La música: “Brandenburgische Konzert Nr. 5 – Allegro” de Johann Sebastian Bach


Bienvenidos, una semana más, a música y ajedrez de diez. Aunque permitidme que me las dé, al menos hoy, de música y ajedrez de cien, porque cien justas son las entradas que hasta la fecha han aparecido en el blog.

Ha llevado su trabajillo, la verdad, en cierto modo como el que da subir una montaña. Al principio la ruta es fácil, hay provisiones de sobra en la mochila y las fuerzas están intactas. Luego la cuesta se empina, el terreno es menos conocido y previsible, y el oxígeno comienza a escasear. Pero he sido previsor, y a sabiendas de que a estas alturas el aire andaría ya bastante enrarecido, me he guardado una bombona para disfrutar a lo grande del momento cumbre; una bombona cuyo nombre, cómo no, es Johann Sebastian Bach.

No sé si lo sabíais, pero “Bach”, en alemán, se traduce como “arroyo”. Muy corta se queda la palabra a la vista de su caudalosa producción; Johann Sebastian Amazonas hubiera sido lo suyo. Pero incluso en tan nutrida hoja de servicios, los seis Conciertos de Brandenburgo, por envergadura e inspiración, exigen un capítulo aparte.


Las circunstancias de su composición son un tanto misteriosas. Cuando los escribió (o al menos los terminó, porque parece que los embriones de algunos de ellos son bastante anteriores) estaba al servicio del príncipe Leopoldo de Anhalt-Cöthen. En Cöthen había una norma que exigía pedir permiso al príncipe para componer obras a otros mecenas, pero el músico se la saltó olímpicamente en marzo de 1721 enviando los conciertos al margrave (el equivalente alemán a un marqués) Christian Ludwig de Brandenburgo. Se ve que Bach era propenso a ignorar las reglas, porque con su anterior patrón, el duque Wilhelm Ernst, tuvo una trifulca que le costó cuatro semanas de cárcel. Había, en su descargo, un buen motivo, porque el príncipe acababa de casarse y a la flamante esposa la música le importaba un higo. Vamos, que Johann Sebastian se veía en la cola del paro y había que ir empezando a echar el currículum por ahí. La carta de presentación con la que acompañó los conciertos no tiene desperdicio, por mucho que en el Barroco se celebrase el verbo untuoso y rococó. Respirad hondo:

Mi Señor,

Hace dos años tuve la buena fortuna de tocar ante Vuestra Alteza Real por Vuestra Orden y percibí en ese momento que Vuestra Alteza demostraba cierto placer ante el pequeño talento musical que el cielo me ha concedido. Cuando me despedí, Vuestra Alteza Real me hizo el gran honor de pedirme que le enviara algunas piezas de mi propia composición; por lo tanto, y de acuerdo con el gracioso pedido de Vuestra Alteza, me he tomado la libertad de cumplir con mi humilde deber ante Vuestra Alteza Real con estos conciertos, que he orquestado para varios instrumentos.

Además, Señor, ruego con toda humildad que Vuestra Alteza Real siga teniendo la bondad de tenerme en su beneplácito y que sepa que no hay nada más caro en mi corazón que el poder servirle en ocasiones más dignas de Vuestra Alteza y de su servicio. Con todo fervor, Señor, quedo a los pies de Vuestra Alteza Real como su más humilde y obediente servidor,

Johann Sebastian Bach

El margrave ni se dignó contestar, y eso que era un ávido coleccionista de partituras. Durante los trece años siguientes el manuscrito no hizo otra cosa que coger polvo en la biblioteca del noble y, a su muerte, se tasó a cuatro céntimos la pieza cuando el legado se repartió entre sus cinco herederos. Y agradezcamos a un tal Siegfried Wilhelm Dehn que lo desenterrara de los archivos de Brandenburgo en 1849, porque de no ser por él quizás estuviéramos hablando hoy de otra cosa. Es difícil de creer, siendo Bach quien es, y siendo los conciertos como son, pero la fama tiene esos caprichos; sus contemporáneos le consideraban un buen profesor de contrapunto y un excelente intérprete pero poco más; hasta de rancio, fijaos, se le tachaba.

Pamplinas. Poco moho, como vais a comprobar, esconde el apabullante allegro del quinto concierto de Brandenburgo, entre otras muchas razones porque los 64 compases en los que clavicembalista, solo ante el peligro, se quema las falanges a la velocidad del sonido, anticipan en un siglo las fulgurantes performances de Chopin, Liszt y demás demonios del piano romántico. Tal vez escribiendo cartas pareciera un moñas, pero rellenando pentagramas Johann Sebastian Bach fue un dios. ¿Oxígeno, decía yo al principio? Quia. Hidrógeno, más bien. Pero no el del H2O de los arroyos; el de la Bomba.

