De diversas circunstancias y vicisitudes que atañen al ministerio sacerdotal. De curas rojos y contrarrevolucionarios, de los que ejercen de menos, y los que ejercen de más. Y novedades sobre el refinado entrenamiento al que se somete a la curia cardenalicia.

82: Don Camilo de Giovanni Guareschi

A lo peor he metido la pata con lo de hablar de mis libros fetiche. A riesgo de ponerme un poco místico, esta es la lógica del dilema. ¿Cómo estar seguros de que nos ha cundido vivir la vida? Si lo computamos en términos de cantidad y densidad de momentos memorables, y no habiendo viajado a la Luna o inventado la lavadora, todo suma para llegar al aprobadillo, incluido nuestro santuario de lecturas míticas. La memoria es caprichosa y, sin darnos cuenta, tendemos a aplicar un cierto photoshop mnemónico según nos autoconstruimos como personaje, cosa comprensible porque a nadie le gusta parecer un adefesio en los retratos. El problema de las remembranzas literarias es que son verificables. ¿Y qué pasa si relees una novela de esas míticas tuyas, y no asoma por ningún lado lo que demonios fuese que tanto te impactó en su día? No tiene por qué ser culpa de nadie: aunque no mutamos en lo íntimo, la experiencia permea inevitablemente nuestra percepción de las cosas del mundo, y no da lo mismo leerse El proceso antes o después de haber litigado con Movistar año y medio para recuperar una cuota mal cobrada. Lo que importa es que el daño está hecho, y es irreversible. Como un absurdo amnésico que intenta enamorarse de nuevo de la desconocida con la que está casado: así acabáis tú y tu otrora mítico libro.


De ahí la zozobra con que desempolvé Don Camilo de mi biblioteca, donde llevaba cuarenta años durmiendo el sueño de los justos. Mi deteriorado disco duro cerebral apenas retenía la siguiente información: Un cura de pueblo y el alcalde comunista, a cual más bruto, se pasan la vida enredados en trifulca tras trifulca. En realidad todo es bastante amable, y la novela está escrita con un sentido del humor muy peculiar; aunque lo más peculiar, con diferencia, es que el Cristo del altar mayor, que es de lo más enrollado, habla de vez en cuando con el cura. Eso sí: a mitad o así del libro, un cierto nubarrón de tristeza se cierne sobre el pueblecito, y el desenlace, que incluye un asesinato sin resolver, bordea lo ominoso. Esto ultimo, desde luego, desconcertó muchísimo al crío que yo era entonces, más acostumbrado a las aventuras de Los cinco y los cómics de Astérix que a otra cosa, pero era el precio a pagar por fisgar en la fascinante y peligrosa literatura de los mayores. ¿Mi veredicto tras la relectura? Que el Cristo de don Camilo ha debido obrar un milagro, porque todo sigue exactamente igual que como lo dejé: la retranca de Guareschi es potentísima, el crucificado es un fenómeno, y es verdad que la historia vira paulatinamente hacia lo crepuscular. Con la diferencia de que ahora entiendo el porqué de los nubarrones, y me doy cuenta de que Don Camilo, en realidad, es mucho mejor libro de lo que recordaba. ¡Hosana!

Contextualicemos. En marzo del ’48, a las puertas de unas elecciones trascendentales, Italia es un polvorín fracturado en dos bandos antitéticos. De un lado está el Frente Popular de Izquierdas, liderado por el Partido Comunista Italiano y financiado por la Unión Soviética, que intenta sumar el país transalpino a su lista de estados títere; del otro la Democracia Cristiana, que naturalmente cuenta con el apoyo de la Santa Sede (que llega al extremo de declarar “pecado mortal”, susceptible de excomunión, votar a los comunistas) e incluso de la CIA. Es obvio de parte de quien estaba Guareschi, un periodista de profundas convicciones religiosas que desde las páginas de Candido, un semanario satírico que había fundado él mismo, llevaba tres años atizándole al PCI por activa y por pasiva. Justo en esas se publica Don Camilo, una novela ambientada en un villorio perdido en el valle del Po, gobernado por los rojos pero donde resiste irreductible una fuerza de la naturaleza con sotana. Lo normal hubiera sido pintar al alcalde Peppone con cuernos y rabo, y adornar al párroco con todas las virtudes cardinales y teologales, pero resulta que don Camilo es embustero, iracundo, liante y cabezota, en tanto que el alcalde, no siendo precisamente una lumbrera, tiene un corazón del tamaño de un barril. Qué fabuloso contrasentido: en las vísperas del Juicio Final, Giovanni Guareschi, el azote del diablo bolchevique, ha concebido una historia de reconciliación, sin buenos ni malos, sin vencedores ni vencidos, donde dos personajes en las antípodas ideológicas acabarán por converger en un espacio sin color político, el del alma humana y sus necesidades.

En los cuarenta breves capítulos de la obra, Guareschi explota una y otra vez la misma fórmula. Primero presenta la situación que da pie a la polémica (una huelga de jornaleros, la compra de una campana, una noche de caza furtiva), luego tensa las posiciones frente a la misma, de manera que parezcan irreconciliables, y acaba resolviéndolas mediante una especie de síntesis en que la doctrina se subsume a la conciencia del hombre de bien. “El bautizo” es un episodio particularmente logrado: Peppone aparece en la iglesia empeñado en que su recién nacido sea bautizado como “Lenin Libre Antonio”. (En la parroquia de don Camilo los izquierdistas también van a misa; y los que no, no porque no crean, sino para fastidiar a Dios.) Sin inmutarse, el sacerdote le espeta: “que te lo bauticen en Rusia”. Peppone, que también es terco como una mula, insiste y no tardan en liarse a trompadas, pero en el cuerpo a cuerpo no hay quien le tosa a don Camilo. “Que sea entonces Camilo Libre Antonio”, gruñe Peppone resignado. “No hombre, llamémoslo Libre Camilo Lenin: con un Camilo cerca, los tipos como ese no tienen nada que hacer”.


Se infiere que el camino hacia el entendimiento solo puede cimentarse en una justicia a ras de suelo, sin dogmas ni consignas, que atienda y dé respuesta a los problemas de la gente sencilla, el campesino que sobrevive de la tierra, el ganadero pendiente de sus reses. En esto se inspira el segundo, bendito desatino de Guareschi: el Cristo parlante del altar. Algunos comentaristas de la época mostraron su desagrado ante tan estridente irrupción de lo sobrenatural, en un relato que no deja de ser eminentemente costumbrista. Y no obstante, la columna maestra que sostiene a la obra entera es este Jesús desprejuiciado y apolítico, negociante y socarrón (“las manos fueron hechas