«There will never be another you» de Lester Young y «It never entered my mind» de Coleman Hawkins y Ben Webster

Décadas antes de que Carreras, Domingo y Pavarotti demostraran al mundo que, contra todo pronóstico, se puede sobrevivir despierto a dos horas de recital operístico, ya hubo otro legendario trío de tenores. No tan popular, es verdad, pero igual de tenorísimo, puesto que estos otros tocaban el saxo tenor. Más que trío, trinidad, porque Coleman Hawking fue el padre del invento y Ben Webster el primogénito aventajado (y bastante díscolo), mientras que Lester Young, siempre palomita suelta, aporta al místico triángulo su lado más etéreo.

El saxofón lleva mucho en la cima de la imaginería del jazz, pero en sus albores no pasaba de comparsa de otra santísima trinidad, la de Nueva Orleans (trompeta, trombón y clarinete); fue Coleman Hawkins, en primera persona, quien lo rescató de las mazmorras de la intrascendencia. Hegemónico en los años treinta, su versión de «Body and soul» de 1939, grabada tras un periplo de cinco años por Europa, fue el faro que iluminó a los revolucionarios del bebop. Pero ojo porque, entremedias, había surgido en casa un nuevo talento dispuesto a comerle la tostada, y sus propuestas no podían ser más antagónicas. Hawk trabajaba, por así decir, en «vertical», desplazándose arriba y abajo por su instrumento conforme exploraba los acordes. Lester Young, más interesado en la melodía y el ritmo de la pieza que en su arquitectura armónica, progresaba en «horizontal», con un fraseo ligero y suave y casi sin vibrato. Hawking tendía a anticiparse al compás, Prez se demoraba; el primero te sometía con su musculatura, el segundo te seducía con un simple guiño del ojo. Al cabo, Lester ganaría la batalla de las ideas a los puntos, porque los boppers no fueron insensibles, ni mucho menos, a sus hallazgos cromáticos, y casi todos los saxofonistas de los cincuenta imitaron o se inspiraron en su estilo. Escuelas como el cool o el West Coast, artistas como Stan Getz, Paul Desmond o Art Pepper, no se entienden sin el legado del «Presidente» Young.

Ben «el Bruto» Webster, como casi todos los de la época, mimetizó de primeras a Hawkins, pero experimentó una metamorfosis profunda entre 1940 y 1943, los años que pasó en la orquesta de Duke Ellington. (Seguramente fue entonces cuando se ganó el apodo, que alude tanto a su violento sonido en los tempos rápidos como a su inaguantable carácter cuando iba pasado de copas. Cuentan que se despidió de Duke con un bofetón y rajándole un traje a navajazos). Allí cayó bajo el embrujo de Johnny Hodges, que despertó en él una pulsión lírica que definiría su carrera y lo encumbraría como el maestro definitivo de la balada romántica. En este registro, la Bestia se transmutaba en Bella: su tono adquiría muchísimo cuerpo, con un vibrato «soplado», muy característico, que era chocolate puro. Frente a la precisa linealidad de Young, Webster construía solos tan refinados como exquisitos, emocionantes pero para nada sensibleros; puede que Prez te guiñara el ojo, pero lo de Ben era un morreo en todo regla. Si entran en liza otros tipos de saxo, la mayoría de expertos te dirá que es Hodges (su especialidad, como la de Charlie Parker, Desmond y Pepper, era el alto), no Webster, quien completa el podio de los grandes del swing junto a Hawking y Young; y que, en términos absolutos, no hay trinidad ni binidad que valga, la supremacía de John Coltrane es inapelable. Pues vale, pero qué queréis que os diga: a mí ningún saxofonista, tenor, alto, bajo o gordo, me ha enamorado como Webster.

Cuando se grabaron los monumentales temas que vais a escuchar, el de Young en 1952, la colaboración entre Hawk y Webster en 1957, ninguno estaba para tirar cohetes. Prez no había vuelto ser el mismo tras su nefasta llamada a filas en 1944, que acabó costándole un año de prisión militar y una deshonrosa expulsión del ejercicio. Hawk estaba estancado: sus otrora incendiarias innovaciones, esas interminables progresiones de acordes, el incesante flujo de notas, los mareantes cambios de ritmo; todo parecía ya demasiado visto. En cuanto a Webster, digería con creciente dificultad el injusto status quo, que lo mantenía a la sombra de sus totémicos colegas; su nunca confirmada, pero probable homosexualidad, tampoco simplificaba precisamente las cosas. Los tres apostaron por la solución fácil, haciendo caso omiso a esa ley de Arquímedes inversa según la cual, cuanto más densos son tus problemas, menos fácil es sumergirlos en alcohol. A todos se los llevó la botella por delante: a Prez en 1959, a Hawk en 1969, al Bruto en 1973.

Puede que Prez te guiñara el ojo, pero lo de Ben era un morreo en todo regla

Ninguna de tales turbulencias aflora en estas canciones extraordinarias, o quizá sea justo lo contrario. Otra ley del jazz, esta más culinaria que hidráulica, asegura que el verdadero talento sabe divino cuando lo cueces, a fuego lento, con tus demonios más íntimos; ahí están Billie Holiday, Chet Baker o Bill Evans para atestiguarlo. Encima, los respectivos álbumes se grabaron en un solo día, es decir, lo que vais a escuchar les salió así, por las buenas, prácticamente sin ensayo previo. Conduce el cuarteto rítmico, en ambos casos, el siempre fiable Oscar Peterson, así que os será fácil comparar y decidir qué preferís, el vapor de Lester, la compacidad de Hawkins (que ejecuta el solo intermedio de «It never entered my mind») o las carantoñas de Ben. O también podríais quedaros con todo, nadie os lo reprochará: ni el oro, ni el incienso, ni la mirra, volvieron nunca de Belén a Oriente.

There will never be another you / Lester Young
There will never be another you / Lester Young
It never entered my mind / Coleman Hawkins y Ben Webster
It never entered my mind / Coleman Hawkins y Ben Webster

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