3 de marzo de 2017:

Estas Navidades, mi Amigo Invisible (es decir, el infeliz al que le cayó el marrón de hacerme un regalo a mí) sondeó discretamente a mi esposa huérfano de ideas con que inspirarse. Ella aplicó el protocolo habitual (“anda, hazme una lista con diez o quince libros que aún no tengas —comprables, nada de cosas raras—, porque amenaza con cortarse las venas”), protocolo que me cansa un poco porque amaso lectura en casa no ya para una vida, sino para varias. En el fondo entiendo la desesperación reinante, porque casi todos los chismes del Universo encajan en una de estas tres categorías: los que ya tengo, los que es imposible que tenga nunca, y los que me da igual tener que no tener.

Y en estas me vino una iluminación y concebí mi regalo perfecto, realmente el regalo de mi vida: palabras, sí, pero no de las que te venden en Amazon. De modo que mi Amigo Invisible tuvo su lista, y así garanticé su permanencia en el mundo de los vivos, y yo escribí a mis gentes de dentro invitándoles a hablar en el blog de su canción, o partida, o libro favorito. No a todos, solo a los que me consta que lo siguen; aun así, pensando en retrospectiva, me abochorna lo obscenamente egocéntrico de la ocurrencia. Pero son de lo que no hay, estas gentes mías del corazón, y su respuesta colmó con creces mis expectativas, así que en los meses venideros sus huellas digitales (¡en ambos sentidos de la palabra “digital”!) se entrecruzarán con mi serie regular de desatinos. He creado una nueva pestaña, “Amigos”, donde iré recopilando sus colaboraciones. Será como mi álbum de fotos especial, solo que en vez de sus rostros guardará un trocito de sus almas. Iguálamelo, Instagram.

¿Es de temer que el nivel del blog se resienta con este asunto? Y tanto que sí. De que se resienta cuando me vuelva a tocar escribir a mí. Les cedo la palabra y lo comprobáis por vosotros mismos.

Colaboración 1: “Peces de ciudad” de Joaquín Sabina (por Patricia Ruiz Guevara)