De parlotear, charlar, largar y comentar. De hablar sin tino ni medida, por los codos y hasta los dedos, sobrio, ebrio o intoxicado. Si encima pones a la santa a caer de un burro, so majadero, asegúrate al menos de que no se entera, no vayas a ser tú quien acabe a los pies de los caballos.

80: Los amigos de Eddie Coyle de George V. Higgins

Salvo por mi grotesca resistencia a comprarme un móvil, mi compromiso con las nuevas tecnologías avanza a pasos agigantados. En enero abrí una cuenta en Facebook para el blog, que en estos diez meses ha acumulado la astronómica cifra de ocho seguidores (¿suena un poco mejor si digo que el 12% de los que me siguen son los propios artistas del blog?). Bajo el supuesto, nada claro, de que tal cosa sea un problema, me sugieren que podría tratarse de una cuestión de masa crítica en mi cuenta personal (es obligatorio tenerla si quieres otra para el blog), que imposibilita la “reacción en cadena”. Por lo visto, todo lo que no sea llegar a quinientos amigos es síntoma de sociopatía digital, y yo estoy plantado en las dos decenas. Pues vale. Opino que hay palabras pesadas, con inercia, que no pueden tomarse al tun tun, que deben gestionarse con cierta reverencia kármica: desesperanza, beso, maestro, cementerio…; “amigo” es otra de esas palabras. A ver, si es simple lógica estadística: puede que vuestra memoria sea mejor que la mía, pero yo me declaro incapaz de retener los nombres de medio millar de personas. ¿Y cómo se puede ser amigo de quien no sabes ni como se llama?


Va. Como siempre, me traiciona mi fatalismo congénito y saco las cosas de quicio. Eddie Coyle es uno de los que se llevaría las manos a la cabeza si me oyera, pues con gusto se dejaría quebrar las falanges otra vez por tener amigos tan insustanciales. Y es que los compinches de Eddie, familiarmente apodado Dedos, son de los que te hinchan a cervezas y hasta te regalan entradas para el hockey cuando están de buenas, pero si se disgustan es seguro que no se conformarán con bloquearte en las redes sociales. Procede que os los vaya presentando: Jackie Brown, un traficante de armas recién llegado que se cree más listo de lo es. Artie Van y Jimmy Scalisi, atracadores: ningún problema con el primero, salvo si lo enchironan, porque se acongoja y le da por cantar la traviata; en cuanto al segundo, es el típico espagueti que debería tratar a las mujeres mucho mejor de como lo hace. Cuidado con Dillon, que atiende la barra del local donde estos granujas traman sus fechorías. Más un viejo conocido, el agente Dave Foley, merodeando por los alrededores con la caña por si consigue echarle el guante a algún pez gordo. En cuanto a Eddie, que dista de ser un santo o no frecuentaría tan dudosas compañías, ha cumplido los suficientes años (y el suficiente tiempo de condena) para saberse de corrido las reglas del negocio. El problema es que hace unos meses lo pillaron conduciendo un camión con mercancía robada, y el juicio le sale ya. Foley podría interceder ante el fiscal, si le diera la gana, ¿pero qué está dispuesto a ofrecerle Eddie a cambio?

No parece nada del otro jueves, pero fue con estos modestos mimbres con los que George V. Higgins compuso la novela destinada a redefinir, de la A a la Z, el noir de los siguientes cincuenta años. Polarizado de primeras (quito algún híbrido) entre la rosa y la roña, Agatha Christie versus Dashiell Hammett, la evolución del relato criminal en el siglo XX ha consistido, en esencia, en aumentar y aumentar la aspereza de la lija. En su momento Sam Spade pudo ser un hallazgo bastante radical, pero en 1972, fecha de publicación de Los amigos de Eddie Coyle, parecía ya un abuelito con zapatillas de felpa, tan entrañable y romanticón como su supuesto opuesto Hercules Poirot. Lo que hace Higgins, que se conocía las alcantarillas de Boston como la palma de la mano porque había trabajado varios años como ayudante de fiscal de distrito, es retratar a sus inquilinos tal y como verdaderamente eran, sin maniqueísmos ni imposturas. No encontraréis gánsteres con una visión trágica de la vida, o policías obsesionados con el cumplimiento del deber; aquí solo hay currantes que se afanan en el día a día, con familias que alimentar, que no tratan de fastidiarte porque sí (aunque a veces lo hagan, y de qué manera) y que básicamente aspiran a llegar a viejos razonablemente enteros.


