De los beneficios, tan imprevistos como cuantificables, que aporta al organismo una ingesta contundente de Jack Daniel’s. En determinadas situaciones límite, me apresuro a aclarar. Nunca están de más las precauciones habituales (comer opíparamente antes, no ponerse al volante después), pero si sobrio ya veías hombrecillos verdes no creo que te sirvan de mucho.

61: Marciano, vete a casa de Fredric Brown

Me alerta un seguidor del blog de que últimamente estoy más ácido de lo habitual. He revisado algunas entradas recientes y, sí, podría ser. Y he detectado algo aún más preocupante: me estoy volviendo trascendente. Me ha dado por hablar de Problemas Importantes que Acucian a la Humanidad, como si mi opinión al respecto os interesase lo más mínimo, que es como deducir por su aspecto rojizo que en Marte se plantan tomateras. Esta vez prometo no daros la brasa. Hoy os hablaré de un libro intrascendente, sin más misterio. Y, no obstante, de los más divertidos que he leído en mi vida. Lo único, por lo de la acidez, advertiros de que tiene más mala leche que las vacas de Chernóbil. En Amazon venden Mary Poppins por 6 euros, la podéis ver luego, para compensar.

A propósito de Marte. Probablemente la culpa fuera de H. G. Wells, o Welles (Orson). Si La guerra de los mundos, o su apocalíptica adaptación radiofónica, hubiesen sido protagonizadas por alienígenas procedentes de Venus, Plutón o una estrella remota, todo podría haber sido diferente. Tal y como fueron las cosas el planeta rojo pasó a ser, en el imaginario popular, la encarnación permanente de la amenaza cósmica, el expendedor oficial de las más aterradoras monstruosidades. Al menos durante unas décadas. Luego cambió la escala, vinieron las óperas galácticas de E. E. Smith, Edmond Hamilton, Isaac Asimov y tantos otros, y aparte ajustamos cuentas con nuestros temibles adversarios de antaño exterminándolos sin contemplaciones. En 1955, cuando Fredric Brown publica Marciano, vete a casa, Marte se suponía ya, a todos los efectos, una nevera tan vacía y desangelada como la de un estudiante Erasmus. Qué grave error. Los marcianos atacan de nuevo, y de paso resucitan el cliché más rancio y petardo de toda la ciencia ficción: son hombrecillos verdes.


Unos mil millones, aproximadamente, pero no pretenden sojuzgarnos por la fuerza bruta. De hecho son incorpóreos, aunque por desgracia opacos. Esto genera no pocas molestias, en especial cuando se teletransportan (ellos lo llaman kwimmarse, y lo hacen instantáneamente y a voluntad) encima de tu capó y vas conduciendo. Pero hay algo infinitamente peor que verlos: oírlos. Si de repente escuchas “Hola, Mack” (se dirigen a todo el mundo, ministro o mendigo les da igual, como “Mack” y “Toots”, el equivalente para los angloparlantes de “figura” y “muñeca”), da por hecho que vas a penar. Son faltones, cargantes, salaces, sarcásticos; moscas cojoneras, en resumen, que han venido a la Tierra a pasárselo en grande a nuestra costa. Su pasatiempo favorito es revelar a los demás nuestros pequeños (o no tan pequeños) embustes cotidianos. Por si no lo habíais notado, funcionamos como seres sociales porque mentimos; si dijéramos a los demás lo que de verdad pensamos de ellos, y viceversa, el mundo sería inhabitable. Que es justo lo que ocurre tras la insufrible visitación esmeralda: “Castigado, burlado, perseguido, impotente, maniatado, mortificado y sacrificado, el hombre de la calle miraba con sincero horror hacia un odioso futuro, y deseaba con ansia la vuelta a los buenos tiempos, cuando sus únicas preocupaciones eran la muerte, los impuestos y la bomba de hidrógeno.” Unos buenos tiempos que acaso nunca retornen, porque los marcianos están disfrutando el momento y no muestran el menor interés por regresar a su planeta.

