Donde hallaréis una lista exhaustiva con todos los modos posibles de fugarse de un cuarto cerrado, desde la levitación a no fugándose en absoluto. Si se está muy atascado siempre cabe recurrir a la magia negra, pero eso ya no sería fair play.

75: El hombre hueco de John Dickson Carr

Completado el veinticinco por ciento del escrutinio, ya disponéis de sobrada evidencia estadística para saber en qué va a convertirse esto: una bacanal desaforada de lo insólito. No diréis que no os avisé en su día. De veras, juro que no tengo nada en contra de los libros tradicionalmente considerados buenos, pero no sé cómo me he liado estos años que me los he perdido casi todos. Y mientras, para mi bochorno, sigo sin encontrar tiempo para leer Madame Bovary, Los santos inocentes y tantos otros tesoros del realismo literario, solo con el peso de mi colección de cuentos de terror ya se me pandean cinco o seis estanterías. Pues nada, de perdidos al río, porque hoy vengo a hablaros de la más delirante, exagerada e ingeniosamente traída por los pelos de todas las novelas de mi biblioteca, El hombre hueco de John Dickson Carr.


Las reglas del juego son simples, aunque jugarlo bien es complicadísimo: propón la situación más inverosímil que quepa imaginar y demuestra a renglón seguido que no es imposible del todo que suceda. Se permite toda clase de coincidencia, casualidad o acontecimiento estrambótico: un homicida puede herir a la víctima con un cristal afilado y luego esconderlo en un jarrón de agua clara; o quizá el testigo principal proporcione a la policía una hora equivocada porque se le paró el reloj un rato antes del crimen. Eso sí, nada de telepatía, anillos de poder o velocidades supralumínicas; en el universo de Carr suceden cosas loquísimas, y no obstante es este mismo universo nuestro. Por falta de una situación imposible, El hombre hueco presenta dos. Si hemos de dar crédito a las pruebas, el presunto asesino se esfuma literalmente en el aire tras acabar con la primera de sus víctimas; y la segunda muere de un disparo a quemarropa, en medio de una calle desierta, y no hay más pisadas en la nieve que las suyas. En cuanto a la identidad de este misterioso hombre hueco, tan aparentemente versado en el arte de la levitación… bien, digamos que es la probabilidad de que la averigüéis sin ayuda es tan remota como (gracias al cielo) la de que nos caiga un meteorito en la cabeza. Entre medias hay abrigos que cambian de color, presidiarios enterrados vivos en Transilvania y disfraces a lo Guy Fawkes como si esto fuera V de vendetta. No cae ningún meteorito, eso es cierto, pero os garantizo que si Carr hubiera querido aplastar a alguien con uno habría encontrado el modo.

¿Me dejo algo en el tintero? Ah sí, el capítulo 17. El legendario capítulo 17. John Dickson Carr fue el absoluto maharajá de los misterios en cuartos cerrados: en una lista que (precisamente) diecisiete especialistas elaboraron en 1981 con las mejores novelas de este subgénero, hay cuatro suyas entre las diez primeras, y El hombre hueco obtuvo la pole position por un margen abrumador. El mencionado capítulo ha contribuido lo suyo a la mitología en torno al libro, porque de improviso, en medio de una charla entre colegas, el detective Gideon Fell se sale de sus páginas, exclama “esto es una novela policiaca y no debemos intentar engañar al lector pretendiendo que no lo es” (eso es pasarse la suspensión de la incredulidad por el forro, lo demás tonterías), y nos endilga una conferencia magistral donde clasifica todos los tipos de crímenes imposibles (hasta siete) inventados por los escritores del ramo. No contento con eso, plantea una apología en toda regla de la historia clásica de misterio, y en especial de su apoteosis, el problema de la habitación cerrada. Los tiquismiquis, sostiene Fell/Carr, llevan toda la vida denostando las novelas de detectives por sus improbabilidades, sin entender que esa, ni más ni menos, es su principal virtud. ¿Por qué leemos? ¿Para que alguien nos relate el mediocre día a día de algún triste funcionario? Raramente, incluso si ese “alguien” se apellida Delibes o Flaubert. A todos, de un modo u otro, nos atrae lo extraordinario, pero no pidamos a una persona que camine cabeza abajo y tenga a la vez los pies en la tierra, porque eso sí que no es realista. En suma, si censuro por descabellado un argumento, lo que estoy afirmando en el fondo es que esa concreta secuencia de hechos no debería ocurrir porque no me agradaría que lo hiciese. Divino, para gustos los colores, pero no tergiversemos el asunto elevando una simple cuestión de opinión a criterio sacrosanto con que juzgar la excelencia de un producto literario.


