Por lo que sea, a la gente le chiflan las listas «Lo de mejor de…», en Internet las hay a raudales hasta de los temas más peregrinos. Estos días me he entretenido revisando unas cuantas con «las mejores series televisivas de la historia» y «las mejores bandas sonoras de series televisivas de la historia» y, dentro de la previsible heterogeneidad de los veredictos, me ha parecido observar, así como al bies, una curiosa correlación: las habitualmente consideradas indiscutibles (Los Soprano, Breaking bad, Peaky Blinders, Mad men, Twin Peaks…) suelen incluir excelente música. La explicación fácil es que una serie redonda ha de funcionar como un mecanismo bien engrasado, y la banda sonora es una de las piezas fundamentales del engranaje, pero yo creo que pasa más bien al revés. Cuando lo que ves en la pantalla te atrapa de verdad, te quedas como medio en trance; y durante ese colocón lisérgico, donde todo resulta tan obvio, es cuando caes en la cuenta de lo increíblemente buena que es la canción que suena. Ahí tenéis el ejemplo de «Running up that hill», mil millones de descargas en Spotify por cortesía de una horda de fanáticos de Stranger things, mayormente imberbes. Supongo que a Kate Bush le pillaría la noticia haciendo calceta, hace ya cuarenta años que la publicó.
Si alguien ha echado a faltar, entre las que he enumerado, alguna de sus series favoritísimas, que no se lo tome a la tremenda, Doctor en Alaska tampoco está y no he montado ningún espectáculo. En el fondo es una buena señal, porque es sabido que uno de los dramas fundamentales del mundo moderno es la falta de buen gusto. Por irnos al caso más extremo, de Ally McBeal no se acuerdan ya más que tres gatos. Total, tan solo usó la música como ariete para voltear por los aires la comedia dramática convencional.
La historia va de un absurdo bufete de Boston, Cage & Fish, donde se defienden casos a cual más disparatado. La protagonista es una romántica incurable obsesionada con su soltería, que sigue enamorada de Billy, su ligue de juventud, ahora casado con Georgia, encantadora hasta la desesperación; por si faltaban complicaciones, también trabajan allí. El epicentro del universo McBeal es, no obstante, el bar de abajo. Allí desconectan al final de la jornada y disfrutan de las actuaciones de Vonda Shepard, que se interpreta a sí misma como artista residente del local. Sus canciones (principalmente versiones pop y Motown, más algunos temas propios) y las del resto de la banda sonora son mucho más que simple ambientación: relatan las manías, neuras y anhelos de los personajes, anclándolos un poco a la realidad para que no los arrastre del todo el torbellino donde andan metidos. Casi todos saben cantar, por cierto, y algunos maravillosamente —Georgia, incapaz de dar una nota a derechas, es una significativa excepción. Por no hablar de la impresionante nómina de cameos que desfiló por sus episodios, que incluye a Barry White, Al Green, Sting, Elton John y Tina Turner, entre otros. (¿Debería mencionar también a Jon Bon Jovi? Se «limitó» a interpretar a un novio de Ally en la última temporada…).
John Cage, el copropietario de la firma, es la apoteosis del concepto. (La coincidencia de nombres con el músico minimalista no es casual. Los crujidos estomacales, ruiditos nasales y tarareos con los que complementa —o suple— sus intervenciones en el estrado son una clara parodia de «4:33»). Excéntrico incluso para lo que se estila por allí, usa «You’re the first, the last, my everything» como alabarda mental para enfrentarse a los terroríficos molinos del mundo. Hay un momento especialmente inspirado, de la segunda temporada, donde se traen a Barry White para que se la cante de regalo de cumpleaños. Como un pájaro hipnotizado por una cobra, John se le acerca y bailotea con su inimitable estilo. Entonces el resto del elenco sube al escenario y se suma a la coreografía, y por poco no te lanzas tú a la tele y a cabezazos te metes también.
Si nos hemos olvidado de Ally McBeal es, seguramente, porque ya nadie se atreve a hacer series como esta. Cuando os hablé de Doctor en Alaska me preguntaba el porqué. No sé, quizá los algoritmos que empiezan a mandar en todo colapsan con propuestas así, mezcla a partes iguales de temeridad, imaginación y falta de complejos. En cuanto a las canciones de Shepard, tres cuartos de lo mismo, porque Spotify ha tenido la desfachatez de enviar parte de la banda sonora, en particular la magnífica balada de abajo, al limbo grisáceo de lo no reproducible. (Por ser totalmente justos, «100 years away» sí es reproducible, pero solo la versión primeriza, la del álbum The radical light de 1992, que no está a la altura de esta). Tú paciencia, Vonda, solo le faltan siete. Para cumplir los cuarenta tacos, digo. Seis, de hecho, a partir de medianoche. Ventajas de los días como hoy. 😉
100 tears away / Vonda Shepard
100 tears away / Vonda Shepard letra y traducción
Please come home for Christmas / Vonda Shepard
Please come home for Christmas / Vonda Shepard letra y traducción

