¿Apetece un viaje al país de la paradoja? De inmortales que se creen muertos, de anacoretas libertinos, hasta del amor desde el punto de vista orco; de todo ello, y mucho más, hablaremos hoy, con la elocuencia y la deportividad que caracterizan a este blog. Quizá apreciéis falta de solidez en alguna de las premisas, pero esa es la virtud que nos redime.

53: El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde

Decía el dios Lennon, en una de sus sacratísimas canciones, que todo lo que necesitamos es amor. Enmendarle la plana a un dios es blasfemia, pero yo puntualizaría que lo que también le hace falta al mundo, y en cantidades industriales, es deportividad. Particularmente en cuestiones de amor.


Considérese, sin ir más lejos, el clásico dramón de amores no correspondidos. Llamaré César y Angustias a la pareja, para que deduzcáis sin dificultad quien va a pagar la factura de la fiesta. El Universo en pleno, qué duda cabe, simpatiza con la pobre Angustias, y aquí ya tratamos el tema desde el punto de vista pringado-friendly, con vuestro seguro servidor como invitado de lujo. Ahora bien, ¿qué pasa con César? ¿Que lo parta un rayo? Pues ea, hoy me apetece defender al malo de la película. Porque hasta los orcos, si lo pensáis, merecen algo de cariño, ahí hacinados en guaridas apestosas (y menudos alquileres que debe cobrar Sauron), sin más misión en la vida que espicharla a millones en la batalla del Abismo de Helm de turno.

Aparte de que, las cosas como son, el tipo tampoco es un orco. Puede que al principio pecara (a César lo que es de César) de darle cierta coba a la chica, pendiente de él en mil pequeños detalles, porque a quién no le gusta que le masajeen la autoestima, pero eso no lo convierte en el asesino de Kennedy. En fin, tarde o temprano Angustias, ciega de oxitocina, le confesará su amor eterno y obtendrá la temida (y previsible) respuesta: te quiero como amiga, siempre serás alguien especial para mí, bla bla bla. Aún mareará la perdiz nuestra Gusi una temporada, con una avalancha de wasaps que enfermarían de hiperglucemia a un cachalote y que César, quizá ligeramente aterrado, acabará no contestando. Tras lo que ella, heridísima, ofendidísima y algún que otro “-ísima” más, se buscará a una cómplice (¿Consuelo valdría de nombre?), a ser posible resabiada tras una ruptura reciente, con la que despacharse a gusto contra los hombres del mundo, todos sin excepción unos cerdos.

Este penoso episodio, Angustias y Angustios del planeta, revela tan solo vuestra falta de deportividad. Punto uno: lo más probable es que ese amor, presuntamente absoluto, no supere lo que yo llamo el test del meñique (¿cambiarías tu meñique izquierdo por un sí de tu idolatrado galán?), así que tampoco exageremos; y si lo superara, razón suficiente (admitidlo) para que este solicite una orden de alejamiento. Y punto dos: hay cosas mucho peores que que te ignoren un mensaje. Podrían, por ejemplo, haberte apuñalado y disuelto en ácido nítrico. Esto ha pasado. En la ficción por lo menos, en concreto en El retrato de Dorian Gray. Y en la realidad es probable que también porque, como proféticamente (si nos atenemos a su biografía) escribió su autor, la vida imita al arte mucho más que el arte imita a la vida.


Supongo que sobran las presentaciones: Dorian Gray es el “César” más fascinante, despegado, decadente y sobre todo icónico de la historia de la literatura. Aunque no hayáis leído el libro seguramente conocéis el argumento, en primera instancia una fábula sobre el viejo dicho “ten cuidado con lo que deseas, no vaya a hacerse realidad”, pero os lo resumo por si acaso. En el estudio de Basil Hallward, un pintor para el que posa, un guapísimo y cándido muchacho llamado Dorian Gray traba amistad con Lord Henry Wotton. Bendecido con el don de la palabra, Lord Henry profesa una hedonista filosofía vital que proclama como valores primarios el culto a la belleza y la satisfacción de los sentidos. Mientras Hallward, absolutamente encandilado (por usar una palabra discreta) con el chaval, se deja el alma en el retrato, Dorian, seducido por la elocuencia del dandi, formula un deseo ridículo: ojalá pudiera mantenerse joven por siempre y que el cuadro envejeciese por él. Prodigiosamente, su fantasía se hará realidad: bajo la perniciosa influencia de Lord Henry, Dorian se deleita en un carrusel de lujuria y perversiones, dejando un reguero de corazones rotos —y en algún caso, como apuntaba, hervidos en ácido— por el camino; nada de lo cual mancilla un ápice ni su belleza ni su encanto. Entretanto la pintura, a salvo de miradas indiscretas en un desván, degenera del más espantoso de los modos.

