Llevo mordiéndome la lengua desde hace más de tres años, es decir, desde que empecé a escribir este blog, pero de esta no pasa. Hoy pienso hablar de política, a saco, sin paliativos ni medias tintas, incluso con nombres y apellidos.

Aunque endulzándolo un poco con música, con vuestro permiso, porque esto es como que a uno le extraigan a la vez las cuatro muelas del juicio. Empezando con el Presidente Rajoy, tan intolerable, hueco, plúmbeo e indigesto como las aberraciones dodecafónicas de Schönberg o Bartók. Con el guaperas Sánchez no hace falta cebarse mucho, que ya están los caníbales de su partido calentando la olla donde van a cocinarlo; apuesto a que por la noche se despierta con sudores fríos y la banda sonora de Titanic resonándole en el cráneo. Al parecer Izquierda Hundida (uy, perdón, quise decir “Unida”) tiene también su número uno, aunque de tan insustancial podría lo mismo valerles el Hombre Invisible de H.G. Wells. Estos ya eran rancios cuando se inventó el triciclo, qué mejor que el “Casatschok” de Georgie Dann para ponerles sintonía. Hay algo mefistofélico, satánico incluso, en el siniestro Pablo Iglesias, pero no en el sentido gamberro y chic del “Sympathy for the devil” de los Rolling, sino en el rabiosamente sulfúrico de Marilyn Manson y su “Antichrist Superstar”. Hace su entrada la reseca y lúgubre Rosa Díez, con ese tufillo a hojas mustias que no puede más que evocar la decadente “A rose for Emily” de los Zombies. Sin olvidar la vacuidad buenista y ajijí de Rivera y sus Ciudadanos, de momento muy en plan “Don’t worry, be happy” y engordando como pollos hormonados; pero cuidado, que cuando el viento sopla de popa las ratas son las primeras en subirse al barco de lo público.

¡Ah! Que no se me pase darle al menos un repasillo a los barones y baronas regionales. Centrándome en lo obvio, que me eternizo: yo pensaba que los récords de desahogo de Pepe Bono difícilmente podrían batirse, pero ahí están, para desmentirlo, las lideresas Aguirre y Díaz. A la primera no le ha faltado más que levantar la patita al estilo perruno para marcar territorio, la segunda ha de estar ciega como un topo para ignorar los tejemanejes de sus antecesores en la silla; reconocedme que himnos de la movida madrileña y el agropop tan edificantes como “Mi agüita amarilla”, de Los Toreros Muertos, y “No veo na”, de No me Pises que Llevo Chanclas, les hacen respectiva justicia. And last, but not least, el delfín de Corleone Pujol. Estrictamente hablando, los delirios secesionistas de Artur Mas quedarían bien retratados por monumentos como “The fool on the hill” de los Beatles, “Man on the moon” de R.E.M. o “Brain damage” de Pink Floyd, pero ni lo sueñes, Arturito: con un par de polcas (o lo que demonios se baile en las bodas por esos lares) albano-kosovares vas que te matas.

Uaaahhh. Qué a gusto me he quedado.



Comparada con este légamo de celofán amarillento, la obra de Elliott Smith deslumbra con una claridad cegadora. Sus conexiones programáticas con Nick Drake se han enfatizado con avidez, sobre todo a raíz de su escabroso suicidio: tras una discusión con su novia, garabateó una nota de disculpa y se asestó dos puñaladas en el corazón. Pero se trata de un caso patético y complejo, donde destacan titulares como un hogar infestado de fanatismo religioso, abusos infantiles, depresión recurrente y el uso y abuso de variados venenos químicos. La diferencia más obvia con Drake es que Elliott Smith tuvo cierto éxito, al menos en la medida en que propuestas tan nucleares pueden sostenerse en la presente música popular. Cuando su tema “Miss Misery”, que se escucha (sin venir mucho a cuento) en el cierre de El indomable Will Hunting, fue nominado a los Oscar de 1998 como mejor canción original, las aguas del Mar Rojo se abrieron y consiguió un contrato con DreamWorks Records, la discográfica de Steven Spielberg; y sin embargo, el modo en que procesó todo el episodio revela más del personaje que cien páginas de psicoanálisis. Fue a la ceremonia presionado por sus allegados y tras ser informado por los organizadores de que si no cantaba lo harían otros por él. En los camerinos, la favoritísima Celine Dion, que defendía el tema de amor de Titanic (notad con qué finura se entretejen los hilos en este blog), le preguntó si estaba nervioso. Elliott le mintió y asintió, sin más motivo que incitar a la diva a darle algún sabio consejo y así hacerla feliz. Salió al escenario con un impoluto traje blanco que contrastaba acusadamente (para decirlo con ternura) con sus greñas aceitosas. Pasó los pocos minutos de la actuación con la vista extraviada en el anfiteatro para evitar que su mirada se cruzase con la de Jack Nicholson, sentado en las primeras filas. Tras la experiencia, que el propio cantante reconoció como surrealista, no volvió a interpretar “Miss Misery” en un concierto.

Yo pensaba que los récords de desahogo de Pepe Bono difícilmente podrían batirse, pero ahí están, para desmentirlo, las lideresas Aguirre y Díaz

Elliott Smith afirmó en una ocasión: “‘Depresiva’ no es la palabra que yo usaría para describir mi música, pero hay algo de tristeza en ella. Tiene que haber, para que la felicidad en esta realmente importe”. Desdicha hay de sobra en la canción, ya que “Miss Misery” no es otra que esa depresión de cuyo abrazo solo supo librarse a cuchilladas; pero también felicidad de la que importa, pues el arte de ley, y el de Elliott era de esa clase, tiene el potencial, si no de mitigar nuestras aflicciones, sí al menos de ayudarnos a reconciliarnos con ellas.

Vivimos tiempos interesantes donde, para variar, depositar un sobre en una urna puede desencadenar efectos de alcance inesperado. Por desgracia, eso de que “los votantes son sabios y no yerran nunca” es la clásica mamarrachada políticamente correcta que no se sostiene, porque la historia alberga contraejemplos a mansalva, y para comprobarlo no hay que irse muy lejos en el tiempo ni en el espacio. Yo a unos votantes que se refocilan con Cincuenta sombras de Grey, jalean a Melendi y han aupado a Paquirrín a la cúspide de la pirámide mediática, les veo casi tanto peligro como a Eduardo Manostijeras poniéndose las lentillas, pero puedo equivocarme. En fin; con que no hagamos como el pobre Elliott Smith y nos hinquemos los sobres en el pecho, ya me doy por satisfecho.

Miss Misery / Elliott Smith  letra y traducción

Más canciones redondas de Elliott Smith:

“No name #3″ (Roman candle, 1994), “Between the bars” (Either/Or, 1997) e “Independence Day” (XO, 1998).