La indignación es una de las pulsiones más amorfas e improductivas de la psique humana. Te mientan a tu madre, técnicamente no más que unas leves y pasajeras alteraciones ondulatorias en el aire, de nulo efecto sobre la salud física y mental de la aludida, y hala, te pones como un cabestro; y si tienes la misma destreza en el cuerpo a cuerpo que un servidor, el provocador podría dejarte con un par de dientes menos, lo que sin duda menoscabaría tu salud física y puede que la mental. Pero no se puede evitar, porque es como cuando te abrasa el picor y no tienes otra que rascarte.

Meditaba sobre el particular según tronaban los tambores de Semana Santa, acordándome de una de las cosas que más me escandalizaban de niño: las procesiones de mi pueblo. Hablamos de esa edad de los doce o trece años, cuando un hombre entiende al fin que su honra no se vende por un plato de lentejas o, en este caso, por una bolsa de caramelos rancios y semiderretidos que ni siquiera me comía. En serio, las procesiones aquellas eran para indignarse. Lo primero y principal, porque todas pasaban por la puerta de mi casa, y no hay lugar en el mundo donde los nazarenos le peguen al bombo con la misma saña asesina ni soplen la trompeta con tantos pulmones y tan escasa afinación. Pero es que, además, los desfiles se eternizaban, porque era costumbre que sobre la marcha los costaleros hicieran una paradita, para refrescarse, en una pintoresca y céntrica taberna de la localidad. Yo me vengaba a mi manera, revirtiendo el flujo natural de las golosinas disparando desde mi balcón las que guardaba de otros años. Mis víctimas predilectas eran los armaos, unos tipos disfrazados de romanos y tocados con unos floridos cascos semejantes a mochos de escoba del revés, pero con claveles en vez de púas. Pueril, lo admito. Pero es que los críos hacen cosas pueriles, por definición.


Bastante menos disculpa, porque eran ya talluditos, tenían los que más o menos por esas fechas se embarcaron en la bizantina polémica de si Jesus Christ Superstar era o no una obra blasfema. Cuando el disco apareció en 1970 los jefes de la BBC debieron pensar que sí, pues prohibieron su emisión. Desde Adán y Eva ya se sabe que para aumentar el morbo de algo nada como prohibirlo: el álbum se vendió inmensamente, sobre todo en Estados Unidos, y sus autores, dos pipiolos británicos llamados Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, consiguieron lo que hasta entonces había sido imposible, llevar el musical a los escenarios, primero en Broadway y luego en Londres. Cuando en 1973 se estrenó la película la controversia arreció. Los ultraortodoxos se postraban de hinojos en las puertas de los cines, suplicando a la gente que no entrara; en Italia, el día de la première y con la esposa del presidente de la República presente, hubo energúmenos que soltaron ratones por el patio de butacas (no pesco el simbolismo, mejor gatos negros, ¿no?; o mejor todavía, rebaños de machos cabríos, con eso no hay confusión posible). Por protestar, hasta los judíos protestaron, quejándose de que se les presentaba de manera siniestra y se les cargaba con el muerto (a lo mejor fueron los watusi, ¿no te fastidia?). Los jerarcas del Vaticano, curiosamente, fueron de los pocos que se mantuvieron en sus cabales; L’Observatore Romano publicó una elogiosísima crítica del filme, y el habitualmente sosainas Pablo VI dio su bendición al director Norman Jewison en una audiencia privada, comentándole que la música le parecía tan espiritual y atractiva que sin duda ayudaría a extender la esencia de Cristo por todo el mundo.


En España la censura dio toda la lata que pudo y hasta principios de 1975 la película no visitó nuestras pantallas, “para mayores de dieciocho años y de catorce acompañados”, sin más incidentes que lamentar que unas cuantas salidas de tono de los Guerrilleros de Cristo Rey. A mi pueblo aún tardaría más en llegar, así que tuve la oportunidad de verla (con mis padres, conforme a la norma), con la secreta esperanza de contemplar el tan rumoreado encamamiento de Jesús con la Magdalena. Como ya supondréis, ni encamamiento ni nada remotamente parecido; sencillamente se narraba, desde el prisma de un Judas Iscariote sin cuernos ni rabos y con una estética hippie, deliberadamente anacrónica (los ángeles son cazas a reacción, los soldados llevan metralleta, hay actores de todas las razas y colores) y en realidad bastante naíf y respetuosa, la última semana de la vida de Cristo. Luego Lloyd Weber y Rice confirmarían su jerarquía en el musical moderno, tanto juntos (Evita) como por separado (Cats, Chess), pero este fue el momento más inspirado de su carrera, con canciones tan hermosas como “I don’t know how to love him” o “Gethsemane (I only want to say)”. Sin embargo mi corte favorito es “King Herod’s song”, una hilarante astracanada protagonizada por un Herodes adiposo y amanerado con muchas más ansias de superestrella que el propio Jesús. Me quedo de todas todas con la versión de la película, interpretada con genuina vis cómica por Joshua Mostel e infinitamente más sabrosa que la del álbum de 1970; solo por apedrear con bollitos de leche al hierático Mesías ya tendrían que haberle dado un Oscar. “King Herod’s song” es el ejemplo más obvio, pero casi todo Jesus Christ Superstar luce un barniz de descaro y frescura que en su día fue su rasgo más saludable y todavía sigue vigente. Demasiado abrumados estamos por las atrocidades que el fanatismo perpetra casi a diario en nombre del Islam para no entenderlo: las sociedades que se toman a sí mismas demasiado en serio están condenadas a la paranoia.

King Herod’s song (versión de la banda sonora):
King Herod’s song / Andrew Lloyd Webber y Tim Rice  letra y traducción

 

 

Hace veintitantos años que me fui del pueblo, pero por una de esas coincidencias extrañas de la vida uno de los mejores amigos de mi hijo vive allí. Pues bien, resulta que el compinche le prestó una túnica y allá que se ha ido estas fiestas, no a desfilar, sino a participar en un botellón con el que, al parecer, los jóvenes nazarenos han reemplazado el clásico refrigerio en la taberna. ¿Indignado, yo? Qué va, eso es amorfo e improductivo. ¿Secretamente contento de que, sin más abrigo que la telilla de la túnica, acabará más helado que el trasero de un pingüino? Tal vez. Un poco solo, si acaso.

P.S. La versión en castellano del musical, adaptada a nuestro idioma con gran pericia por Nacho Artime y Jaime Azpilicueta, se estrenó en noviembre de 1975. Se había especulado con que Raphael se haría cargo del papel estelar —¡eso si que hubiera sido un es-can-daa-looo!— pero fue finalmente Camilo Sesto el que tiró del carro, poniendo de su bolsillo doce millones de las antiguas pesetas, que era una pasta para la época. El espectáculo tuvo un éxito rotundo de crítica y público y la grabación quedó bastante pulcra, con unas interpretaciones que no desmerecen en absoluto a las de los cantantes anglosajones. Dick Zappala, posteriormente vocalista de Azahar, dio la talla como un campeón, con un Herodes más loquísimo si cabe —definitivo ese “¡Yo soy la única superstar!” de despedida— que el del propio Mostel.

Canción de Herodes (versión en español):
Canción de Herodes / Andrew Lloyd Webber y Tim Rice  letra de la canción