¿Habéis pescado la cuña “en primera instancia”? Es importante, porque El retrato de Dorian Gray es una novela absolutamente reversible, como esos chaquetones con doble estampado que te pones de un lado u otro según convenga a la ocasión. ¿Se trata de una historia edificante sobre la corrupción del alma, cuyo fin es alertar al lector de los peligros que entraña la excesiva glorificación de la belleza? ¿O, antes al contrario, de una apología desvergonzada de lo superficial, lo antinatural y lo ostentosamente falso? El texto es tan flexible que un abogado persuasivo podría defender cualquiera de ambas tesis ante un tribunal. Hablando, se entiende, desde la perspectiva de un lector moderno, porque el veredicto del jurado popular cuando el Lippincott’s Monthly Magazine publicó la obra en su número de julio de 1890 fue virtualmente unánime, y eso que el editor había expurgado —a espaldas de Wilde— algunos de los párrafos más escabrosos antes de ponerla a la venta. “Aburrida y desagradable”; “incurablemente idiota”; “basura de los décadents franceses”; “una vergüenza”: así calificó la crítica a una novela que “se deleitaba en la suciedad y reconocía su deleite”, rebosaba “mefíticos olores a putrefacción moral y espiritual”, publicitaba un “sórdido misticismo” y dejaba un “rastro ponzoñoso de estridente vulgaridad”. Wilde se revolvió con fiereza, mandando cartas a diestro y siniestro (“No entiendo cómo se puede tachar a Dorian Gray de inmoral. Lo complicado fue subordinar la moralidad inherente al efecto artístico y dramático, me parece que la moralidad es más que obvia.”); aun así, revisó a fondo la obra para su subsiguiente publicación como libro, suavizando las referencias homoeróticas y añadiendo varios capítulos y un célebre prefacio donde se defendía de sus detractores y zanjaba (o intentaba zanjar) la polémica tirando por la calle de en medio: “No existen libros morales o inmorales. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.”


Pues si es así no hay de qué preocuparse. No es que el libro esté bien escrito, es que cuesta imaginar cómo podría escribirse mejor. Hecho bajo encargo, los del Lippincott’s Monthly solicitaron un texto de unas cien mil palabras. La respuesta, wildeana a rabiar (“no existen cien mil palabras bonitas en la lengua inglesa”), concreta la esencia de Dorian Gray como propuesta artística: su economía narrativa, la cuidadosa selección de los detalles, la priorización de la belleza frente a cualquier otra consideración, ya sea técnica o ética. Belleza que sobre todo anida (esto es insólito, y maravilloso) en los diálogos; o, más exactamente, en los diálogos de Lord Henry, cuyo lánguido parloteo fija el tono del relato de principio a fin. Cada uno (literalmente) de sus comentarios es un hallazgo: preparaos para un diluvio de epigramas, contrasentidos y agudezas como no veréis otro en vuestra vida, estándares ya de las antologías de citas: “en el mundo solo hay algo peor que que hablen de uno, y es que no hablen de uno”; “la única manera de librarse de una tentación es sucumbir a ella”; “ser natural no es más que una pose, y la más irritante pose que conozco”; la lista es interminable. Wilde solo se salta el guion en dos momentos, el logorreico capítulo 11 y el 16, ese en el que Dorian abandona la confortable seguridad de su mansión para adentrarse en los húmedos abismos de opio de los muelles londinenses. El primero parodia el abigarrado estilo del A contrapelo de J.-K. Huysmans, la biblia del decadentismo francés, un libro que le marcó poderosamente; en el segundo abraza por un instante la estética naturalista de Émile Zola, tan diametralmente opuesta a la suya, gozándose en proclamar la fealdad “como única realidad, más intensa que todas las elegantes formas del Arte.” La traición, ya lo veis, no es más que aparente: Wilde juega a la paradoja hasta consigo mismo.

