Locos. Idos, enajenados, majaras y turulatos. Locos en desbandada, a troche y moche, un océano de locos. Inofensivos y ofensivos, de todos los pesos y sexos, genuinos, impostados y de entretiempo. Hasta los loqueros están de atar. Como salta a la vista, el más necesitado de la camisa de fuerza es el autor del blog.

67: Al salir del infierno de John Franklin Bardin

Hola. Ya estoy de vuelta. Si os ha preocupado mi salud os lo agradezco, pero no había motivo. Sencillamente, han sido dos meses frenéticos en el trabajo, cercado por improrrogables fines de plazo, y fastidiado porque no conseguía que las cosas salieran todo lo bien que tenían que salir. Eso sí, mi neurosis favorita ha disfrutado como una energúmena. Mira que lo tengo claro; mira que sé que al resto del mundo le importa un higo. A veces, como en esas experiencias extracorpóreas que cuentan algunos a los que la muerte les ha pasado rozando, me veo a mí mismo desde fuera, y me pregunto: “¿De veras sigue todavía ese memo ahí, ‘doy cera-pulo cera’? ¿Es que se cree Karate Kid?” Ah. Ahora que os estoy preocupando. De acuerdo, es un despropósito integral, pero ninguna neurosis que se vista por los pies se distingue precisamente por su racionalidad.

Dejémoslo, por tanto, en esto: mi salud física, bien, pronóstico reservado para la mental. En lo segundo, por cierto, mimetizo bien con el paisaje de tierra quemada que nos circunda últimamente. De veras: nunca conocí tiempos tan desquiciados, en lo colectivo, como los presentes, con los pirómanos incendiando miles de hectáreas de bosque en el oeste, y arrasando miles de hectáreas de convivencia en el este. Es como si durante años se hubieran camuflado entre nosotros millones de locos, a los que solo ahora, aburridos de fingirse cuerdos, identificamos como lo que son. Por una vez me veo obligado a darle la razón al inefable Guardiola: es un escándalo que hayan encerrado a los Jordis esos en la cárcel. Tendrían que estar en un hospital psiquiátrico.


John Franklin Bardin sabía de psiquiátricos todo lo que hay que saber, y bastante de lo que no hay que saber, ya que su madre cayó en las garras de la esquizofrenia paranoide siendo él todavía un adolescente. Era, además, huérfano de padre, por lo que no pudo estudiar en la universidad y se formó por su cuenta, leyendo, en una librería donde trabajó como empleado nocturno (uno de los muchos oficios que desempeñó, desde fundidor a publicista). A los treinta le sobrevino una repentina explosión de creatividad y en el breve plazo de dos años, de 1946 a 1948, publicó tres insólitas novelas de misterio donde daba rienda suelta a la (comprensible) obsesión con las enfermedades mentales que arrastraba desde niño: El percherón mortal, El final de Philip Banter y Al salir del infierno. Eran obras adelantadas a su tiempo, porque en vez de viajar a las lejanas galaxias de la ciencia ficción, tan popular entre los lectores estadounidenses de la época, seguían la ruta exactamente opuesta: hacia las profundidades de la mente humana. Recibieron, pues, la tibia acogida que se dispensa (en el mejor de los casos) a los iconoclastas, y solo tras reeditarse en 1976, cuando el lavado de cerebro, los efectos del LSD y los nuevos tratamientos psicológicos eran tan de dominio público como la relatividad y el viaje a la Luna, se valoró en su justa medida el desasosegante y alucinatorio universo de este singular autor.

