La RAE hace una labor encomiable, “limpia, fija y da esplendor” y todo eso, pero a veces roza lo risible de puro quijotesca, como con esa manía que tiene de españolizar la grafía de los extranjerismos. Lo de “güisqui” ha pasado con justicia a la historia del esperpento, pero ahí sigue en el diccionario para mofa y befa de las futuras generaciones, junto con hallazgos más recientes como los castizos “zum” u “oenegé”. Y cuidado porque “sófguar” y “járguar” están sobre el tapete. ¿Qué será lo siguiente? ¿El sillón M máyuscula para Chiquito de la Calzada?



En general, que una palabra nueva traspase los umbrales de la Academia es más difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos, y no me refiero a yokonear. El asunto de la adjetivación de los verbos me resulta particularmente irritante. Es aquello de añadir el sufijo -able (o -ible para la segunda o tercera conjugación) a la raíz del verbo para indicar que la acción descrita por este se puede llevar (o merece ser llevada) a cabo: así podemos hablar de tonadilleras imputables, fiscales temibles o incluso de sentencias infumables. ¿Cuál es el problema? Que a veces se pueden construir y a veces no, según dictaminen los caprichosos y santos reales de los señores académicos. Y que no mareen con que es el uso el que consagra lo que se admite o rechaza, porque me juego la jubilación a que el futuro imperfecto de subjuntivo de, yo que sé, “alicatar”, no se ha empleado en España desde el Siglo de Oro; y al que no sepa conjugarlo, como bien sabe todo crío de sexto de primaria, viene el ministro Wert y le muerde en la yugular.

Reconozco que “podible” o “morible” sonarían un tanto extraños, pero con los verbos transitivos no tendría por qué haber problemas. Los hay: por alguna misteriosa razón una hipótesis puede ser descartable pero no indescartable; parece que todos los maratonianos nacen incansables, dado que la RAE no los concibe cansables; y absolutamente nadie, ni aunque sea un querubín rechoncho, mofletudo y sonrosado, entra en la categoría de besuqueable, pellizcable o achuchable. Y lo más deprimente de todo, ni siquiera es abrazable; ni que tuvieramos el ébola, Virgen santa.


En esto los anglosajones son sacan una ventaja sideral. Allí no solo es posible decir “abrazable” sin parecer un cenutrio sino hasta cantarlo, pues ese es el título, y casi el tema, de una canción de los hermanos Gershwin que se cuenta entre las mejores de su repertorio. Al micrófono la divina Sarah Vaughan, que tal vez no disfrutara de la arrolladora popularidad de Ella Fitzgerald o haya sido tan fanáticamente reverenciada como Billie Holiday, pero sin la cual no es posible cuadrar el podio de las grandes damas del jazz. Bendecida con una voz de contralto digna de una diva de la ópera, un rango inhumano, una entonación sin tacha, y el don para el matiz y la gracia en la expresión de una actriz dramática, no faltan voces autorizadas que la ubican en lo más alto del cajón: la misma Ella Fitzgerald la proclamó la cantante más talentosa del mundo, y Frank Sinatra reconoció que cuando la escuchaba le daban ganas de cortarse las venas. No necesitó más que una toma para grabar “Embraceable you”, y para resumir el resultado también basta un adjetivo que, esta vez sí, la fastidiosa RAE nos da permiso a usar: increíble.


A caballo entre semanas de despedidas amargas, para Poli y Alfonso, dos de mis amigos más abrazables.

 

Embraceable you / Sarah Vaughan  letra y traducción

Más canciones redondas de Sarah Vaughan:

“Misty” (Vaughan and violins, 1959), “Guess I’ll hang my tears out to dry” (Sarah sings soulfully, 1963) y “Black coffee” (Sassy swings The Tivoli, 1963).