El MINUÉ no dejaba de tener su encanto, bastante naíf, eso sí: con tantas capas interpuestas de tejido, la virtud de las cortesanas (si es que alguna la conservaba) quedaba más que garantizada. Justo lo contrario que el tango; la OMS debería haberlo prohibido hace tiempo como práctica de riesgo en lo tocante, nunca mejor dicho, a la transmisión de enfermedades venéreas; eso, sin mentar a los miles de desgraciados retirados prematuramente de los salones de baile por algún fortuito rodillazo de la partenaire en sus partes nobles.


El tango nació en los muelles, tabernas y lupanares del Río de la Plata, más o menos hacia finales del XIX, al calor de la explosiva mezcla de afroargentinos y latinos de clase baja que se hacinaba en sus arrabales; no es extraño que saliera tan pegajoso. Al principio, su perfil prostibulario era patente hasta en las letras de las canciones, algunas con títulos tan inequívocos como “Viejo encendé el calentador”, “Colgate del aeroplano” o “¿Dónde topa que no dentra?”. Luego (primera y segunda décadas del siglo XX) evolucionó y se refinó para convertirse, aun conservando su carga de pasión y drama, en música más de escuchar que de bailar, más para el alma que para el cuerpo. Dos detalles de singular trascendencia: el primero, la irrupción del bandoneón (una especie de acordeón chato inventado en Alemania para reemplazar al órgano en las iglesias; los caminos del Señor son inescrutables) como instrumento solista de referencia, relevando a la picante flauta; el segundo, el abandono paulatino del primitivo compás 2/4 frente al característico 4/8 con que identificamos al género. Más adelante llegaría, de la mano de sus dos supremos referentes, el incontestable Gardel primero, y el iconoclasta Piazzolla después, el éxito internacional y su consolidación en el Olimpo de la música grande.


Hay un episodio que hermana a ambos monstruos, tan excesivo que parece salido de la pluma de un Borges o un Bioy. Se conocieron en 1934, en Nueva York; Gardel era ya una estrella de primerísimo orden y Astor, un zarrapastroso de 13 años apenas, hijo de un humilde matrimonio de inmigrantes marplatenses, había ido a llevarle un obsequio de parte de su padre. Al cantante le cayó en gracia el imberbe y lo empleó como cicerone durante sus compras por Manhattan, ya que apenas hablaba inglés. La recompensa vendría unos meses después, en la forma de un pequeño papel en la película El día que me quieras, que el galán porteño andaba filmando por entonces. A la conclusión del rodaje, en un asado compartido con todo el equipo, Piazzolla, que ya se manejaba a esa edad con el bandoneón con mucha destreza, tocó con él unas cuantas canciones. Nada hacía presagiar que el astro se estrellaría en un aeropuerto de Medellín antes de que pasara un año.

En una carta imaginaria que Piazzolla escribió a Gardel en 1978 rememoraba aquello con un cierto humor: “Primer tango de mi vida y ¡acompañando a Gardel! Jamás lo olvidaré. Al poco tiempo te fuiste con Lepera y tus guitarristas a Hollywood. ¿Te acordás que me mandaste dos telegramas para que me uniera a ustedes con mi bandoneón? Era la primavera del 35 y yo cumplía 14 años. Los viejos no me dieron permiso y el sindicato tampoco. Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa.”


Los argentinos, que no son exagerados ni nada, afirman que Carlos Gardel canta mejor cada día que pasa. Yo añadiré, para no quedarme corto, que el bandoneón de Piazzolla también rejuvenece a ojos vista.

Milonga del ángel / Astor Piazzolla 

Más canciones redondas de Astor Piazzolla:

“Adiós Nonino” (Adiós Nonino, 1969), “Mumuki” (Nuevo tango: hora cero, 1986) y “Café 1930″ (L’histoire du tango, 1986).