De lo nefasto que resulta perder los papeles por las falditas plisadas y, en general, perder cualquier tipo de papeles, en especial cuando no guardas una copia.

69: Lolita de Vladimir Nabokov

Ya sé que suena rarísimo, pero una de las sorpresas más agradables de mi vida me la llevé en un confesionario.

Yo atravesaba esa fase de la primera adolescencia en la que teóricamente ya has florecido a los misterios de la carne pero en la práctica no entiendes nada de nada. La agonía espiritual que me impelía a buscar el bálsamo, siquiera momentáneo, de la absolución, provenía de mi conciencia cierta de estar en pecado mortal a todas horas, y ello a causa de mis trasgresiones continuadas y recalcitrantes del noveno mandamiento —el sexto, como imaginaréis, quedaba lejos de mi alcance—. (Esto da risa ahora, pero a mí los fuegos del Infierno me daban un miedo espantoso. Es increíble el trabajo que cuesta borrar de la cabeza los dogmas que te inculcan de chico, por disparatados que sean. Aun hoy, cuando me imagino en mi lecho de muerte, y llega el capellán del hospital y me pregunta “¿desea que se le administren los santos óleos?”, me veo contestándole, maldita sea mi estampa, “hombre, daño no harán”.) Total, que me arrodillo frente a la rejilla y balbuceo mi frase habitual: “Padre, me acuso de tener malos pensamientos”. El cura, un tipo bastante majo, me conocía de sobra y no necesitaba mayores explicaciones, pero esta vez se saltó el guion. “¿Los has llevado a la práctica?” “Qué va.” “Pues entonces no cuenta, o a ver si te piensas que no los tengo yo también.” ¿Podéis imaginar mi pasmo? Aparte la revelación, en absoluto menor, de que a los sacerdotes (que yo suponía entes cuasiangelicales con un pie en la tierra y otro en los cielos) también les venían pensamientos malos, ¡aquel iconoclasta acababa de limpiarse, de un plumazo, el capítulo más fastidioso de las Tablas de la Ley! Quizá el silogismo tuviera sus lagunas desde el punto de vista teológico, pero qué gran alivio saber que ensoñarse con las precoces turgencias de mi vecina de pupitre no comprometía la salvación de mi alma inmortal.


Si mi secreta charla de confesionario devaluaba un veinticinco por ciento el célebre “Yo, pecador” del catecismo (“Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”), Vladimir Nabokov, desde el mucho más cuestionable púlpito de Olympia Press (una editorial parisina especializada en literatura pornográfica), ya se había ventilado otro cuarto de la oración, esta vez el del pecado “de palabra”. Fue allí donde logró publicar, tras múltiples rechazos, la que sería su obra más famosa y controvertida, Lolita. Pasó en 1955; si lo hubiera intentado hoy, no sé si lo habría conseguido. El libro relata, en clave autobiográfica, la historia de un hombre de mediana edad, oculto tras el absurdo seudónimo “Humbert Humbert”, que espera en la cárcel a ser juzgado. Por qué crimen en concreto no lo sabremos hasta el final, y esa es una de las grandes bazas de la novela, pero hay donde elegir porque Humbert ha profesado toda su vida una pasión enfermiza por cierta clase de niñas prepubescentes que él denomina “nínfulas”. Su destino quedará sellado tras alquilar una habitación a una viuda que vive con su hija de doce años, Lolita, algo así como un ideal de lo ninfulesco. Humbert será capaz de controlar sus apetitos por un tiempo, pero no mucho: la tentación es demasiado grande, y él lo suficientemente abyecto. La trama no puede ser más desagradable, especialmente en estos tiempos en que los abusos a menores suscitan tanta, y tan justa, preocupación. Pero esa, claro, es la esencia del órdago de Nabokov: ¿es lícito encontrar belleza, deleite y comedia en una narrativa éticamente execrable? ¿cabe suspender el juicio moral en favor de la apreciación estética de una frase artísticamente engarzada? No es fácil responder a estas preguntas, y lo malo es que cuanto peor mejor, con lo que quiero decir que los capítulos clave que jalonan la debacle de Humbert (13, 22, 23 y 29 de la primera parte, 35 de la segunda) son también los más brillantemente escritos; conforme las garras del monstruo aferran los tiernos miembros de la cría, así la estilizadísima prosa de Nabokov, un recital desenfrenado de autoironía y lirismo, seda y seduce al lector.

