Porque la sal de la vida es sentirse especial. El problema es cómo. Algunos optan por vivir 14,000 años, otros afrontan retos bíblicos en el Sudeste Asiático. A mí personalmente, con que gente como Federer me pida autógrafos me vale.

74: The man from Earth de Jerome Bixby

Sentirse especial es la sal de la vida. Vale, todos nacemos únicos e irrepetibles, ADN, huellas digitales y demás, pero ese es un carné de singularidad de lo más normalejo. No: para sentirnos genuinamente especiales, el reglamento exige que nos sucedan cosas extraordinarias. Ahora bien, “especial” es sinónimo de “improbable”, y cuando militas en el Partido Claustrofílico, como es mi caso, más sinónimo todavía. A lo mejor es una suerte, pues con octubre a vuelta de página en el calendario de mis años (¿o es octubre ya?) ¿cómo me aseguro de que sean especialmente buenas las cosas especiales por venir?

Y sin embargo, no me resigno a la monotonía gris y proletaria de lo corriente y lo moliente. Hace tiempo ya que la combato, y aun la niego, rescatando tesoros perdidos del fondo del océano; de ese en concreto, Internet, que es el más vasto de cuantos existen, aunque por mor de un prodigio geodésico todo parezca al alcance de un click. No es tan fácil. Lo especial riñe con lo evidente, y casi todo lo que yace en sus aguas son residuos de naufragios creativos; primos artísticos de cefalópodos ciegos y monstruosos, anclas roídas por la humedad que merecerían estar sepultadas incluso a más profundidad. De tarde en tarde, siempre de improviso, encuentro una perla entre la basura, y cómo gozo con esos momentos de submarina revelación; en las vitrinas de este museo oceanográfico que comparto con vosotros conservo algunas de ellas. La de hoy, The man from Earth de Jerome Bixby, de tan especial, es especial al cuadrado; porque es un libro que ni siquiera lo es.


Como quien compra un décimo de lotería y su número sale premiado pero con dos dígitos permutados: Jerome Bixby (1923-1998), guionista y prolífico escritor de literatura popular (ciencia ficción, western, erótica incluso), fue uno de esos tantos jornaleros del arte que se pasan la vida rondando la gloria sin la suerte precisa para alcanzarla. Algunos de los episodios más clásicos de Star Trek llevan su firma, y cuando Spielberg produjo y codirigió con John Landis, Joe Dante y George Miller En los límites de la realidad, película homenaje a otra serie recordadísima, The Twilight Zone, entre los tres guiones originales recuperados (el otro se escribió expresamente para el filme) figuraba uno de Bixby. El relato que inspiró Viaje fantástico también es suyo, por mucho que la gente crea que se basa en una novela de Isaac Asimov (en realidad Asimov la escribió a posteriori). En la versión online de The Encyclopedia of Science Fiction, John Clute y Gary Westfahl destacan la brillante originalidad de sus ideas (no puedo estar más de acuerdo), no sin añadir que las estropeaba a menudo por las prisas con que escribía. Esto es falso por lo menos en un caso. Bixby empezó a trabajar en el guion de The man from Earth (muy claramente la obra de su vida) en los años cuarenta o cincuenta y lo acabó medio siglo después, dictándole los últimos retoques a su hijo Emerson desde su lecho de muerte. Literalmente.

Empieza a ponerse interesante, ¿eh? Pues no ha hecho más que empezar. Un año después el borrador llega a las manos de un director de perfil bajo, Richard Schenkman, a través de un intermediario (un tal Carlo) que conocía a Emerson. Schenkman se enamora del proyecto al instante y empieza a buscar financiación… hasta que de un día para otro, sin mediar explicación, a Carlo se lo traga la tierra y todo se viene abajo. Schenkman sigue con su vida, hasta que a mediados de los dos mil decide rodar una película de mínimo presupuesto en vídeo digital, un concepto por entonces de moda en los ambientes indies en el que The man from Earth encajaba… de cine. De algún modo consigue localizar a Emerson y se entera de la historia: viendo su entusiasmo, Carlo había husmeado negocio e intentado vender el guion a unos grandes estudios, que de hecho estaban interesados, con un pero: había que darle alegría al asunto con flashbacks, exteriores, efectos especiales, un poco de sexo… en fin, lo típico. Menos más que hasta en Hollywood existe gente decente: entre forrarse pisoteando la voluntad de su padre, y un tingladete casero cien por cien respetuoso con ella, Emerson apostó a caballo perdedor.


Sin nada remotamente parecido a una promoción digna, la película tuvo el éxito que os podéis imaginar, y eso que se hinchó a ganar premios en festivales. Por supuesto no hablamos de Cannes, Berlín o siquiera Sundance, sino de esos otros certámenes frecuentados sobre todo (o así reza el estereotipo) por adanes con el pelo aceitoso, un índice apocalíptico de masa corporal y madres hartas de rezar por que se echen novias como es debido. Pero no despreciéis el Poder de la Fuerza Friki: una semana antes de su estreno en DVD (en los EE.UU., se entiende, en España ni está ni se la espera) alguien la filtró a Internet, y en cuestión de nada su tráiler recibió 20,000 visitas. Y en un hecho sin precedentes (ni, imagino, consecuentes) en la historia de las redes P2P, uno de los coproductores, Eric D. Wilkinson, envió a la web de torrents RLSLOG un mensaje de agradecimiento a los piratas (!!!) por haber puesto The man from Earth en el mapa. En cualquier caso, la película triplicó el dinero invertido en su realización (no era pedir mucho) gracias al alquiler, las ventas y los donativos, y ahí, más o menos, quedó la cosa. Desde entonces dormita, como ese cine cutre que las televisiones programan las sobremesas, en una nada despreciada por los noticiarios oficiales, aunque hay esparcido por la Red un rastro de miguitas que conduce a ella. Si los astros se alinean quizá encontréis alguna: en un foro de paleontología, o en la última página de un hilo de comentarios sobre Doce hombres sin piedad, o en un blog que un desocupado escribe sobre música y ajedrez. Si hacéis honor a vuestra suerte, y seguís la senda hasta el final, os llevaréis una de las sorpresas más agradables de vuestra vida cultural reciente, y quién sabe si de vuestra vida cultural en general.

Tan solo un par de advertencias. La primera: si lo que os va es el cine trepidante mejor que paséis de largo, porque os aguardan 87 minutos en una pequeña habitación (que se va quedando sin mobiliario por el camino) donde ocho tipos no harán otra cosa que hablar, aunque no precisamente del tiempo tan bueno que hace en California. Empieza como una fiesta improvisada. Un popular profesor universitario, John Oldman, ha renunciado a su cátedra y algunos de sus colegas del claustro han venido a su casa a despedirse y, de paso, averiguar el motivo de su inesperada marcha. Oldman se hace un poco de rogar, pero como insisten les suelta, como quien te pide fuego, que tiene 14,000 años, así que no puede permanecer más de diez en el mismo sitio so pena de ser descubierto. Es todo tan absurdo que sus amigos entran el trapo; a fin de cuentas son intelectuales brillantes, no resultará difícil acabar con la farsa en un minuto. Pero Oldman es un palabrero de mucho cuidado, y poco a poco los enreda en una tela de araña cuyos hilos son mucho más difíciles de quebrar de lo cabría suponer. Y entonces les revela que cada medio siglo o así, cuando se harta de todo, se refugia en una isla de Nueva Guinea donde lo adoran como a un dios. En ese justo y preciso momento, el tren empezará a descarrilar.


Mi otra advertencia es que la infinitesimal fracción de la Humanidad que sabe de la existencia de The man from Earth está partida en facciones irreconciliables, los del 10 y los del 0. Los segundos se complacen en cartografiar las presuntas debilidades del argumento (“¿cómo son todos tan cretinos de no preguntarle a John tal cosa en no sé qué momento exacto de la discusión?”) y en resaltar lo garbancero de la producción y las interpretaciones, un golpe casi tan bajo como el presupuesto con que tenía que manejarse Schenkman, que no le pagaría a Charlize Theron ni una sesión con su esthéticien. Puedo concederles esto: en el fondo no hace falta la película. A condición, claro está, de que dispongamos del guion. Schenkman publicaría más tarde una adaptación teatral, pero la energía y la visión que irradia el material de Bixby son tales que yo casi prefiero la versión en crudo. En realidad, el derroche de mala baba no hace sino confirmar cuánto acusan algunos el gancho que The man from Earth les propina en el hígado; hazaña doblemente impresionante cuando recordamos que el púgil pegó el guantazo prácticamente desde la tumba. De acuerdo, plantea Bixby, es grotesco creer que un tipo del Pleistoceno pueda conservarse fresco como una rosa; y sin embargo hay millones de personas que, en función de las coordenadas que marque su GPS, te arrancarán las orejas a mordiscos si les discutes que te puedas reencarnar en un gorrión, o que el paraíso rebose huríes macicísimas, o que sea viable preñar a una virgen por control remoto. ¿No tendría esta gente que hacérselo mirar?

Como si hubiera previsto las opiniones encontradas que su guion iba a suscitar, Bixby también divide a sus personajes en dos bandos. Sandy, cegada (o iluminada) por el amor, es la primera conversa, su dolor mitigado por el extraño consuelo de ser abandonada por un semidiós. En cambio Art, el motero cool incapaz de asumir que ha envejecido, y Will Gruber, destrozado por el reciente fallecimiento de su esposa, se opondrán con todas sus fuerzas, casi con violencia, a lo que consideran un burda y perversa pantomima. Entre medias Dan, el antropólogo, situará el debate en sus justos términos: “No sé, tío. Hay algo sobre esto… [...] Tengo una sensación… de amplitud. De una especie de latitud en lo que despreocupadamente llamamos realidad, donde, como suele decir la gente… todo es posible.” Ahí está: a efectos prácticos, que John Oldman sea un impostor o un matusalén es insustancial; no se trata de un vampiro que pueda contagiarnos la vida eterna a mordiscos. Su solo poder consiste en ubicarnos, por un segundo, en el vértice de una realidad nueva e inexplorada, modelable a nuestro capricho; consiste en hacernos sentir, por ese breve instante, tan especiales como si lo fuéramos de verdad.

The man from Earth (guion de la película)
Jerome Bixby's Man from Earth (adaptación teatral de Richard Schenkman)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

¿Cómo que “tan especiales como si lo fuéramos de verdad”? ¿A cuento de qué ese derrotismo sin fuste? ¡Pero si estas semanas no dejan de pasarme cosas inauditas, si el auténtico “The special one” soy yo, y no José Mourinho! Un alumno me ha regalado un cuadro hecho a mano, otro me ha cantado un rap matemático en clase. Mi madre, sin avisar, me preparó unas papillas de chocolate (ni una risita, ¿eh?) que no probaba desde que en este país gobernara la UCD. No digamos ya lo de Patricia. Y he descubierto a The Watanabes, y viceversa.

The Watanables es el nombre artístico por el que se conoce a dos hermanos británicos, Duncan y Selwyn Walsh, con el que llevan haciendo una música fabulosa desde mediados de los dos mil. Lo de “se conoce” es un decir. Lo primero, escuchad el clip de “Over romantic” (algo así como “Romántico de más”), uno de los temas de su mini LP más reciente, Spoiled and nostalgic. Cuando escribo estas líneas ha recibido 4,387 visitas en el canal oficial del grupo en Youtube. Entretanto, el “Gangnam style” del fusilable rapero coreano Psy anda ya por 2,786. Millones.

 

 

Lo escribo de nuevo, en rojo chillón para que haga más daño a la vista: 4,387. Semejante pedazo de canción. No tiene explicación lógica, a no ser esta: por algún exótico capricho, los hermanos Walsh han desarrollado toda su carrera en Japón (no me consta que den conciertos en más sitios), es decir, el lugar más próximo a Marte al que de momento puede transportarnos la ciencia aeronáutica. Tropecé con ellos estas Navidades, en una de esas jornadas de pesca subacuática de las que os hablaba antes, y cuantas más canciones oía (están disponibles en Bandcamp y Spotify) menos me lo podía creer. No son demasiadas, una treintena repartida en dos álbumes y tres mini LPs; supongo que desbrozan a fondo antes de entrar a grabar. Los créditos de su último trabajo tienen su miga. David Naughton, el productor, ha colaborado con Belle and Sebastian, y de la masterización se ha ocupado Frank Arkwright (en su currículum constan, entre otros, Blur y los Smiths) ¿a que no sabéis en qué estudios? Pues sí, los de Abbey Road. Me encanta la conexion Beatles-Smiths-B&S porque ese es, muy ostensiblemente, el árbol genealógico de The Watanabes, y no existe en el pop linaje de más alcurnia. He escogido “28 years” para redondear la entrada porque es la favorita de mi hijo, pero casi todos sus temas me harían igual de bien el papel. La palabra que mejor resume su música es fluidez, que no debe confundirse con “ritmo”. Pensad en la difícil naturalidad con que una patinadora olímpica se desliza por el hielo, ensayando posturas que nos quebrarían las vértebras a la gente normal (eso si no degollamos antes a algún espectador con las cuchillas), y sabréis de lo que hablo.