(N.B. Clavicémbalo: George Malcolm; violín: Henryk Szeryng; flauta: Jean-Pierre Rampal; orquesta: Academy of St.Martin-in-the-Fields; director: Neville Marriner.)

Brandenburgische Konzert Nr. 5 – Allegro / Johann Sebastian Bach

Más música redonda de Johann Sebastian Bach:

Los compositores clásicos tienden a aturdirme cuando le suben el ritmo al metrónomo, pero el Bach flamígero me entusiasma tanto como el apacible. Si os va la marcha probad el allegro del concierto para violín n.º 1 en mi mayor; es un escándalo, que diría el entrañable Raphael.

Con los compositores de tronío prefiero evitar las sugerencias obvias, pero en el apartado “melodías sublimes” estoy moralmente obligado a recomendar la famosísima aria de la suite n.º 3. Cuando mi esposa estaba embarazada leí no sé dónde que una música adecuada podía estimular el desarrollo cerebral del feto. Ahora me sonrojo un poco al recordarlo, pero conseguí convencerla y todas las tardes acercaba la tripa cinco minutos a un altavoz del equipo para que el bebé escuchara el aria. Como parece que surtió efecto, dicho queda en interes de la Ciencia…

Con la música vocal de Bach estoy mucho menos familiarizado que con la instrumental, pero lejos de mí despreciarla. Solo un merluzo, sin ir más lejos, le haría ascos al Agnus Dei de la misa en si menor. Si podéis, escuchadlo cantado por Andreas Scholl; luce el doble.

El ajedrez: Karpov-Kasparov, Campeonato del Mundo (partida 16), Moscú 1985

En el ajedrez están los grandes; luego vienen las leyendas; y finalmente, allá en lo alto de la estratosfera, habitan tres marcianos: Capablanca, Fischer y Kasparov (a veces, como con los tres mosqueteros, se habla de un cuarto, Paul Morphy, en reconocimiento a su insultante dominio en el bienio 1857-1859, pero se trata de un caso tan singular que exige consideración aparte). Casi todos dejan, sin embargo, un cierto regusto amargo, como de promesa incumplida, porque hubieran debido darnos incluso más; pero la pereza (Capablanca), la paranoia (Fischer) o el aburrimiento (Morphy) terminaron imponiéndose a la genialidad. Solo Garry Kasparov honró del todo el talento que le había sido dado, y cuando se quedó sin rivales continuó compitiendo contra sí mismo y contra la Historia. Por ello es él quien se merece ocupar en solitario la cima del Everest del ajedrez; y es a él a quien corresponde, por derecho, protagonizar nuestra centenaria entrada de hoy.

Aquí tenéis un breve resumen de su carrera:

  • A los 16 años irrumpe como un oso en la escena internacional, en el torneo de Banja Luka (Yugoslavia) de 1979, al que acude por un error de la federación rusa ya no que tenía ni siquiera ELO FIDE; participan, entre otros, Petrosian y Andersson, pero el adolescente gana imbatido con dos puntos de ventaja sobre el segundo; en las siguientes listas ya aparece como decimoquinto jugador del mundo.
  • Tras la escandalosa suspensión de su primer match por el título (os remito a mi entrada sobre Karpov para los detalles), se proclama campeón del mundo en 1985 con 22 años de edad, el más joven de la historia en conseguirlo; a lo largo de su carrera, disputará un total de 8 encuentros al máximo nivel.
  • Entre el campeonato soviético de 1981 y el quinto mundial con Karpov en 1990, excepción hecha del match inconcluso de 1984/85, gana o comparte el primer puesto de cuantas competiciones disputa.
  • Copa el primer puesto del ranking veinte años seguidos, desde 1985 hasta su retirada en 2005; en la lista de enero de 1990 alcanza por primera vez los 2800 puntos ELO, batiendo así el legendario récord de 2785 de Bobby Fischer.

Pero es que además, como si no fuera suficiente con dejar tiesos a a los rivales a lo largo de dos interminables décadas de supremacía, hizo evolucionar el ajedrez; ni siquiera Capablanca o Fischer dejaron tal impronta. Para que se me entienda fácil lo escribiré en una ecuación: Kasparov = Tal + Botvinnik. Como el mago de Riga, Kasparov nació con un don especial para jugar al ataque, pero bajo la estricta tutela del Patriarca en persona (y a base de trabajar como un mulo) lo domó y lo puso al servicio de un rigurosísimo trabajo en las aperturas, en las que estaba a años luz por delante de los demas. La explosiva combinación propicia un ajedrez terriblemente agresivo, asfixiante e hiperdinámico, donde lo táctico ya no está supeditado a lo posicional, sino que ambos caminan en pie de igualdad. No hay muchos con la capacidad de jugar así, pero esa es la ruta a seguir. Sin las lecciones de Kasparov no se entiende el ajedrez del último cuarto de siglo, y así lo refleja el estilo de muchos de los grandes talentos de la siguiente generación, Anand, Topalov o Ivanchuk por ejemplo.

Todo es exagerado con este hombre porque los trompazos, cuando se los ha pegado, también han sido de órgano. Como la derrota en un duelo a seis partidas con el ordenador Deep Blue de IBM en 1997, con polémicas acusaciones de trampas de por medio, o la innecesaria pérdida del título frente a Kramnik en 2000 (que, por supuesto, nunca se atrevió a darle la revancha), al que retó después de que este perdiera un match de Candidatos en Cazorla frente a Shirov. Con diferencia su metedura de pata más grande, como él mismo reconoció en 2007, fue disputar el mundial de 1993 con Short a espaldas de la FIDE. Su intención era crear una organización profesional al estilo de la ATP en el tenis, pero sus colegas le dieron la espalda y al cabo fue el ajedrez el que salió perdiendo. El lío llegó a ser mayúsculo, con dos campeones, Kramnik y el que resultaba agraciado cada año en el absurdo knock-out de la FIDE, más él, que a pesar de los pesares seguía siendo el número 1. Su retirada en 2005 pareció prematura, pero enseguida se demostró que era el mejor servicio que podía hacer a un ajedrez al que tanto había dado y tanto le había quitado; solo hizo falta un año para que las aguas volvieran a su cauce y tuviésemos, de nuevo, un campeón libre de mácula.

En el medio centenar de partidas que he traído al blog he procurado que haya un poco de todo, como en botica: aperturas de variado pelaje, ataques vertiginosos, conceptos geniales, finales instructivos, planes estratégicos de alcance, muestras escogidas del buen hacer de un puñado de jugadores fenomenales. Todas, sin excepción, tienen algo especial, o al menos así me lo parece a mí; es una sandez decir que son las cincuenta mejores partidas de la historia, pero estoy convencido de que son cincuenta de las mejores. Aun así, hay dos partidas que están por encima de las otras. Lo están porque además de reflejar de modo inmejorable el carácter trivalente del ajedrez (deporte, ciencia y arte), portan una carga de simbolismo que las hace trascender del mero entretenimiento y las convierte en hitos de nuestro tiempo. Una es el duelo entre Fischer y Spassky que abrió el blog hace ya casi dos años; la segunda es la decimosexta partida del match Karpov-Kasparov de 1985.


Han pasado casi treinta años, pero si hacéis memoria recordaréis que, por aquel entonces, la Unión Soviética era una cosa que daba miedo. Gorbachov acababa de llegar al poder y glasnost y perestroika eran dos simples palabras, pero los aficionados teníamos una corazonada: si un insolente jovenzuelo, a pesar de todas las trabas del régimen, era capaz de derrotar al todopoderoso campeón en el corazón de la URSS, aquello tenía que significar algo. A la partida 16 se llega con igualdad en el marcador y el drama en su apogeo. Y entonces va Kasparov y se juega con negras un gambito que va contra toda la aparente lógica de la posición, humillando a Karpov con un despliegue de sentido táctico y profundidad estratégica sin precedentes. El campeón, enrabietado, luchó con coraje en las partidas siguientes y el match no se resolvió hasta la última de las 24 partidas previstas, pero el desenlace hizo justicia; la perestroika, al menos en el ajedrez, había comenzado.

Tras su retiro, Kasparov se ha significado por su feroz oposición al tenebroso Vladimir Putin; ya ha dormido alguna noche que otra entre rejas y cuando está en su país se ve obligado a rodearse de una fuerte protección personal; y el mes pasado, por si no tuviera ya bastante trajín, anunció su candidatura a la presidencia de la FIDE. En una entrevista en la revista holandesa New in Chess, le preguntaron no hace mucho cuál es su mayor temor. Su respuesta fue: la irrelevancia. Si hubieras dicho la calvicie, todavía; si es por lo otro puedes dormir tranquilo, Garry.

Karpov-Kasparov, Campeonato del Mundo (partida 16), Moscú 1985

Más partidas memorables de Garry Kasparov:

La selección es harto complicada, porque su estilo es tan vistoso que son más casi las memorables que las no. La primera elección, no obstante, no ofrece dudas: muchos consideran la Kasparov-Topalov, Wijk aan Zee 1999, la partida de ataque más brillante del siglo XX.

Puede que mis otras dos recomendaciones, Kasparov-Andersson, Tilburg 1981 y Kasparov-Short, Amsterdam 1994, no sean tan populares, pero merecerían serlo. Se pueden disfrutar hasta sin comentarios, como esas películas de acción trepidantes donde los diálogos son lo que menos cuenta, porque Kasparov reparte leña a tal ritmo que más parece un karateca que un ajedrecista.