Hoy escapamos de la rutina del blog, y para mejor, con otra colaboración. Ana Belén reflexiona sobre una reciente lectura, breve pero no inofensiva, tan desprovista de artificio como de misericordia, que le ha llenado las mejillas de agua salada y de agujeros el corazón. Escribes, y probablemente estés en lo cierto, que “a veces vivimos en la ilusión de la salvación nublados de felicidad, pero es una ficción”. Llámame iluso entonces: tenerte aquí me hace felicísimo.

“Imanes y tortugas”
por Ana Belén Hernández García

Llevo gran parte de las vacaciones de verano, sin motivo aparente y como para ocupar el tiempo, pensando acerca de las dificultades de escribir una novela. En mi vida inocente anterior a este verano, consideraba que escribir una novela (mediocre) era poco más que convertirse en una persona contando anécdotas que guardaran más o menos conexión con un hilo conductor más o menos interesante, alguna descripción gráfica y efectiva, algo de amor y algo de muerte.

O tal vez nunca me planteé en serio lo que significa escribir una novela.

Al fin y al cabo, los estantes de los centros comerciales están repletos de libros sentenciados al olvido, a la lectura parcial o a verse convertidos en regalos inseguros por la falta de convicción (razonable) del que regala.

Sí me pregunto a menudo cómo llega una persona a atreverse a contar una historia dolorosa. Me pregunto si serán psicópatas o extraterrestres. Yo nunca podría hacerlo, porque las palabras, una vez se pronuncian, y mucho más si se escriben, pueden tener consecuencias graves, porque cobran sentido, significado y entidad.

Es como rezar.

Cuando alguien reza, de repente, se da cuenta de sus miedos y de sus deseos, y éstos retroalimentan sus temores, en lugar de extinguirlos bajo la sombra de la comprensión.

Desde la primera página, sientes que nada se puede arreglar, y eso es lo desgarrador, que nada espera para ser arreglado, que simplemente la vida es así

La forma de las novelas me crea, en ocasiones concretas, cierta crispación. En la simpleza de algunos escritos no veo más que burla y falta de respeto al lector. Pero creo que el error más grave es la impostación sin disimulo. Es dejar caer, de manera más o menos velada, nombres (Rocamadour, Bukowsky, Breton…), lugares (París, Gare d’Austerlitz, un barrio bonaerense…) para mostrar un conocimiento extremo que resulta ser, en realidad, todo el conocimiento del que se dispone. Algunos textos son puro lenguaje enrevesado que busca más mostrar una técnica que un contenido. Puede que toda literatura, a estas alturas, sea siempre inspiración o plagio, pero hay que saber disimularlo.

Muchas veces en el mismo título observamos esas pretensiones que se quedan en nada. Imagino muchos títulos así: “Bukowsky en París”, “La tibieza de un barrio bonaerense”, “El enano que se vio menguar en la Gare d’Austerlitz”. También las citas que dan comienzo a la novela me ponen la carne de gallina de repugnancia. Citan Crimen y Castigo para pretender ser existencialistas, o un poema de Lorca para camuflar su falta de pasión.

Pero, a veces, el destino nos juega buenas pasadas cuando le parece que estamos perdiendo la fe en la literatura de verdad, en la que te remueve el estómago y te llena las mejillas de agua salada. Literatura siempre breve, porque no la puedes abandonar hasta el final ni puedes pretender que te acompañe el resto del verano, porque ya la estás devorando con ansia y no oyes ni ves a nadie, tan imbuido como estás entre esas palabras que parece que se escribieron sólo para ti. Pero, pese a lo breve de su compañía, sabes que te va a dejar bien marcada la piel. Y el alma.

Es lo que ocurre con La buena letra, de Rafael Chirbes, fallecido en 2015.

Chirbes habla de la angustia por el paso del tiempo, y de la decadencia que se deriva del mismo, de la ausencia permanente de la euforia y de la alegría en la vida de una mujer que siente que ha malgastado sus días; y te convence, casi hablándote al oído, sincerándose sólo contigo, de la veracidad de cada una de sus reflexiones, sin frases rimbombantes, ni palabras innecesarias, porque sabe que la que habla es una pobre mujer desgraciada que no conoce, ni quiere, a Raskolnikov o a Horacio Oliveira, ya que ella no entiende de frivolidades ni de esnobismo.


