Von der Lasa-Mayet, Berlín 1839

El creador del sistema de puntuación que rige el ajedrez, el Dr. Árpád Élő, publicó en 1978 un libro titulado The rating of chessplayers, past and present. Entre otras cosas, el profesor proponía una lista con los mejores jugadores de la historia, usando como criterio de clasificación la mejor media de resultados a lo largo de cinco años seguidos, y concedía a los poseedores de un ranking de 2600 o más puntos el rango de «contendientes por el título mundial». Este umbral ha quedado obsoleto con el tiempo, no tanto por una supuesta inflación inherente a sus cálculos como por el progreso objetivo en la calidad del juego y los métodos de preparación, y el consenso lo sitúa ahora en 2700. Por lo demás, las conclusiones de Élő parecen bastante convincentes, en particular en lo relativo al siempre nebuloso siglo XIX. Ninguno de los ajedrecistas hegemónicos de su primera mitad (Deschapelles, La Bourdonnais, McDonnell, Saint-Amant y Staunton) pasa el corte, y todos los posteriores que deberían estar, lo hacen: Lasker, Morphy, Steinitz, Pillsbury, Tarrasch, Anderssen, Chigorin, Zukertort.

Élő añade a su decimonónica élite un convidado inesperado: Tassilo, barón von Heydebrand und der Lasa (1818-1899). La sorpresa es aún mayor cuando descubres que Tassilo von der Lasa (así abreviaba su bizarro nombre) nunca disputó torneos o matches formales. Tampoco es que necesitara el dinero: descendiente de un oficial prusiano de alto rango, disfrutó de una larga y exitosa carrera en el servicio diplomático, que le llevó, entre otros lugares, a Estocolmo, Copenhague y Río de Janeiro (tras su jubilación viajó durante dos años alrededor del mundo). Pero cuidado, porque encuentros amistosos con varios de los grandes del momento sí mantuvo, y siempre con resultados positivos: frente a Anderssen en 1845 (4-2) y 1851 (10-5), contra Staunton en 1853 (7-6), por citar los más lustrosos. Fue, claro está, la más rutilante de las Siete Pléyades de Berlín, un grupo de maestros cuyo apogeo se sitúa en el periodo 1837-1843, y que se reunía semanalmente para discutir sobre teoría de aperturas. A ellos se debe el legendario Handbuch des Schachspiels, durante décadas el tratado de referencia para profesionales y aficionados serios, y la preparación de sus cinco primeras ediciones (1843, 1852, 1858, 1864 y 1874) estuvo justo a cargo de Von der Lasa. La confluencia del estilo romántico, entonces en boga, y este riguroso cientifismo tan germano, llama muchísimo la atención, y fue seguramente una de las claves de su gran poderío ajedrecístico.

Si es por nombres estrafalarios, la línea teórica de la partida con que le recordaremos es la número uno. Tiene su mérito, en un zoo donde habitan, entre otros especímenes, la apertura orangután (1.b4), la defensa hipopótamo (1.e4 a6), el ataque sodio (1.Ca3), el gambito Coca-Cola (1.g4 g5 2.f4) o, por supuesto, la variante Frankestein-Drácula. Pero la jerarquía del ataque del hígado frito en la enciclopedia de apodos raros está garantizada, aunque solo sea por los siglos de antigüedad que le saca al resto. Bueno, así («fried liver attack») es como lo llaman los anglosajones, porque por estos lares ha sido, de toda la vida, el ataque Fegatello. Yo siempre pensé que aludía a un jugador del cinquecento con ese apellido, o que traducido significaría «ataque latigazo», en consonancia con su explosiva y sanguinaria naturaleza. Pero no: los fegatelli son, por lo visto, un plato tradicional de la Toscana, consistente en pequeños trozos de hígado de cerdo, envueltos en una membrana grasa del mismo animal, y cocinados con hojas de laurel y semillas de hinojo; tan envueltos como el rey negro en la red de mate que urde su rival.

Junto a la que vais a ver, hay tres partidas con el Fegatello que pueden considerarse canónicas. Dos las firman los sospechosos habituales Morphy y Shirov, y con la tercera, la fundacional, viajaremos a la Roma tardorrenacentista (el Fegatello fue realmente concebido por un italiano de la época, Giulio Cesare Polerio). Todos pasan por la parrilla al negro rapidísimo, tanto que han cabido sin problemas en los comentarios, y hasta Magnus hace un cameo, aunque no de sus más gloriosos. Lo de comer vísceras me parece repugnante, un poco caníbal incluso; pero de estos otros fegatelli, y más cuando los preparan chefs tan capaces, es imposible hartarse.

Von der Lasa-Mayet, Berlín 1839

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