Como os decía, Marciano, vete a casa es uno de esos libros que lee del tirón, y así lo pretendía su autor, absolutamente refractario al artisteo porque sí. Me encanta este comentario suyo: “No hay reglas. Si te apetece puedes escribir una historia sin conflicto ni suspense, sin principio, desarrollo o final. Evidentemente, te tienen que considerar un genio para que esto te funcione, y ahí está lo complicado: convencer a todo el mundo de que eres un genio.” Ahora bien, no cometáis la torpeza de tomaros a Fredric Brown a la ligera; el escritor y académico de la RAE José María Merino, por ejemplo, lo reivindica al nivel de todo un Julio Cortázar. Marciano, vete a casa es la niña de mis ojos entre sus libros, pero por lo que más se le recuerda es por sus relatos cortos. La concisión es la más escurridiza de todas las virtudes literarias; como autor de un blog que se suponía de cien semanas, y ya se arrastra por su séptimo año de verborrágica existencia, doy fe de ello. Y, creedme, Brown es el dios de la economía. Jamás consiente que nada se interponga entre el lector y la historia que quiere contarle, y si puede hacerlo en dos páginas en vez de veinte, lo hace. Su célebre microrrelato “Respuesta”, que suele compararse (y confundirse) con “La última pregunta”, de Asimov, es un caso paradigmático. La idea central de ambas historias es la misma (¿qué pasaría si existiese un superordenador capaz de responder cualquier pregunta?), pero implementándola en unas meras 222 palabras, frente a las más de 4,500 de Asimov, Brown logra impactarnos el triple.


Fredric Brown es también, y sobre todo, el dios del final sorpresa. Con independencia del género —misterio, fantasía, comedia negra, ciencia ficción o esos híbridos con un poco de todo tan característicos suyos— el desenlace paradójico e inesperado está garantizado. (El de Marciano, vete a casa es el no va más: la trama se resuelve después de acabado el libro.) Desenlace que Brown hace parecer inevitable —otra prueba de su gran talento como escritor—, arrancándonos a menudo una sonrisa de los labios. O, mejor dicho, una mueca de las que se congelan en la cara dejándote media dentadura a la intemperie. Porque para Brown el universo es una broma gigantesca, y su hacedor un guasón con un perverso (cuando no maligno) sentido del humor. Un universo al que le falta un tornillo, en el que la propia realidad se torna esponjosa y vaga, y donde lo más práctico es estar curda todo el rato, que es lo que suelen hacer los personajes que lo habitan. En uno de los momentos más antológicos de la novela, el psicólogo Snyder deduce que los invasores son incapaces de mentir y, como corolario, que se marcharán tarde o temprano (si pudieran mentir, y visto que su objetivo es fastidiar a los terrícolas todo lo posible, contestarían “sí” —en vez de “no es de tu incumbencia”— cuando se les pregunta si su presencia en nuestro planeta es permanente). Entonces se le aparece un marciano: “Muy listo, Mack, muy listo. Y retorcido como un sacacorchos. Sin embargo, puedo hacerlo. Y ahora, desarrolla la lógica de eso durante un rato, Mack.” Fredric Brown en estado puro.

Brown tenía un curioso modo de buscar inspiración para sus obras. Se embarcaba en un autobús de la Greyhound y deambulaba durante días por las áridas planicies de Nuevo México, sin rumbo determinado, confiando en que la monotonía del viaje estimulase su ingenio. Qué cruz trabajar así; su esposa contaba, y no me extraña, que odiaba escribir. También, y por eso seguía adelante, que adoraba haber escrito. Casi medio siglo después de su muerte, somos ya legión los que adoramos que lo hiciera.

Marciano, vete a casa
Martians, go home (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

Me ha faltado comentar que Brown bebía tan desmesuradamente como los protagonistas de sus obras. El hombre tenía sus razones y hoy no quiero que me tachéis de borde, así que lo dejaré tranquilo y me limitaré a hablaros de canciones con temática etílica, asunto que también da para un ratillo porque las hay a morteradas. A mí me gustan las que mezclan bebida y romance, porque hay una cierta nebulosa épica, casi litúrgica, en las confidencias de barra de bar; confiesas tus pecados de amor a un discreto camarero y él te absuelve con un gin-tonic cual si asperjara agua bendita. Una de mis predilectas es “One for my baby (And one more for the road)”, compuesta por Harold Arlen y Johnny Mercer para El límite es el cielo, un musical de 1943. Fred Astaire, que era elegante hasta vomitando, es quien la canta en la película, y Billie Holiday (qué gran experta en la materia) la versionó con su magisterio habitual en 1957. Pero el “culpable” exclusivo de la popularidad de la canción es Frank Sinatra, que la grabó nada menos que seis veces (en 1947, 1954, 1958, 1962, 1966 y 1993) a lo largo de su carrera. La tercera versión, la del álbum Frank Sinatra sings for only the lonely, es la que hay que tener.


