La música: “Unfinished sympathy” de Massive Attack

Me gusta correr por la noche. O, mejor dicho, cuando menos detesto correr es por la noche. Lo hago por las afueras, evitando el tráfico, lo que me fuerza a pasar por tramos, digamos, no convencionales. Uno de ellos, unos 300 metros tendrá, avanza en paralelo a una acequia. Es sorprendentemente amplio y está bien asfaltado, pero carece de iluminación. Si la respiración va fluida y te alumbra la luna llena es un momento especial, porque no hay un alma alrededor y te sientes singularmente vivo y alerta. Tiene su punto ominoso, con esos ruiditos y correteos que se escuchan entre las cañas, y los esporádicos y agudísimos chillidos de los murciélagos taladrándote las sienes, pero ahí es justo donde está la gracia. Igual algún día una rata me arrea un bocado en la pantorrilla y empiezo a verlo de otra manera, pero no hay que ponerse en lo peor.


Ominoso. Esa es la palabra. La sensación de que algo desagradable podría pasar, pero no pasa, unas gotitas de adrenalina vertidas al torrente sanguíneo, eso que hace que nos relamamos tanto con los cuentos de miedo. Y, en mi opinión, lo que explica (hasta cierto punto, al menos) el éxito de la corriente musical surgida en Bristol y sus alrededores a principios de los noventa que los críticos, a falta de una mejor ocurrencia, bautizaron como trip hop.

Calificar lo que estáis a punto de oír de “trip” o “hop” es un absurdo flagrante, pero tiene su explicación, porque fueron dos DJs y un rapero, y unos productores sin pretensiones aficionados al reggae y a la hierba, quienes lo empezaron todo. El trío era Massive Attack; el álbum Blue lines.


Blue lines tamiza el hip hop que entonces se hacía en los USA y le imprime una cierta pátina estilosa y crepuscular bastante british. Dicho lo cual, nunca me ha parecido nada del otro mundo, salvo por un tema que parece directamente llegado del cinturón de asteroides: “Unfinished sympathy”. En cuanto pinchéis el “play” entenderéis por qué he insistido tanto en lo de “ominoso”. No sé si el truco está en el obsesivo tintineo de la percusión, el remoto “hey, hey, hey, hey”, los rotundos acordes del piano o las cuerdas omnipresentes, pero el efecto es perturbador y fascinante a más no poder. Tres años más tarde Portishead delimitaría con el chill cerebral y noir de Dummy lo que convencionalmente se entiende por trip hop, pero las semillas hay que buscarlas aquí; no por casualidad uno de sus componentes había trabajado como técnico de grabación en Blue lines.

Era imposible que una canción como “Unfinished sympathy” pasase desapercibida, pero su histórico vídeo promocional hizo el resto. Se filmó un atardecer de enero de 1991 en un barrio muy poco recomendable de Los Ángeles y nos muestra en un único, larguísimo plano, a Shara Nelson (que por entonces ejercía de vocalista del grupo) caminando ajena a todo por sus calles. Os he puesto un enlace por si queréis echarle un vistazo, porque con “todo” me refiero a una fauna de pandilleros, vagabundos y hasta algún musculado tullido en patinete que, la verdad, intimida bastante.

Algunas webs de cierta solvencia atribuyen la dirección del vídeo a David Lynch, entonces en su apogeo como explorador de los pantanosos recovecos de la psique (Terciopelo azul, Corazón salvaje, Twin Peaks… ¿hace falta seguir?). No es así, pero con esa banda sonora y esa troupe se entiende la confusión.

Unfinished sympathy / Massive attack  letra y traducción

 

 

El ajedrez: estudio de A. Troitzky, Deutsche Schachzeitung 1909

S.S. Van Dine, uno de los grandes de la Edad de Oro de la novela policiaca, escribió un curioso libro del que me encanta hablarle a mis colegas. Se titula The bishop murder case (jugando con los dos sentidos de la palabra bishop en inglés, “alfil” y “obispo”, pues ambos se usan en la trama) y se caracteriza por que todos los sospechosos son físicos teóricos, ajedrecistas o matemáticos. Para el autor estos tres tipos de profesionales equivalen más o menos a lo mismo, es decir, a potenciales asesinos en serie de la especie más temible. Este es mi párrafo favorito:


“Consideremos los aspectos psicológicos del caso. En una persona normal que tiene sus recreaciones cotidianas, se mantiene un equilibrio constante entre las actividades conscientes e inconscientes. Pero en el caso del anormal que invierte todo su tiempo en una intensa concentración mental y que se inhibe de las demás emociones, el desbordamiento de su subconsciente es capaz de manifestarse con violencia. Esa larga inhibición y constante trabajo mental, sin distracción de ningún género, son causa de una explosión que a menudo toma la forma de actos de indescriptible horror.”

