Tres antihéroes para nuestra historia de hoy. Todos negros, como es natural.


Billy Strayhorn, el compositor. Este, además, era enclenque (nació con raquitismo) y homosexual. Huyendo de las palizas de un padre borracho, pasó largas temporadas de su infancia con su abuela materna, y fue a base de tocar himnos en su piano como se le despertó el gusanillo de la música. Duke Ellington le fichó en 1938 tras escucharle interpretar algunas de sus composiciones. Era apenas un veinteañero, pero enseguida se convirtió en su mano derecha, o más bien, como Ellington diría más tarde, “su mano derecha, su mano izquierda, los ojos en su cogote y hasta las ondas cerebrales en su cabeza”. Le encandilaba lo cosmopolita, el glamour de la alta sociedad, vivió incluso en París una temporada; huía sin embargo de los focos, y acabó alcoholizado. El cáncer se lo llevó con 51 años.

Johnny Hartman, el cantante. Con semejante voz, masculina pero gentil, su meticuloso fraseo y su imponente timbre, tendría que haber sido tan famoso como Bing Crosby o Frank Sinatra. Si hubiera tenido el color de piel adecuado, claro. Por desgracia, los promotores nunca tuvieron interés en apoyarle; su look se juzgaba más inteligente y refinado de lo conveniente. Por lo demás, Hartman era un tipo a la antigua usanza, que no se plegaba a modas y se preciaba en ser fiel a las melodías originales, dejando que fueran las letras la que guiasen su interpretación. Murió a los 60 años, víctima, como Billy Strayhorn, de un cáncer de pulmón; solo los verdaderos aficionados al jazz le lloraron.


John Coltrane, el instrumentista. El supremo icono del jazz moderno; discutido en vida y reverenciado después; unos pocos solos de Giant steps (1960) hicieron evolucionar más el género que la carrera entera de la mayoría de sus coetáneos. Heroinómano reformado devenido en místico; su temprano fallecimiento, a los 40 años de edad (siempre el maldito cáncer), terminó de cimentar el mito. La Iglesia Ortodoxa Africana lo proclamó santo en 1982.

Strayhorn empezó a trabajar en la música y la letra de “Lush life” con apenas dieciséis años. No me preguntéis cómo puede un adolescente ser capaz de urdir una melodía tan sofisticada; y el texto, que inexplicablemente anticipa mucho de lo que estaba por ocurrirle, también es de bandera, desde el equívoco “gay” del primer verso al juego de palabras final (“lush” puede traducirse como “opulento” pero también como “bebedor”). Fue, con mucha diferencia, su obra más personal, casi una broma privada, y hasta muchísimo tiempo después no permitió que se estrenara en público. No es una pieza al alcance de cualquiera; el mismo Sinatra, tras varios intentos fallidos, renunció a grabarla. Coltrane debió obsesionarse mucho con ella, pues no contento con la enorme versión de su disco homónimo de 1958, la revisitó, si cabe con mayor fortuna, cinco años después. Escocido por las diatribas que habían recibido sus últimos trabajos (el crítico John Tynan llegó a describir su música como “anti-jazz”), había adoptado temporalmente un perfil más accesible, y consintió, por primera y última vez en su carrera, en grabar con un cantante; el elegido fue Johnny Hartman. A priori era como mezclar agua y aceite, pero había demasiada calidad en la sala de máquinas para que aquello se echara a perder: los años han consagrado John Coltrane & Johnny Hartman, y en especial su interpretación de “Lush life”, como clásicos absolutos del jazz vocal.

Un soñador, un purista y un transgresor. Tres prodigios. Ni una palabra más.

Versión vocal:
Lush life / John Coltrane y Johnny Hartman  letra y traducción
Versión instrumental:
Lush life / John Coltrane 

Más canciones redondas de John Coltrane y Johnny Hartman:

“Naima” (Giant steps, 1960), “My favorite things” (My favorite things, 1961) y “My one and only love” (John Coltrane & Johnny Hartman, 1963).