¿Cómo se condensa en un par de párrafos, sin morir en el intento, la trayectoria del cantante más importante de la música popular del siglo XX? Saltándose lo superfluo, si por “superfluas” entendemos cosas como: a) fue el primer gran fenómeno de masas entre el público adolescente, allá por los años cuarenta, desatando olas de histeria solo igualadas por Elvis y los Beatles; en 1993 aún era capaz de vender tres millones de copias (solo en Estados Unidos) de un producto tan objetivamente infumable como Duets; b) ganó un Oscar de Hollywood como actor; c) el FBI acumuló un expediente de mil folios a cuenta de sus turbias amistades con la Mafia; d) militó activamente contra la segregación racial, negándose a actuar, aun en los peores años de la misma, en locales solo para blancos; y e) tuvo un idilio ultratóxico con Ava Gardner. No adjetivaré su otro perenne idilio, con el Jack Daniel’s y el Martini, inflamado como estoy hoy de caridad cristiana. De todos modos él ya acuñó una frase suficientemente piadosa a este particular: “Puede que el alcohol sea el peor enemigo del hombre, pero la Biblia dice que amemos a nuestros enemigos.”

Lo esencial de Frank Sinatra es, como su propio sobrenombre indica, La Voz. La anchura de su rango y la calidez de su timbre eran, no hace falta decirlo, extraordinarios, y bien que lo enfatizan los grandilocuentes arreglos a los que tendió (demasiado frecuentemente) en la segunda mitad de su carrera: “New York, New York”, “Strangers in the night”, “My way”…, los temas que conoce todo el mundo. Pero entre tanta fanfarria es fácil pasar por alto dos aspectos clave de su maestría vocal. El primero es la precisión. Por el modo en que jugaba con las frases por espacio de ocho, doce, hasta dieciséis compases, uno juraría que no necesitaba respirar para cantar. No es casualidad: para entrenarse nadaba y buceaba con regularidad, acompañándose en su cabeza de las letras que quería interpretar. Sumad a eso una afinación impecable y su meticulosa dicción, sin olvidar que elegía el arreglista más adecuado para cada pieza, solo pisaba un estudio cuando sentía perfecta su garganta, y grababa tomas y tomas hasta que la canción quedaba a su entera satisfacción. En su próxima reencarnación es probable que Sinatra sea ingeniero de la NASA.


Lo otro importante a destacar es su profundidad, muy ostensible en sus álbumes intimistas con la Capitol, en especial In the wee small hours (1955) y el citado For only the lonely, acaso los mejores de su interminable catálogo. Muy tocado por su catastrófico amorío con “el animal más bello del mundo” (y con su popularidad bajo mínimos a consecuencia de él), su forma de cantar cambió perceptiblemente. Bing Crosby fue el primer espejo en que se miró, pero a quien Sinatra admiraba muy por encima del resto, por sorprendente que pueda parecer vistos los caminos que siguieron ambos, era a Billie Holiday, y estos trabajos, que condensan toda la soledad y desolación que sentía aquellos días, lo demuestran a las claras. En ellos su voz fluye con imbatible elegancia, sin impostación, dejando que sean la música y el texto los que hablen; son canciones ex profeso para noches de insomnio y corazones demolidos. (Un detalle que me enternece muchísimo: cuando Frank, que la había visitado en su lecho de muerte, se enteró del fallecimiento de Billie, se encerró en su casa y pasó dos días llorando, bebiendo y escuchando sus discos sin cesar. La admiración era mutua: Lady Day, ya casi en las últimas, le rindió homenaje con un álbum entero, Lady in satin, que abre —para no dejar dudas— con una versión de “I’m a fool to want you”, tema del que Sinatra era coautor, que te vuelve las piernas de gelatina.)

“One for my baby” solía ser uno de los puntos álgidos de los recitales de Frank: una única luz brillaba sobre su cabeza y la cantaba sin más acompañamiento que el piano, una copa y un cigarrillo. Cuando se grabó lo que vais a escuchar apagaron las luces del estudio para recrear esa misma atmósfera; salió todo tan redondo que, excepcionalmente, fue innecesario recurrir a una segunda toma. Una medianoche (esto lo contaba el propio Sinatra), de copas con John Wayne en un bar de California, alguien seleccionó la canción en la gramola. Debió hacerle poca gracia, ya que no le gustaba nada escuchar su propia música. Así que el Duque le espetó: “Pero entonces, Frank, ¿qué demonios oyes tú a las tres de la madrugada?”