Bardin citaba grandes nombres como sus influencias literarias: Graham Greene, Henry Green, Henry James. No obstante, en sus dos trabajos iniciales parece más bien un alumno aventajado de Cornell Woolrich porque ni Dalí, sesteando durante la digestión de una potente fabada, podría haber fabulado argumentos así de desorbitados. En El percherón mortal un individuo acude a la consulta de un psiquiatra convencido de estar perdiendo la cabeza. Su aspecto y su conversación no son los de un demente, salvo por una cosa: jura y perjura que le visitan unos enanos para los que debe hacer recados tan ilógicos como repartir dinero entre desconocidos, ponerse flores en el pelo o entregar caballos a domicilio. Y en El final de Philip Banter un mujeriego y alcoholizado agente publicitario descubre en su despacho una confesión, aparentemente escrita por él mismo, detallando una serie de hechos que, increíblemente, empezarán a cumplirse, al pie de la letra, un día después. Obviando que concluyen tan absurdamente como empiezan, son dos libros absolutamente devorables, con una atmósfera como de cloaca onírica, y personajes a medio camino entre el guiñol y la fantasmagoría. Con una destacable mejora con respecto a Woolrich: si los psicópatas de este no pasan de groseras caricaturas, Bardin trae los deberes hechos de casa y evidencia una comprensión del trastorno mental inaudita entre los escritores de los primeros años de la posguerra.


Lo anterior es especialmente patente en Al salir del infierno, sin duda la mejor de sus novelas; puede que sea todavía, setenta años después de su publicación, la más convincente deconstrucción —aun sin renunciar a ninguna convención del género— de una personalidad esquizofrénica de todo el noir. Han pasado dos años y Ellen Purcell recibe el alta en el sanatorio donde se la internó tras una grave crisis nerviosa. Luce el sol y su esposo Basil (un director de orquesta más popular que talentoso) la recibe solícito en la puerta, por lo que, en teoría, las cosas deberían marchar bien. Como Basil, Ellen vive profesionalmente de la música, y nada desea tanto en este mundo como volver a tocar su adorado clavicémbalo, en especial su pieza favorita: el aria, intrigante y narcótica, que abre las Variaciones Goldberg de Bach. Pero cuando llega al piso el instrumento está cerrado con llave, y esta no aparece por ningún sitio; y cuando, tras un exhaustivo registro por toda la casa —en el que encuentra algunas prendas femeninas que no recuerda haber comprado—, su esposo se presta a ayudarla, resulta que la llave está en la propia cerradura. Tras este incidente la frágil ligazón de Ellen con la realidad empieza a resquebrajarse; la reaparición, sin venir a cuento y justo en casa de la hermana de Basil, de una turbia amistad de su pasado, será un imprevisto y duro mazazo. Sin más esperanza a la que aferrarse que su música, Ellen visita a una antigua profesora y, dejándose el alma, toca las Variaciones para ella. La mirada de la maestra hace innecesarias las palabras: las tremendas sesiones de electroshock a las que fue sometida por los loqueros del sanatorio han achicharrado su talento. Entonces las puertas del infierno volverán a abrirse ante ella; o, mejor dicho, se cerrarán para siempre, ya que en realidad nunca ha salido de allí.

Cuña cinéfilo-musical. Cuando escribió Al salir del infierno Bardin estaba enceladísimo con las Variaciones y las escuchaba sin cesar, lo que explica el protagonismo tan exagerado que el aria tiene en la historia. Un ulterior tarado de la ficción que es también (sin duda como homenaje a Bardin) furibundo admirador de esta composición es nada menos que Hannibal “El caníbal” Lecter. El guionista de El silencio de los corderos, Ted Tally, decidió —con excelente criterio— ser muy fiel al librazo de Thomas Harris, hasta el punto de que podemos escuchar el aria en la hiperbólica escena de la fuga de Lecter. El único cambio con respecto a la novela es que el pianista que la interpreta no es Glenn Gould, detalle perdonable porque los derechos de autor debían valer un pastón. Lo digo porque Gould es a las Variaciones Goldberg lo que la canela al arroz con leche, y las dos grabaciones que hizo de las mismas han vendido millones de copias, cantidad prácticamente inconcebible en la música clásica. Sin los recursos expresivos del piano(forte) a su disposición, para un clavicembalista es doblemente difícil salir airoso del intrincado laberinto de las Variaciones. Pierre Hantaï, como comprobaréis a continuación, es uno de los pocos que lo ha logrado.