Yo confieso ante vosotros, los seguidores del blog, que este libro abominable me tiene fascinado y, lo que es más grave, que H.H. es uno de mis villanos de cabecera. Como a tantos otros admiradores de la novela, esto me coloca en una situación francamente embarazosa, aunque es posible recurrir a ciertas coartadas. Podría esgrimir, por ejemplo, que el objeto último de la tragicomedia moral de Humbert y Dolores Haze es mostrar que toda pasión, que todo deseo que ansía ser satisfecho a despecho del dolor que pueda causar a un tercero, es esencialmente autodestructivo. O que la admiración babeante del erudito y afectado Humbert, un emigrante del Viejo Mundo, por los encantos estridentes de una chiquilla que masca chicle y suelta palabrotas, es una metáfora sutil urdida por Nabokov (él mismo fugitivo dos veces, primero de los comunistas en su Rusia natal, luego del apocalipsis nazi) para denunciar la denigrante rendición de la cultura europea ante los valores de corta y pega de la pujante Norteamérica. Por fin, que Lolita es un zasca mayúsculo a nuestro presuntamente solvente discernimiento ético. La idea de una niña manoseada por un viejo nos repugna en extremo; y sin embargo, hace quinientos años, urgidos por el rigor de una existencia más breve, a nadie le escandalizaba lo más mínimo. No cuestiono que la pedofilia sea ilícita; con la perspectiva histórica de nuestro lado, de sobra sabemos que lo es. Pero no por eso es menos cierto que las líneas con que separamos el bien del mal suelen ser más fruto de la convención social que de una supuesta ley natural. ¿Y cómo podemos asegurar que conductas que hoy consideramos aceptables, o incluso dignas de encomio, no parecerán nauseabundas a nuestros descendientes de aquí a unas décadas?


Las anteriores lecturas son plausibles, porque Lolita es un bebé glotón que engorda de página de página y escapa enseguida a tu control, pero fraudulentas: la estricta verdad, así lo afirma taxativamente Nabokov en el epílogo, es que el libro no obedece a ningún propósito alegórico o moral. Aceptemos, por tanto, Lolita como lo que es, una desvergonzada apología del poder subversivo de la palabra escrita. Sentémonos frente al tablero y juguemos la partida a la que nos reta el avieso autor (al asunto “Nabokov y el ajedrez” regresaremos dentro de un rato), aun a sabiendas de que la derrota es segura y caeremos en el sinfín de celadas que nos ha preparado: anagramas, sobreentendidos, juegos de palabras, autorreferencias, neologismos, aliteraciones… (¿Puede mejorarse esto?: “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta.”) Verdaderamente, no sé qué hago recomendando este libro, todo lo contrario a un pasapáginas veraniego, en pleno mes de julio. Aunque bien mirado, si pensáis aprovechar las vacaciones para pasar unos días en Roma, echadlo a la maleta, os inspirará. Porque Lolita, como la capital italiana, es sucia, obscena en su opulencia, violenta, ensoberbecida, infestada de sombras y de vida, imposible de recorrer, invencible. Eterna.

Lolita
Lolita (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

Al pan, pan y al vino, vino: mal que le pese a nuestra sociedad, las falditas plisadas siguen atrayendo las miradas de muchos (y quiero decir MUCHOS) pares de ojos bastante más longevos que los de las colegialas que las lucen. De Dante a Charles Chaplin, desde Lewis Carroll a Picasso, los artistas han mostrado de siempre un particular aprecio por los turbios goces del lolitismo, y los músicos no iban a ser la excepción. Dejando a un lado las alusiones explícitas al propio libro, como Alizée (una nínfula de tomo y lomo) y su “Moi… Lolita”, o la monumental “Don’t stand so close to me” de The Police, no deja de sorprender la naturalidad con que las canciones de hace unas décadas celebraban el amor sublegal. Entre los ejemplos más significativos, por el gran éxito que cosecharon, podríamos señalar “I saw her standing there” de los Beatles (con aquello, ay Paul, de “acababa de cumplir de cumplir los diecisiete / ya sabéis a lo que me refiero”) o “Sweet sixteen” de B.B. King, y Ringo Starr regresó al lugar del crimen con “You’re sixteen”. Todavía un peld-año más abajo, esas momias ignífugas, el Dúo Dinámico, llevan sesenta años paseándose por nuestros escenarios sin que nadie, inexplicablemente, haya detectado nada punible en lo de “Quince años tiene mi amor”. Y por fin, en la cima musical de esta escabrosa subcategoría, y a la vez su sima cronológica: “Thirteen”, de Big Star.


