Esta vez va de islas, mayormente, y qué islas: a una no la trastornan ni tormentas ni oleaje, a la otra la iluminan dos soles y dos lunas. Por desgracia son enclaves remisos al sextante, ajenos a las rutas marítimas convencionales. Quizá la mejor estrategia sea navegar, simplemente; aunque es imposible encontrarlas, ellas podrían encontrarte a ti.

88: La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares

No quiero ni imaginarme a Adolfo Bioy Casares eligiendo color para la nueva pintura de su salón. ¿Canela, crema, ocre, siena, marfil? Un drama. Tenía tal obsesión por la palabra exacta que, cuenta la leyenda, recorría las librerías de Buenos Aires buscando ejemplares de sus novelas primerizas, que repudiaba, con la intención de comprarlas y destruirlas. La invención de Morel es la primera que sobrevivió a este holocausto de autoexigencia. Que Jorge Luis Borges, en asuntos literarios lo más parecido a Dios que ha caminado sobre la faz de la tierra, escribiera a propósito de la misma “no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta”, debió resultar suficiente hasta para él.


¿De verdad es para tanto? “Perfecta” es una palabra peligrosa, e hiperbólica (ya puede Borges cantar misa) por definición. Indudablemente, la premisa es grandiosa. Un fugitivo, perseguido por un crimen que afirma no haber cometido, desembarca en una isla, ahora desierta, de nefasta reputación; cuentan los navegantes que quien se acerca a sus costas contrae una enfermedad mortífera y horrenda. Y sin embargo unos turistas aparecen en la isla meses después, entre ellos Faustine, una hechizante mujer con aires de gitana, que pronuncia el francés como una sudamericana, y a la que le chifla hablar de Canadá. (Esto me encanta. El personaje está inspirado en Louise Brooks, una leyenda del cine mudo, al lado tenéis su foto. Pues bien, resulta que cuando uno de los protagonistas de Fantasmas intenta describir a Ann-Veronica Moore a un amigo, no se le ocurre comparación más certera… ¡que Louise Brooks! Mis mundos imaginarios son un pañuelo.) Asfixiado por la soledad el robinsón, que de primeras se oculta a los recién llegados, no tarda en prendarse de la zíngara. No es el único pretendiente de la lista; un barbudo apellidado Morel, que la acompaña a menudo, parece tener cierto ascendente sobre ella. Resuelto a dar la cara y declararle su amor, el prófugo se lleva el mazazo del siglo: para los visitantes es como si no existiese. Esto solo puede significar una de tres cosas, a cual peor: o se le tostó el cerebro durante su penosa travesía y ve visiones; o la palmó en el océano y el fantasma es él; o los otros fingen una pantomima absurda de indecible propósito. Es entonces cuando aparecen dos soles y dos lunas en el cielo… y hasta aquí puedo leer.

Por supuesto, una premisa grandiosa no garantiza nada; más aún, puede desembocar en un fiasco proporcionalmente gigantesco. Inevitable recordar aquí el demencial final de Lost, uno de los fenómenos televisivos más sobrevalorados y tramposos de la historia, porque la deuda de sus guionistas con La invención de Morel es manifiesta; aunque más evidente todavía es lo malamente que digirieron su lectura. ¿De verdad es para tanto, decía? Pongamos que para bastante, cuando menos, puesto que:


  • La arquitectura es soberbia. Equidistante entre las pesadillas circulares de Kafka y los enrarecidos ensoñamientos de Edgar Allan Poe, y resuelta con la solvencia retórica esperable en un futuro premio Cervantes, La invención de Morel no tiene antecedentes obvios en la ficción especulativa. Curiosamente, si se tiene en cuenta lo alucinatorio del material que se trae entre manos, Bioy enfoca la narración según las convenciones del relato detectivesco, sin malas artes ni cabos sueltos (ni los nombres —o no nombres— de los protagonistas son casuales). Y como en cualquier cuento policiaco que se precie, el baúl donde se guarda el desenlace disimula un doble fondo.
  • El romance es de órdago. Es claro que para un idilio resulte realmente jugoso debe involucrar un triángulo de un modo u otro. El blandengue esposo de Cathy no era rival para Heathcliff en Cumbres Borrascosas, pero en su disputa por el corazón de Faustine, Morel y el náufrago tendrán en el otro a un oponente de mucho cuidado. Con el agravante de que no solo persiguen los favores de la atractiva muchacha; sabedores de que la llama de la pasión acaba por apagarse, conspiran para hallar un modo de insuflarle oxígeno permanente. ¿Pero comprenden que la felicidad absoluta puede ser sinónimo del más extremo horror?
  • Las resonancias son mareantes. ¿Qué es la consciencia? Pregunto por preguntar porque, como ya aclaré aquí, es intrínsecamente imposible explicar la mente desde la mente; si me apretáis, está demostrado hasta matemáticamente (buscad por ahí una cosa llamada “el teorema de incompletitud de Gödel”). A su probable desconocimiento del epatante resultado de Gödel, nuestro confuso náufrago ha de sumar la empanada solipsista que arrastra; aun así, necesitaría entender cómo piensan y sienten sus reales o imaginarios vecinos. ¿Y cómo lo percibirán ellos a él? ¿Como una ilusión, que a su vez persigue sombras en un juego que no tiene fin? (Bioy explicó más tarde que la primera inspiración del libro le llegó tras contemplar, en un espejo trifásico que había en el cuarto de su madre, cómo la imagen de la habitación se multiplicaba incontables veces en el cristal.)

A lo mejor no estáis al tanto, pero justo ahora están pasando cosas asombrosas en el mundo. Un equipo de investigadores del Georgia Tech ha desarrollado, con la ayuda de IBM, un software que ha “trabajado” como profesor online durante un semestre sin que los alumnos se percatasen de que trataban con un programa y no un ser humano. Por su parte los de Google han inventado un algoritmo llamado AlphaGo que vapuleó hace dos meses al considerado mejor jugador del mundo de go, cuando siempre se había pensado que este juego, a diferencia del ajedrez, era virtualmente inaccesible desde la cibernética. Lo más fantástico de AlphaGo es que cada vez juega mejor, pues está diseñado para aprender de sus propios errores; y según progresa, menos idea tenemos de los patrones y estrategias que aplica. ¿Os dais cuenta de las implicaciones? Estamos al filo de conseguir que las máquinas piensen, pero solo asumiendo, de nuevo, la paradoja de no entender cómo lo harán o qué sentirán. Yo no sé si La invención de Morel es perfecta; pero sí sé que vivimos tiempos perfectos para leerla, y releerla, y releerla.

La invención de Morel 

Música y ajedrez que vienen a cuento:

Si “insularidad” es la palabra que mejor resume, en varios sentidos aparte del obvio, la novela de Bioy Casares, otro tanto se aplica a On an island, el álbum con el que David Gilmour, el exguitarrista de Pink Floyd, nos sorprendió en 2006. Sorpresa no achacable a su contenido, bastante asimilable al del disco de despedida del grupo (The division bell, 1994), sino a su mera publicación, porque este gandulazo genial destapa el tarro de las esencias a la anestésica velocidad de una vez por década: Rattle that lock, la secuela de On an island, se hizo esperar hasta 2015.


En On an island Gilmour revisita los sentimientos de aislamiento que lo agobiaban de adolescente, criado por unos padres que vivían su vida y lo dejaban rodar bastante a su aire. Y sin embargo, no es una isla azotada por el oleaje o las tormentas la que habita este Gilmour ya sesentón. Los tempos casi siempre pausados, los arreglos espaciosos y bien producidos, las apacibles armonías vocales, nos transportan a un remanso de paz y reflexión, el ideal donde saborear una puesta de sol con un daiquiri en la mano. Del más definitivo de nuestros anocheceres versa “The Blue”, una metáfora del “polvo eres y en polvo te convertirás” en clave marítima que me parece bastante afortunada y sospecho poco vista; a fin de cuentas es de agua, y poco más, de lo que todos estamos hechos. Empero, “The Blue” es sobre todo sustantiva por su solo, verdaderamente magistral. No esperéis malabarismos grandilocuentes, Gilmour no los necesita; recreaos, más bien, en la sabiduría con que dilata las notas, como insinuando esas siestas playeras que estiramos sin rubor. Habrá quien opine que Borges se excedió en el elogio de La invención de Morel; si alguien le ve algún defecto a este solo, que tenga la amabilidad de explicarme dónde.

