Sobre un aguerrido aristócrata irlandés, obsesionado con el tiempo, que escribía cuentos chinos, y un inmortal chino con chupete al que le hubiera interesado sobremanera conocer cuando no los escribía. Estas cosas solo suceden en lugares feéricos, como Irlanda o China; no obstante sé de un país, que no es feérico para nada, donde producen unos relojes de arena que hubieran hecho las delicias del viejo lord.

81: Cuentos de un soñador de Lord Dunsany

Para bien o para mal, al fantástico del siglo XX lo definen sus tres totémicos gigantes: H. P. Lovecraft, J. R. R. Tolkien y Robert E. Howard. A menudo me temo que para mal; demasiado auténticos para ser bien imitados, se les ha imitado, sin embargo, demasiado. Pero si Lovecraft, Tolkien y Howard son los pecados mortales del Fantasy moderno, entonces Lord Dunsany es algo así como su pecado original, porque sin sus arquetípicos dioses de Pegāna no se comprenden ni los mitos de Cthulhu ni El Silmarillion; y si Howard es el padre de los cuentos de espada y brujería, y Leiber el hijo, entonces Dunsany es su abuelo. (No acaba con estos tres. La lista de superfiguras del fantástico influenciadas por Dunsany es disparatada: Jack Vance, Ursula K. Le Guin, Michael Moorcock, Arthur C. Clarke, Gene Wolfe, Neil Gaiman… Y ojo aquí: en The laughter of the Gods, una de sus piezas teatrales, aparece la línea “Un hombre es una cosa muy pequeña, y la noche es muy larga y llena de portentos”. ¿No le recuerda a nadie más que a mí lo de “La noche es oscura y alberga horrores”, de una moderna serie de ficción, literaria y televisiva, obscenamente popular?)


Menudo despropósito, entonces, que a Tolkien, Lovecraft o Howard se les publiquen y republiquen —y en España, se traduzcan— hasta las redacciones que escribían en primaria, mientras la obra de Dunsany sigue sumida, en el mundo anglosajón y no digamos en nuestro país, en una oscuridad rayana en lo criminal. El problema no es de ahora. A sus contemporáneos tampoco conseguía entrarles, ni a los conservadores porque sus textos no reivindicaban los valores establecidos, ni a los radicales porque desaprobaban su embeleso con el mundo antiguo. Hubo hasta fuego amigo: el poeta y futuro Nobel William B. Yeats no dejó de observar, en el prólogo a uno de los libros de su compatriota, que “un salario de 50 libras al mes y una amante aficionada a la botella le ayudarían a labrarse un temperamento literario más templado”. Aquí no solo subyace el clásico prejuicio según el cual es imposible que un adinerado triunfe como escritor, sino también un factor político, porque Dunsany era unionista convencido; aunque ayudó a financiarlo, nunca terminó de encajar en el Renacimiento cultural irlandés, de notorio sesgo nacionalista, que abanderaban Yeats y otros.

La falta de aprecio lector no es algo a que Edward John Moreton Drax Plunkett, decimoctavo barón Dunsany, le trajera sin cuidado, pero escribir de otro modo, o de otros asuntos, le habría resultado tan difícil como caminar cabeza abajo. No hablamos de un bicho raro o un recluso, por mucho que escribiera con una pluma de ganso, sentado sobre un sombrero, en un estudio de su imponente castillo del siglo XII desde donde divisaba todo el condado de Meath. Por el contrario, fue un hombre de mundo, empedernido viajero, políglota, deportista avezado, cazador (zorros en su tierra natal, cabras salvajes en el Sahara, leones en Sudáfrica, tigres en la India), profesor de literatura inglesa (en Atenas)… Pero su madre le impuso desde pequeño un estricto régimen literario donde La Biblia era el equivalente a las legumbres en la dieta mediterránea: así se explican las inimitables cadencias, a la manera de los salmistas hebreos, de su estilo. En su primera escuela descubrió a los clásicos griegos, en especial a Homero, y el sentido de la maravilla de La Odisea le dejó marcas indelebles. Luego vendrían el Eton College, la academia militar, la segunda guerra Bóer (más adelante combatiría en las trincheras del Somme, y en las revueltas dublinesas de 1916 una bala perdida lo hirió gravemente); aprendió que las guerras son desastres telúricos, tan recurrentes como las mareas, tan impredecibles e incontrolables como los terremotos o los volcanes. Fue por entonces, en 1899, cuando su padre falleció y Edward heredó el legado de los Dunsany, y descubrió su auténtica vocación: soñador de mundos perdidos, fabulista de mitos. Con sus credenciales, ¿de qué, si no, podría haber escrito?

