Adivinanza: todos contra uno y uno contra todos, ¿qué es? Pista 1: Los tres mosqueteros no, berzotas, he escrito “contra”, no “para”. Pista 2: te conviertes en una si tu hemoglobina es amarilla o, en su defecto, cuando haces llorar al presidente de los Estados Unidos de América.

66: Soy leyenda de Richard Matheson

A ver, sobre todo vosotras, chicas: ¿qué moda idiota es esta de que los vampiros son sexis? De verdad, no entiendo nada. ¿Os recetan un análisis y palidecéis con solo pensar en la aguja, y no os alarma ni un poquito que os inserten un centímetro de colmillo en la carótida? Aparte el tema higiene, que cuando veis una cucaracha en el aseo entráis en parada cardiorrespiratoria. ¿Os habéis planteado cómo debe oler, así que se os cierna sobre el cogote, un ser que se pasa media vida (¿muerte?) enterrado, y la otra mitad colgado boca abajo en mohosas cuevas sembradas de cagarrutas? Por supuesto: en su contexto apropiado, conceptos como el intercambio de fluidos, o el succionar, tienen todo el gancho erótico imaginable; pero una cosa es una cosa, y la otra, otra.

En cuanto a mí, ya habréis deducido que el concepto me da un asco infinito, por lo que, como corolario, las novelas de vampiros quedan proscritas de este blog. Drácula la primera, a la que no niego el mérito de haber creado escuela, ni a la que discuto ciertas escenas escalofriantes, pero que es mayormente un mazacote aburrido como él solo y con personajes más insulsos que una dieta adelgazante. Con lo que me gusta Soy leyenda, el clásico post-holocausto de Richard Matheson, es una suerte que no sea de ese género o tendríamos un problema. Ya, está el dato, que no me gusta un pelo, de que la Horror Writers Association le concedió, en 2012, un premio especial como “la mejor novela de vampiros del siglo XX”. Pero confío en que entre creer a los escritores de no sé qué siniestra asociación, o a mí, que tras un lustro de blog soy ya casi de la familia, tengáis claras las prioridades.


He de comentar, supongo, una menudencia de nada. Hay vampiros en el libro. De los oficiales, por más señas, es decir, de los que no soportan la luz, los crucifijos y los ajos, vuelven de la tumba, se alimentan de sangre y solo mueren si se les hunde una estaca en el corazón. Y no pocos; para ser exactos, no hay más que una cosa en el mundo que no sea un vampiro. Esa única cosa se llama Robert Neville y es el único superviviente (sano) de una guerra bacteriológica que ha contaminado el planeta con un plaga a la que solo Neville, por un capricho del azar, es inmune. Durante el día, Robert se somete a una estricta rutina: fortifica su casa sellando con tablones (y ajos) ventanas y puertas, y recorre Los Ángeles con su camioneta estacando no-muertos. Por la noche se encierra, escucha música clásica y bebe hasta perder la consciencia mientras los vampiros pululan en derredor y le retan a salir.

Con todo lo terrorífico de la situación, el horror que abruma a Neville proviene menos de la amenaza exterior (los asaltantes parecen demasiado idiotizados para organizarse con eficacia) que de sus demonios mentales. La ciudad al completo es suya: las obras de arte, los coches deportivos, las joyas. Pero descontextualizadas, privadas de su sentido social, todas esas cosas carecen de valor. El libro está escrito con el trazo crudo e implacable de un buen hardboiled, pero Neville dista mucho de ser un héroe al estilo de los de Hammett o Chandler; si sigue adelante es tan solo porque es demasiado cobarde para quitarse la vida. Hay un pasaje absolutamente magistral, cuando aparece por su barrio un perro callejero que, por suerte o astucia, ha conseguido esquivar las sedientas gargantas de los vampiros. El animal está demasiado asustado para confiar en Neville pero este, con la paciencia de un franciscano, deja comida todos los días junto a su puerta para atraerlo. Pronto, su preocupación por el perro, su perro, se convertirá en un absoluto, desterrará de su mente todo lo demás. Si cuando acabe el capítulo no os habéis hecho fans de Richard Matheson para toda la vida, pedid cita al hematólogo. Lo más seguro es que también vosotros padezcáis la plaga.