The Blue / David Gilmour
The Blue / David Gilmour  letra y traducción

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Astros celestes duplicados, espejos que se reflejan en espejos… un autor más pedante que Bioy podría haber subtitulado La invención de Morel “una exploración metafísica del eco”. Momento idóneo para recuperar el tema de ese nombre, uno de los más vistosos de la composición ajedrecística, con el que ya nos entretuvimos en la entrada que dediqué a Yehuda Hoch. Os refresco la memoria: un eco consiste en la aparición, en distintas fases de la composición, de dos posiciones análogas (en concreto una se obtiene aplicando, total o parcialmente, una traslación, simetría o giro a la otra). En el estudio de Hoch dichas posiciones aparecen en sendas variantes, con una de las cuales se gana, no así con la otra, pero el formato más estándar es el de un problema de mate con dos posibles defensas temáticas, de modo que el eco se “escucha” en las respectivas posiciones de mate. Fijaos si hoy vengo espléndido que os voy a regalar, no ya los dos soles y las dos lunas de Bioy, sino un par de tierras también: tres ecos, tres, y todos en la misma composición.


El problema, al que Hans Hanneberger dedicó la portada de un recopilatorio con lo más florido de la composición helvética entre 1966 y 1976, es insólito desde todos los ángulos posibles. Lo primero porque se trata de un mate ayudado, extravagancia de la que ya os hablé a propósito de los gemelos (o “quintillizos”) de Forsberg, consistente en que negras, que son las primeras que juegan, y blancas colaboran para que estas den mate en el número exigido de jugadas. Así pues, para que un mate ayudado en 3, como el que nos ocupa, sea correcto, ha de existir exactamente una combinación de 3 movimientos por bando (y ninguna más corta) que, respetando las reglas del ajedrez, conduzca al mate. Visto así el problema es un desastre, porque admite un total de seis soluciones distintas. No hay que verlo así: lo que el artista pretende, y consigue, es que aparezcan tres ecos tras emparejarlas del modo adecuado. Y encima los ecos son exactos (el desplazamiento afecta a todas las piezas), los mates ideales (cada casilla contigua al rey está atacada u ocupada por una única pieza) y la posición inicial tan liviana como una rosa. Cabría discutir si La invención de Morel es perfecta, respecto a este problema no abrigo ninguna duda.

Pero lo más extraordinario, con diferencia, de este extraordinario problema, es que su autor, Reto List (que muy amablemente me ha proporcionado las dos fotografías de la entrada), tenía tan solo dieciséis años cuando lo compuso. Dan ganas de llorar pensando en lo que este hombre podría haber inventado si se hubiera dedicado a la composición más tiempo, porque prácticamente la abandonó tras acabar los estudios universitarios y ya acumulaba, según los sin duda incompletos datos de Chess Problem Database Server, 17 galardones, entre estos 7 primeros premios (con el problema de hoy ganó un match entre Suiza y Austria). Actualmente trabaja como gerente de negocios online y mantiene una web de noticias y novedades para profesionales de su sector, que es mucho menos romántico que componer problemas, pero bastante más práctico. Cuando le escribí solicitándole las fotos no pude evitar peguntarle cómo demonios se las había ingeniado para sacarse de la manga un problema así. “¿El secreto? La cuestión es si yo realmente encontré este mate ayudado, o si más bien fue el mate ayudado quien me encontró. Sea cual sea el caso, agradezco en lo más profundo que viniera a mí”, me contestó.


Problema de R. List, Schweizerische Schachzeitung 1977