Big Star ya habían hecho una fugaz aparición en el blog, donde les apliqué el calificativo de “benditos”. Debe ser uno de los adjetivos peor empleados en toda mi vida, porque ha habido pocos grupos tan gafes como este. Es lo mismo que con la Velvet Underground: ninguneados mientras estaban en activo (en el caso de Big Star, por culpa de una calamitosa distribución de sus álbumes por parte de la discográfica), ejercieron una colosal influencia en montones de artistas de generaciones posteriores. Su dos primeras grabaciones, #1 Record (1972) y Radio City (1974), son la quintaesencia del llamado power pop, una corriente musical que reunía en el mismo pack tres de los grandes aciertos del pop-rock de los sesenta: la ambición melódica de los Beatles, la energía guitarrera de los Who y el sonido jangle de los Byrds. R.E.M., por irnos a un ejemplo contundente, tenían estos trabajos en un pedestal. Y el especialmente maldito, incluso para sus estándares, Third (también editado como Sister lovers), extraviado, misterioso y autodestructivo, que ni siquiera es un disco porque se hartaron de todo antes de terminarlo, ha alimentado las visiones de importantísimos como Thom Yorke y Jeff Tweedy.

Pero estábamos con “Thirteen” y Ninfulandia. Los pretorianos más acérrimos del grupo niegan vehementemente que la canción vaya de eso, y sostienen que el narrador es también un adolescente, así que se trataría de una exaltación un tanto sui géneris del primer amor. Pero la letra da poca opción al debate, aparte de que Alex Chilton (el líder de Big Star) retomó la cuestión, ya sin el menor disimulo (falditas plisadas incluidas), en “Hey! little child”, de uno de sus discos en solitario. Y si el argumento es “cómo podría estar dedicada esta preciosidad a un asunto tan deleznable” la respuesta es obvia: ¿no es acaso Lolita un libro hermoso?

Thirteen / Big Star
Thirteen / Big Star  letra y traducción

P.S. Tenía yo el capricho de darle la vuelta a la tortilla hablando también de “Humbertas y Lolitos”, que igual de censurable será una cosa como la otra, digo yo. Lamentablemente, la calidad de la oferta disponible no es todo lo buena que a mí me gustaría, y eso que alguna incursión en el tema hicieron Queen, Neil Diamond o Stevie Nicks (la legendaria “Mrs. Robinson” de Simon & Garfulkel está descalificada de oficio; antes de entrar en tratos carnales con la dama, el “niño” ya se había graduado en la universidad). Si admitimos relaciones platónicas el abanico se abre bastante, y me es posible colocaros nada menos que “Mad about the boy”. Aun así entraría por los pelos, porque no hay garantía de que el actor objeto de deseo de nuestra madurita, sin duda mucho más joven que ella, sea técnicamente un menor. Siendo muy malvados habría un resquicio, porque se especula que cuando Nöel Coward escribió la canción (alrededor de 1930) estaba secretamente encaprichado de Tyrone Power, entonces un imberbe de unos dieciséis que hacía sus primeros pinitos ante las cámaras.


Maledicencias aparte, la versión de “Mad about the boy” que Dinah Washington grabó en 1961 exuda morbo por cada uno de sus poros. Bien entrada en la treintena (no llegó a salir, murió dos años después intoxicada por las píldoras contra la obesidad que consumía), su voz, metálica pero flexible, había alcanzado la temperatura justa para imprimir a la balada ese aire, como de haberlo visto todo ya en la vida, que la letra requería. Comparando con la inane versión que la misma Dinah había publicado en 1952 la diferencia es abismal, aunque parte no pequeña del mérito es del arreglista y productor Quincy Jones, que alteró la orquestación, el compás e incluso algunas notas de la melodía. Si no sabíais quién es Quincy Jones ya era hora de que os enterarais, porque es un individuo tan totémico y poderoso que en la industria musical lo llaman simplemente “Q”. O a ver quién os creéis que le coció a Michael Jackson Off the wall, Thriller y Bad.

