Prestadme atención, madres, porque esta lista de simples admoniciones hará de vuestros hijos referentes mundiales de armonía fraternal: (a) los cementerios, ni tocarlos; (b) no pasarse con el azúcar, pero mucho menos quedarse cortos; (c) no hacer chistes de quien no se debe. Evidentemente, tampoco hay que tolerar que se abran la cabeza el uno al otro con algún objeto contundente, pero eso no hace falta que yo os lo diga.

70: Pícnic junto al camino de Arcadi y Boris Strugatski

Dicen que cada vez se lee menos. Ignoro si es o no cierto, pero lo que sé seguro es que se escribe excesivamente. Mirad si no las listas de best sellers, copadas de un tiempo a esta parte por arboricidas en serie como Stieg Larsson, George R.R. Martin, Brandon Sanderson o E. L. James. Parece que los escritores se han olvidado de que la concisión es una virtud literaria mollar, y que los lectores se han olvidado de recordárselo. A lo mejor no soy yo el más adecuado para comentarlo, porque cada nueva entrada me sale aún más larga que la anterior, pero criticar es gratis.


También es verdad que ultramaratonianos de la tinta los ha habido todas las épocas. Los grandes autores rusos se han gustado especialmente en esta suerte (Los hermanos Karamazov, Archipiélago Gulag, Doctor Zhivago, no digamos Guerra y paz), así que si os digo que Pícnic junto al camino es la obra maestra de la ciencia ficción soviética; y apostillo que es un cruce inverosímil de thriller neo-noir, ensayo filosófico-político y exégesis bíblica travestida, entendería que temieseis por vuestras muñecas. No será el caso, ni siquiera rebasa las 150 páginas. Eso sí, densas como ellas solas (lo que no implica espesas porque es un libro que te bebes como el agua). Podría decirse que Pícnic junto al camino es una especie de cebolla que acumula capa sobre capa de significados cada vez menos evidentes. Vayamos quitándolas una por una, a ver qué encontramos al final.

La primera capa: el Pícnic. Para los teólogos es más simple. Siendo su objeto de estudio, por definición, inabarcable, les basta con tejer una red de dogmas relativamente organizada. No importa mucho que los dogmas sean inconsistentes o incompatibles entre sí, en realidad es casi mejor. Propón a un teólogo el siguiente silogismo: “si Dios es omnisciente, y por tanto conoce el futuro, es que el futuro está escrito y no puede cambiarse, luego no es omnipotente”; él te responderá que lo único que evidencia tu argumento es la derrota de la razón frente al supremo Misterio de Dios. Cuando un autor de ciencia ficción escribe sobre lo siguiente a Dios (los extraterrestres) lo tiene considerablemente más difícil, sobre todo si desea hacerlos interactuar con nosotros de un modo plausible, porque hay ciertos impedimentos lógicos que no se puede saltar a su capricho. El principal: si una raza alienígena es incomparablemente superior a la nuestra, ¿por qué habría de tener un interés por ayudarnos o destruirnos mayor del que nosotros mostramos por ayudar o destruir a las hormigas? Los autores de Pícnic junto al camino, los hermanos Arcadi y Boris Strugatski, abordan el dilema de un modo muy inteligente. Los extraterrestres visitan por un breve lapso de tiempo seis lugares de la Tierra (las llamadas “Zonas”). Al menos es lo que cabe deducir, ya que nadie los ha visto, del rastro de incomprensibles objetos tecnológicos que han dejado a su paso. Más aún, las Zonas quedan permanentemente afectadas por extrañas distorsiones: las leyes de la física no funcionan como es debido, aparecen improbables sombras y sustancias capaces de destruir a quien allí se adentre de mil modos distintos. Es como sí una pandilla de hipermarcianos adolescentes, de pícnic por la galaxia (de ahí el título de la novela), hubieran acampado en nuestro planeta, como podrían haberlo hecho en cualquier otro lado, y se hubieran dejado la basura de la merienda sin recoger.

Y eso por no hablar de los muertos vivientes, que a ver qué diablos pintaban allí

