Problema de A. Dombrovskis, Probleemblad 1958

Los editores de Probleemblad, una revista neerlandesa de gran prestigio en el mundo de la composición ajedrecística, organizaron en 2000 una especie de concurso «del milenio». Seleccionaron para ello 32 trabajos, 4 por cada una de las especialidades que se disputan en los mundiales, tirando de repertorio clásico y de algunos con máxima puntuación en álbumes FIDE recientes, a fin de nominar un ganador por sección. Respondieron a la propuesta 38 suscriptores, aunque no todos participaron en cada categoría.

Con el Mundial de Fútbol tan (agradablemente) reciente, se impone el símil del lanzamiento de penaltis

No es exactamente lo que llamaríamos sufragio universal, pero con un elenco de candidatos donde figuraban, entre otros, Vissermann, Touw Hian Bwee, Loshinsky, Vukcevich, Rudenko, Liburkin, Rinck, Kasparian, Gurvich, Rehm, Afek, Petkov y Lindgreen, la contundencia del cuadro de honor estaba garantizada votases lo que votases. El mate en 3 elegido, por ejemplo, fue el célebre «gambito Steinitz» de Sam Loyd, y en la sección de moremovers se distinguió la primera solución correcta de Yarosh a la tarea de Babson. (Este reto debía de entusiasmar bastante a los electores, ya que incluso se premió una versión para automates que Henry Bettman publicó en 1926). Los gemelos de Forsberg vencieron en la categoría de ayudomates, para sorpresa de nadie, y entre los estudios fue el de Barbier y Saavedra el que se llevó el gato al agua.

En el apartado de mates en 2 se produjo un empate entre los doce mil mates cruzados de Comins Mansfield y nuestro protagonista del día. Tiene su mérito que el problema le aguantara el pulso al del todopoderoso Mansfield, porque su creador, el letón Alfreds Dombrovskis (1923-2000), fue un maestro internacional de composición de innegable valía (especialista, como el británico, en twomovers, y autor de unos 300 trabajos, con 40 primeros premios y 28 apariciones en álbumes FIDE), pero sin particular pedigrí. Ya puestos, tiene su mérito que le aguantara el pulso al propio autor, que lo tenía guardado en el cajón desde 1954, temeroso de la malas críticas que podía recibir su heterodoxo invento. Los hechos demostrarían lo ridículo de sus preocupaciones: el problema ganó de corrido tres torneos, entre ellos el Campeonato de la URSS, un evento terroríficamente fuerte por aquel entonces.

De las cuatro virtudes cardinales (paradoja, profundidad, geometría y flujo) que, en mayor o menor medida, adornan toda gran composición, la primera es acaso la más urgente: cuando miras un problema o un estudio, lo que buscas ante todo es el dulce escalofrío de lo imposible. En el caso de la paradoja de Dombrovskis, el impacto se genera mediante una sorprendente inversión de movimientos. En concreto, un ensayo 1.X!?, que amenaza mate con 2.A#, se refuta con 1…a!; sin embargo, tras la clave 1.Z!, que prepara el mate 2.W#, la defensa 1…a se responde, precisamente, con 2.A#. Con el Mundial de Fútbol tan (agradablemente) reciente, se impone el símil del lanzamiento de penaltis: si el portero te adivina el lanzamiento, se estirará en la dirección adecuada cuando dispares y detendrá el balón; si, por el contrario, se tira antes de tiempo, el delantero tendrá suficiente margen de maniobra para anotar sin problemas. Para que la cosa tenga todavía más gracia, se espera que la paradoja se repita, es decir, que exista otro ensayo 1.Y!?, con amenaza 2.B y refutación 1…b!, para el que se cumpla 1.Z! b 2.B#, y es entonces cuando queda implementado el tema Dombrovskis. Con el tiempo se han llegado a componer Dombrovskis con hasta cuatro variantes temáticas, lo que vendría a equivaler a la tanda de penaltis casi entera.

Cuando se dispuso de bases de datos relativamente extensas, se descubrió que el concepto no era, ni mucho menos, novedoso: hay una veintena de «temas Dombrovskis» anteriores al suyo (seguramente accidentales, la mayoría), alguno hasta de 1921. Pero el soviético fue el primero en demostrarlo con nitidez y mediante un problema repleto de contenido estratégico, que Marjan Kovačević niqueló en 2010 eliminando una variante no temática y un dual en una de las líneas. Y fue su composición, más que ninguna otra, la que desató el furor por los problemas basados en patrones combinativos, tan del gusto de los autores modernos. Estas cosas pasan a veces. Cuántas canciones potencialmente grandes no habrá por ahí tiradas, cogiendo polvo, a ver si aparece el Johnny Cash o el Chet Baker de turno para demostrar lo buenas que son en realidad.

Problema de A. Dombrovskis, Probleemblad 1958 (versión de M. Kovačević)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *