(1994: una odisea checa, capítulo 2)

Pero lo peor, con diferencia, de la REPÚBLICA CHECA, es su comida. Es monótona y desvaída, en blanco y negro como sus tardes invernales. Para ser más exactos, en blanco y sepia, porque casi todo es marrón, tierra y ocre en esos platos. Bueno, tal vez las verduras no, pero desde luego verdes tampoco: más bien amoratadas, como cadáveres que hubieran desenterrado congelados de entre la escarcha. Tenía vales para el comedor universitario, pero aguanté justo tres días. Era un local tétrico, donde la gente almorzaba en un silencio sepulcral, y viendo lo que había en sus bandejas se entendía la falta de entusiasmo. El menú del día se anunciaba en una pizarra, pero el problema era que, quizá por piedad con los comensales, el rancho se mantenía oculto tras unas mamparas. Tenías dos o tres opciones, pero como todo estaba escrito en checo y no había nadie que te tradujera ¿con qué te arriesgabas menos, con el “maso s brambory a omáčkou” o la “hake s hráškem”? El resultado de aquella ruleta rusa culinaria era que regresabas al trabajo con apenas dos chuscos de pan y una manzana ácida en el estómago.


Dadas las circunstancias, no tenía más remedio que surtirme en un hipermercado que me pillaba de camino hacia la facultad. Lo más correcto sería decir “hipomercado”, ya que oferta era harto limitada: recuerdo, por ejemplo, que no habría más de tres o cuatro cartones de leche a la venta, aunque supongo que influiría que esta gente suele desayunar un indescriptible té aguado sin más virtud reseñable que su poder laxante. Pero ¡oh milagro!, tenían anchoas en conserva, y unos tomatillos que al menos eran rojos aunque no supieran a nada, y gracias a las unas y los otros me las arreglé para sobrevivir esas semanas. Chicas, que no os aturdan con dietas Dunkan, de la alcachofa y otros timos: el régimen del bocata de tomate y anchoas garantiza una pérdida de siete kilos en un solo mes. Verificado.

Tiendas desabastecidas: uno de los estragos, no precisamente menores, de medio siglo de socialismo real. Qué diferencia con la ejemplar Checoslovaquia de los años treinta, que bajo la tutela del carismático Tomáš Masaryk presumía de ser la democracia más consolidada de Europa Central. Como sería aquella improbable Sangri-La que en ciertos comercios selectos se podían comprar cigarrillos, pantuflas, agua de colonia y hasta cuellos de camisa de la marca Salo Flohr. ¿Algo así como “Carácter y distinción” en esa lengua indescifrable? Qué va. Simplemente, el nombre del mejor ajedrecista del país.


Salomon Flohr (1908-1983) nació en la pequeña localidad de Horodenka, hoy en Ucrania, entonces en el Imperio austrohúngaro. Durante la Primera Guerra Mundial Salo y su hermano mayor, de ascendencia judía, sobrevivieron de pura suerte a un pogromo (instigado por el ejército ruso) que aniquiló al resto de su familia y consiguieron llegar a Bohemia, nacionalizándose checos. Al joven Salo se le debió dar bien el juego desde el principio, porque enseguida lo localizamos en los cafés de Praga echando partidas rápidas y saliendo adelante con las apuestas que ganaba. A nivel internacional empezó a conocérsele en 1928, cuando un periodista se lo llevó de asistente a un torneo en Berlín, donde pasaba las madrugadas desplumando a todo el que se le sentaba enfrente, incluidos algunos de los maestros que participaban en el certamen. En solo un año alcanzó el nivel suficiente para quedar segundo en el torneo de Rogaska Slatina, por detrás de Rubinstein pero precediendo a Maróczy, Pirc, Sämisch y Grünfeld, entre otros. Los éxitos de envergadura no tardaron en llegar, y de qué manera. Entre otros: cuatro triunfos consecutivos en Hastings (imponiéndose a Euwe y Alekhine) entre 1931 y 1935, victoria en Moscú 1935 por delante de Capablanca y Lasker, matches igualados con Euwe y Botvinnik, y descomunales desempeños en las cinco olimpiadas disputadas entre 1930 y 1937, donde no faltó ni en una ocasión a su cita con las medallas, bien individuales (dos oros, una plata y un bronce) o colectivas (otro bronce). En 1937 la FIDE lo nominó oficialmente candidato al título de Alekhine.