Goldberg-Variationen – Aria / Johann Sebastian Bach
Goldberg-Variationen – Aria / Johann Sebastian Bach

Me he guardado para el final la mejor baza, como debe ser. Bardin nos regala un billete en primera para el tren de la bruja, narrando toda la novela desde la averiada perspectiva de la protagonista con una eficacia impresionante; desde que prepara la maleta para irse del manicomio y las primeras leves dudas empiezan a cuajar en su mente, hasta el impactante clímax final. Y lo que contemplamos (sorpresa, sorpresa) no es un monstruo, sino una mujer sensible, inteligente e intuitiva que, abrumada por las circunstancias, olvida cómo seguir en pie. John Franklin Bardin sabía de primera mano que no caben clichés para la demencia; que esta no es un sí o un no de ensimismados o violentos, reconducibles o irrecuperables. Sabía que es un reino, este de la locura, de fronteras inciertas, emborronado de sombras, cuyos moradores recorren como a tientas, hambrientos de luz. Y si hay en sus mentes pasmo, más todavía, en sus corazones, anidan el dolor, el desvalimiento, y el más temible de los pavores: al definitivo extravío.


Para ti, tita María, que te fuiste del todo el martes pasado, aunque ya hace tiempo que habías empezado a marcharte. Quizá un día la enfermedad me arranque, como a ti, la memoria a zarpazos, pero tendrá que sudar tinta para robarme el recuerdo de tus ojos cómplices, la última vez que te vi, cuando me reconociste.

 

Al salir del infierno
Devil take the blue-tail fly (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

Músicos majaras. No nos faltarán ejemplos con que ilustrar el tema: las hemerotecas del rock los acumulan por centenares, algunos tan extremadamente extremos como el doble incidente de Ozzy Osbourne con el murciélago y la paloma, o la apuesta de dos de los Motley Crue para ver quién aguantaba más sin ducharse. En una escala de 0 a 10 de lo escatológico-vomitivo ambas anécdotas rondan sin problemas el 25, por lo que entenderéis, y me deberíais agradecer, que omita los detalles, en todo caso fácilmente localizables en internet para todo aquel con suficiente estómago para buscarlos. Tan solo diré que el primero le granjeó al exvocalista de Black Sabbath el odio eterno, y más que justificado, de los activistas de PETA (People for the Ethical Treatment of Animals), en tanto que la segunda fue involuntariamente abortada por una groupie en extremo complaciente que, ay, debería haber cenado esa noche algo menos contundente que espaguetis.

No obstante, debemos separar el grano de la paja. Antes que obedecer a trastornos psiquiátricos diagnosticables, la mayoría de estas supuestas chaladuras no pasan de episodios de enajenación mental transitoria inducidos por los alcaloides o el alcohol, cuando no de meros montajes para dar el cante en los noticiarios. Francamente, no me creo que un tipo con los años de servicio de Carlos Santana necesitara (por mucho que él lo diga) que una entidad mística llamada Metatron le instigase a componer Supernatural. Y la costumbre de Rod Stewart, en sus años “Da Ya Think I’m Sexy?”, de reemplazar el contenido de sus supositorios por cocaína para usarlos, bueno, como habitualmente se usan los supositorios, tenía en realidad toda la lógica del mundo: ya se sabe cómo este opiáceo daña el cartílago nasal. Si, por fin, Phil Spector (inventor del “Wall of Sound” y productor del último álbum de los Beatles), encerró a punta de pistola a los Ramones para que se aviniesen a continuar grabando End of the Century, no hacía otra cosa, bien es cierto que un tanto expeditivamente, que velar por los intereses de su negocio. (Aparte de que dudo que hubiese disparado a dar. O quién sabe: actualmente cumple una condena de 19 años por el homicidio, según él involuntario, de una camarera en 2003. La pinta con que se presentó al juicio —mirad abajo— no le ayudó en nada a empatizar con el jurado, eso también hay que decirlo.)