Mad about the boy / Dinah Washington
Mad about the boy / Dinah Washington  letra y traducción

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Vladimir Nabokov tuvo que ser un tipo de lo más peculiar. No uno de esos bichos raros, infelices y un poco desvalidos, por los que no puedes evitar sentir una cierta compasión; más bien de los que te miran al bies, como calculando si cabrías, adecuadamente troceado, en su arcón frigorífico del sótano. Para empezar, afirmaba ser sinésteta, lo que significa que cada número estaba asociado a un cierto color en su cabeza y no podía pensar en uno sin visualizar el otro. Le chiflaban las mariposas, y podía pasarse horas y horas examinando sus genitales al microscopio para distinguir unas especies de otras (no es chiste); hasta el punto, y esto tampoco es chiste, de que acabó provocándose en la vista un serio deterioro. Y, no lo olvidemos, es el autor de Lolita. Seamos serios: nadie cien por cien centrado concibe un relato de esa índole, y si lo hace no lo escribe, y si lo escribe no intenta publicarlo. Pero lo más escalofriante, para mí, de Nabokov, es esto: detestaba la música, con el agravante de que su hijo era un barítono de éxito.


Hay que tener una avería grave en la sala de controles para odiar la música, eso o ser un alienígena de incógnito, porque hasta las vacas, dicen incluso que las plantes, son sensibles a ella. En condiciones normales, un individuo con tamaña tara estaría vetado de por vida en este blog, pero hay un último dato que me rompe todos los esquemas. Tan intensa como la que sentía por los lepidópteros: así era su pasión por los problemas de ajedrez. Compuso treinta y tantos a lo largo de su vida, algunos de los cuales se publicaron en periódicos y revistas especializadas. Recopiló 18 de ellos, junto con 57 poemas, en un volumen titulado, muy razonablemente, Poems and problems, y así explicaba la conexión: “Los problemas son la poesía del ajedrez. Exigen del compositor las mismas virtudes que caracterizan cualquier obra artística de valor: originalidad, invención, armonía, concisión, complejidad y una espléndida insinceridad.” Sin llegar a la categoría de los que os muestro habitualmente en el blog, algunos de estos problemas tienen su punto, y hay uno de especial interés que acapara varias páginas de su autobiografía Habla, memoria. En el enlace de abajo, además del problema y mis clásicos comentarios, podéis leer, íntegro, el fragmento al que me refiero, que no tiene desperdicio (en más de un sentido). No es que confirme exactamente que era un tunante de mucho cuidado… pero lo que segurísimo no confirma es lo contrario.

Problema de V. Nabokov, Speak, memory 1951

Nabokov tenía un interés por el ajedrez de tal calibre que le dedicó un libro entero, La defensa. Como ya comenté a cuento de otra historia, el atormentado protagonista, Alexander Luzhin, está inspirado en un ajedrecista real de trágico sino, Curt von Bardeleben, al que que quizá recordéis también como víctima de la fabulosa “Inmortal de Steinitz”. A quien no había mencionado todavía es a Turati, el gran rival y némesis de Luzhin, presentado por Nabokov de este modo: “Ese jugador, representante de las últimas corrientes en el ajedrez, solía abrir la partida moviéndose hacia los flancos y dejando el centro del tablero libre de peones, pero ejercía una influencia muy poderosa sobre él desde los costados.” De nuevo hablaba con conocimiento de causa, ya que describía el estilo de un ajedrecista muy famoso en los años veinte por su juego heterodoxo, el austro-húngaro, posteriormente checoslovaco, Richard Réti (1889-1929). Sospecho que solo lo conocía por sus partidas; pues si hubiera estado al tanto de cierta anécdota, rabiosamente novelesca, de su vida, habría sido un desperdicio no aprovecharla para el libro.