En los tiempos que corren, cuando lo que vende es el postureo y resulta obligado pasar por superenrollados, nos hemos acostumbrado a disimular lo que nos desagrada. Un efecto colateral es que tendemos, con absurdo azoramiento, a callarnos lo que nos agrada, incluso lo que nos agrada mucho. Es un asunto que me tiene un poco obsesionado últimamente, así que la semana pasada, aprovechando que acababa de comprar las canciones que me faltaban de su repertorio, me apeteció dejar un mensaje en su web diciéndoles eso, que no me entraba en la cabeza cómo no andaban reventando auditorios por toda Europa. Para mi estupefacción recibí una respuesta de lo más entrañable (¡por lo visto soy su primer fan en España!) pidiéndome mi talla y dirección para enviarme una camiseta del grupo, y hasta me han dedicado una entrada en su blog. Vamos, como si Federer le pidiera un autógrafo a su recogepelotas. Life is beautiful.

Así pues: escuchad sus canciones. Regalad sus discos a vuestras parejas. Que corra la voz por las redes sociales. Aprovechad, en suma, ahora que todavía es especial que a uno le gusten The Watanabes. Antes de que os deis cuenta será lo más normal del mundo.

28 years / The Watanabes
28 years / The Watanabes  letra y traducción

P.S. El caso es que antes de que me diera la fiebre watanabesca, y puesto que no tengo previsto hablar de más guiones, pretendía aprovechar la ocasión para homenajear a algún inmortal de las bandas sonoras. Ennio Morricone no solo lo es en el sentido metafórico del término, sino casi de verdad: a sus 88 años sigue en espléndida forma, y así lo acredita el Oscar que recibió el año pasado por la partitura de Los odiosos ocho. En las más de 500 películas en que ha trabajado (a algunos no les daría para tanto ni en 14,000 años) hay música de todos los pelajes, de las arenosas texturas sonoras de sus spaguetti westerns al embrujo andino de La misión, pero mi absoluta favorita es la banda sonora de Cinema Paradiso. He hecho un popurrí con sus tres temas principales, a cual más inolvidable (el último, cosa que suele ignorar la gente, compuesto por su hijo Andrea). “Romántica de más” no sé, pero más romántica no puede ser.


Nuovo Cinema Paradiso / Ennio Morricone
Nuovo Cinema Paradiso / Ennio Morricone 

(N.B. Orquesta: Unione Musicisti di Roma; dirección: Ennio Morricone.)

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Con independencia de lo veraz de su historia, es evidente que a este Jordi Hurtado del Cromañón los amigos le duran menos que a mi hijo el cuarto ordenado. Así que exhibo bíceps bilingüe para recordaros que el significado principal de “mate” en inglés, aparte el ajedrecístico, es “amigo”, y quedo justificado para dedicar la sección al que quizá sea el tema fundamental en los problemas estratégicos de mate en 2, sobre todo de la segunda mitad del siglo XX para acá: los mates cambiados.

Esto de los mates cambiados consiste, resumido en una línea, en que a la misma defensa del negro el blanco responde con un mate distinto dependiendo de la fase del juego (aparente, virtual o real); cuanto mayor sea el número de defensas (idealmente, todas) donde sucede el cambio, más mérito tendrá la composición. Los problemas de bloqueo completo (aquellos donde en el juego aparente, es decir, el que se desarrollaría si moviera primero el negro, el blanco dispone de un mate para cada jugada adversaria) proporcionan el escenario típico: se trata de conseguir que, tras la clave del problema, el negro reciba mates distintos según vaya repitiendo las defensas del juego aparente. Este subgrupo de problemas de denominan mutados, y lucen el doble cuando son totales, es decir, no existe ninguna defensa con el mismo mate en el juego aparente y el real. Y el triple cuando las distintas parejas de mates cambiados son distintas del todo, es decir, no hay mate común a dos de ellas.