Entre las consabidas excepciones a la regla, el genuino descenso a los abismos del delirio de Syd Barrett ha sido de los más sonados. A Barrett, el líder de los primeros Pink Floyd, le llegó la fama tras la aparición en 1967 de The piper at the gates of dawn, un disco revolucionario que mezclaba textos entre lo naíf, lo humorístico y lo surreal, incursiones experimentales casi cubistas, y unas melodías extrañamente resplandecientes que parecían salidas de ninguna parte. Autor prácticamente único de la música y la letra de este hito de la psicodelia, Syd llevaba ya una buena temporada expandiendo su subconsciente con exageradas dosis de LSD y la cosa acabó fatal. Su carácter, antes extrovertido y amable, se empañó. Vinieron los lapsos de memoria, los arrebatos de violencia —llegó a tener encerrada a su novia tres días, pasándole de vez en cuando galletas bajo la puerta—, las fases de catatonia. Se volvió un peligro andante en el escenario, asi que los otros ficharon a David Gilmour con la débil esperanza de que Syd trabajara en casa mientras ellos actuaban, a semejanza de lo que los Beach Boys habían hecho con Brian Wilson tras la debacle de Smile; fue en vano. Tras ser oficialmente despedido en abril de 1968 se recluyó unos meses en su apartamento, aún enganchado al ácido, pero tras ponerse en tratamiento psiquiátrico espabiló un poco y, con ayuda de sus exs de Pink Floyd, a los que debía remorder bastante la conciencia, grabó a trancas y barrancas un par de álbumes en solitario, The madcap laughs y Barrett (ambos publicados en 1970), con los que liquidó definitivamente su carrera musical. Lo último reseñable que contar es su sorpresiva aparición en los estudios de Abbey Road el 5 de junio de 1975, errático, gordo y afeitadas la cabeza y las cejas, el mismo día en que, por una espeluznante coincidencia, sus antiguos colegas mezclaban la canción de Wish you were here que habían escrito en su honor (precisamente la que elegí para la entrada que les dediqué en el blog). Al cabo regresó de Londres —cubriendo a pie los ochenta kilómetros de distancia— a su Cambridge natal, donde permaneció al cuidado de su madre, y luego de su hermana Rosemary, entretenido con la pintura y la jardinería, hasta su muerte por un cáncer pancreático en 2006.


Rosemary ha negado estos últimos años que Barrett padeciese ningún tipo de trastorno mental, bien por respetar su memoria, bien velando por sus intereses sobre la pingüe herencia derivada de los royalties de su música, pero se trata de un caso de esquizofrenia de manual, que el LSD seguramente catalizó, pero que incubaba —así lo afirma Gilmour, que ya era amigo suyo en el colegio— desde mucho antes. Por lo demás, sus grabaciones postreras descartan toda duda razonable mostrándonos, a veces descarnadamente, a un Syd en desintegración y ajeno por completo a la cercanía del precipicio. Hay momentos, como en “Terrapin”, en los que el cielo se despeja y reaparece el genio lúcido y juguetón que alumbró The piper at the gates of dawn; y sin embargo, la hipnótica arquitectura de la pieza, emparentada con el blues, presagia el inminente retorno de la oscuridad.

Terrapin / Syd Barrett
Terrapin / Syd Barrett  letra y traducción


P.S. Qué menos que un parrafillo para recordar, aunque sea de refilón, al grillado más célebre del Romanticismo y, por extensión, de toda la música clásica: Robert Schumann. Su definitivo colapso nervioso en produjo en 1854, cuando incapaz de soportar por más tiempo la cacofonía, inédita en los anales de la psicopatología, que le zumbaba en la cabeza (voces angelicales, susurros demoniacos y —aquí reside la novedad— una nota musical en concreto, “la5”), intentó suicidarse tirándose al Rin desde un puente. Tras ser rescatado, fue ingresado —a petición propia— en un manicomio donde pasó los dos últimos años de su vida. Cuando compuso las ocho piezas de piano de su Fantasiestücke, en 1837, aún faltaba bastante para esto, pero ya apuntaba maneras: había inventado dos personalidades artísticas contrapuestas, Eusebius (el soñador) y Florestan (el apasionado), a las que llamaba sus “mejores amigos” y con cuyos nombres firmaba sus composiciones según como le pillara el día. En “Des Abends” (“Por la tarde”), el primer tema de la obra, es Eusebius quien toma las riendas para trazar el plácido dibujo de un crepúsculo donde, por suerte, no se distinguen más notas musicales en concreto que las que silban los pájaros entre las nubes.

(N.B. Piano: Alfred Brendel.)