Réti mostró desde niño un incuestionable talento para el ajedrez y las matemáticas. Tratándose de un futuro top-ten del juego, no tiene mucho de sorprendente; y sin embargo, cuando se dio a la joven promesa la oportunidad de disputar un torneo de maestros, los resultados fueron descorazonadores. Así que Richard se volcó hacia su otro amor y se matriculó en la Universidad de Viena. Cuando empezaba sus estudios de doctorado estalló la Primera Guerra Mundial, pero se libró de lo peor; por su endeble salud se le destinó a un trabajo administrativo en un enclave remoto, cerca de la frontera con Serbia. Encallado allí tres años, sin posibilidad de acceso a la bibliografía científica, retornó al ajedrez y, esta vez sí, de manera exitosa. De todos formas la tesis seguía siendo su prioridad y, acabada la guerra, regresó a Viena para defenderla. Conservaba todos sus hallazgos matemáticos, acumulados durante un lustro de duros esfuerzos, en una única libreta que llevaba consigo a todos lados; incomprensiblemente, la extravió. Con su carrera académica arruinada, y su familia en la ruina por la galopante inflación que sobrevino al armisticio, Réti se planteó seriamente el suicidio, del que le disuadió una providencial oferta de trabajo de la federación holandesa. Decidió entonces renunciar a las matemáticas y vivir del ajedrez. Acertó: su gran triunfo en Gotemburgo 1920, por delante de Rubinstein, Bogoljubov, Tarrasch, Maróczy y Nimzowitsch, entre otros, certificó su ingreso en la élite, donde permaneció hasta su muy prematura muerte, provocada por la escarlatina, nueve años después.

No obstante, el abandono de sus estudios le causó un gran pesar, lo que seguramente explica la intensidad con la que profundizó en sus investigaciones ajedrecísticas. Y así, hizo un descubrimiento muy sorprendente que rompía con todo lo establecido por los maestros anteriores: ganar espacio (o quitárselo al enemigo) no tenía por qué ser el único modo de lograr ventaja en una partida, o ni siquiera el mejor. Al principio siempre cuesta, y si hubiera jugado de un modo algo más práctico seguramente habría llegado más lejos en lo deportivo; pero sin la revolución hipermodernista alumbrada por sus enseñanzas y las de Nimzowitsch, el ajedrez actual se parecería poco al que conocemos. A continuación disfrutaréis de la partida que ilustra, mejor que ninguna otra, las originales teorías del checoslovaco. Quizá no se doctorara en matemáticas, pero esta partida merece un sobresaliente cum laude.

Réti-Bogoljubov, Nueva York 1924


Si las batallas a cara de perro del ajedrez de competición no acababan de encajarle, la composición proporcionó a Réti el marco ideal donde dar rienda suelta a su creatividad. Dos datos para que os ubiquéis: tenía doce años cuando publicó su primer problema; y el más célebre estudio de todos los tiempos es suyo. No hay aficionado a este juego que no lo conozca, pero cómo no recordarlo hoy. Apareció en Deutschösterreichische Tages-Zeitung, el 11 de septiembre de 1921, con la posición inicial que tenéis al lado y estipulación “blancas juegan y hacen tablas”. ¿Cómo, si el peón blanco está frito claramente, y el negro lejísimos? Porque en ajedrez el teorema de Pitágoras no se cumple y los catetos miden lo mismo que la hipotenusa: 1.Rg7! Rb6 2.Rf6! h4 (el peón tiene que empezar a andar) 3.Re5! h3 y ahora 4.Rd6 revive al presunto muerto y ambos peones promocionan a la vez, 4…h2 5.c7 Kb7 6.Kd7 h1=D 7.c8=D+.


Belleza, pureza y sutileza: la rima resume bien la composición anterior y, por extensión, una parte importante del legado estudístico de Réti. Junto a su compatriota, amigo y gran maestro Artur Mandler, y el soviético Nikolai Grigoriev, Réti es el más cualificado exponente de un modo de entender el arte del estudio de ajedrez que podríamos describir como “natural”: se trata de composiciones donde la profundidad no se busca porque sí; más bien, ha de emanar de la propia posición, ser inherente a ella. Así que cuando aparece, y más si lo hace tan a lo grande como en el estudio de abajo (compuesto a medias con el citado Mandler), el chispazo estético te pone los pelos de punta. A las pruebas, veáse la foto de don Artur, me remito.

Estudio de R. Réti y A. Mandler, Eclaireur de Nice 1924

(Nota final. No he podido resistirme a la tentación de introducir en el texto de hoy una sibilina pista que apunta al corazón del misterio nuclear de Lolita. Cuando leáis el libro lo entenderéis. Yo también sé ser un granujilla cuando quiero.)