Este año repito en uno de los tribunales de lo que ahora llaman pomposamente “Pruebas de Acceso a la Universidad” (la Selectividad de toda la vida), y una de las principales razones para hacerlo es la ternura que me inspiran los chavales que se examinan. No es cuestión de soplarles las respuestas, pero a veces les ayudas incluso más con una simple palmada en el hombro y unas palabras amables; me he encontrado algún crío tan ciego de los nervios que no sabía localizarse en una lista ¡ordenada alfabéticamente!

Quizá no sea suficiente para canonizarme, pero no me neguéis el mérito que me corresponde: de ser como esos malhechores que justifican sus fechorías con lo de que “la Sociedad me hizo así”, me habría ganado ya el apodo del Carnicero de las PAU en mi facultad; lo digo porque el tormento que yo sufrí en Selectividad es de los que vuelve tarado al más bendito.


Fue una de esas veces en que la Ley de Murphy trabaja a pleno rendimiento. Solo me faltó que me partiera un rayo, evento francamente improbable en vista de los cuarenta grados y pico que hacía esa tarde (entonces las pruebas empezaban después de comer). Mis amigos y yo llegamos a la sede con bastante adelanto y nos apiñamos junto a las puertas del aula, todavía cerradas, para coger buen sitio. Defendiendo el puesto con uñas y dientes frente a los nuevos que iban viniendo, aguantamos al filo de la lipotimia (en esos años no había aire acondicionado más que en El Corte Inglés) no solo hasta la hora prevista para el comienzo, sino los tres cuartos de hora de retraso que se permitieron las eminencias del tribunal. No olvidaré en mi vida la jeta del grosero perdonavidas que ejercía de presidente: un fulano mal encarado, cetrino y afilado con aire de ser capaz, no ya de asistir impávido a la decapitación de un familiar, sino incluso de blandir él mismo el hacha. Ni que decir tiene, lo primero que hicieron fue levantarnos de los pupitres al fondo de la clase tan heroicamente conquistados y recolocarnos por riguroso orden de lista.

Yo tenía que examinarme de Matemáticas o Física para empezar, y de Química o Dibujo Técnico a continuación. El procedimiento bordeaba lo sádico, porque primero te daban el examen con ambas materias, y unos minutos después, cuando tenías claro de sobra el que a ti te gustaría hacer, elegían una por sorteo. Aquel día las mates eran un merenguito mientras que la física no había por donde cogerla, con lo que ya os imagináis de qué lado cayó la moneda (yo creo que el pajarraco aquel la trucó a propósito por pura malicia).

…un fulano mal encarado, cetrino y afilado con aire de ser capaz, no ya de asistir impávido a la decapitación de un familiar, sino incluso de blandir él mismo el hacha

Entre la dificultad intrínseca de las cuestiones y que yo llevaba ya un rato más histérico que una rata me salió un examen flojo tirando a piltrafoso, pero aquello fue un chiste en comparación con la prueba siguiente, en la que cayó Dibujo Técnico. Ahí admito mi parte alícuota de culpa, porque aunque los lápices no eran lo mío lo había preferido en su momento a la Biología por ser la clásica maría donde nadie pegaba chapa. (Muchos años después hice un test de percepción espacial y logré acertar un total de 3 sobre 25 preguntas, lo que en términos de pirámide evolutiva vendría a ubicarme entre el cactus y la estrella de mar.) El ejercicio era más o menos simple, te daban el alzado, la planta y el perfil de una figura y tenías que pintarla en tres dimensiones, pero a esas alturas yo ya no sabía si mi nombre empezaba por “b” o por “v”, y parí una delirante monstruosidad que carecía de lados, perspectiva o dimensiones. Bien mirado, Picasso consiguió celebridad eterna dibujando cosas no tan diferentes; yo me gané un cero tan redondo y sideral como los anillos de Saturno. Tal vez la aventura no fuera tan catastrófica como la pinto: a la vuelta el autobús no se estrelló, y en los exámenes del día siguiente enderecé lo suficiente la situación hasta acabar aprobando por los pelos. Pero aunque ahora me lo tome a rechifla, no podéis ni imaginar cómo escoció: me costó años pronunciar la palabra “selectividad” sin sentir arcadas.


Evocando aquel vestíbulo maldito donde nos hacinamos, negros de calor, como borregos para el matadero, no ha tardado en venirme a la cabeza el estudio de la izquierda, una de las creaciones más características de Ottó Bláthy; fue publicado en The Chess Amateur en 1922. Quizá a los veteranos os resulte familiar, porque hace un par de años pasamos un buen rato con otro de Tigran Gorgiev directamente inspirado por este. El desequilibrio material no puede ser mas extremo, ya que las negras conservan todas sus piezas, pero el blanco gana con su solo peón. El estudio de Gorgiev es objetivamente superior y por eso lo escogí en su momento, pero el de Bláthy no deja de tener su gracia. La línea ganadora es 1.Rxe1 Da1 (el negro no puede hacer otra cosa que mover su dama de a1 a a2) 2.h3! (2.h4? falla por lo que enseguida os comentaré) 2…Da2 3.h4 Da1 4.h5 Da2 5.h6 Da1 6.h7 Da2 7.h8=C! (el caballo es la única pieza con la que puede asaltarse el fortín rival) 7…Da1 8.Cf7 y a continuación el caballo come los peones de c5 y c4 y luego la torre de b3 dando mate, por ejemplo 8…Da2 9.Cd8 Da1 10.Ce6 Da2 11.Cxc5 Da1 12.Ce4 Da2 13.Cd6 Da1 14.Cxc4 Da2 15.Ca5 Da1 16.Cxb3#. El motivo de perder un tiempo con 2.h3! es conseguir que la dama mueva a a1 cada vez que el caballo esté en una casilla negra, de modo que cuando aterrice en a5 para atacar la torre esta esté desprotegida. La captura de c4 es obligatoria porque si no la torre quedaría defendida por el peón, pero antes hay que comerse el peón de c5 ya que de otro modo las negras jugarían …c5-c4 y devolverían al blanco el tiempo cedido en la jugada 2.


Ottó Titusz Bláthy (1860-1939) fue un afamado ingeniero eléctrico húngaro, co-inventor de artefactos tan relevantes como el transformador eléctrico y el motor eléctrico de corriente alterna, entre otros muchos. En sus ratos libres se dedicó a componer problemas y estudios que parecen inspirados por la circense proclama del “más difícil todavía”. Algunos de sus trabajos son tan desmesurados que nadie ha intentado después ni aproximarse: un mate en 292, por ejemplo, o un estudio de 33 jugadas con las dieciséis piezas pero ni un solo peón. (A lo mejor nadie se ha atrevido a aproximarse porque es imposible; las dos composiciones mencionadas son incorrectas, sin ir más lejos.) Sus obras se parecen a los cachivaches que inventaba: no precisamente hermosas, pero sí sutiles, repletas de complejos engranajes y capaces de generar los más sorprendentes efectos.

Por alguna razón que desconozco el estudio que os mostraré se publicó bastantes años después de su muerte. Me interesa especialmente porque aunque no puede disimular su retorcido sello Bláthy es bastante más elegante y pícaro de lo habitual en este autor. Cabe detectar incluso ciertas similitudes con una filigrana de al-Suli que examinamos en la prehistoria del blog, aunque con matices: en la composición del árabe los dos reyes luchan como hombres, cara a cara, frente a frente; el de hoy es un duelo de alcoba en toda regla. ¿Hace falta que diga a quien terminan abriéndole la cabeza con el rodillo de amasar?

Estudio de O. Bláthy, Deutsche Schachzeitung 1962

Más estudios memorables de Ottó Bláthy:

Vielzügige Schachaufgaben 1890 (ganan blancas, 1.Dc1), Wiener Schachzeitung 1904 (ganan blancas en 45 movimientos) y Deutsche Schachzeitung 1908 (ganan blancas).