La segunda capa: el Muro. La idea de exponer a los humanos-hormigas a unos vestigios alienígenas tan milagrosos como tóxicos es tan obviamente satisfactoria que habría que ser un berzotas para no sacar de ella algo en limpio. De hecho Frederick Pohl la retomó pocos años más tarde, con un enfoque distinto, en Pórtico, otra de las obras capitales de la ciencia ficción. Ahora bien, los hermanos Strugatski tenían el trabajo extra de convencer a los suspicaces censores de que la novela era ideológicamente irreprochable. Para ello centraron la acción en Harmont, un pueblo canadiense ubicado a medias en una de las Zonas, y eligieron como protagonista a Redrick Schuhart, un stalker que se gana (y arriesga) la vida entrando ilegalmente en la Zona buscando artefactos con los que comerciar en el mercado negro. Y este era el cebo: la valla que separa la parte contaminada de Harmont de la sana simbolizaría el Muro de Berlín, y el trasiego de mercancía entre ambos lados los intentos del capitalismo de corromper los ideales socialistas con sus trucos de mercachifles. ¿Fino, no? De más. El Harmont “sano” de Pícnic junto al camino era un lugar renegrido y decadente; había escenas demasiado violentas, frases demasiado soeces, personajes demasiado amorales. Todo parecía, en general, demasiado “literario” para su propio bien. Y eso por no hablar de los muertos vivientes, que a ver qué diablos pintaban allí. Aunque Pícnic junto al camino se publicó por entregas en 1972 en Avrora (un magazine de Leningrado) sin grandes trastornos, no se autorizó su edición como libro hasta 1980. La versión final quedó tan horriblemente mutilada y adulterada que, por ejemplo, los zombis pasaron a ser cíborgs, que ya es evolucionar.


La tercera capa: el Fin de los Tiempos. La verdad sea dicha, los censores soviéticos habían olido a chamusquina con razón. La Visitación tenía letra pequeña y se desencadenará una plaga apocalíptica: los hijos de los stalkers padecen mutaciones inconcebibles, los emigrantes de Harmort irradian mala suerte por donde quiera que pasan; los muertos, por fin, empiezan a levantarse de sus tumbas e intentan, ciegamente, volver a las casas donde siempre vivieron. Lo de “apocalíptica” debe entenderse literalmente: a la luz del último capítulo es razonable remirar la novela como un remake desviado y nihilista del Nuevo Testamento. En clave política, la conclusión es diáfana. No hay un Harmont bueno y un Harmont malo, todo está igualmente podrido; la utopía comunista es un fantasma que yerra sonámbulo y que ha olvidado que ya es historia. Estirando el símil del pícnic, se diría que los padres de los excursionistas han regresado a limpiar el estropicio de los chavales, y no parece que les importe mucho si la aspiradora engulle los insectos que pululan entre las migajas. Pero entonces, ¿qué hay del Propósito, qué es lo que hace a la raza humana singular en el Universo? Nada.

El cogollo: la Bola Dorada. Queda, no obstante, un pequeño resquicio para la esperanza, una posibilidad de revertir la situación. Antes de ir a eso debo aclarar que el análisis anterior, y lo que viene, es pura especulación (espero que no insensata). Pícnic junto al camino es un relato bastante críptico, y, que yo sepa, ni Arcadi ni Boris revelaron nunca (y ahora ya no están para preguntárselo) sus verdaderas intenciones al escribirlo. Sabemos a ciencia cierta, y los mandamases del partido también lo sabían, que no eran anticomunistas, pero sí antisoviéticos. Y en 1979 Andrei Tarkovski rodó una película, Stalker, basada muy libremente en la novela, a partir de un guion de los propios hermanos. Stalker es un filme absolutamente de culto, y ningún verdadero amante del cine debería privarse de sus casi tres horas de metraje subtitulado (ni del medio litro de café necesario para sobrevivir despierto a la experiencia). El argumento gravita, íntegro, en torno a la Bola Dorada (en la película es una habitación), un supuesto objeto de la Zona que, según el Buitre, el más veterano de todos los stalkers que siguen con vida, tiene el poder de hacer realidad tus deseos. Hemos de suponer, por tanto, que es ahí, exactamente, a donde quieren llevarnos los autores. Pero los extraterrestres, o los dioses, o lo que sea que sean, siguen haciendo gala de su perverso sentido del humor; pues la Bola no materializa tus deseos conscientes, sino los que anidan en tu interior, y que probablemente desconoces. Así pues, imaginad que pudieseis partir de cero, y pedir al Genio de la Lámpara que se cumplieran vuestros anhelos más íntimos. ¿Os arriesgaríais? Yo me lo he preguntado y, maldita sea, no tengo una respuesta.


(N.B. La única edición admisible en castellano de Pícnic junto al camino es la publicada por Gigamesh en 2015 con el título, bastante desafortunado, de Stalker. Pícnic extraterrestre. Ha sido la primera vez que la novela se traduce directamente del ruso a nuestra lengua, y está basada en la versión, libre de tijeretazos, autorizada por los Strugatski tras la Perestroika. La única traducción que circula “por ahí”, y que tenéis en el enlace de abajo, es la de Edith Zilli para la edición argentina de 1977, a partir de la publicada ese mismo año en Estados Unidos —cuyo referente es el texto de Avrora—. No tiene nada que ver, pues, con la esperpéntica versión de 1980, aunque la dirección de Avrora también exigió algunos recortes. Aparte de lo anterior, la traducción de Zilli es bastante mejorable: stalker, por ejemplo, pasa a ser “merodeador”, cuando en el original se usa con toda la intención la transliteración “cталкер” del vocablo inglés. En resumen, y por cerrar: todos los libros que aparecen en música y ajedrez de diez han hecho méritos de sobra para que vayáis a las librerías y los compréis; el de hoy, todavía más.)