Finalmente, la redención de Neville vendrá de la mano del anestésico más potente del que dispone el cerebro humano para mitigar los pesares del alma: la curiosidad. Con todo el tiempo (y los saberes médicos) del mundo a su disposición, investigará sin descanso para encontrar una explicación racional a la enfermedad y, quizás, su cura. Os seré franco: desde mi militancia anti-chupasangres, esta subtrama cientificista me fastidió un poco al principio. Restaba, sin ninguna necesidad, contundencia épica al drama del protagonista. Para lo que servían, ¿a qué tanto insistir con los vampiros? ¿No hubiera bastado con una turba de zombis famélicos, sin más? (George A. Romero debió pensar lo mismo cuando fusiló sin piedad Soy leyenda —reconocido por él mismo— para La noche de los muertos vivientes.) Pero según avanzamos, el foco empieza a abrirse, muy habilmente, del yo-mí-me-conmigo de Neville hacia el exterior, hasta que, en un cierto momento, la novela hace “clic”. Y comprendemos que lo que Matheson pretende, deconstruyendo hasta casi lo risible el más ancestral de los mitos de la cultura occidental, es recordarnos cuan a menudo las sociedades, infectadas por el miedo y el odio excluyente, y sin otro argumento que la fuerza bruta de la masa, asumen como verosímiles las entelequias más irracionales. Cuando Soy leyenda se publicó, en 1954, la Segunda Guerra Mundial seguía fresca en el recuerdo y la segregación racial era un hecho cotidiano en los Estados Unidos. Parece que no haya pasado el tiempo: los judíos gobiernan el mundo entre bastidores, los negros son fuertes, pero estúpidos, España nos roba.


Cuando la HWA premió Soy leyenda, Richard Matheson era ya tan célebre como la propia novela. Sí, célebre, digo bien: aunque no creáis conocer la obra de este todoterreno del fantástico, que no tiemblo en equiparar con la de Leiber o Bradbury (este último afirmaba que Matheson era uno de los escritores más importantes del siglo), la conocéis, como mínimo gracias al cine o la televisión. No hablo ya de la demencial adaptación de Soy leyenda que no hace tanto protagonizó Will Smith (una de las cuatro que se han rodado, a cual peor), o de su condición de progenitor, para bien o para mal y George A. Romero mediante, de todo el subgénero del horror survival. El libro y el guion en los que se basa aquel clasicazo ci-fi de los cincuenta, El increíble hombre menguante, son suyos, y lo mismo ocurre con El diablo sobre ruedas, el primer gran triunfo artístico de Steven Spielberg. ¿Y a quién debemos “Pesadilla a 20,000 pies”, uno de los episodios más memorables de The Twilight Zone? A él. En su discurso de aceptación del premio, el veterano autor (murió solo un año después) lo agradeció como “una distinción bastante dudosa, aunque interesante”, quiero creer que secretamente divertido con lo paradójico del caso; pues, como espero haber demostrado, Soy leyenda no es una novela de vampiros. Aunque sí, ahora que lo pienso, una novela de vampiro. De un vampiro en negativo que siembra el pánico durante el día pero es vulnerable por la noche; de una anémica abominación que necesita la amarilla hemoglobina del licor para mantenerse en pie; de un monstruo al que se puede destruir clavándole una estaca de sentimientos en el corazón. El vampiro, la leyenda, es Robert Neville.

Soy leyenda
I am leyend (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

¿Queréis saber en qué consiste, de verdad, ser leyenda? No tenéis más que ver el vídeo de abajo, grabado el 6 de diciembre de 2015 en el Kennedy Center de Washington, durante un acto donde se premió, entre otras personalidades, a Carole King, una compositora y cantante no precisamente de las menores (buscad “Tapestry” en Google). Consiste en presentarse a cantar uno de los más célebres temas de King, “(You make me feel like) A natural woman”, con un obsceno abrigo de pieles y el ceño sumarísimo de un comandante de los Boinas Verdes. En provocar en la homenajeada tal éxtasis histérico que no se cayó del palco de milagro. En hacer llorar a Barack Obama. En tirar el visón al escenario como quien se quita una pelusa de la solapa. En demoler el Kennedy Center con unos agudos inconcebibles en una septuagenaria al filo de la jubilación. Consiste, y esto es lo fundamental, en hacer todo lo anterior con la naturalidad con que un crío se zampa un bollicao.

 

 

Aretha Franklin partía con unas credenciales impecables: una sobresaliente flexibilidad vocal, un dominio insultante del registro alto, incluso una destreza nada desdeñable como pianista. Y sin embargo, encorsetada por su primera discográfica, empeñada en convertirla en una entertainer global a despecho de sus esencias góspel (su padre fue un predicador de vida tumultuosa con excelentes contactos entre la burguesía afroamericana de Detroit), nadie hubiera imaginado en los primeros sesenta el mito en que llegaría a convertirse. La catarsis se produjo en 1967, a raíz de su fichaje por Atlantic Records, y se tradujo en una secuencia de discos que en apenas media década la consagraron, no ya como la reina indiscutible y eterna del soul, sino como el arquetipo de cantante temperamental. Baste este dato estrepitoso: entre la primavera de 1967 y el otoño de 1968 entró diez veces en el top-ten de las listas americanas. Aretha es el espejo en que se han mirado generaciones de Careys, Aguileras y Beyoncés (por no hablar de las incontables aspirantes a estrellas que deambulan por los concursos televisivos), pero su impacto trasciende con mucho lo musical. Su adolescencia fue de todo menos convencional: más que la casa de Dios, la parroquia del reverendo Franklin parecía una casa de citas, y la joven Aretha se sumó con entusiasmo al desenfreno reinante. A los doce años ya tenía un hijo con un compañero de colegio; a los catorce (de padre distinto), dos. No sé lo orgullosa que estará de esta parte en concreto de su currículum; lo que puedo garantizaros es que a las mujeres negras de su quinta, hartas de su papel secular de sufridoras, les supo a maná celestial la buena nueva de afirmación personal y sexual que proclamaba con sus canciones.


