La música: “La canción del invitado indio” de Nikolai Rimsky-Korsakov

A veces, cuando en clase de yoga me peleo con una de esas posturas invertidas donde tu boca acaba tan cerca del michelín superior que lo podrías morder, no puedo evitar preguntarme: ¿a qué brahmán en taparrabos se le ocurrió que tales posiciones, lejos de vulnerar un puñado de leyes básicas de la física y la anatomía, que es lo que parece, si se practican con el necesario tesón (digamos veinte o treinta años), terminan siendo tan confortables y placenteras como el más moderno sillón relax? Si lo pensáis despacio, es tan improbable como que a partir de amebas fofas y gelatinosas la Evolución haya creado criaturas tan soberbias como Isaac Newton y Patricia Montero (cada uno en lo suyo, se entiende).


Pero claro, es que la India es el país de lo inverosímil, un lugar donde la vaca es sagrada (con la mitad de hambre, en Occidente nos comíamos unos a otros, eso lo tengo claro) y donde la gente vive mucho más feliz de lo que por lógica le correspondería en términos de renta per cápita. Se antoja tan lejana, en lo geográfico y lo psicológico, que con un poco de esfuerzo uno es capaz de creerse cualquier cosa que le cuenten de allí; total, si un faquir duerme tan ricamente sobre una cama de pinchos, mucho para levitar no puede faltarle, digo yo.


Tal vez Rismky-Korsakov se entregara a estas o parecidas divagaciones mientras escribía su ópera Sadko, ya que reservó su mas embriagadora melodía para “La canción del invitado indio”. El libreto, inspirado en una saga medieval rusa, narra las andanzas de un músico aventurero que se echa a la mar en busca de fortuna. Regresará convertido en un rico mercader, para gran alivio y alegría de su dulce esposa, felizmente ignorante de que su pícaro Sadko ha echado alguna que otra cana al aire, o en este caso al agua, por el camino, llegando hasta a casarse con la hija del Zar de los Mares. En la cuarta escena, mientras Sakdo se apresta para partir, tres comerciantes extranjeros, uno vikingo, otro indio y veneciano el tercero, le ponen los dientes largos glosando las maravillas de sus tierras respectivas. Tal vez enfebrecido por la visión de esas morenas y seductoras doncellas que tan elocuentemente conjura el italiano, Sadko pondrá proa hacia la Ciudad de los Canales y así arrancará su peripecia.

Vaya viajero de tres al cuarto, el tal Sadko. Ya sabemos que las transalpinas son guapas, pero ¿qué hay de las perlas, los diamantes y sobre todo de esa ave fénix y sus celestiales canciones? ¿No se suponía que eras músico? Y encima con la mujer esperándote en casa, desahogado…

(N.B. Tenor: Gegam Grigorian; orquesta: Orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo; dirección: Valery Gorgiev.)

La cancion del invitado indio:
La canción del invitado indio / Nicolai Rimsky-Korsakov  letra y traducción

P.S. A todo esto, yo me hice fan de esta canción tras escuchar el tremendo arreglo que Tommy Dorsey escribió para su big band en 1938. También la tenéis abajo, por alusiones, en una interpretación de la BBC Big Band grabada en 1991 que, aparte de oírse de fábula, respeta escrupulosamente la versión de Dorsey.

Song of India:
Song of India / Tommy Dorsey

El ajedrez: Sultan Khan-Capablanca, Hastings 1930

Pocas historias atesora el noble juego tan cautivadoras como la de Mir Sultan Khan (1905-1966), el sirviente de un maharajá que apareciendo de la nada asombró al mundo en los primeros años treinta, para a continuación regresar a su India natal y desaparecer tan súbitamente como había llegado.


Uno de los diez hijos de un sacerdote del Punyab, en la India británica, fue su padre, él mismo un notable jugador, quien le enseñó las reglas. A los 21 años era ya el más fuerte de la región y su habilidad llamó la atención de un poderoso terrateniente, Sir Umar Hayat Khan, que lo incorporó a su séquito. Allí se practicaba entonces una modalidad de ajedrez distinta a la convencional; Sir Umar le enseñó a jugar al modo occidental y, cuando lo juzgó suficientemente maduro para mayores retos, se lo llevó con él a Londres. Sultan Khan no sabía hablar inglés, leer ni escribir; y, por supuesto, no había visto un libro de ajedrez ni en fotografía.

En cuanto se instalaron en la ciudad (era la primavera de 1929) su patrón le organizó un torneo de entrenamiento. El resultado fue desastroso: quedó último. Sir Umar contrató entonces a dos de los más competentes maestros ingleses, William Winter y Frederick Yates, para que le ayudaran a paliar su falta de conocimientos teóricos. Ese mismo verano, para sorpresa de propios y extraños, ganó el campeonato británico por primera vez.

Tras unos meses en casa, amo y sirviente regresaron a Europa en mayo de 1930. En apenas dos años y medio Sultan Khan consiguió el título británico un par de veces más, representó al Imperio como primer tablero en tres olimpiadas y disputó varios torneos internacionales, haciéndose un hueco entre la flor y nata del ajedrez mundial y ganando partidas, entre otros, a jugadores tan insignes como Capablanca, Rubinstein, Tartakower y Flohr. La extraña pareja retornó definitivamente a su tierra en diciembre de 1933, Sir Umar un tanto decepcionado por no haber podido hacer campeón del mundo a su pupilo, pero Sultan Khan encantado de perder de vista el horrible clima de Inglaterra y dejar de ser el mono de feria del maharajá. Desde entonces y hasta su muerte prácticamente no jugó más, viviendo de lo que daba una pequeña granja que heredó de su mentor.

“Si hubiera sabido teoría, Sultan Khan habría sido campeón mundial”

Una de las principales diferencias del llamado ajedrez indio, que fue el que aprendió Sultan Khan en su niñez, con el corriente, es que el peón no tiene la facultad de avanzar dos casillas en su primer movimiento. Esto conduce a partidas premiosas y de largas maniobras, por lo que no es sorprendente que Sultan Khan destacara sobre todo en el juego posicional. Ahora bien, una cosa es tener buena cabeza para la estrategia y otra muy distinta lo que aconteció en la partida que disputó la Nochevieja de 1930 en Hastings frente a otro sultán con mayúsculas del ajedrez, el irrepetible José Raul Capablanca. Si uno no supiera quién es quién, juraría que es el cubano el que lleva las blancas; así de buena es la partida. Capablanca, que no era nada dado a este tipo de grandilocuencias, lo reconoció: “Sultan Khan es un genio”. Y Alekhine, por una vez de acuerdo con su archienemigo, afirmó: “Si hubiera sabido teoría, Sultan Khan habría sido campeón mundial”. Yo, por mi parte, me atengo a la letra de nuestra canción de la semana: “Innumerables son las perlas en el mar del mediodía de la remota y prodigiosa India”.

Sultan Khan-Capablanca, Hastings 1930