Un mundo feliz de Aldous Huxley

Como por todo hay que polemizar, una legión de opinadores lleva decenios discutiendo si es 1984, o si es Un mundo feliz, la novela que mejor profetizó nuestro desquiciado mundo moderno. El primero que apostó por sí mismo fue Huxley, en una carta enviada a Orwell en octubre de 1949, donde argumentaba que es mucho más simple manejar a la masa con la zanahoria que con el palo. No consta que el otro le respondiera, seguramente porque en ese momento tenía cosas más urgentes de las que ocuparse (morir de tuberculosis, por ejemplo), pero la historia avala a su antiguo profesor de Eton: la dictadura del Gran Hermano se sostiene en el lavado de cerebro, la desinformación sistemática y la omnipresente vigilancia, pero no bastaron para evitar el colapso de la URSS en los ochenta. (Quizá, terciaría el supremo norcoreano Kim Jong-un, porque no se emplearon lo bastante a fondo. Será por opinadores…).

En el mundo feliz de Huxley, en cambio, la vida es un perpetuo parque de atracciones. Las drogas carecen de efectos secundarios, hay sexo a todas horas, se han abolido los lazos afectivos y las responsabilidades familiares. Ahora los bebés nacen in vitro, organizados en castas mediante la manipulación fetal y la narcohipnosis, para que desempeñen su futuro oficio sin quejas y a pleno rendimiento. Hasta la muerte se ha reprogramado genéticamente: a los sesenta se produce un súbito decaimiento y haces mutis por el foro en pocos días, más guapo que un sol y tan cocido de analgésicos que parece que estés subiendo al cielo. Se mantienen, a modo de zoológicos, «reservas» donde comunidades reducidas subsisten al antiguo modo, y de allí emerge John «el Salvaje» con una mochila de citas de Shakespeare y buenas intenciones, y la misión, o eso esperaríamos, de agitar el avispero en esta cloroformizada sociedad. Pero los tiros van por otro lado. Huxley, cuya malicia literaria salta a la vista, no pretende aliviarnos con otros Winston y Julia a los que compadecer. Antes al contrario, sus personajes —John incluido— oscilan entre lo tedioso y lo insufrible, con la paradójica excepción del medio benevolente Mustapha Mond, el máximo gobernante de la región. Por ahí, naturalmente, es por donde van los tiros, tiros en esta era ágrafa de Tinder y Netflix, de geriátricos y tanatorios, de bótox y antidepresivos, se han demostrado asombrosamente certeros. Cómo no simpatizar con tan excelentes proveedores de alienación; cómo no amar, siquiera un poquito, a este Gran Hermano.

En Fahrenheit 451, la otra gran novela distópica del siglo XX, Ray Bradbury pone los libros en el ojo del huracán: deben quemarse para evitar que su lectura induzca en la gente el pensamiento crítico y, como consecuencia, la melancolía y la insatisfacción. Los burócratas de 1984, más concienzudos, los reescriben casi a diario para digan en cada momento lo que conviene decir. En Un mundo feliz, por fin, la censura se ha vuelto innecesaria porque nadie tiene el menor interés por ellos. En China, donde con su milenaria astucia parecen haber dado con la tecla para combinar lo mejor de los totalitarismos consumista y comunista, ninguna de las tres obras está prohibida. El criterio, por lo visto, es que el colectivo de potenciales lectores es tan raquítico que es imposible que planteen amenaza alguna, aparte de que lo más probable es que esos pocos ya pertenezcan a la élite dominante. Que no nos pase nada.

Un mundo feliz
Brave new world (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

La tentación de proclamar a Sultan Khan el John «el Salvaje» del ajedrez es demasiado golosa como para no sucumbir a ella, aunque convendría no abusar del estereotipo. El año pasado, su nieta Atiyad, doctora en Historia Económica por la Universidad de Cambridge, publicó una reseña en chess.com donde apalizaba a Daniel King por su biografía Sultan Khan — The Indian servant who became Chess Champion of the British Empire. En ella exhibía fuentes solventes para desmentir diversas historietas sobre su abuelo, y concluía: «Puede resultar tentador para cierta clase de escritores calificar los logros de las personas de color como extraordinarios y milagrosos, buscando así deshumanizarlas como salvajes analfabetos que desafían la ley de la gravedad, porque la verdad de que podrían triunfar simplemente por sus méritos es demasiado difícil de soportar». Jaque mate.

Parece claro, por otra parte, que Stevie Wonder es el artista más happy flower de cuantos hemos escuchado en el blog. No descarto incluso que el más feliz, y eso que es ciego. La música solo asoma tangencialmente en las feroces ideologías imaginadas por Huxley, Bradbury y Orwell: combinada con efectos olorosos, visuales y táctiles para el máximo goce sensorial, como una especie de anestésico ruido blanco, o como pop sintético y baratero (¡Heil, Bad Bunny!) con que embrutecer al proletariado, respectivamente. Ahí desperdiciaron una grandísima oportunidad, pienso yo. A mí amenazadme con destruir los discos de los Beatles, Bach o Billie Holiday, y os juro que aguanto de aquí a Berlín haciendo el paso de la oca.

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