Fantasiestücke, op. 12 – Des Abends / Robert Schumann
Fantasiestücke, op. 12 – Des Abends / Robert Schumann

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Volviendo a donde empezamos: si hay algo que de verdad me sorprende (y de la palabra “sorprende” ya se deduce que no me ocurre a menudo) es descubrir que, entre un cierto grupo de personas, no soy yo el más raro de todos. Me ha pasado con los matemáticos, pero me pasaba incluso más, en mis años mozos, con los ajedrecistas. El más sui géneris de cuantos conocí se apellidaba Ramírez. Era un entrañable manojo de nervios, larguirucho y desastrado, con el que los juveniles del club viajábamos, embutidos en su Seat Panda, a los campeonatos de la región. Pocas veces he pasado tanto miedo, porque no fijaba la vista en la carretera un segundo, y a la vuelta, por lo que enseguida os contaré, todavía era peor. Trabajaba, ahí es nada, como funcionario de prisiones, nunca supe exactamente en qué puesto, aunque con el despiste que tenía encima debían escapársele los reclusos a centenares. Mayor ya, y por descontado soltero, asediaba con sus requiebros amorosos a todas y cada una de las escasas féminas (jugadoras, novias de jugadores o meras espectadoras) que asomaban por las competiciones. Ahora se habría visto de otra manera; en aquellos días las galanuras de este quijotesco voceras, de tan estrafalarias, resultaban cómicas. Tenía una manera curiosa de caminar, con el brazo derecho muy recto pero la mano curvada en perpendicular hacia atrás, a lo egipcio, curva que declinaba en firmeza conforme le hacían efecto los copazos que, en considerable número, se administraba a lo largo de la jornada. Fan acérrimo de Mikhail Tal, siempre jugaba al ataque y muy rápido, mitad porque no podía estarse quieto, mitad para ganar tiempo en sus visitas al bar más próximo. El caso es que tenía bastante talento para el juego combinativo, y en más de una ocasión le vi poner en apuros a ajedrecistas muy buenos, pero la Inmortal de Ramírez nunca llegó a concretarse: la ansiedad, o las brumas etílicas, propiciaban tarde o temprano el error garrafal. Entonces su gesto, de natural amable, se torcía en una mueca de dolor, como si una negra enfermedad que le acechase en las entrañas hubiese escogido ese justo momento para despertar. Y era imposible no sentir lástima por él, porque nunca conocí a nadie que amase tanto el ajedrez como él lo amaba.


Ni mi recordado Ramírez, ni lunáticos tan ilustres como Fischer, Rubinstein, Ivanchuk o Nimzowitsch, sirven como modelos para dibujar el retrato robot del ajedrecista medio, que desde luego tampoco es “el potencial asesino en serie de la especie más temible” que arteramente insinuaba S.S. Van Dine en The bishop murder case. Yo diría, eso sí, que la colisión entre pensamiento abstracto y arrebato artístico genera potentes chispazos cerebrales; y estas chispas, en general más o menos inocuas, provocan en ocasiones llamaradas devastadoras. Doy por hecho que mi teoría os parecerá peregrina, pero eso es solo porque todavía no conocéis la del estadounidense Reuben Fine (1914-1993), doctor en psicología, profesor universitario y uno de los jugadores más fuertes del mundo desde mediados de los treinta hasta 1951, fecha en que abandonó la competición para centrarse en su carrera como docente y psicoanalista.

Vais a flipar. En una cosa titulada La psicología del jugador de ajedrez publicada en 1956, que cuesta trabajo llamar “libro”, Fine sostenía que el ajedrez era una manifestación del complejo de Edipo, con una figura paterna, el rey, “indispensable, de importancia absoluta, insustituible, y no obstante débil y necesitado de protección”, y una poderosa figura materna, la dama, con la que el jugador podía dar rienda suelta a sus ansias parricidas. Las piezas, por su parte, serían símbolos fálicos que alimentarían “una cierta fantasía de gratificación del deseo homosexual, en particular del deseo de la masturbación mutua”; el mismo rey, sin ir más lejos, equivaldría “al pene del niño en su etapa fálica, reviviéndose así la ansiedad emasculatoria característica de ese periodo”. Es de cajón, por tanto, que “los conflictos de la libido satisfechos por el ajedrez son aquellos comunes a todos los hombres en la fases anal y fálica de su desarrollo, en particular la agresión, el narcisismo y la actitud hacia el pene”. ¿Alguna vez os habíais preguntado por qué hay tan pocas mujeres que jueguen al ajedrez? Esta es la explicación. Tremendo, aunque hay una cierta lógica aberrante en todo el asunto. Si los ajedrecistas son tipos peculiares, ¿cómo no iba serlo, y al cuadrado, un ajedrecista freudiano? Un periodista, Gilbert Cant, escribiendo para Time, lo clavó unos años después: “Cuando Fine abandonó el ajedrez por el psicoanálisis, el resultado fue una derrota para el ajedrez —y unas tablas, en el mejor de los casos, para el psicoanálisis.”