Por a saber qué motivo, los recopilatorios con lo mejor de su obra (y los tiene a patadas) esquivan su superlativa versión de “A change is gonna come”, y eso que es un tema que por derecho propio también merece la vitola de legendario. Sam Cooke lo compuso tras un incidente en un hotel de Luisiana, donde le impidieron hospedarse por su color de piel, que acabó con Cooke en la cárcel acusado de alterar el orden público. Era también su respuesta a “Blowin’ in the wind”, una canción que a la vez adoraba y le abochornaba, porque le parecía un contrasentido que el autor del gran himno del Movimiento por los derechos civiles fuese un joven blanco. Cooke echó toda la carne en el asador, a sabiendas de la poca gracia que el asunto iba a hacer a su legión de admiradores caucásicos, con un objetivo muy concreto en mente: que su padre (también pastor, como el de Aretha) se sintiese orgulloso de él. (Otro por cierto: Cooke tuvo un affair con la insaciable adolescente. Y uno más: los cuatro versos introductorios no aparecen en la versión original, imagino que Aretha los añadió como homenaje a su antiguo ligue.) Con el tiempo la canción igualaría en resonancia a la propia “Blowin’ in the wind” (ocupa el lugar duodécimo en la lista Rolling Stone de las 500 mejores canciones de siempre), pero Cooke no vivió lo suficiente para disfrutarlo: el 11 de diciembre de 1964, unos meses después de su publicación, le pegaron un tiro en un motel de Los Ángeles. El episodio es para no creérselo. De acuerdo con la controvertida investigación oficial, la directora del establecimiento le disparó en defensa propia (¡luego lo remató a escobazos!) después de que Cooke irrumpiera por la fuerza en su despacho, ebrio perdido y vestido exactamente con una chaqueta y unos zapatos, acusándola de esconder a la chica con la que se había alojado esa noche. La citada señorita, una tal Elisa Boyer (de moral bastante equívoca), afirmaría más tarde que había huido porque Cooke la había secuestrado e intentado violar, y que con “las prisas” había cogido, junto con sus ropas, la mayoría de las de Sam. No son pocos los que sospechan que le acompañó voluntariamente al hotel, y que se largó con sus pantalones para robarle el dinero y no escapando de una supuesta agresión sexual.

Falta un detalle de este macabro y marciano vodevil que, aunque insignificante, me desasosiega un poco. No hay ninguna relación de parentesco, pero la directora del motel se llamaba Bertha Franklin.

A change is gonna come / Aretha Franklin
A change is gonna come / Aretha Franklin  letra y traducción

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En el ámbito de la composición ajedrecística, el término minimal fue usado por primera vez por Joseph Halumbirek en 1929, en su columna del Wiener Schachzeitung, para referirse a los problemas de mate directo en los que las blancas tienen una única pieza (aparte del rey). Sería, por consiguiente, el equivalente en las sesenta y cuatro casillas del duelo sin cuartel y sin esperanza que Robert Neville libra contra el nuevo orden vampírico.


Aunque el tema procede, como he dicho, del mundo problemístico, la mayor flexibilidad de los estudios los hace preferibles para expresarlo. Con todo, es preciso un cierto compromiso: si, por un lado, la gracia de un minimal se acrecienta con el desequilibrio de fuerzas, cuando este rebasa un cierto límite resultan posiciones, por obligación, muy acartonadas. Este estudio de Dobrescu, por ejemplo, es técnicamente un minimal, pero carece de interés como tal porque la ventaja material es del blanco; en el extremo opuesto, este de Otto Bláthy, en el que un mero peón derrota a todo el ejército negro, es un divertimento tan ingenioso como desprovisto de profundidad artística.

Un buen minimal, entonces, ha de combinar en su justa proporción impacto y dinamismo, y nuestro estudio del día, debido al compositor ruso Sergey Osintsev, lo consigue admirablemente. La verdad es que con Osintsev uno apuesta sobre seguro: son muy pocos los estudios de este maestro internacional de la especialidad, del aproximadamente centenar y medio de su catálogo, que no han recibido un galardón u otro en concursos. Osintsev se gana la vida como diseñador de muebles, y no le debe ir nada mal si tiene tan buen gusto como para la composición, donde se distingue por la pureza y economía de medios con que presenta sus ideas. La del caso que nos ocupa es verdaderamente insólita en un minimal, donde lo normal es que el rey negro esté en una situación bastante comprometida y las blancas disimulen su penuria material acosándolo con su pieza. Aquí, por el contrario, como en Soy leyenda, es el bando en inferioridad el sometido a asedio. La partida concluye en tablas, que es también como acaba, a pesar de las apariencias, la novela. No hay victoria en sobrevivir a costa de tu humanidad.

Estudio de S. Osintsev, Uralski Problemist 2005