Pícnic junto al camino
Пикник на обочине – Piknik na obochinie (original en ruso)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

Aunque la entrada del día, y alguna anterior, parezcan sugerir otra cosa, las colaboraciones literarias genuinas (contratar a un negro para que te escriba la novela no es “colaborar”) son raras, y más entre parientes. La música moderna, en cambio, es un empeño eminentemente coral, y abundan los grupos de éxito fundados por hermanos. Cabe subrayar que a pesar de dicho éxito, o quizá por su causa, estos proyectos fraternales han degenerado con frecuencia en peloteras casi fraticidas: Mark y David Knopfler (Dire Straits), Don y Philip Everly (The Everly Brothers) Jermaine y Michael Jackson (Jackson Five), Tom y John Fogerty (Creedence Clearwater Revival), Barry y Andy Gibb (Bee Gees), Ray y Dave Davies (los Kinks), todos se tiraron los trastos a la cabeza y en ocasiones de manera bastante estruendosa. Cómo deben haber sufrido esas mamás. La palma, sin duda, se la llevan los hermanos Gallagher, que han logrado elevar la trifulca a la categoría de arte. La lista de sus enganchones daría para escribir un libro (si es que alguien no lo ha hecho ya), como aquella vez que Liam entró borracho al estudio con unos amigotes cuando Noel grababa una de las pistas de (What’s the Story) Morning Glory? y este le zurró con un bate de críquet en la cabeza (el bate acabó vendiéndose con un certificado de autenticidad que garantizaba su contacto con la mollera de Liam); y qué decir de la escena que provocó la definitiva disolución de Oasis, con Liam persiguiendo a su hermano por el camerino, guitarra en ristre, a lo Jack Nicholson en El resplandor. Ocho años después siguen sin perder ocasión de tirarse pullas vía tuits: uno reciente del mayor contiene una foto de Noel con el conciso, pero elocuente comentario, “patata”. Noel, por su parte, no contempla una reunificación del grupo “ni aunque con ello se acabase con el hambre en el mundo”.


Ya sea porque todavía no han saboreado las embriagadoras mieles del triunfo masivo, bien porque tienen la cabeza mejor amueblada que la media, Scott y Seth Avett (integrantes junto a los “adoptados” Bob Crawford y Joe Kwon de The Avett Brothers) llevan trabajando desde principios de siglo en razonable armonía. Por instrumentación y por dicción, habitan esa vasta área geográfica, la llaman Americana, donde confluyen los caminos del folk tradicional, el bluegrass, el country y el blues. Con la ventaja de que, aireada por una creciente sensibilidad melódica, a veces próxima al pop, su música nunca desprende ese olor a arcón cerrado tan habitual en los géneros citados. Mucho ha tenido que ver en la universalización de su estilo Rick Rubin, uno de los productores más poderosos de la industria, que trabaja con ellos desde 2009. Rubin y los Avett todavía están quemando etapas, pero no va a ser fácil que les salga un disco tan inspirado como The carpenter (2012), que “The once and future carpenter” abre de la mejor manera posible. A este insistir con “carpenter” (“carpintero”) hay que dedicarle un minuto. Antes os decía que no constan broncas serias entre los hermanos Avett, pero algún lío doméstico sí ha habido, y no menor. La rumorología asegura que Jennifer Carpenter, una de las actrices de la serie Dexter, se encaprichó de Seth (el menor de los hermanos) en 2011 y lo persiguió concierto tras concierto hasta que sucumbió a sus encantos. A todo esto, Seth se había casado en 2008 y dedicado a su esposa Susan “January wedding”, un tema (bastante empalagoso) de I and love and you, el álbum previo del grupo. Seth jura y perjura que el título The carpenter no alude a su affair extramatrimonial, que se resolvió con divorcio de Susan en 2013 y boda con Jennifer en 2016. Lo del “carpintero que fui y seré” tampoco tendrá, por tanto, ningún doble sentido, y es imposible que “esas damas que me miran a los ojos” de las que se habla en la canción sean Susan y Jennifer. Tranquilo, Seth, si yo te creo. Pero habrás sudado tinta explicándoselo a tu ex.

