El ajedrez, como el amor, como la música, tiene la virtud de hacer feliz a la gente.

Siegbert Tarrasch, 1931

Bueno, habría mucho que discutir sobre esto.

De partida, es dudoso que la clave de la felicidad resida en alguna de estas tres cosas. Cabría incluso plantearse si existe alguna cosa que garantice la felicidad. O ya puestos, hasta qué punto la felicidad existe de veras.

Porque a ver, ¿qué es eso de “ser feliz”? Los filósofos llevan milenios enredados con la cuestión y aún no se han aclarado. Según yo lo veo, rige una especie de ley inercial newtoniana del siguiente tenor: “En condiciones materiales, de salud y personales aproximadamente constantes, el ser humano tiende al reposo emocional”. Esta majadería, traducida, significa: si no nos pasa nada especial, lo normal es no sentirse especialmente contentos ni especialmente desdichados. (Vale, los críos parecen ser una excepción parcial a la regla, aunque ya nada es igual cuando uno descubre el Terrible Secreto Que Se Oculta Tras El Misterio De Los Tres Magos De Oriente.)

Aceptémoslo: no se “es feliz”, ni lo contrario, leyendo el periódico, lavándose los dientes o comprando en el supermercado; se es normal. Lo cual, por cierto, es una suerte. Recordad lo que sentisteis durante vuestro primer beso o cuando Iniesta marcó en la final del Mundial. ¿Imagináis que este fuera nuestro estado habitual? Las urgencias de Cardiología no darían abasto…

Sentir. Ya nos vamos entendiendo. Acaso la felicidad sea, sencillamente, sentir que estamos vivos y felicitarnos por ello. Un compañero de trabajo al que aprecio me dijo una vez: “No creo en las Grandes Cosas del Mundo. Me basta con mi perro, mi brasero y mi vaso de leche con galletas”. Me encantó la frase porque creo que es de eso de lo que se trata: saborear los pequeños momentos que a veces nos brinda el día, si es posible en buena compañía, y mañana ya se verá.

Desde esta perspectiva, suscribo con entusiasmo la siguiente “formulación débil” del aforismo de Tarrasch: “El ajedrez, como el amor, como la música, tiene la virtud de hacer sentirse feliz a la gente”. Acerca del amor sé tan poco como el que más, y no podré ayudaros. En cuanto al ajedrez y la música, apenas soy un aficionado estusiasta, pero tendrá que valer. Puedo, si acaso, presumir de haber pasado montones de pequeños momentos maravillosos con ellos. Ya iba siendo hora de compartirlos.

Así que de eso va este blog. De usar la música y el ajedrez para inocularos una pequeña dosis semanal de felicidad. Solo lo mejor de lo mejor, sin preferencias por épocas, estilos o formato. Naturalmente la gracia está en la mezcla, aunque imagino que algunos encontraréis el menú completo algo cargado. No importa: con cualquiera de los dos platos vais bien servidos.

Que aproveche.