Por tanto sí, lo de Lord Dunsany es literatura de evasión, pero en el mejor de los sentidos de la palabra: una apuesta consciente por lo irreal emanada de la comprensión, cínica y sofisticada, de que en el mundo real no hay espacio más que para la confusión y la desolación. En su búsqueda del esquivo reconocimiento popular Dunsany ensayó distintos formatos, de las teogonías nietzscheanas y orientalizantes de Pegāna (1905) y Tiempos y Dioses (1906), hasta la serie del desmesurado viajero Jorkens con que ocupó sus últimas décadas de vida, cuentos “chinos” también estos pero en un sentido distinto, a lo Barón de Münchhausen. A instancias de Yeats probó suerte con el teatro, y firmó algunas novelas crepusculares; aunque estimables, no encajan tan bien con su moroso modo de narrar como la forma corta. En general, conforme el desánimo avanza, el lado más numinoso de su visión queda progresivamente empañado por la sátira.


Se percataran o no los lectores, o inclusive él mismo, sus tempranas antologías La espada de Welleran (1908) y especialmente Cuentos de un soñador (1910) señalan su cénit creativo. Todas las claves de su grandeza quedan a la vista: un sentido muy helénico del conflicto y la fatalidad, la escala cósmica de los escenarios, una fluidez maravillosa en el lenguaje, hasta la grandiosa sonoridad de los nombres que da a sus tierras “en el filo del mundo”: Zaccarath, Bethmoora, Andelsprutz. No hay límites para la desatada imaginación de este Dunsany, capaz de hallar magia y misterio hasta en un vertedero (“Blagdaross”), si bien sus viajes parecen haberle proporcionado una fuente inagotable de inspiración. Si remonta el Nilo, él se inventa un periplo bizarro por el valle del río Yann; “Poltarness, la que mira al mar”, se modelará sobre la roca de Gibraltar y sus vistas prodigiosas; del lodo de los márgenes del Támesis desenterrará la historia de un ahogado cuyo espíritu remonta las edades del tiempo; un comentario al desgaire sobre la Carcasona provenzal abrirá la puerta a otra nueva, e imposible Carcasona. Si hay un común denominador para estas historias, que indefectiblemente sugieren más que explican, está en la belleza de las cúpulas de jade, los minaretes de marfil, los atardeceres de una ciudad devorada por el desierto. Los dioses de Dunsany no se ofenden fácilmente, o al menos no es fácil saber qué les ofende, pero una cosa es segura: aborrecen lo feo y lo corriente.

Cuentos de un soñador es un libro breve, lo que no significa que debáis tardar poco en leerlo: su prosa líquida y musical, a menudo afín a la poesía pura, merece y exige una deglución pausada. Con todo, me ha parecido conveniente tunearlo con tres relatos de La espada de Welleran; en su conjunto es una colección menos lograda, pero estos tres son tan imprescindibles como cualquiera de los de Cuentos de un soñador. Si el mecanismo de infinitas postergaciones de “Carcasona”, al decir de Borges, prefigura a Kafka, ¿no anticiparán los adormilados vigilantes de “La espada de Welleran” al teniente Drogo de El desierto de los tártaros de Buzzati, que aguarda en su fortaleza a un invasor que nunca llega? Las pocas páginas de “Los salteadores de caminos” concretan a la perfección al Dunsany esencial: el alma aprisionada de Tom de los Caminos, cuyos huesos zarandea inmisericorde el viento en el patíbulo, es una de las más poderosas y líricas metáforas de toda su carrera; pero el cuento se resuelve con un giro macabramente irónico, casi chistoso. En cuanto a “La fortaleza invencible, salvo que Sacnoth la ataque”, es exactamente aquí donde arranca, como género, la moderna fantasía heroica. Punto.


