Es sorprendente la velocidad a la que la farándula en general, y el deporte, el cine y el pop en concreto, producen nuevos memos. Quizá sea culpa, respectivamente, de las contusiones, los desequilibrios alimentarios (por aquello de guardar la línea) o los estupefacientes, o quizá sea porque el dinero excesivo es un embrutecedor universal. Con todo se requiere un no-talento singular, una especie de lerda genialidad, para parir chorradas como:



  • “Nuestro tridente ofensivo es como el teorema de Pitágoras. No tiene solución.” (Shaquille O’Neal, baloncestista)
  • “Creo que Clueless era muy profunda. Creo que era profunda en el sentido de que era muy superficial. Creo que lo superficial tiene que venir de un lugar muy profundo para ser verdaderamente superficial.” (Alicia Silverstone, actriz)
  • “Siempre que veo en la tele a esos pobres niños hambrientos en todo el mundo no puedo evitar llorar. Quiero decir, me encantaría ser así de flaquita, pero no con todas esas moscas, y la muerte, y esas cosas.” (Maria Carey, cantante)
  • “El fútbol es como el ajedrez, pero sin dados.” (Lukas Podolski, futbolista)
  • “Creo que el matrimonio gay es algo que debería darse entre un hombre y una mujer.” (Arnold Schwarzenegger, actor, culturista y ex gobernador de California)
  • “He sentido la gravedad desde pequeñita.” (Cameron Diaz, actriz)
  • “Creo que la MTV debería plantearse usar subtítulos. La mitad de las veces no me entiendo ni a mí mismo.” (Ozzy Osbourne, rockero)
  • “Otra cosa que me impresiona es el tiempo. El tiempo es como un libro. Tiene un principio, una mitad y un final. Lo mismo que un círculo.” (Mike Tyson, boxeador)
  • “Mi madre fue española al principio. Luego se volvió testigo de Jehová.” (Geri Halliwell, cantante)
  • (Respondiendo a la pregunta: “¿Piensa usted que todas las guapas son necias?”) “No, también hay feas que son necias”. (Paris Hilton, celebrity)

Aprovechando que hace unas semanas aludí a la mezcla de clásica y jazz como un “maridaje blasfemo que ofende a la ley natural, la cordura y al mismo tejido del espacio-tiempo”, no descarto que algún malababa listillo pretenda ponerme al nivel de estos bocazas, y esgrimirá el ragtime, apenas un género de nada, para meter cizaña. Total porque el jazz, en sus comienzos, consistía exactamente en tocar esta música de un modo distinto al canónico, o porque hoy en día cualquier gran sala de conciertos del mundo programaría una sesión doble “rags de Joplin – polonesas de Chopin” sin el menor problema. Pero no sería más que un infundio, una monstruosa tergiversación; seguid leyendo y seguro que me dais la razón.


Ya de partida, insinuar que el ragtime merece considerarse a la par, yo qué sé, del vals o del minué, es de por sí escandaloso: ¡por Dios, si nació, para deleite de la chusma, en el cogollo del putiferio y el malvivir del más negrísimo San Luis! Es para llevarse las manos a la peluca… Por otra parte, ¿cómo va a ser jazz el ragtime si le falta lo fundamental, que es la improvisación? Las canciones se escribían y publicaban en papel pautado, y sus autores aspiraban a la respetabilidad; Scott Joplin, el más importante con diferencia de todos ellos, firmó hasta una ópera, y sus obras interesaron sobremanera a compositores como Erik Satie, Claude Debussy e Igor Stravinsky. Por lo demás, su estructura como forma musical queda esencialmente delimitada con el arquetípico “Maple leaf rag”: compás 2/4 y bloques de dieciséis compases según el patrón AABBACCDD, con un cambio de armadura de la tónica a la subdominante en C.

Pero entonces, ¿qué es lo que disocia irreversiblemente al ragtime de la música culta? Pues ni más ni menos que su característica más definitoria, el sincopado: la melodía se acentúa justo entre los pulsos que fijan el ritmo. Esta suerte de esquizofrenia métrica, consustancial a los raíces africanas del ragtime, era completamente ajena al canon clásico, y algunos agoreros llegaron a insinuar que su escucha excesiva podía inducir desórdenes mentales. (No fue para tanto, por supuesto. De hecho el sincopado se propagó con tal éxito entre los géneros populares que a día de hoy, de tan común, ni se le reconoce. Fijaos en “I (can’t get no) satisfaction“, por citar un tema conocidísimo: ¡es sincopado puro y duro!)

Es verdad que, tras décadas de ostracismo en baritraques y salones de medio pelo, el ragtime experimentó un súbito y explosivo revival gracias a Joshua Rifkin, un joven y reputado pianista que, a principios de los setenta, grabó tres álbumes muy exitosos con la música de Scott Joplin (casi a renglón seguido, la banda sonora de El golpe apuntaló su consolidación entre el gran público). El enfoque de Rifkin fue revolucionario precisamente por lo conservador: usó un piano de cola e interpretó las partituras de Joplin justo como recomendaba su autor. Pero que su trabajo mereciera una nominación a los Grammy como mejor solista de música clásica tampoco significa gran cosa, porque en estos premios pasan a veces cosas harto extrañas: ¿sabíais que Gorbachov, Clinton y Sophia Loren compartieron uno?

“El fútbol es como el ajedrez, pero sin dados.” (Lukas Podolski, futbolista)

Y principalmente, insinuad a un aficionado hardcore a la clásica o el jazz, a ser posible de los que epatan con sus variantes más vanguardistas o rompedoras, que el ragtime es alguna de ambas cosas y echará espuma por la boca: el ragtime, vociferará, carece del ethos y el pathos del Verdadero Gran Arte, no te retuerce las entrañas ni te raja el alma, no te trastorna, ni te incomoda, ni te avasalla.

Y llevaría razón, pues es tan solo alegría y luz de sol, un poco de extrovertido abandono. Tan solo es divertido. Menuda tontería.

(N.B. Piano: Joshua Rifkin.)


Esta es especial para el otro Alfonso, el primero, marqués de la Avenida de las Palas, brazo armado de Las Simples y azote del Copi, Mari Lourdes la bibliotecaria y su hermana Juanita. Con nadie me he reído tanto como contigo, pero acaba ya con esa broma de la neumonía, que no tiene maldita la gracia.

 

Maple leaf rag / Scott Joplin

Más música redonda de Scott Joplin:

“The entertainer – A ragtime two-step” (1903), “Gladiolus rag” (1907) y “Pine apple rag” (1908).