The once and future carpenter / The Avett Brothers
The once and future carpenter / The Avett Brothers  letra y traducción


P.S. Si hace falta seguir con lo de música, hermanos y “carpenters”, yo sigo, no en vano Karen y Richard Carpenter integraron el dúo más popular del easy-pop de los setenta. Sus fortalezas (al menos para ese sector de los EE.UU. que votaba a Nixon, mimaba el césped de su hermoso chalé, y en general vivía ajeno a una cosa llamada “guerra de Vietnam”): instrumentaciones reconfortantes, aire de no faltar un domingo a misa, y una voz, la de Karen Carpenter, de las que solo aparecen de generación en generación. No soy muy partidario de la producción industrial de buñuelos de crema (aquí “industrial” significa cien millones de discos vendidos), pero a “(They long to be) close to you”, un tema de Burt Bacharach y Hal David que andaba medio descatalogado, supieron encontrarle muy bien el punto. Fue la llave que les abrió de par en par las puertas del estrellato.

Como pasa tan a menudo, bajo la plácida superficie hervían turbulencias de mucho cuidado. Según Richard añadía azúcar a sus arreglos (y se autorrecetaba un porcentaje no despreciable de la producción farmacológica nacional —se ha insinuado que para aplacar sus tendencias homosexuales), Karen, absurdamente obsesionada con su aspecto físico, restaba más y más calorías a su dieta. Él pudo escapar de su infierno particular, la hermana no. Karen Carpenter murió en 1983, a punto de cumplir los treinta y tres, a consecuencia de los estragos de la galopante anorexia nerviosa que arrastraba desde mediados de los setenta.

(They long to be) close to you / Carpenters
(They long to be) close to you / Carpenters  letra y traducción

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Hoy estamos de suerte en la sección: los hermanos Vassily (1881-1952) y Mikhail (1883-1938?) Platov tendrían que haber venido al blog hace un siglo porque son los evangelistas, junto a Troitzky, Rinck y Leonid Kubbel, de la composición clásica. Ya, los evangelistas fueron cuatro, pero a los Platov hay que contarlos como uno porque aunque también compusieron por separado son sus estudios conjuntos los que han dejado más huella. En ellos desarrollaron con admirable habilidad temas como la batalla de dos piezas contra la dama o la atracción de piezas negras a casillas claves, pusieron al descubierto aspectos muy sutiles de los finales de torre, y mostraron patrones de ahogado de insólita elegancia.

Originarios de Riga (Letonia), desarrollaron su actividad profesional en Moscú, Vassily (arriba) como médico bacteriólogo, Mikhail (abajo) como ingeniero. A finales de los veinte abandonaron la composición para dedicarse de lleno a sus carreras, que no pudieron seguir rumbos más distintos. El mayor acumuló considerables honores por sus logros en el campo de la epidemiología, la Orden de Lenin (la máxima condecoración que se otorgaba en la Unión Soviética) inclusive. Mikhail, en cambio, tuvo la suicida torpeza de hacer un comentario despectivo sobre Stalin en la fábrica donde trabajaba, fue arrestado en octubre de 1937 y se le sentenció a diez años de “trabajos correctivos” en el gulag de Kargopol. Se le declaró oficialmente fallecido en 1942 (las autoridades recurrían a menudo a esta treta para disimular como bajas de guerra las muertes en sus campos de trabajo) pero lo más probable es que perdiera la vida en 1938, fecha en que dejó de responder a las cartas que le enviaba su hermano.


Cuando se glosa el legado de los Platov es imposible obviar un estudio famosísimo que publicaron en 1909. Aparte de su mérito indudable, la fama la viene de una carta que Lenin, el futuro líder de la revolución soviética (al que entusiasmaba el ajedrez), envió en febrero de 1910 a su hermano Dmitri. En ella hablaba maravillas del estudio y señalaba que había necesitado un tiempo considerable para resolverlo. Lo he incluido abajo porque sé que os mata la curiosidad, pero me gusta más otro que crearon un lustro después, del que Vassily y Mikhail se sentían especialmente orgullosos. Como todas las suyas, es una composición de aspecto muy natural, incluso átono, sin más que peones y un caballo por bando, pero no imagináis lo que dará de sí. Es como si Redrick Schuhart (el rey blanco) y tres de sus compiches stalkers se adentraran en la Zona (negra) en busca de la preciada Bola Dorada (la coronación); aparecen trampas y contratrampas, nada es lo que parece, las leyes habituales del tablero dejan de funcionar. Tras desplegar un ingenio que envidiaría Indiana Jones, Redrick conseguirá su objetivo, pero no sin un coste: ninguno de sus compañeros sobrevivirá a los terrores de la Zona.

Estudio de V. y M. Platov, Sbornik shakhmatnikh etyudov 1914
Estudio de V. y M. Platov, Rigaer Tageblatt 1909