En un ensayo que dedicó a Dunsany en 1922, Lovecraft especulaba sobre cómo valoraría la posteridad la obra del irlandés, viniendo a decir que ello dependería, muy mucho, de cómo evolucionase la propia literatura. Se vivían tiempos, argumentaba el de Providence, curiosamente cambiantes, en que los avances físicos y psicológicos, desmenuzándola hasta los ínfimos átomos, habían demolido el alma. Los escritores de la terrible “nueva escuela” (T. S. Eliot, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, James Joyce), conscientes del intrínseco caos y sinsentido del universo, habían reaccionado reivindicando una literatura desprovista de patrones éticos o formales. Si había esperanza de rehabilitación para Dunsany, concluía Lovecraft, radicaba en una ulterior generación de lectores bien formados, con el suficiente discernimiento para entender que un arte fundamentado en la verdad última de una nada absoluta y ciega nos aboca a un callejón sin salida; que solo edificando mundos artificiales de la imaginación, donde por un instante revivan las certezas de antaño, podremos recuperar un goce estético genuino.

El pronóstico de Lovecraft no pudo ser más certero; por desgracia, un siglo después, la masa lectora no ha hecho todavía los deberes, y las cosas no tienen visos de cambiar para mejor. ¿Os permitiréis el lujo, también vosotros, de seguir ignorando a Lord Dunsany?

Cuentos de un soñador
A dreamer's tales (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

En 1983, tras una década larga de patearse escenarios por la isla esmeralda, tan sobrado de pedigrí gaélico como el decimoctavo barón Dunsany (no hay más que fijarse en su nombre), el guitarrista Mícheál Ó Domhnaill empezaba a quedarse sin vetas de folclore irlandés y celta por explotar. Y así como Dunsany necesitó hibridar fuentes locales con leyendas extrañas y exóticas de Escandinavia, Oriente, La Biblia o la Grecia clásica para dar forma a sus abigarradas ensoñaciones, tuvo que ser un oriundo del menos feérico de todos los lugares del mundo, el violinista estadounidense Bill Oskay, quien ayudara a Ó Domhnaill a quitarse el arnés de seguridad y saltar del puente. Nightnoise, la aventura musical por la que recordaremos por muchos años al prematuramente fallecido Mícheál (1951-2006), echaba a caminar.


Quizá Estados Unidos no sea una tierra tan prosaica, después de todo. En vida de Dunsany su obra tuvo allí bastante mejor acogida que en las Islas, y algunas de sus piezas teatrales se representaron con cierto éxito; hay constancia, incluso, de un aplaudido ciclo de conferencias por todo el país a lo largo de 1919 y 1920. Y Oskay tampoco es precisamente un americano convencional: en su juventud estudió composición y música de cámara en la prestigiosa academia de Eugen Prokop en Palma de Mallorca. En cualquier caso, la querencia por lo añejo de Ó Domhnaill y los resabios jazzísticos de Oskay (que a su regreso de España se había alistado en un combo de swing llamado Everything’s Jake) necesitaron su tiempo para fraguar. Tras un primer disco un tanto insípido, el homónimo Nightnoise (1984), el truco estuvo en expandirse a cuarteto (incorporando el piano de Tríona, la hermana de Mícheál, y a un flautista también irlandés, Brian Dunning), y sobre todo en que Oskay desempolvara sus apuntes de Mallorca: Nightnoise pasó a ser un conglomerado, sorprendentemente eficaz, de tradición céltica, jazz de cámara y música culta.

Como no podía ser de otra manera, a Dunsany le fascinaba el Tiempo, con mayúsculas; él lo imaginaba como un esclavo de los dioses, primero, y como su verdugo, después. Es un asunto que también parece haber interesado a los Ó Domhnaill y compañía: de su primer álbum a cuatro, titulado precisamente Something of time (1987), extraigo este “Hourglass”, o “reloj de arena”. Es lo oportuno: aclamados en primera estancia como referente de las nuevas músicas de los ochenta, sus canciones suenan ahora intemporales, tan serenas y profundas como los lechos marinos.