En cuanto al enigma mollar del libro, su moralidad o inmoralidad, valdría preguntarse lo mismo respecto a la vida de este irlandés irrepetible. Las primeras novelas suelen ser autobiografías disfrazadas, y en el caso que nos ocupa el disimulo es mínimo porque el escritor reconoció sin ambages que “Basil Hallward es lo que creo que soy; Lord Henry lo que el mundo cree que soy; Dorian lo que me hubiera gustado ser —en otro tiempo, quizás”. La máscara cayó del todo en 1895, cuando el marqués de Queensberry (el inventor de las reglas del boxeo moderno) lo acusó públicamente de “presumir de somdomita” [sic]. Más que con Wilde, el aristócrata andaba en realidad de broncas con su hijo Lord Alfred Douglas, alías “Bosie”, con el que el artista mantenía por entonces un affair bastante pasado de rosca. Toda una celebrity desde sus tiempos de estudiante en Oxford, Wilde se había labrado una fama más bien dudosa a cuenta de sus estridentes atuendos, su ingenio mordaz y sus efébicas compañías; a pesar de lo cual, azuzado por Bosie, denunció al padre por difamación. El tiro, como era de imaginar, le salió por la culata (dicho esto sin segunda intención): Queensberry aportó tal cantidad de evidencia que el escritor fue formalmente acusado de indecencia grave y homosexualidad. De perdidos al río, Wilde reivindicó encendidamente en el estrado “el amor que no se atreve a pronunciar su nombre”, pero el juez no debió quedar muy impresionado porque le aplicó la pena más severa para estos delitos, dos años de prisión con trabajos forzados. La cárcel deterioró seriamente al dublinés, que no obstante redactó una apasionada epístola, De Profundis, donde censuraba a Bosie, lo perdonaba y, en el fondo, se reafirmaba en su recalcitrante encelamiento con el joven. Tras ser liberado se exilió en Francia bajo el nombre supuesto de Sebastian Melmoth (en honor, respectivamente, del santo patrón de, eh, los peluqueros, y el protagonista de la última gran novela gótica —Melmoth el errabundo). Sin dinero, sin reputación y sin apenas amigos, no duró mucho: en puertas del cambio de siglo, con solo 46 años de edad, una meningitis acabó con él. Pocas horas antes de su muerte se convirtió al catolicismo. ¿Un postrero, por no decir póstumo acto de postureo? No descarto nada, porque en el citado undécimo capítulo Dorian coquetea justo con esa idea, hechizado por los negros misterios de los confesionarios, el barroco esplendor de la liturgia y el pathos sangriento de la transustanciación. Moral o inmoral, nos preguntábamos antes. Pues yo que sé. Podríamos discutir el día entero si elevar el goce estético a la categoría de opción vital es sano o hasta lícito; lo que es innegable es que Wilde asumió las consecuencias con el fanatismo ético de un anacoreta.

Pero estábamos contigo, Angustias de mi corazón. Has metido la pata hasta el corvejón, eso es un hecho, pero no te lo tomes tan a pecho porque si hubieras hecho lo contrario te habrías equivocado igual. Paradojas de la vida. Lord Henry Wotton lo dice de otra manera (y mejor) cuando la anciana duquesa de Harley le pregunta cómo volver a ser joven. “¿Recuerda algún error que cometiera en sus primeros tiempos, duquesa?” pregunta a su vez Lord Henry. “Muchos, por desgracia”, responde la dama. “Pues vuelva a cometerlos”.

El retrato de Dorian Gray
The picture of Dorian Gray (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

Esto que escribo se parece a veces, más que a un blog, a una liebre empastillada, porque de súbito da unos brincos que me dejan perplejo. El retrato de Dorian Gray ha figurado desde el día uno en la lista de libros que reseñaría, y pensaba que “Methuselah”, de San Fermin, podía encajarle como cortina musical porque Matusalén, a fin de cuentas, también envejeció a cámara lentísima (187 añetes tenía el tigre cuando engendró a su hijo Lamec, a los que sumó la friolera de otros 782 —años, no críos). Daba por hecho, evidentemente, que la canción tendría que ver de un modo u otro con el perenne patriarca bíblico.