One for my baby (And one more for the road) / Frank Sinatra
One for my baby (And one more for the road) / Frank Sinatra letra y traducción


P.S. Con toda su cháchara beoda, el protagonista de “One for the baby” no cuenta mucho, en realidad, del tormentoso affaire que le nubla el corazón. Cabe deducir que se trata de una aventura extramatrimonial, y que en casa le espera la tediosa burocracia del contrato conyugal. Si llega a casa, porque subirse al coche en esas condiciones es una temeridad. ¿Os gustaría saber cómo acaba la historia? Sin más que cambiar el pub de Joe por una castiza taberna, y encasquetar un sombrero cordobés al Viejo Ojos Azules, los ingenieros del agropop lo explican con todo su descacharrante detalle.

No veo na / No Me Pises Que Llevo Chanclas
No veo na / No Me Pises Que Llevo Chanclas letra de la canción

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Vista la larga lista de personalidades del arte, también del ajedrez (Alekhine, Tal, Blackburne, Kholmov, Stoltz, Nezhmetdinov…), que han coqueteado con la botella, llegas a preguntarte si el alcohol no potenciará, de algún brumoso modo, la creatividad al más alto nivel. Vladimir Kramnik, que en su adolescencia anduvo bastante desmadrado, abordó científicamente el asunto y disputó achispado a propósito varias partidas, a ver si así mejoraba su rendimiento. El experimento, como era de prever, confirmó que tajarse antes de competir es un modo bastante fiable de anti-doparse.


Salvo, si hemos de dar crédito a una anécdota que contaba Bent Larsen, para el gran maestro sueco Gideon Ståhlberg (1908-1967). Una vez, durante un torneo, Najdorf le invitó a comer. Esa tarde se enfrentaban ambos, así que el astuto Najdorf, bien conocedor de los gustos de su oponente, lo agasajó con un amplio surtido de licores que Ståhlberg trasegó con su entusiasmo habitual. La esposa de Najdorf estaba presente y, sumamente abochornada, le regañó al oído por aquella indecencia; a lo que este replicó entre dientes que Ståhlberg era ya mayorcito y responsable de sus propias decisiones. Cuando empezó la partida el nórdico estaba ciego como un piojo, pero de algún modo se las arregló para hacer una jugada buena tras otra y Najdorf acabó completamente perdido. Entonces, de improviso, ofreció tablas, que el argentino aceptó a la carrera. Cuando Ståhlberg, todavía negociando con la verticalidad, se retiraba de la sala, un espectador le preguntó: “maestro, ¿por qué propuso el empate con una posición tan ventajosa?”. Respuesta: “¿cómo iba a derrotarle tras invitarme a un almuerzo tan excelente?”.

Larsen remataba la historieta con un chascarrillo (“nadie combina en el circuito tan bien como Ståhlberg”), y lo cierto es que su dipsomanía no parece haber lastrado su carrera de manera significativa. En realidad sus mayores éxitos (disputó dos veces, en 1950 y 1953, el Torneo de Candidatos) le llegaron pasados los cuarenta, y cuando murió seguía cómodamente instalado en el top-100 y era todavía, de largo, el mejor jugador sueco. Otra cosa que sorprende de Ståhlberg es su estilo de juego, que uno esperaría, ejem, alegre, a semejanza del de los ajedrecistas que antes mencioné entre paréntesis. Pues no. Ståhlberg practicaba un ajedrez pulcro, cultivado, exacto, con la dosis justa y necesaria de imaginación y originalidad, que en sus mejores momentos recuerda al de Capablanca o Rubinstein. En el torneo de Buenos Aires/La Plata de 1947 estuvo especialmente entonado, superando con mucha suficiencia a Euwe, Eliskases y al propio Najdorf, con el que disputó la partida que veréis a continuación. Ajedrecísticamente entonado, quiero decir. Si hubo también esta vez ágape previo, o cuál era su tasa de alcoholemia al comienzo del duelo, son datos que ignoro. De lo que no cabe duda es de la fuerte graduación del cóctel de sabiduría estratégica y finura táctica que le sirvió a Don Miguel aquel día; y a este se le subió a la cabeza de la manera más estrepitosa.

Ståhlberg-Najdorf, Buenos Aires 1947