La música: “Sailing to Philadelphia” de Mark Knopfler

La noche del pasado jueves caminaba por una de las calles más concurridas de mi ciudad medio destemplado. Tenía tres buenos motivos para estarlo:


  • El climatológico. Veinticuatro horas antes el termómetro había virado súbitamente al azul. Regresaba el olor a castañas asadas y las mujeres con las que me cruzaba, sobre todo las de una cierta edad, lucían doble manga y pañuelo al cuello. (Como bien saben todos los que tienen aire acondicionado en casa, ellas siempre experimentan un sensación térmica varios grados inferior a la real.)
  • El cronológico. Víspera de Todos los Santos, te hartabas a ver pasar dráculas y zombis ambientándose para el tontuneo de Halloween. (El día en que veamos tronos y nazarenos procesionar por la neoyorkina Quinta Avenida quizá le encuentre algún fuste a este necio jálogüin cañí. Y puede que ni entonces.)
  • El psicológico. Esta es muy fuerte. Una empresa local de pompas fúnebres, que debe haber contratado como jefe de marketing a Freddy Krueger, no ha tenido mejor ocurrencia que aprovechar la festividad para publicitarse a lo grande, y tuve el infortunio de tropezarme con uno de sus carteles. Tres frases, de arriba a abajo: 1) Haga su reserva (os juro que no me lo invento); 2) El último viaje (sí, os los quitan de las manos); 3) Servicio funerario completo. Como tengan el futuro la mitad de negro que su humor, están aviados.

Destemplado, ya os digo, y medio tentado de dar la vuelta, regresar corriendo a casa y solazarme con uno de los músicos que más consuelo ha brindado estos últimos veinte años a todos los frioleros y agorafóbicos del mundo: Mark Knopfler.


Los discos en solitario de Mark Knopfler (su desempeño al frente de Dire Straits es también memorable, por descontado, pero hoy hablamos de otra cosa) son idóneos para tardes lluviosas de domingo, bien acomodados en una habitación acogedora y al abrigo de una mesa de camilla. A partir de una mezcla de grano de procedencia muy diversa pero máxima garantía (rock de toda la vida, el folclore celta e irlandés, la tradición country, el blues del Delta, toques incluso mexicanos y andinos), y con el aliño de su voz ronca y su inconfundible manera de cosquillear la guitarra, este escocés extraordinario ha sabido destilar un licor con la graduación justa, óptimo para calentar el gaznate y dar esquinazo a los malos espíritus.

“Sailing to Philadelphia”, una de mis canciones favoritas de Knopfler, encaja particularmente bien con la entrada de hoy. Narra la historia real de dos hombres de ciencia, Jeremiah Dixon y Charles Mason, que comisionados por la Corona Británica viajaron al Nuevo Mundo en 1763 para fijar con milimétrica precisión la frontera entre Pensilvania y Maryland, zanjando así una disputa colonial que se remontaba a cuarenta años atrás. Cuando Pensilvania abolió la esclavitud en 1780, el rectilíneo trazado cobró un especial significado y todavía hoy simboliza, en el imaginario popular norteamericano, la fractura cultural que separa a los estados del “Norte” y los del “Sur”.


El astrónomo Mason (al que da voz en la canción un invitado de auténtico postín, James Taylor) comanda la expedición y no lo ve nada claro. ¿Qué se le ha perdido en esas tierras infestadas de indios, sobre todo ahora que las colonias están a punto de alzarse en armas contra la metrópolis? Cómo se echan de menos los señoriales zócalos de caoba de la Royal Society… Por el contrario Dixon, agrimensor y algunos años más joven, encara la empresa henchido de optimismo: hay vino, sol y mujeres en el horizonte… ¿qué más puede un hombre necesitar?

Ese es el debate, entonces: el confort y la seguridad del nido frente a la incierta seducción del mundo exterior; con sus luces y sus sombras, sus risas y sus aflicciones, rebosante de ira y romance, de vida y, bueno, de ese destino al que conduce el autobús de los funestos socios de Freddy Krueger. No hay elección, en realidad, pero permitidme que tan solo por una vez, por una noche, eche el cerrojo a la puerta y me quede en casa. Los resfriados otoñales son los más traicioneros.