El silogismo es ocurrente, como todo lo que escribía Carr. También, como todo lo que escribía, engañoso: algo tendrá que sumar el modo en que se cuenta la historia, digo yo. Los olmos de Carr produjeron muchos tipos de peras; la exquisitez en la forma, con franqueza, no fue una de ellas. Con todo, tenía una habilidad innegable para conjurar atmósferas fantasmagóricas e inquietantes que lo emparenta (sin pretender comparar) con Poe y Chesterton; El hombre hueco, sin ir más lejos, viene dividido en “ataúdes” en vez de partes. No era mal truco lo de tontear con lo sobrenatural, por unas páginas podía colocarle a sus lectores hasta la mercancía más dudosa. Es posible que, en su incansable búsqueda de nuevos modos de rizar el rizo, se extralimitara un poco con eso de las atmósferas. O un bastante. En El tribunal del fuego (1937) enreda una trama de brujería y envenenamientos hasta el punto de proponer dos soluciones para el enigma, una natural y la otra fantástica; y en “Blind man’s hood” (incluido en la excelente recopilación The department of queer complaints, publicada bajo el seudónimo “Carter Dickson” en 1940) se tiró vestido a la piscina fusionando uno de sus típicos puzles con el cuento de fantasmas al modo jamesiano. Desmedido hasta para Carr, The devil in velvet (1951) añade al cóctel romance, novela histórica y más: un veterano académico pacta con el diablo y viaja al siglo XVII —¡metiéndose en el cuerpo de un antepasado!— a fin de evitar el asesinato de una dama cuyo retrato le tiene enloquecido. El diablo, como imaginaréis, tiene sus propios planes al respecto.

Si, como a mí, no os sacia lo digital y preferís disfrutar de los libros en versión analógica, os deseo suerte, porque en lo que a El hombre hueco respecta la vais a necesitar en grandes dosis. Me hicieron falta años y años (un jeta bonaerense me medio timó una vez a su costa) para conseguir una copia de la edición que, en 1947, publicaron Borges y Bioy Casares en su mítica colección El séptimo círculo (en 2008 fue reeditado por ML Editores/Esporga, de nuevo en Argentina, pero de esa traducción no respondo). Las costuras del volumen se asemejan a varices, sus páginas quebradizas y amarillentas desprenden un olor, levemente tóxico, a polvo y ácido; es como si él también, a su manera, quisiera potenciar el regusto enajenante de la historia y sus personajes. Vaya par de padrinos, por cierto, Don Jorge Luis y Don Adolfo; acaso no fuera tan engañoso, a la postre, el silogismo de Carr. ¿Podrá entonces disculparnos, señora Bovary? De sobra sabe que le profeso mi más respetuosa consideración.

El hombre hueco
The hollow man (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

También el rock, como Carr, ha tenido sus coqueteos con Belcebú. Por lo general no han pasado de instalaciones tan grotescas como inofensivas, con las que birriosos como Black Sabbath, Marylin Manson o Kiss se han forrado a base de espantar a unos cuantos beatos, pero puede que haya habido algún episodio más serio. Estoy acordándome, en concreto, de una célebre controversia que en 1982 salpicó nada menos que a Led Zeppelin, los padres del hard rock, y a su canción más famosa, “Stairway to heaven”. El lío lo organizó un telepredicador, Paul Crouch, tras afirmar que cuando reproducías uno de sus fragmentos de atrás para adelante se escuchaba nada menos que lo siguiente: “Here’s to my sweet Satan / The one whose little path would make me sad, whose power is Satan / He will give those with him 666 / There was a little toolshed where he made us suffer, sad Satan.” Suena absolutamente demencial, y casi seguro que lo sea, aunque he oído el pasaje de marras en Youtube y algo así parece que dice. Los Zeppelin lo atribuyeron a una insólita coincidencia, sin duda la única explicación sensata. Lo que lo emborrona un poco el asunto es que Jimmy Page, el guitarrista de la banda, era un fan confeso de Aleister Crowley, un espeluznante ocultista de principios del XX al que la prensa de su época describía como “el hombre más malvado del mundo”. Su obsesión con Crowley era tal que incluso compró la finca donde celebraba sus rituales, convencido de que estaba embrujada. A todo esto, y aquí lo dejo porque el asunto da una grima evidente, Page nunca ha desmentido los rumores de satanista que circulan sobre él.