Otra vez: no parece para tanto, no para voltear las reglas de juego de un género entero. Pero es que todavía no os he hablado de los diálogos. Escribir buenos diálogos es como contar bien los chistes, hay quien sabe y hay quien no: Friz Leiber sabía, John Mair sabía. Pero esta es otra liga, la Champions League de los diálogos, porque si en una novela normal aportan, por así decir, el condimento a la trama, que es la comida, aquí son las patatas, la carne y hasta la olla. Nunca se había visto hablar a polis o rufianes de manera tan escatológica, divertida, poderosa y auténtica: yo no sé si esta gente dice en la vida real cosas como “¿Has oído alguna vez el ruido que hacen los huesos cuando se rompen? Es como cuando alguien parte una tablilla. Duele del carajo”, pero deberían hacerlo. Higgins saca adelante la historia con píldoras minimales de narración, asépticas como crónicas de sucesos, y acumula capas y capas de conversación entre los protagonistas, de modo que sean estas las que revelen, sutil y gradualmente, lo que de verdad se cuece bajo mano. Autores y lectores quedaron fascinados por igual: era como estar justo allí, en el meollo de la acción, en el bar de Dillon, la caravana de Scalisi o la comisaria de Foley; era como ser tú también, por un rato, uno de los amigos de Eddie Coyle.

Hace unos días comentaba con una de mis amistades de Facebook (y sin embargo, amiga verdadera) lo del Nobel a Dylan. A ella le desconcertaba lo insólito del asunto; por mi parte estoy encantado, porque no entiendo una papa de poesía pero hay cosas que son obvias. Las letras de “And you and I” y “Mr. Tambourine Man”, por ejemplo, pueden ser igualmente impenetrables; pero en la canción de Yes la oscuridad no es más que barro, en la de Dylan proviene del abismo. Ya que estamos, yo aconsejaría a los académicos suecos que sigan desmelenándose y el año que viene galardonen a algún guionista de cine o televisión, que tampoco encuentro tanta diferencia con los dramaturgos. La elección natural sería Woody Allen, aunque con todo lo que les ha vacilado el viejo Bob igual se les quitan las ganas de premiar a otro judío neoyorquino. ¿Qué tal entonces Quentin Tarantino? Opinad de sus argumentos lo que os plazca, pero no se había disfrutado de semejante frenesí narrativo en Hollywood desde los tiempos de Billy Wilder y no sé si decir los hermanos Marx. Su tercera película, Jackie Brown, está basada en la novela Rum Punch de Elmore Leonard, uno de los catedráticos del moderno noir americano, para el que Higgins era Dios y Los amigos de Eddie Coyle algo así como La Biblia. En la novela, no obstante, la protagonista se apellida Burke, no Brown. Venga, ¿quién me dice a qué escritor está dedicado el guiño, como signo de homenaje y veneración?

No falláis una.

Los amigos de Eddie Coyle
The friends of Eddie Coyle (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

En Los amigos de Eddie Coyle, ya se ha dicho, todo el mundo habla por los codos, y algunos más de lo saludable: me he entretenido en echar las cuentas y calculo un 80% de diálogo puro, porcentaje insólito hasta en las novelas más bestselleras. En el jazz nadie ha hablado, si no por los codos sí por los dedos, con una locuacidad remotamente comparable a la de Art Tatum; no por nada se le considera el mejor pianista (o el mejor instrumentista a secas) de siempre en este género musical.

Por la frecuencia con que aparecen en este blog, a lo mejor deducís que uno se tropieza superdotados, genios o prodigios a la vuelta de cada esquina. Desde luego no es así, pero ya me diréis en qué tribu ubicar, si no, a un tipo totalmente ciego de un ojo y casi ciego del otro desde la infancia (por unas cataratas), que aprende a tocar de oído el piano a los tres años, con una memoria enciclopédica y el don rarísimo de un oído absoluto (facultad de identificar una nota al azar sin la ayuda de otra de referencia), y que con veintipocos ya humillaba en concursos de habilidad técnica a los más grandes pianistas de su generación. Un artista, además de reverenciado por sus colegas (Teddy Wilson: “Pon un piano en una habitación, trae a los más excelentes pianistas del mundo y que toquen en presencia de Art Tatum. Luego que toque Art Tatum… y todos ellos parecerán amateurs”; Dizzy Gillespie: “Primero habla de Art Tatum, luego respira hondo, y entonces hablas de los demás pianistas”; Dave Brubeck: “Hay tan pocas probabilidades de que aparezca otro Tatum como de que aparezca otro Mozart”), admirado por los dioses contemporáneos del piano clásico: Vladimir Horowitz, Arthur Rubinstein, Sergei Rachmaninoff.


