Porque hay cosas en esta vida, e incluso en la siguiente, que por desgracia o por suerte no pasan más que una vez.

93: Cumbres Borrascosas de Emily Brontë

Lo que son las cosas. Para una vez que me planteo hablar de un clásico “oficial”, escogido por los lectores de The Guardian como la historia de amor más grande de todos los tiempos, de esos que llevan siglos estudiándose en las facultades de Literatura y que por tanto debería venderse solo, aquí estoy empantanado ya unos días, incapaz de encontrarle las cosquillas. De acuerdo, aceptemos que Cumbres Borrascosas es la más grande de todas las historias de amor; lo mismo daría describir “Noche estrellada” de Van Gogh como el mejor paisaje jamás pintado. La pregunta del millón es por qué, y no resulta nada fácil contestarla.


En teoría todo es bastante simple, incluso primitivo: huérfano zarrapastroso conoce a niña bien; huérfano y niña se enamoran; la sociedad se interpone y el huérfano pierde a la niña; el huérfano crece y se venga; y como a malvado no le gana ni el mismo diablo, la venganza es gótica y tremebunda. Pero según avanza la novela, y empiezan a entremezcarse Lintons, Earnshaws y Catherines, la narración adquiere una cualidad febril y vamos perdiendo pie. Los infelices pasto de las canalladas de Heathcliff entran al trapo con tal docilidad que o son masoquistas o retrasados perdidos, aunque sospecho que Heathcliff es más masoquista si cabe, viendo como le retuerce las tuercas su Cathy del alma primero en vida y luego desde el más allá. Acaso sea Nelly Dean, el ama de llaves que va contándonos el drama, la más perversa de todo el casting, pues a pesar de sus (supuestas) buenas intenciones, nunca anda lejos cuando acontece la catástrofe de turno. Una cualidad especialísima de este relato es que, aunque se trata de un delirio muy peculiar, fruto de una no menos peculiar y calenturienta imaginación, al final lo haces tuyo; y cuando terminas sus perfiles se difuminan rápidamente, como los de una pesadilla de la que acabaras de despertar. Os reto a releed Cumbres Borrascosas si ya conocíais el libro: os sorprenderéis (a mí me ha pasado, y me consta que no soy el único) de lo poco, en realidad, que recordáis.


La escurridiza naturaleza de la novela ha confundido a millones de lectores desde que apareció, bajo seudónimo, en 1847, y no todos se lo han tomado igual de bien: para tener el caché que tiene, hay que ver la cantidad de gente que la detesta. “Es inexplicable que un ser humano haya conseguido escribir una docena de capítulos de un libro semejante sin suicidarse”, comentaron por ejemplo en el Graham’s Lady’s Magazine cuando se publicó; y a tenor de la biografía de Emily Brontë, la “calenturienta imaginación” tras Cumbres Borrascosas (no confundir con sus hermanas Charlotte y Anne, también famosas escritoras), puede que no fueran muy desencaminados.

Emily Brontë nace en 1818; dos años después, su padre es nombrado párroco de Haworth, un pueblo perdido en los páramos de Yorkshire. Al poco fallece su madre, y en 1824 es enviada a un siniestro internado donde ya llevaban algún tiempo Charlotte y otras dos hermanas, Mary y Elizabeth. Las condiciones de vida en el colegio son tan espantosas que Mary y Elizabeth contraen el tifus y mueren; cuando acaba el curso, Charlotte y Emily vuelven a casa. Desde entonces, y salvo breves periodos, Emily nunca abandonará Haworth, forjando unos lazos cada vez más profundos con sus desolados y ventosos paisajes, ganándose fama en la comarca de huraña y asilvestrada, entretenida con sus paseos, sus libros, y la escritura. En 1843 su tía fallece súbitamente y Emily se hace cargo de las faenas domésticas, la más penosa de todas el cuidado de su adorado Branwell, el paria de la familia y su único hermano, un pintor fracasado hundido en una sima de ginebra y opio. En 1848, poco después de la publicación de Cumbres Borrascosas, muere Branwell; Emily coge frío en el entierro y enferma. ¿Quién dijo eso de que la realidad imita al arte?: al igual que Cathy en la novela, rehuye el tratamiento médico y el alimento y, esencialmente, se deja morir, lo que consigue un par de meses después.


Muy bien, Emily es un trágico trasunto de Cathy, o al revés, ¿pero quién, entonces, es Heathcliff? Aunque Emily murió soltera y muy probablemente virgen, algunos investigadores, explotando la dudosa procedencia del villano (un buen día aparece de la mano del padre de Cathy, que afirma habérselo encontrado en medio de la calle, pero enseguida empezará a profesarle un cariño mayor que el que muestra por sus propios hijos), han hilvanado una interpretación extravagante: Cathy y Heathcliff serían medio hermanos y por tanto el libro sublimaría un platónico, pero a fin de cuentas incestuoso, romance entre Emily y Branwell. Es disparatado. Es aberrante. Es plausible.

A lo mejor podemos desenredar la madeja por ahí. En última instancia, Cumbres Borrascosas funciona porque transgrede. Este es un término del que se abusa mucho. Cuando un mentecato que se autodenomina artista cocina un crucifijo o exhibe una vaca partida en dos, eso no es transgresión sino provocación (y mal gusto). Para que un artefacto cultural sea auténticamente transgresor ha de adentrarte en territorio psicológico sin cartografiar, en arenas movedizas del subconsciente por donde es peligroso transitar. En esta era de la Razón, donde todo es medible, discutible, racionalizable, Emily Brontë reivindica la pasión como un absoluto, insumisa a toda norma, convención o conveniencia. Si Cumbres Borrascosas es tan alarmante hoy como lo fue cuando apareció, es porque embiste, con la ceguera inclemente de un rinoceronte, contra una de las puertas que con más celo mantenemos cerradas: ¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar, realmente, por amor?