Pero algo no marchaba bien; su juego parecía estar cambiando, y no precisamente a mejor. Ya no era tan creativo como antes y se había vuelto más cauto, evitando las complicaciones y procurando hacer valer en los finales su mejor arma de siempre, la pericia técnica. Daba la impresión de contentarse con empatar ante sus iguales y batir a los rivales menores. En Semmering/Baden solo pudo ser quinto, superado por Keres, Fine, Reshevsky y Capablanca, pasó por Hastings sin pena ni gloria y por fin, en el legendario torneo AVRO de 1938, la debacle total: último sin ganar una sola partida y adiós a cualquier plan mínimamente verosímil de luchar por la corona.

Pero ¡oh milagro!, tenían anchoas en conserva, y unos tomatillos que al menos eran rojos aunque no supieran a nada

Pues sí, las cosas marchaban rematadamente mal: el Sangri-La checoslovaco, tan frágil como su célebre cristalería, estaba a punto de estallar hecho añicos bajo el puño nazi, y bastante tenía el pobre Salo, de nuevo en el punto de mira por su sangre judía, con buscar refugio. Lo encontró, paradojas del destino y gracias a los buenos oficios de su amigo Botvinnik, en la tierra de los mismos que habían masacrado a su familia veinte años atrás. La ciudadanía soviética le ayudó a recuperar parte del crédito perdido, pero la técnica por si sola no bastaba para hacer frente a los pujantes poderes de los Smyslov, Bronstein y compañía. Con todo, mantuvo su presencia en la zona noble del ranking hasta principios de los cincuenta, que marcan su definitivo declive.

El mencionado match de 1933 entre Flohr y Botvinnik, auspiciado por el todopoderoso Nikolai Krylenko para comprobar si el reciente campeón soviético estaba en condiciones de enfrentarse a la élite mundial, concitó una expectación notable, e incluso poetas como Alexander Rojovich y Semion Kirsanov le dedicaron unos versos. La sexta partida tiene bastante miga, porque el soberano castigo que encajó la gran esperanza rusa generó consecuencias del más largo alcance. Ya se han comentado aquí las dramáticas circunstancias que rodearon la penúltima partida del duelo Botvinnik-Bronstein de 1951. Ahora es el momento de añadir que el campeón disponía de dos alfiles por el par de caballos de Bronstein, justo el mismo inusual reparto de fuerzas, solo que al revés, que en la partida de hoy. Salo Flohr, a la sazón segundo de Botvinnik, analizó la posición aplazada con su proverbial clarividencia y al día siguiente le comunicó alegremente que la partida estaba ganada. La respuesta del campeón lo dejó petrificado: “Pero es que, Salomonchik, sellé un movimiento distinto”. El pobre Flohr rompió a llorar como una Magdalena, abrumado por la cruel desconfianza de su viejo camarada, pero el estalinismo retorcía la mente de la gente hasta esos extremos: ni los amigos más fieles estaban del todo libres de sospecha.

De modo que Botvinnik mintió a Flohr sobre la jugada secreta y lo dejó hacer, mientras él pasaba en vela la noche más crucial de su carrera estudiando la posición real sin ninguna ayuda. Pero, claro está, no la necesitaba: en aquella dolorosa pero instructiva derrota de 1933 todos los secretos del final de alfiles contra caballos le habían sido revelados.

Flohr-Botvinnik, match (partida 6), Moscú 1933

Más partidas memorables de Salo Flohr:

Flohr-Yates (Olimpiada de Hamburgo 1930), Domenech-Flohr (Rosas 1935) y Flohr-Vidmar (Nottingham 1936).