El récord de mates cambiados en un mutado total es cinco, establecido por el problemista húngaro Ferenc Fleck hace ya bastantes años (Magyar Sakkvilák, 1943). Con su global de diez mates distintos es una obra pata negra donde las haya, pero por el mismo precio yo prefiero el problema de abajo, debido al gran maestro de composición indonesio Touw Hian Bwee. Uno de los especialistas del mate en 2 más carismáticos y populares de los últimos sesenta años, Touw tiene ese don, privativo de los creadores de postín, de manejar el instrumental básico del oficio (clavadas, baterías, interferencias…) con tal claridad y exactitud técnica que puedes disfrutar de sus obras aunque seas un lego en la materia. No hay tema que se le resista, realmente, pero lo de los mates cambiados siempre se le ha dado especialmente bien. En este mutado total añade al tope de cinco cambios de Fleck la pimienta de un par extra de mates, aunque singulares: tras la clave, que encima comporta un sacrificio, una de las defensas del juego aparente se volatiliza y en su lugar se materializa una nueva. Con lo que sumamos el número de mates bíblico por antonomasia, y acabamos el día como Dios manda.

Problema de Touw Hian Bwee, The Problemist Supplement 2009

O eso quisiera yo. El asunto es: no está claro en absoluto que el mate anterior sea obra de Touw Hian Bwee. Os lo explico con detalle porque el lío es considerable. Existe un antecedente de 1921, publicado por Joseph Kentigern Heydon en Good Companions, también con los cinco mates cambiados más el sustraído y el añadido, aunque le falta un pelo para la matrícula de honor porque un mate está repetido, así que salen once en vez de doce. Unos años más tarde Henry D’Oyly Bernard presentó una versión más estilizada (Chess, 1938), pero no supo arreglar el defecto que acabo de mencionar. Ignorante de los trabajos de Heydon y Bernard, Touw se planteó el reto a principios de los setenta y, esta vez sí, consiguió cinco mates cambiados sin repeticiones, aunque a costa de eliminar el mate sustraído (Probleemblad, 1971): la esquiva docena seguía resistiéndose. Todo esto puede leerse en un artículo aparecido en The Problemist Supplement en 2009, donde Touw muestra el problema que acabáis de ver y, en apariencia, cierra el asunto. Allí afirma con toda claridad que el problema es suyo, y la base de datos más completa disponible está de acuerdo, citando precisamente el artículo como fuente.


Hasta aquí, nada estrambótico. Pero resulta que Jeremy Morse, en la segunda edición de su libro Chess problems: tasks and records, fechada en 2001 (es decir, ocho años antes), ya menciona el problemita de marras, y anota que Tony Lewis (foto de al lado) lo compuso en 1982, aunque por desgracia no especifica la fuente (la nueva edición de 2016 sigue asignando la autoría a Lewis si bien, curiosamente, la fecha de 1982 ha desaparecido). Es poco probable que sea una errata, entre otras cosas porque Lewis era especialista en problemas mutados, hasta el punto de que sus colegas lo apodaron “Mutateman”. Por ser precisos del todo, las versiones de Morse (que es la que yo he elegido) y The Problemist Supplement son simétricas una de otra: la torre que en Morse aparece en a4 está en h4 en TPS, el peón de g3 en b3, y así sucesivamente. No es imposible que, enfrentados a un desafío muy complicado, dos compositores conciban soluciones parecidas trabajando cada cual por su lado, porque el margen de maniobra es estrecho; de hecho, el problema es muy similar al de Probleemblad de 1971, que a su vez redescubre algunas de las ideas de Heydon y Bernard. Pero que se alcance tal grado de coincidencia es pedir demasiado, me creo casi más fácil que John Oldman sea inmortal de verdad y haya publicado todos estos problemas él solo… Y preparaos para la traca final: la citada base de datos atribuye un problema idéntico al compositor soviético Nikolaj P. Parshencev, Shakhmaty v SSSR 1973.

Lo que os decía, un lío morrocotudo. Para no arriesgarnos, y garantizar que aparezca un problema de Touw en una entrada dedicada a su persona, que es lo mínimo, abajo tenéis uno que es suyo seguro. El tema, de nuevo, los mates cambiados, pero con otro enfoque: la permuta se produce desde el juego virtual (resultante de un ensayo fallido) al real. Solo hay cuatro pares esta vez, pero eso no debería decepcionaros. Primero, porque los ocho mates temáticos se producen por sendas interferencias (una pieza negra se cruza con otra y así se posibilita el mate); y segundo porque Touw conseguirá sumar, de una manera o de otra, la mística docena de mates. Los ortodoxos de la problemística no estarán de acuerdo con ese conteo; Oldman, tan truculento él, le daría su bendición sin pestañear.

Problema de Touw Hian Bwee, Sinfonie Scacchistiche 1972