Pues resulta, ahora que me he fijado en la letra, que no lo tiene. Es bastante críptica, la verdad, por lo que ni siquiera es obvio que tenga que ver con algo, pero la omnipotente internet me ha sacado enseguida de dudas. San Fermin, empecemos por ahí, es el invento de un estudiante de composición de la Universidad de Yale, Ellis Ludwig-Leone, que se graduó a lo grande con el álbum homónimo, aparecido en 2013. El disco es una épica combinación, por momentos agotadora, con frecuencia sorprendente y en general muy inspirada, de pop de cámara, indie rock y clasicismo avant-garde, marcada por influencias tan diversas como el Illinois de Sufjan Stevens (sobre todo), el Graceland de Paul Simon o el Abbey Road de los de siempre, y donde se escuchan cuartetos de cuerda o viento, sopranos operísticas, vibráfonos o armonios según venga al caso. Las canciones, ligadas temáticamente, van narrando un “casi romance” entre un impetuoso y grandilocuente joven (la hierática ejecución del barítono Allen Tate aporta un contraste muy salado al personaje) y una chica bastante más cínica y centrada. Todo es un tanto absurdo, como victoriano, lo que justifica el curioso nombre que Ludwig-Leone puso a su proyecto: el de una delirante fiesta popular donde la gente se juega la vida delante de los toros por el mero placer de hacerlo. Y el “Matusalén” de “Methuselah”, aclara el músico (poniendo el acento en los versos “No pienso en ti // Cuando te echo de menos”), no es otra cosa que el amor no correspondido; que se resiste a morir, que no sabe morir, por mucho que intente engañarse fingiéndose muerto.

Con lo que este blog conejil da un salto al principio de la entrada que hubiera asombrado a Bob Beamon.

Methuselah / San Fermin
Methuselah / San Fermin letra y traducción


P.S. Neil Young: otro que también ha hecho un pacto, si con Dios o con el diablo no sabría decir, para mantenerse eternamente joven. Haciendo honor a su apellido, dicho sea de paso. Sin ser, ni por asomo, el segundo Dylan que sus acérrimos pretenden vendernos (melódicamente es bastante plano, y hay más efectismo que eficacia en sus textos), sí es cierto que su inconformismo genético, su voluntad de no apolillarse como tantos otros dinosaurios de su quinta, le han garantizado una complicidad de la crítica y un respaldo del público de los que no siempre ha podido presumir el cascarrabias de Minnesota. Y siendo cierto que sus extravagancias tecno y rockabilly de los ochenta debieron sonrojar hasta a su madre, no es menos verdad que su influencia en los dos antagónicos géneros que mejor domina, el country-rock de baja cilindrada y el rock más ruidero y subterráneo de sus grabaciones con Crazy Horse, ha sido pero que muy notable. (Su estatus de “padrino del grunge“, hablando de un tío que al comienzo de su carrera tonteaba con Joni Mitchell, impresiona especialmente. Estatus certificado del más dramático de los modos por Kurt Kobain, que usó uno de sus versos —”mejor arder que desvanecerse”— como colofón a su nota de suicidio.) Como el noventa y nuevo por ciento de la gente yo prefiero al Young acústico de Déjà vu —su álbum con Crosby, Stills y Nash—, After the gold rush, Harvest o la secuela de este último trabajo, Harvest moon, publicada veinte años después y en muchos aspectos superior al original. La canción que titula el disco es otra de amores a deshora, aunque tiene un aire tan rústico y reposado, tan de tumbarse en el heno y mirar las estrellas, que nadie lo diría. Con deportividad, como debe ser.

