La gastroenteritis y la práctica del sexo no se consideran allí, por lo visto, procesos orgánicos incompatibles

¿Habéis subido a un taxi en Ciudad de México? Yo sí. No es lo que se dice una experiencia placentera, aunque sí de lo más instructiva. Las guías de viajes recomiendan insistentemente limitarse a los seguros, llamados “de sitio” porque se ubican en ciertos puntos precisos de la ciudad. El consejo es tan prudente como inútil, porque aunque esos sitios existen, encontrar allí un taxi de los “oficiales” es tan improbable como tropezarte una licorería en Teherán. Piratas, eso sí, todos los que queráis, acechando como pirañas a la espera del primer turista despistado que asome. En realidad no tiene por qué pasarte nada serio e incluso puedes ahorrarte un buen puñado de pesos, siempre que fijes el precio antes de salir, porque como te coloquen el taxímetro, habida cuenta del infierno circulatorio que es aquello, igual tienes que empeñar hasta los calzoncillos. Pero tampoco los crucifiquemos, porque Ciudad de México es una jungla donde los remilgados son pasto de las fieras en un santiamén; de hecho, las estadísticas aseguran que es mucho más probable que sea el viajero quien los asalte a ellos, y no a la inversa.

Si todo va bien el paseo, como os decía, es instructivo a más no poder. Por ejemplo, descubres que el rojo y el verde en los semáforos vienen a significar más o menos lo mismo, y que el tránsito juicioso por las direcciones prohibidas no es punible, incluso ante los morros de la Autoridad (¿In?)competente. Si, cosa más que posible, has sucumbido a la maldición de Moctezuma y necesitas de urgencia un antidiarreico, saben recomendarte una farmacia donde casi de regalo te llevas con la compra una caja de preservativos (la gastroenteritis y la práctica del sexo no se consideran allí, por lo visto, procesos orgánicos incompatibles). Y si te has levantado aventurero podrían acercarte al mercado negro de Tepico, donde encuentras cualquier cuchería electrónica último modelo a un tercio de su precio normal, aunque quedas advertido: con tu pinta de palomo, es casi seguro que te la reciclen a punta de navaja antes de salir del barrio.


Se me ocurre que Carlos Santana, con su innegociable sombrero, su medallón de la virgen de Guadalupe (de la que es furibundo devoto), y ese aire simpaticote de quien se ventila impertérrito cuantos tequilas le pongan en una barra, podría valernos de perfecto taxista por esta cacofónica megalópolis en que se ha convertido la música popular. El mundo se enteró de la existencia de Santana y su revolucionario rock latino en el inolvidable Woodstock ’69, donde subió al escenario tan ciego de mescalina que le prometió a Dios no volver a consumir si le ayudaba a salir con bien del trance. (Mucho más tarde le preguntarían en una entrevista: “¿Y cumplió?” “Yo no”, respondió.) Desde entonces ha transitado por rincones muy variopintos, de los fatigosos coqueteos con el jazz fusion y el avant garde de Caravanserai (1972) e Illuminations (1974) a su exitosísimo viraje a la comercialidad más descarada con Supernatural (1999), donde me temo que se ha instalado para quedarse. Su estratosférico don para la guitarra es digno de mejores causas que cobijar a pelmazos como Jennifer Lopez, Eros Ramazzotti o Shakira, pero tampoco lo crucifiquemos. El rock es una jungla donde los remilgados son pasto de las fieras en un santiamén.

Flor d’luna / Santana 

Más canciones redondas de Santana:

“Samba pa ti” (Abraxas, 1970), “Aqua marine” (Marathon, 1979) y “Blues for Salvador” (Blues for Salvador, 1987).