Hourglass / Nightnoise
Hourglass / Nightnoise 

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A un pelo he estado, lo que se dice a un pelo, de titular esta entrada “Lord Dunsany, Nightnoise y… ¡Lord Dunsany!” porque entre las diversas ocupaciones con que el aristócrata irlandés mataba el rato (amén de algún que otro peligroso felino) el ajedrez ocupaba un lugar destacadísimo. En varios sitios he visto escrito que fue campeón irlandés (también leo que fue campeón nacional de tiro a pistola; mucho campeonato me parece a mí, pero quién sabe). Sí está más que acreditado que en 1929 hizo tablas con Capablanca (que, recordemos, había perdido el título mundial tan solo dos años antes) en unas simultáneas; y, lo más interesante de todo, compuso algunos problemas francamente singulares, con los que consiguió intrigar hasta al mismísimo profeta del disparate, T. R. Dawson.


El primer principio de su filosofía como compositor era que el problema, de entrada, debía resultar insultantemente trivial; el segundo, y más importante, es que en cambio debía parecer imposible tras examinarse con calma. Y la guinda: que la solución arrancara una sonrisa al lector. Así, en el diagrama de la izquierda, el reto del blanco, que es a quien corresponde mover, es dar mate cuando lo haga. Sin truquitos, no como en este otro mate en 1; es decir, el tablero no está rotado, ni los peones coronan a peones, o cosas raras así. De acuerdo, la posición es extravagante. Si queréis, imaginad a dos internos de un psiquiátrico disputando la partida, pero eso sí: con un médico al lado, ejerciendo de árbitro reglamento en mano, para evitar que a alguno le dé por hacer el simio.

Problema de Lord Dunsany, The Times Literary Supplement 1924

La solución de este endiablado enigma está en el enlace de arriba, pero cerraríamos en falso nuestro monográfico “música y ajedrez de diez para soñadores” si no os hablara también del muchacho que nos tiene inflamada la imaginación a todos los aficionados, el prodigio chino Wei Yi. Su meteórica carrera resiste la comparación con la del propio Magnus Carlsen: primeras tablas con un gran maestro a los 8 años, gran maestro él mismo a los 13, el ajedrecista más joven de la historia en superar el durísimo listón de los 2700 puntos FIDE. El año pasado estuvo francamente espectacular: primero en el torneo “B” de Wijk aan Zee, campeón chino (con el consiguiente récord de precocidad) y cuartos de final en la Copa del Mundo, cayendo frente a Peter Svindler en el tie break. Este 2016 se ha estancado e incluso retrocedido algo en el ranking, lo que puede haber impacientado a algunos, pero no olvidemos que esto es ajedrez, no dibujos animados; y aparte de que ha revalidado su título nacional, que conste que en los dos supertorneos que ha disputado (Wijk aan Zee “A” y Bilbao) obtuvo el 50% de los puntos, por delante en ambos casos de Sergey Karjakin, que este noviembre competirá por la corona mundial contra Carlsen.


La fascinación que de natural nos producen los genios con chupete se acrecienta, en el caso de Wei Yi, con su imaginativo estilo de juego. No ataca con tanta frecuencia como los jóvenes Kasparov o Polgár, pero cuando lo hace tiene el don, distintivo de los grandes talentos, de razonar de forma no lineal, de valorar movimientos en apariencia absurdos que un maestro corriente descartaría de su árbol de análisis durante una partida. El sueño de un mundial Carlsen-Wei Yi aún está lejos de materializarse, pero el choque de trenes entre lo posicional y lo táctico (vienen a la memoria los matches Capablanca-Alekhine, Botvinnik-Tal o Karpov-Kasparov) sería digno de verse. Por lo pronto, sin haber alcanzado todavía la mayoría de edad, el asiático tiene ya en su haber media docena de partidas que no desentonarían en ninguna antología del ajedrez de ataque; y la que disputó contra Bruzón en Danzhou no desentonaría en ninguna antología del ajedrez. Hay quienes la han bautizado ya “la Inmortal del siglo XXI”. Si la cosa da, o no da, para tanto, decididlo vosotros según el rey negro se encamine hacia su particular Carcasona, que es tan aciaga como la de Camorak y Arleón, y mucho menos heroica.

Wei Yi-Bruzón, Danzhou 2015