Harvest moon / Neil Young
Harvest moon / Neil Young  letra y traducción

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No es una exageración referirse a Savielly Tartakower (1887-1956) como el Oscar Wilde del ajedrez. O si lo es, no soy el primero en cometerla: así lo hace Taylor Kingston en su introducción para la recientemente reeditada My best games of chess 1905-1954, la antología que el gran maestro polaco-francés publicó al final de su vida. Y es que su catálogo de aforismos es tan vasto y ocurrente (“siempre gana la partida quien comete el penúltimo error”; “nunca he derrotado a un adversario sano”; “toda apertura es buena si su reputación es lo suficientemente mala”; “la táctica es lo que haces cuando hay algo que hacer; la estrategia lo que haces cuando no hay nada que hacer”; “una partida de ajedrez tiene tres fases: la apertura, donde esperas estar mejor; el medio juego, donde piensas que estás mejor; y el final, donde sabes que vas a perder”; o mi favorito: “siempre es preferible sacrificar las piezas del oponente”) que tendemos a dar por suyo todo dicho ingenioso o paradójico sobre el ajedrez, aunque no lo sea. Un poco lo mismo que lo que ocurre, en el ámbito de la literatura, con Wilde.

Ahora bien, cargando tanto la suerte en sus dotes para el comentario afilado y la anécdota hacemos un flaco servicio al Tartakower jugador de ajedrez, mucho mejor que lo que la mayoría de los aficionados (sugestionados quizá por alguna célebre derrota suya) suponen. Este dato os despejará las dudas: desde 1907 hasta 1947 (!!) se mantuvo en el top-20 del escalafón, y a principios de los veinte solo los sobrehumanos Capablanca, Lasker, Alekhine y quizá Rubinstein eran claramente superiores a él. Tartakower fue un ajedrecista extraordinariamente versátil, que lo mismo desataba un apocalipsis táctico en el tablero que te estrujaba posicionalmente o te amargaba en un final soso. Era además un maestro del juego psicológico, especialista en metamorfosear su estilo para incomodar al máximo a su rival. En particular, su elección de las aperturas era lo más variopinto que cabe imaginar. Según le diera podía abrir con un gambito ultrarromántico o una línea supersólida, sin hacerle ascos a extravagancias como la Orangután o la Bird; fue uno de los grandes adalides del hipermodernismo (el término, de hecho, es suyo), pero una de sus aportaciones teóricas más recordadas es la variante que lleva su nombre en la defensa ortodoxa del gambito de dama, la más requetecarca de todas las defensas.


Es cierto: nunca se le concedió el rango de aspirante al título, ni superó a los grandes campeones en torneo alguno (aunque en las olimpiadas le fue bastante bien, con tres medallas individuales y cinco colectivas, incluyendo un oro de cada); quizá porque tenía una visión demasiado lúdica del juego, incompatible con la exigencia de éxito continuado que requiere el máximo cetro. Chispeante, como siempre, dividía a los principales maestros de su tiempo en cuatro categorías: los que sabían jugar al ajedrez (Capablanca, Lasker y Alekhine), los que querían saber jugar al ajedrez (Bogoljugov, Nimzowitsch y Vidmar), los que intentaban entender el ajedrez (Rubinstein, Grünfeld y Réti) y los que intentaban refutar la idea de ajedrez (Marshall, Spielmann y Tartakower).

Lo mismo, esto último, que debieron pensar los jueces del torneo Teplitz-Schönau de 1922 para conceder tan solo el tercer premio de belleza, y gracias, a su increíble partida contra Maróczy: “…la mayoría declararon, en los términos más contundentes, que es imposible calcular un sacrificio así en todas sus ramificaciones y que, por tanto, no merecía aplauso” (Tartakower). El pasmo del caduco tribunal es comprensible, porque el sacrificio es pura paradoja. Ni siquiera sé si describirlo como táctico o posicional, porque Tartakower entrega la torre para asaltar el enroque pero luego, como olvidadizo de lo que acaba de hacer, se dedica a desarrollar sus piezas dando a su oponente tiempo de sobra para organizar la defensa. Es difícil saber a ciencia cierta lo que calculó o dejó de calcular Tartakower (si nos atenemos a sus análisis de la partida, vio mucho), pero el ordenador, ese sumo especialista en ramificaciones, le da la razón en casi todo. Hay un momento concreto, el movimiento veinticuatro, donde debió jugar de otra manera, pero poner el acento en eso, en medio de tamaña oda al surrealismo, es ridículo. Viene a propósito un comentario de Capablanca, tras una partida que disputaron en Londres: “a usted le falta solidez”. “Esa es la virtud que me redime”, repuso sonriendo el polaco.

Maróczy-Tartakower, Teplitz-Schönau 1922