Libre de tan desosegantes connotaciones, si algún pecadillo cabe achacar a “Since I’ve been loving you”, por lo demás reiterado en Led Zeppelin, es que sus cinco notas iniciales están fotocopiadas de las de “New York City Blues” de los Yardbirds; y la letra, no precisamente el colmo de la originalidad se mire como se mire, incluye frases enteras de “Never”, un tema de los ya olvidados Moby Grape. En cuanto al resto, el adjetivo “bueno” se queda cortísimo. Antes de seguir deberíais reescuchar “Tin Pan Alley” o “The thrill is gone”, ejemplos a cual mejor de blues canónico en tonalidad menor. “Since I’ve been loving you” comparte tonalidad y hechuras con ambos pero es claramente otra cosa, algo así como un hijo descarriado que se ha fugado de casa y pernocta en antros al filo del abismo. Cuando hablé de “Tin Pan Alley” puse el acento en su aire un tanto lúgubre, como de funeral. Algo de eso hay también en “Since I’ve been loving you”, salvo que los de Led Zeppelin vienen dispuestos a morir matando: se nota en la ira controlada, un poco a lo Janis Joplin, de la voz de Robert Plant, las sinuosas líneas de John Paul Jones al órgano Hammond, o el firme soporte de los tambores de Bonzo Bonham (otro que se atragantó fatalmente con su propio vómito, es que no aprenden estos necios…). Muy en sintonía con su humor bravío y desahuciado, la canción se grabó prácticamente en directo y sin apenas retoques; si uno presta atención escucha incluso el chirrido del pedal del bombo cuando Bonham lo aprieta.

Se nota también, y por encima de todo, en el solo de Jimmy Page, calificado por el ingeniero de sonido Terry Manning como el mejor de toda la historia del rock. Cuenta la leyenda que Page, desesperado porque no conseguía dar con el enfoque apropiado, abandonó el área de grabación y se puso a deambular por el estudio, hasta que se tropezó en un trastero un viejo amplificador, le enchufó su guitarra y de golpe le vino la inspiración. Lo que no aclara la leyenda es si antes, en el suelo de ese mismo trastero, había trazado un pentáculo con la sangre de una virgen y pedido a Ya Sabéis Quién que le echara una manita. No lo descartéis, visto el resultado.

Since I’ve been loving you / Led Zeppelin
Since I’ve been loving you / Led Zeppelin  letra y traducción

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Imaginativo en grado sumo, perpetuamente obsesionado con atacar como si no hubiera un mañana, bien podría considerarse a Nezhmetdinov el John Dickson Carr del ajedrez. No es posible sacarse Nezhmetdinovs de la chistera así como así, ni aunque te llames Carr, pero no hará falta; porque en la mejor tradición del género criminal, que postula que el culpable ha de ser el más inesperado de todos los sospechosos, hoy dedicaré la sección al bielorruso, afincado en Israel desde 1998, Boris Gelfand.


Difícil imaginar un perfil más ajeno a lo sensacional o lo estridente; ni como persona, una de las más respetadas y queridas del circuito, donde no se le recuerda un mal desplante o salida de tono, ni como jugador. Es el suyo un ajedrez muy técnico y combativo, apto para todo tipo de escenarios y basado en una profunda comprensión de la estrategia y una rigurosa preparación teórica. Poco amigo de la retórica (por no decir plúmbeo), sus análisis de partidas, repletos de variantes y subvariantes, te ponen la paciencia a prueba, pero no es ese asunto que le incumba; lo único que interesa a Boris Gelfand es la búsqueda objetiva de la verdad ajedrecística. Con independencia de lo mucho o poco que encandile a la galería, está claro que le ha ido bien así: en los casi treinta años —se dice pronto— que lleva entre los mejores acumula seis participaciones en el ciclo de Candidatos (1991, 1994-95, 2002, 2007, 2011 y 2013). Especialmente destacables son sus victorias en la Copa del Mundo de 2009 y, cómo no, el torneo de Candidatos de 2011, donde ya cuarentón pasmó a propios y extraños y se ganó el derecho a disputarle la corona a Anand el año siguiente, empatando el match en las 12 partidas a ritmo convencional y solo cediendo, 2½ a 1½, en el tie break a partidas rápidas.

En el prefacio a My most memorable games, una colección de partidas que Gelfand publicó en 2005, Vladimir Kramnik resalta que lo que distingue al israelí de otros grandes talentos de este deporte es la férrea consistencia con que procura implementar sus concepciones estratégicas de principio a fin de la partida. En esto, confirma Gelfand, sigue el ejemplo del mítico Akiba Rubinstein, jugador que admira de modo especial y al que estudió muy seriamente en su juventud. Implementada a rajatabla, y Gelfand no es un hombre de medias tintas, tal filosofía puede llevarte en ocasiones a situaciones límite, y así ocurrirá en la partida de abajo, disputada, muy apropiadamente, en un torneo que se organizó en Polonia en memoria de Rubinstein. Tan al límite que Gelfand se verá obligado a resolver, tachán, un problema en apariencia insoluble de habitación cerrada. (No os esperabais este giro, confesadlo.) La susodicha habitación es un bloque de casillas en el campo de las negras por donde anda, como extraviada, una torre blanca. No importa adónde mueva; lo haga como lo haga, queda al alcance de una pieza enemiga.

¿Cómo conseguirá salir Gelfand del embrollo? Pues del más obvio de los modos, no saliendo.

Gelfand-Shirov, Polanica-Zdrój 1998