más grande que muchos de los más grandes. La melancolía que tiñe su repertorio es muy bella porque viene de una tristeza muy profunda (como dice Tolkien en algún sitio). Elegiré una de Sabina: Y nos dieron las diez. En esa canción hay una sucursal del Banco Hispano americano que es exactamente igual al café bar y a la pensión de que habla Charles Aznavour en La Bohemia. No sé si alguien entenderá esto… No sé si habrá mejor forma de pintar la melancolía… Un cordial saludo.

    • Música y ajedrez de diez Autor del artículoContestar

      Escribiendo como escribe Patricia, lo difícil es no emocionarse…

      ¡Saludos!

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