¡Noticia de alcance! A partir de hoy, entremezcladas con mi serie regular de desatinos, algunas de mis gentes del corazón escribirán en el blog sobre su canción, o partida, o libro favorito. Debuta Patricia Ruiz Guevara a los mandos del monoplaza, a la que le sobran los motivos para hablar de su admiradísimo Sabina. No falta detalle en el menú, ni siquiera el cerdo agridulce.

“Ahora que tengo un alma que no tenía”
por Patricia Ruiz Guevara

“Con un poco de imaginación, partiré de viaje en seguida, a vivir otras vidas, a probarme otros nombres, a colarme en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré”. Era 1992 cuando se estrenaba esta mítica canción y, según cuenta siempre mi madre, yo bailaba en la cuna, agarrada a los barrotes, con ni siquiera un año de edad, al ritmo del pirata cojo con pata de palo y parche en el ojo. Mis padres me metieron a Sabina en las venas desde que nací. Gracias a él, gracias a ellos, he podido soñar con tantas vidas, meterme en la piel de tantas historias, y vivir de manera especial la mía, teniendo su música por banda sonora siempre; especialmente, cuando tengo que recurrir a buscar refugio o explicaciones a la realidad.


Supongo que a cada cual le afecta la música de una manera. A mí me da energía, tranquilidad, ideas, me alegra, me motiva, me consuela, me entristece, me transporta. Depende de la canción, del momento, del recuerdo que lleve asociado. Las canciones del genio de Úbeda guardan para mí montones de historias, de instantes que se han sucedido a lo largo de los años, de letras que están escritas en mi piel como si formaran parte de ella. La forman.

Yo, de puntillas para llegar al equipo de música, poniendo una y otra vez aquel rocanrol de los idiotas; embrujada por la armónica y por ese carraspeo que se oye, si te fijas, al principio de la canción; preguntándome si sería Sabina el que se aclaraba su entonces nítida voz. “Pacto entre caballeros” sonando por enésima vez en el coche, y mi padre y mi hermano esperando, impacientes, a que llegara el final de la canción para gritar con Joaquín aquello de mucha policía. Cada abril, invariablemente, volver a escuchar con el mismo desconsuelo la historia del hombre del traje gris, de la chica de BUP, y de mi madre y su marido. Recuerdos a la orilla de la chimenea, con un eclipse de mar, preguntándome, ¿y si amanece por fin? Aprender con los años y la frente marchita, que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Lo siento, no atiendo a razones sobre alguien a quien admiro desde que tengo uso de razón

Cuando hablo del maestro del bombín puede sonar a adoración. Lo es. Soy sorda y ciega a quienes intentan sacar a la luz sus defectos y criticar sus canciones, cuestionar su talento o burlarse de sus filias y sus fobias. Lo siento, no atiendo a razones sobre alguien a quien admiro desde que tengo uso de razón. Un día, conseguí por fin materializar a mi deidad y escuchar su voz, ya quebrada, en directo; y qué queréis que os diga, se convirtió aún más en un dios. Desde entonces le intento perseguir por los escenarios. Soy una grupi que nació tarde. La vez que más cerca lo tuve fue en un recital que compartía con Luis García Montero. Tan cerca, hombro con hombro, que me firmó uno de sus libros y hasta posó conmigo para una foto… pero la maldita tecnología de 2008 me la jugó y la cámara no funcionó. Uno de los momentos más agridulces de mi vida. Como el cerdo.

Exageraciones y bromas aparte, la verdad es que para mí no es solo música: es poesía, literatura, dosis de realidad que suenan mejor cuando las canta Sabina. He crecido respirando sus canciones. Primero, porque era el cantante de cabecera de mis padres. Después, porque se convirtió en el mío. No me daba cuenta en ese momento, pero a través de sus letras descubrí el amor, el odio, el rencor, la pasión. Descubrí también a una España distinta a la que yo no conocía, al español y su pasado, y, a través de sus biografías que leí después, entendí el exilio, la política, los motivos. Al final, siempre, la misma meca: Madrid.


Amé Madrid antes de pisarla por primera vez. Ahora que vivo aquí, entiendo la devoción, incluso a sus defectos, del jaenero, más madrileño que de allí, porque esta ciudad atrapa. Pongamos que hablo de que cada vez que cojo la línea 1 no puedo evitar leer Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal, cantando, y pensando que Sabina ha estado en esos vagones. Pongamos que digo que cada vez que me bajo en Atocha me estremezco y me emociono. Pongamos que ya entiendo por qué se persigue el mar dentro de un vaso de ginebra, y por qué somos, aquí, “Peces de ciudad”.

Esa canción resume a la perfección quién es Sabina y qué significa su música para mí: un viaje hasta el fondo de uno mismo. Con once años no entendí el significado de muchos de los versos que la componen, y lo mágico es haber ido descubriéndolos con el tiempo. Cuando pisé París, vi en sus líneas de metro la estación Gare d’Austerlitz y me sentí en casa. Cuando viví en Bélgica y me emocioné al ver pintado ese país llano en las palabras de Jacques Brel. Cuando regresé allí meses después, llena de nostalgia, y comprobé que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Cuando sentí por primera vez, y muchas veces más después, la necesidad de huir y la angustia de no poder encontrar una isla donde naufragar. Cuando mordí el anzuelo y me quedé atrapada a ras del suelo. Amsterdam, el español que desafina en la torre de Babel, el cielo de Madrid, el verbo envilecer y un velero al abordaje. Mi corazón de viaje.


Cuenta su inseparable Varona que los peces nacieron en Lima, en la habitación de un hotel. Dicen que en los hoteles nacen las mejores canciones. También dicen que Sabina es el Dylan español, aunque él lo niega todo. Lo innegable, según Pancho, es que el ritmo de esa canción fue inspirado por una del Sabina americano, “To Ramona”. Para más detalles, nótese que hasta homenajea a su calle de la desolación. El músico mano derecha de Sabina también recuerda que la creación de mi canción favorita fue una fiesta con whisky y abrazos. No puedo imaginarme un origen más sabinero. “Incluso el mismo Joaquín tuvo que parar la grabación de la voz de esa canción por un inesperado ataque de emoción”. Yo me emociono cada vez que la escucho, aún más en directo, y me he emocionado escribiendo estas líneas.

Así que, cuando apriete el frío, cuando sientas que has nacido para perder, cuando te atrape la negra noche, cuando estés en números rojos, cuando te encuentres tan joven y tan viejo, cuando te sobrevenga la nube negra o cuando estés cerrado por derribo, huye a una playa (con o sin mar) y escucha “Peces de ciudad” aspirando cada desgarro, cada capítulo de la historia, y dejarás de sentirte tan solo y perdido en tu viaje. Porque la música puede ser la mejor compañera y, Joaquín Sabina, el mejor conductor. “Y sal ahí, a defender el pan y la alegría. Y sal ahí, para que sepan que esta boca es mía”.

Peces de ciudad / Joaquín Sabina  letra de la canción