“Cuando Fine abandonó el ajedrez por el psicoanálisis, el resultado fue una derrota para el ajedrez —y unas tablas, en el mejor de los casos, para el psicoanálisis.”

Curiosamente, si por algo destacó Fine como ajedrecista, desde que irrumpiera a lo grande en Hastings 1935/36 superando a un Flohr en la plenitud de sus poderes, fue por su pragmático enfoque del juego. Tras su convincente victoria en Zandvoort unos meses después, por delante de Euwe, Keres, Bogoljubov y Maróczy, el siempre agudo Tartakower escribió: “En Zandvoort se ha discutido mucho cómo describir el estilo de Fine, que igual gana con imperceptibles maniobras que se salva con algún hábil golpe de efecto. Finalmente los expertos llegaron a la siguiente conclusión: el estilo de Fine es la ausencia de estilo.” Menos impresionados, los soviéticos hablaban despectivamente del estilo “Fine-Flohr”, rutinario, estereotipado, basado en la mera técnica, en comparación con la audaz creatividad de su protegido, Mikhail Botvinnik. Fine evitó entrar demasiado al trapo, comentando sin más que en el ajedrez moderno no se ganaban partidas sacrificando a lo loco, y siguió a lo suyo, es decir, acumulando excelentes resultados en casi todos los eventos en que participaba. Y cuando compartió el primer puesto con Keres (aunque con peor desempate) en el memorable torneo AVRO de 1938, disputado por los ocho mejores jugadores del mundo y del que debía salir el candidato oficioso al título de Alekhine, hasta los rusos tuvieron que admitir que el ajedrez de aquel joven era cualquier cosa menos banal. Tras la guerra, y fallecidos dos de los participantes, Capablanca y el propio Alekhine, la FIDE organizó un match-torneo por la corona entre los demás (salvo que Flohr, ya en plena decadencia, fue reemplazado por el pujante Smyslov) y el hasta entonces centrado Fine dio, ahora sí, la nota negándose a jugar, y eso que la idea del encuentro a seis había sido suya. La excusa oficial fue que estaba ocupado terminando su tesis doctoral, y con el paso de los años aportó nuevas explicaciones no siempre coherentes entre sí. Probablemente fuera el típico caso del hambre que se junta con las ganas de comer: diez años después del AVRO, el nivel de Botvinnik había subido mientras él se había estancado; la parte decisiva del torneo iba a disputarse en la tenebrosamente comunista Moscú; y por entonces andaba en pleitos con la federación norteamericana, que se negó a pagarle el viaje. Tras doctorarse jugó unos pocos torneos más en su país, se retiró y limitó su relación con el ajedrez a lo literario, a veces para bien (generaciones de aficionados aprendieron aperturas con su manual The ideas behind the chess openings) y otras para lo que visteis antes.

Para ilustrar la sección he elegido, como no podía ser de otra manera, el derroche de “técnica rutinaria” con el que Fine desarboló a Botvinnik en el torneo AVRO. Su conversión de la ventaja es, desde luego, técnicamente impecable, pero antes hay que lograrla; y Fine la consigue, ni más ni menos, porque es capaz de evaluar los recursos latentes de la posición mucho más profundamente que su adversario. Los franceses usan el término “fou” (por “bufón”) para designar al alfil, si bien la traducción más usual de la palabra es “loco”. Y eso, justamente, es lo que parece el alfil de Botvinnik en manos del doctor Fine; un loco encerrado en las acolchadas y blancas celdas del tablero.

Fine-Botvinnik, Amsterdam 1938