Cumbres Borrascosas
Wuthering Heights (original en inglés)

Música y ajedrez que vienen a cuento:

Lo primero y principalísimo: “Wuthering Heights”, de Kate Bush. Cuando os hablé en su día de esta artista ya me quedé con muchas ganas de poneros la canción, y si no lo hago ahora reviento. Según ella misma ha contado, la compuso en apenas una madrugada, obsesionada como andaba, desde tiempo atrás, por dos singulares coincidencias: comparte cumpleaños con Emily Brontë y nombre con su desquiciada heroína. Verdaderamente, es imposible meterse más en el papel: sus desmedidos agudísimos pueden desorientarte un poco al principio (a decir verdad, podrían desorientar a una colonia de murciélagos), pero ¿se os ocurre mejor manera de encarnar a una fantasma enamorada que llama a su hombre desde la tumba? Es absolutamente increíble que Kate Bush escribiera esta enormidad de canción con tan solo dieciocho años.

Wuthering Heights / Kate Bush
Wuthering Heights / Kate Bush  letra y traducción

Tampoco es que la conexión entre Kate y Emily dé para mucho más; si la carrera de la primera, con sus altibajos, se ha prolongado por espacio de cuatro décadas, el prematuro deceso de la segunda obliga a incluirla en la categoría de one-hit wonders, es decir, esos creadores que, por fas o por nefas, legan a la posteridad una obra de arte excepcional y acto seguido desaparecen, literal o figuradamente, del mapa para siempre. Lo de one-hit wonder también cabe aplicárselo a la cantante de góspel Jevetta Steele. No necesariamente porque lo merezca: ha publicado tres álbumes y hasta escrito y protagonizado un musical, que mereció buenas críticas, y con el que exorcizó un terrible drama personal (a punto de dar a luz descubrió que su marido le había contagiado el sida y tenía un amante gay). Puede que no lo merezca, pero no es menos verdad por ello: a Jevetta Steele no la conocerían ni en su barrio de Minneapolis, Minnesota, si no fuera por “Calling you”.


No se si habéis visto Bagdad Café, una comedia con esa chispa levemente absurda que caracterizaba al buen cine indie de los ochenta. La acción transcurre en un destartalado café en medio de la nada, donde aterriza de rebote una oronda teutona mucho menos estreñida de lo que al principio parece. Bob Telson compuso “Calling you” para su banda sonora y llegó a ser nominada como mejor canción original en los Oscar de 1988. No ganó: adolecía del inaceptable defecto de ser muy superior al resto de candidatas. En “Calling you”, Brenda, la volcánica dueña del Bagdad Café, añora a su esposo ausente. La desgarrada lectura de Jevetta Steele es perfecta para recordarnos que, en cuestión de corazones rotos, la latitud es un deplorable analgésico; ya sea en los páramos de Yorkshire, el desierto de Nevada o en un barrio de Minneapolis, te duele exactamente lo mismo.

Calling you / Jevetta Steele
Calling you / Jevetta Steele  letra y traducción

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Más estrellas por un día: Carsten Høi, un gran maestro danés muy del montón (todo lo “del montón” que se pueda ser en ajedrez cuando tienes un título de gran maestro, habría que precisar), de cuyo currículum, si hiciera falta destacar algo, señalaríamos los tres campeonatos de su país que ganó en 1978, 1986 y 1992. Si hiciera falta destacar algo más, que no la hace, porque en la Olimpiada de Salónica de 1988 dejó boquiabierto a todo el mundo con una de las partidas de ataque más armoniosas y bellas de los tiempos modernos.


A la partida es imposible hacerle un reproche. Para empezar, Boris Gulko era un rival de mucho cuidado, y si no me creéis preguntadle a Kasparov, que en el total de su carrera perdió tres partidas con él y solo pudo ganarle una (hicieron tablas tres veces más). Gulko, además, presume de una insólita hazaña: venció en el campeonato soviético en 1977 y, tras exiliarse y nacionalizarse estadounidense (era disidente y durante varios años el KGB le hizo la vida imposible, lo que le privó de logros aún mayores), logró el de su país de adopción en 1994 y 1999. De la combinación, que huelga decir obtuvo el premio a la mejor del certamen y, entre otras “fruslerías”, incluye dos sacrificios de dama (y aun un tercero en una variante que no se jugó en la partida), me interesa resaltar el mate de epaulette final, pues aparece muy raramente en partidas reales (en el problema de Lolli de la entrada pasada tenéis otro ejemplo). Lo de “epaulette”, que se podría traducir por “charretera” pero sonaría mucho peor, implica que el rey que recibe el mate queda encerrado por piezas idénticas en las casillas contiguas, como si fuera un militar con sus insignias de flecos (que eso son las charreteras) sobre los hombros.

Me gusta eso de “mate de epaulette”; aunque de repente me ha venido a la cabeza la última escena de Cumbres Borrascosas, con Catherine flanqueada por su marido y su Heathchiff en el sepulcro, y pienso que “mate à la Brontë” quedaría incluso mejor.

Høi-Gulko, Olimpiada de Salónica 1988