Se trata de una novelita (el diminutivo lo uso porque es corta, no porque sea inofensiva) escrita en primera persona y con capítulos muy breves, de manera que el ritmo narrativo es muy rápido. La imagen que aparece en la portada es un cuadro de Lucian Freud titulado “El último retrato”, que se encuentra en el Museo Thyssen. No se podría haber elegido una imagen mejor para resumir esta novela. En éste se muestra a una mujer que parece descansar o estar apática. Sin embargo, si lo miramos con más detenimiento vemos la tristeza, la angustia y el dolor en su mirada. Lucian Freud dijo: “Mi idea sobre el retrato proviene de la insatisfacción que siento por los retratos que se parecen a la gente. Me gustaría que mis retratos fueran de personas y no como ellas”. De alguna manera, esto es lo que ocurre en la novela de Chirbes. El libro no describe a una persona, sino que se convierte en la persona.

Es una historia que transcurre en los peores años de la historia reciente de España, pero no habla de eso. Se centra en otras angustias, en los mensajes que se deslizan bajo las puertas cerradas como fantasmas, persiguiendo a las personas que allí se intentan proteger de todo, y se les meten por la nariz y por los ojos y por los poros hasta ahuecarles la mirada y encorvarles la espalda, en los llantos ocultos que tienen que ver con las ausencias evitables, y no con dramas pasionales. Porque parece que todo sale bien, pero no. Desde la primera página, sientes que nada se puede arreglar, y eso es lo desgarrador, que nada espera para ser arreglado, que simplemente la vida es así, un cúmulo de hechos insignificantes que, cuando ocurren en momentos muy concretos o a personas especialmente sensibles, se convierten en terroríficos. Días que se nublan para mostrar únicamente el recuerdo que es capaz de atormentar, el dibujo escondido que pretendía ser una declaración de intenciones que nunca se materializó, la muerte y el amor. Pero la muerte cruel. La muerte en la soledad y con la certeza de la desaparición futura de los olores. Y el fuego que destruye lo que la mente no puede. Aún ahora que escribo sobre lo escrito, me emociona pensar que es todo tan real. Que llega un momento en la vida en el que poco importa que el hombre llegue a la luna o que los aviones bombardeen Guernica, porque dentro de cada uno se está librando una guerra contra los enemigos invisibles que son la soledad y la melancolía.

El lenguaje de Rafael Chirbes es tan cercano que duele, porque Ana, la protagonista, podría haber sido mi abuela o mi abuelo o mi tía cuando les notaba los ojos tristes y apagados. Pocas veces nos paramos a pensar en lo doloroso del paso del tiempo y en la extinción de los recuerdos, las cosas nos parecen fáciles.

Pues vende la casa.

Es muy grande para ti.

Total, para qué la quieres.

Vete a una casa más pequeña.

A una casa en la que no tengas recuerdos que te atormenten.

Vacía un poco el equipaje.

Para que, cuando vayas a morir, no te acompañe ni la ropa que llevaste el día que más guapo estabas.

Ni todos los imanes y tortugas que fuiste comprando durante los viajes en los que te creías eterna.

Rafael Chirbes parte de la reflexión de una mujer completamente sola y abandonada, que a veces creyó poder salvarse.

Como todos nosotros.

A veces vivimos en la ilusión de la salvación nublados de felicidad, pero es una ficción.

Entonces, preferimos ocupar el tiempo reflexionando acerca de qué significa escribir una novela.

Sin darnos cuenta de que cada uno de nosotros llevamos una dentro.

La buena letra 

P.S. Después de un texto tan emocionante es casi una grosería que yo intervenga de nuevo, pero hay un motivo. En una nota a la edición de 2000 (La buena letra se publicó por primera vez en 1992), el autor da cuenta de las razones que le han llevado a suprimir el último capítulo de la obra. (De este modo, es curioso, revierte lo que Anthony Burgess hizo con La naranja mecánica.) Chirbes sostiene, y Ana Belén está de acuerdo con él, que el epílogo induce un cierto consuelo en el lector, inaceptable por engañoso, de que el tiempo pone a cada cual en su lugar. Grosería sobre grosería, debo disentir. No hay libro que diga lo mismo a dos lectores distintos, y este me ha hecho recordar una frase que leí hace mil años, y que no consigo borrar de la memoria: “En nuestras últimas horas, lo que más lamentaremos no son los errores cometidos, sino los que no nos atrevimos a cometer.” Si Isabel yerra por acción, Ana lo hace por omisión, y lo que el epílogo sugiere, al menos lo que me sugiere a , es que no hay escapatoria, pues ambos caminos conducen por igual a la infelicidad; y poco consuelo sé encontrar yo en eso. Así pues, hemos acordado salomónicamente que lo tengáis todo: la versión del libro que se enlaza incluye tanto el preámbulo de 2000 como el capítulo eliminado, el del final en cursiva. La última palabra, como siempre, es vuestra.