No entraré, Dios me libre, a este tremebundo trapo; prefiero dirigir vuestra atención a otra parte del libro, en la que se menciona una partida ficticia entre John Pardee, uno de los sospechosos, contra nada menos que Akiba Rubinstein. El gran Akiba derrota a su oponente gracias a un inesperado recurso que Van Dine, esta vez con impecable gusto, pone a disposición de sus lectores detallando tanto la posición crítica como la continuación ganadora. Es con esta espectacular idea, que los aficionados a los estudios llevan llamando el “mate de Troitzky” desde el año de la polca, con la que nos entretendremos esta semana.


Hablar de Alexey Alexeyevich Troitzky (1866-1942) es hablar del compositor que, junto con Rinck, sentó las bases de la disciplina tal como hoy la conocemos. De hecho es al primero a quien corresponden los mayores galones, porque su artículo “Fundamentos de la composición ajedrecística”, publicado en el suplemento literario del diario ruso Niva en 1910, ejerció una inmensa influencia en varias generaciones de compositores soviéticos. En él, Troitzky hace hincapié en la importancia del tema, o idea básica que ilustra el estudio, y del juego preparatorio que lo precede, en el que todas las piezas del blanco (y si es posible del negro) deberían participar activamente. Pone también el énfasis en el uso económico del material y alerta contra la pura “fuerza bruta”, por ejemplo la captura de una pieza con otra de menor valor, sobre todo en el primer movimiento de la composición.

Dicho sea de paso, ilustra este defecto con algunos estudios de Rinck, que es el único colega al que cita. Quizá eso fuera lo que originó la pelusilla que toda la vida le tuvo el francés. Rinck afirmaba que el trabajo de Troitzky era muy desigual y estaba lleno de incorrecciones, y no le faltaba razón, aunque también es verdad que Troitzky compuso como un auténtico poseso, más de 2000 estudios en total (muchos de las cuales se extraviaron durante la primera guerra mundial y tuvo que reconstruir de memoria). Y eso que entre 1917 y 1923 desapareció de la escena, hasta el punto de que se le dio por muerto en el conflicto. No fue para tanto; simplemente, se hartó por una temporada del ajedrez y abandonó su San Petersburgo natal para trabajar como silvicultor en Smolensk. Más le hubiera valido quedarse allí; pero regresó a la composición y a su ciudad, y allí murió de inanición durante el asedio de las tropas nazis en la Segunda Guerra Mundial.

Pero volvamos al “mate Troitzky”. El compositor publicó el tema que lo define (las últimas cuatro jugadas del estudio) en Novoye Vrenja en 1895; luego lo enriquecería de varias maneras, y es una de estas versiones posteriores la que estáis a punto de ver. Para ser justos del todo deberíamos hablar de “mate d’Orville-Troitzky” porque el problemista alemán Peter August d’Orville anticipó la posición final (aunque no la memorable jugada 7) en su libro Problèmes d’échecs de 1842. ¿Qué tiene de especial el dichoso mate, que hasta aparece en una novela policiaca? No esperéis que os lo diga así por las buenas; de un “anormal que invierte buena parte de su tiempo en una intensa concentración mental” deberíais esperar como mínimo un poco de sadismo…

Estudio de A. Troitzky, Deutsche Schachzeitung 1909

Más estudios memorables de Alexey Troitzky:

Como ya he dicho, Troitzky no fue ni mucho menos el compositor más preciso de la historia, y no todos sus errores se justifican con lo de los papeles perdidos en la guerra. Pero a un artista no debe juzgársele por sus fallos sino por sus aciertos, y de los segundos Troitzky tiene algunos fabulosos:

  • Bohemia, 1915. En su artículo de Niva, Troitzy también abogaba por posiciones de inicio parecidas a las de las partidas reales, pero toda regla tiene su excepción: cinco alfiles blancos aparecen aquí, todos circulando por las casillas oscuras. ¿Es posible dar mate con ellos? Sí, si el adversario tiene un peón.
  • 500 Endspielstudien, 1924. Vayámonos al extremo opuesto con este sobrio final de cinco peones contra cinco, que las blancas desatascan sacrificando dos de los suyos y llevando a partida a un majestuoso zugzwang recíproco.
  • L’Echiquier, 1930. El tema es ahora la doble clavada en cruz, un motivo estético donde los haya; Troitzky marca la diferencia haciendo que aparezca dos veces en el estudio.