La música: “Man in a suitcase / Canary in a coalmine” de The Police

La gente exagera mucho con eso del miedo a volar.

Reconozco que es legítimo sentir un cierto cosquilleo en el momento crítico del despegue, pero objetivamente se trata de un medio de transporte seguro. Existe incluso una encuesta que asegura que es más probable palmarla cayéndote un día de la cama que estrellándote en un avión. (Siempre he sentido curiosidad por saber cómo se realizan este tipo de encuestas. Es decir, imagina que un día suena el teléfono y alguien te pregunta: “Esto es para una encuesta: ¿ha fallecido algún familiar suyo tras caer de una cama, sofá o similar?” Yo sería incapaz de tomármelo en serio… pero me estoy yendo por las ramas.)

Las cintas de equipajes, eso sí da verdadero pánico. Sobre todo porque allí el peligro es pero que muy real. Si lo sabré yo, que me han perdido la maleta ya tres o cuatro veces. El otro día estaba yo junto a una en el aeropuerto de Barcelona, esperando con ansiedad saber qué me depararía el destino esta ocasión. Llegué innecesariamente pronto, así que tuve tiempo, mientras esperaba a que el monstruoso agujero empezara a vomitar las maletas de mi vuelo, de contemplar cómo daba vueltas un bulto solitario ignorado por todos los presentes. Hay que ver qué mala espina da eso.

Ostras, la marca. ¿De qué marca será la dichosa maleta? Me concentro furiosamente. Samsonite, a lo mejor; ¿no son todas de esa marca…?

Al cabo comenzaron a salir. Desde mi posición intenté vislumbrar posibles candidatas a ser la mía. Identifiqué una parecida, que saqué e inspeccioné brevemente cuando pasó frente a mí “solo para estar seguro”, pero enseguida la reintegré al circuito, esforzándome por ignorar la mirada de soslayo que me echó un tipo encorbatado que había a mi lado. Entretanto, a unos pocos metros y violando flagrantemente todas las leyes de la probabilidad, unos cuantos zagalones recogieron de golpe seis o siete mochilas de considerable tamaño y se marcharon tan frescos.

Con la alarma mudando ominosamente del amarillo al naranja, me dio por imaginarme ante la ventanilla de objetos perdidos:
“¿Qué es lo que ha extraviado?”
“Pues una maleta, ¿qué va a ser?”
“¿Medidas?”
“No sé, mediana tirando a pequeña… ¿Es importante eso?”
“¿Color?”
“Eso sí lo tengo claro: azul oscuro. Ah, y además lleva ruedas.”
La señora del mostrador, una cincuentona con cara de estreñida, suelta un bufido y me dice:
“Con estos datos va a estar complicado.”
“¿Pero oiga, no les ponen una etiqueta adhesiva para identificarlas? Aquí llevo el código…”
“Venga, traiga, pero lo normal en estos casos es que se despeguen. De ahí que se pierdan”, me espeta cruelmente. “Sabrá por lo menos la marca de la maleta…”
Ostras, la marca. ¿De qué marca será la dichosa maleta? Me concentro furiosamente. Samsonite, a lo mejor; ¿no son todas de esa marca…?

Y justo en estas mi equipaje asomó por fin por un recodo de la transportadora. Dioosss, qué alivio. Y de un humor excelente, arrastrando mi maleta (Roncato) y tarareando el estribillo de “Man in a suitcase”, de Police, que me había venido de repente a la cabeza, me encaminé a la salida.


P.S. Desde el principio tuve muy claro que The Police aparecería tarde o temprano en este blog, y tenía pensada incluso la canción, una que me gusta muchísimo y es poco conocida: “Canary in a coalmine”. Pero “Man in a suitcase” sigue dando vueltas ahí dentro, y resulta que ambas son muy cortas, y de corte parecido. Así que he decidido salomónicamente hacer un popurrí con las dos.

Man in a suitcase – Canary in a coalmine / The Police  letras y traducciones

Más canciones redondas de The Police:

Como he dicho hace un momento, The Police tenía que estar en este blog por las buenas o por las malas. Lo primero, por el originalísimo sonido que forjaron a base de reggae (sobre todo), un poco de punk y unas gotitas de jazz. Lo segundo, por su integridad artística: Synchronicity, su quinto álbum, les hizo enormemente populares, pero lo cierto es que aquello no era ya el “Police” de siempre; y vez de dedicarse a hacer caja, como otros (Genesis y Queen son dos ejemplos especialmente lamentables), decidieron irse cada uno por su lado. Limitémonos entonces a sus tres primeros discos, que son los que les aseguran un hueco en el Olimpo del rock:

  • Roxanne, en Outlandos d’Amour. Todo el mundo la conoce, ya lo sé, y también es de sobra conocido que Sting se inspiró para escribir esta canción en unas jornaleras del amor que trabajaban junto a un hotel cutre parisino donde se alojaron cuando eran todavía unos don nadies. Ahora bien, ¿sabíais que es un vals? Fijaos y veréis.
  • El estrafalario título del segundo álbum, Regatta de Blanc, no deja lugar a dudas. Walking on the moon puede que sea el mejor ejemplo de ese “reggae blanco” que patentaron. Sting marca el paso en plan mariscal, Stewart Copeland es un prodigio de sutileza a la batería, y Andy Summers rasguea la guitarra como si fuera un califa repartiendo monedas entre el populacho.
  • Zenyattà Mondatta es el disco cumbre de The Police por varios cuerpos de ventaja. “Man in a suitcase” y “Canary in a coalmine” están aquí, pero hay más, mucho más. De Do Do Do, De Da Da Da fue uno de sus temas más exitosos, y a casi todos os sonará su pegadizo estribillo. Pero no os dejéis engañar: la canción no tiene de trivial ni un pelo.

El ajedrez: Rotlewi-Rubinstein, Lodz 1907

Akiba Rubinstein (1882-1961) fue, junto a Lasker, Capablanca y Tarrasch, uno de los cuatro mejores jugadores del mundo en las dos primeras décadas del siglo XX. Nacido en la pequeña localidad polaca de Stawiski, el menor de doce hermanos de una familia judía, aprendió a jugar muy tarde, a los dieciséis años, algo excepcional entre maestros de primera fila. Un ajedrecista de su talla tendría que haber tenido al menos la oportunidad de disputar el título mundial, pero la mala suerte se lo impidió. Tras una impresionante racha de triunfos en 1912 se apalabró, de hecho, un duelo con Lasker para otoño de 1914, pero mientras se reunían los fondos para el match Rubinstein tuvo una desastrosa actuación en el gran torneo de San Petersburgo de 1914, y entre esto, y el comienzo de la Primera Guerra Mundial, todo se vino abajo.


A partir de 1918 Rubinstein rehizo su carrera, y tras quedar primero ante Alekhine y Bogoljubov (los otros aspirantes al título) en el torneo de Viena de 1922, retó al nuevo campeón Capablanca. La falta de recursos imposibilitó otra vez el duelo y ahora ya, de manera definitiva, Rubinstein hubo de enterrar sus sueños.

Hay que decir también que su apocado carácter no le ayudó en nada. Tímido hasta rozar lo patológico (tras hacer sus movimientos se retiraba a un rincón de la sala para no incomodar lo más mínimo a su rival), la cosa fue yendo a peor con los años. Jugó su última partida de torneo en 1932 y acabó su vida en la miseria e ingresado en un sanatorio mental.

Triste final para un superdotado del tablero, recordado hoy sobre todo como un eximio finalista, posiblemente el mejor de la historia. Pero su talento era poliédrico: sus aportaciones a la teoría de aperturas fueron notables, tanto en cantidad como en calidad, y en el medio juego, cuando había que hacerlo, combinaba tan bién como el que más. Tan bien que, según la cualificada opinión de Karl Schlechter (un ajedrecista austriaco que en 1910 consiguió igualar con Lasker en un match), su combinación en la partida Rotlewi-Rubistein, disputada en el quinto torneo de Todas las Rusias, merece ser consideraba la más espléndida de todos los tiempos. Ha llovido mucho desde aquella afirmación un tanto tremendista de Schlechter, pero lo que es evidente es que el fulgor de esta joya no se apagado ni un ápice.

Rotlewi-Rubinstein, Lodz 1907

Más partidas memorables de Akiba Rubinstein:

No sería justo despedirnos de Rubinstein sin repasar antes algunos de sus más famosos finales de partida:

  • Rubinstein-Duras, Viena 1908. Rubinstein gana un peón tras un elegante sacrificio temporal de dama, simplifica la posición todo lo posible, devuelve el peón en un ala para conseguir un peón pasado en la otra, y finalmente lo corona. Qué fácil parece, dicho así.
  • Rubinstein-Lasker, San Petersburgo 1909. Tremendo choque de trenes. Una sutilísima maniobra en el medio juego deja a Rubinstein con un peón de ventaja que explota en el final de torres con la solvencia acostumbrada.
  • Spielmann-Rubinstein, San Petersburgo 1909. Otra partida del mismo torneo, en el que Lasker y Rubinstein compartieron triunfo con tres puntos y medio de ventaja sobre el tercero, y seguramente su final más célebre. Se cuenta que a la conclusion de la pardida, Spielmann le dijo a su oponente: “Akiba, si viviéramos en la Edad Media le quemarían a usted en la hoguera. ¡Lo que hace usted en los finales de torres solo puede llamarse brujería!”. Más voces autorizadas: “¡Un imperecedero, clásico final de torre!” (Kasparov); “Es imposible alabar suficientemente la habilidad con que Rubinstein condujo este final” (Lasker).