Art Tatum volcaba la balanza con su técnica titánica (tan titánica como su sed, en buena medida responsable de su pronto fallecimiento, y que sin embargo, según los testigos, no alteraba en lo más mínimo sus capacidades en el escenario) pero había más: siendo en sustancia un pianista de stride (post ragtime, para ubicarnos) su audacia rítmica y su inventiva armónica eran verdaderamente rompedoras para la época, y su ejemplo marcó muchísimo los estilos de dos de los futuros arquitectos del bebop, Bud Powell y Charlie Parker. Si nos restringimos a las grandes marcas, hoy es mucho menos conocido, y reconocido, que Louis Armstrong, Duke Ellington, Miles Davis o John Coltrane, acaso porque su modo de tocar fue demasiado extraordinario como para crear escuela.

Tratándose de Art Tatum, lo normal habría sido seleccionar una pieza de piano solo y así alucinabais un rato, pero para los no asiduos al jazz es complicado porque sus improvisaciones son tan exorbitantes que si no estás familiarizado con la melodía original te pierdes casi seguro. Es más didáctico escucharlo dialogar con el clarinetista Buddy DeFranco en una sesión de 1956, grabada pocos meses antes su muerte, por mucho que esto de los combos no le entusiasmase demasiado: tocar en grupo (y así lo dijo públicamente en alguna ocasión) le resultaba un incordio porque había poquísimos músicos capaces de seguirle. En la versión que vais a escuchar de “Deep night”, la sección rítmica (Red Callender al bajo y Billy Douglass en los tambores) se mantiene en un prudente anonimato, por lo que corresponderá a DeFranco domesticar, en la medida de lo posible, al purasangre Tatum. Es francamente divertido: tras una breve introducción del pianista, DeFranco delinea la melodía, con el otro conteniéndose a duras penas para no echársele encima. Luego Buddy se aparta y Art entra en acción; aunque no lo parezca, os garantizo que está comedidísimo para lo que era habitual en él. Mi parte predilecta es la del (presunto) solo de DeFranco, porque Tatum se está un ratito quieto, pero no mucho. DeFranco (no lo olvidemos, uno de los clarinetes más centelleantes del jazz clásico) hace todo lo que sabe, pero es como si un peso pesado boxeara con un pluma; hay momentos en los que Tatum, a la vez que sigue con lo suyo, se entretiene repitiendo las notas que DeFranco ha soplado una fracción de segundo antes.

El mejor resumen de lo que viene a continuación lo hizo el propio Buddy DeFranco: “tocar con Tatum es como intentar subirse a un tren en marcha”.

Deep night / Art Tatum
Deep night / Art Tatum 

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En la composición ajedrecística también hay estudios repletos de diálogo, posiciones de toma y daca donde el negro intenta demorar su inevitable final con una astucia que rivaliza con la desplegada por las piezas blancas. El de hoy, firmado por el ruso Zinovi Marcovich Birnov, es uno de dichos estudios.


Lo de “firmado” requiere cierta explicación. He leído por ahí que algunos de los premios que obtuvo Zirnov generaron controversia, y posiblemente estemos ante uno de esos casos (el estudio consiguió la plata en un concurso organizado por la sociedad deportiva Trud), ya que el desenlace es calcado al de un trabajo publicado por Kasparyan en Shakhmaty v SSSR una década antes. Ignoro si la coincidencia fue casual o intencionada: un detalle interesante es que fue precisamente Kasparyan quien ganó el certamen, justo con el estudio con que en su día le recordamos en música y ajedrez de diez. A lo que añadiré, más que nada para enlodar el debate, que Birnov trabajó como constructor de obras (le correspondió un papel destacado en la reconstrucción de Stalingrado, hoy Volgogrado, tras la Segunda Guerra Mundial), profesión, como bien sabemos, ostensiblemente pródiga en sobres, mordidas y transacciones equívocas de todo tipo. Un aspecto intrigante de sus estudios (también compuso centenares de problemas) es que concluyen a menudo en mate, como si a Birnov le fastidiara dejar cabos sueltos en sus asuntos. En eso, desde luego, no se parecería mucho a los contratistas de nuestras latitudes.

Polémicas aparte, el estudio de Birnov tiene un deslumbrante juego preliminar que le sitúa kilómetros por encima del de Shakhmaty v SSSR. Puede hasta narrarse, como una de esas historias de bajos fondos especialidad de la casa Higgins. La policía, que esta vez no va de azul, sino de blanco, acosa a un hampón singularmente escurridizo. No escatimará en recursos, incluso sacará la caballería a las calles, pero el mafioso burla el cerco con la ayuda de su número dos, con la que además comparte la cama. Al cabo, el brazo de la ley es demasiado largo hasta para él, y caerá acribillado en su guarida tras ser delatado ¿adivináis por quién?

Pues sí, por la amiguita. Que es además quien le pega el tiro de gracia.

Estudio de Z. Birnov, Trud 1947