Sailing to Philadelphia / Mark Knopfler  letra y traducción

Más canciones redondas de Mark Knopfler:

Knopfler se ha ceñido desde el principio a una línea de trabajo de impecable consistencia; algunos echarán de menos más sorpresas, otros, entre los que me cuento, es justo lo que aplaudimos, que para otras músicas ya hay otros músicos. El periodo que va de Sailing to Philadelphia (2000) a Kill to get crimson (2007), pasando por The ragpicker’s dream (2002) y Shangri-La (2004), es seguramente el más inspirado; así lo evidencian bendiciones como Back to Tupelo y The scaffolder’s wife, entre muchísimas otras.

En paralelo a su corpus principal, Knopfler ha firmado las bandas sonoras de un buen puñado de películas, con resultados irregulares. No obstante, el tema final de una de ellas, grabada cuando Dire Straits estaban en todo su apogeo, es ya una canción de culto. Hablamos de Local hero y Going home, naturalmente.

El ajedrez: problema de A. J. Fink y Ua Tane, Good Companions 1920

El problema de hoy, que según Jeremy Morse podría muy bien ser considerado como el más perfecto mate en 2 jamás creado, tiene tras de sí una curiosísima historia. Frank Stimson (1883-1959) y Adolf Jay Fink (1890-1956) eran dos amigos problemistas residentes en San Francisco que soñaban (quedaos con este verbo) con componer un mate en 2 muy especial: habría 8 defensas temáticas, tantas como casillas alrededor del rey, y en cada una de ellas el negro bloquearía una casilla con alguna pieza, que es justo lo que permitiría el mate blanco. (En la nomenclatura especializada, a este efecto se le llama autobloqueo). Para complicarlo todavía más, los movimientos de mate tendrían que ser todos diferentes. No se había conseguido antes, y durante una buena temporada sus esfuerzos también fueron en vano.


En esto Frank (a la izquierda en la foto), harto de la vida en la gran ciudad, de América y de la civilización, tuvo el arrebato de embarcarse rumbo a la Polinesia, asentarse en Moorea, una de las islas de la Sociedad, y hasta ponerse un nuevo nombre, Ua Tane. Adolf, funcionario de Correos y, como cabe deducir, de talante mucho menos aventurero, le dio la mano y le dijo adiós.

Pero a pesar de estar separados por un océano ambos siguieron dándole vueltas el problema, el renacido Ua Tane bajo los cocoteros, Adolf Fink entre cartas y paquetes. A estas alturas ya habían renunciado, por manifiestamente imposible, a la idea de que los autobloqueos se produjeran en cada una de las casillas en torno al rey, pero tenían que ser ocho, eso era irrenunciable.

Llegados a un cierto punto, Ua Tane tenía varios ejemplos con siete, y sentía que por ahí cerca andaba agazapada la tan ansiada posición. Escribió a Fink comentando sus hallazgos y un buen día, vaya usted a saber por qué, también se los explicó a un amigo polinesio que se entretenía en sus ratos libres haciendo de médium. Lo sorprendente es que justamente esa noche Fink soñó con un esquema que podía ser el bueno, bien es cierto que sin una clave adecuada. Adolf enseguida envió una carta a su colega con la imperfecta posición y, oh maravilla, fue verla Ua Tane y soñar esa misma noche la clave que redondeaba la composición.

Si el problema se sigue considerando aun hoy una obra maestra no es solo por el épico logro (todavía no superado) de los ocho autobloqueos. Inexplicablemente, se trata de una composición muy equilibrada, sin cabos sueltos y llena de contenido: correcciones, mates cambiados, ausencia de duales y otros temas (os remito a mis notas para los detalles) aparecen como por arte de magia; es irrazonable, incluso absurdo, pero ahí están. Ua Tane terminó absolutamente convencido de que la inspiración les había llegado del otro mundo gracias a los buenos oficios del médium. Demasiado sol en la cabeza, tal vez, en esas paradisiacas playas de los mares del Sur, pero es innegable que se trata de un problema de ensueño.

Problema de A. J. Fink y Ua Tane, Good Companions 1920