La música: “Body and soul” de Billie Holiday

A ver cómo lo escribo sin que suene muy bestia: estos mozalbetes del rock & roll llevan décadas sin suicidarse como es debido.


Humm. Bestia o no bestia lo siento, pero he de seros sincero: nunca me han dado mucha pena los miembros del tristemente célebre “club de los 27″. Ya sabéis, Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison… o el más reciente fichaje, Amy Winehouse. Éxito, fama, dinero, sexo a raudales, todo y más de lo que cualquiera a su edad podría soñar; hasta que en una noche de colocón, zas y a criar malvas. No es por nada, pero si no fuera técnicamente inviable, sería para matarlos.

Futuros mártires de la música, tomad ejemplo de Billie Holiday: eso sí que fue una obra maestra de autodestrucción. Hay que reconocer que desde muy niña gozó de indudables ventajas para conseguirlo. Hija de una adolescente a la que sus padres echaron de casa tras quedar embarazada, sus primeros años pasó más tiempo con una medio tía que con su madre, que había conseguido trabajo en una empresa de transportes. Hasta tal punto estaba dejada de la mano de Dios, que la Nochebuena de 1926 un vecino entró en casa y la violó; la cría no había cumplido todavía los doce años. A principios de 1929 madre e hija se mudaron a Harlem (hasta entonces habían vivido en Baltimore) pero la cosa no fue a mejor, precisamente: pocos meses más tarde, ambas eran detenidas por prostitución en una redada. Fue la primera vez, que no la última, que Billie Holiday visitó la cárcel.

Pero no le quitemos un ápice de mérito a Lady Day: nadie dio paletadas con más entusiasmo para cavar su fosa que ella misma, una fosa que rivalizó en profundidad con la de las Marianas. El caso es que la historia pudo ser bien distinta. De cantar a los clientes por unas propinas mientras servía mesas, pasó enseguida a actuar en clubes. Una noche de finales de 1932 quiso la fortuna que la escuchara un productor llamado John Hammond; en realidad, Hammond había acudido al local en busca de otra artista, pero Billie la había reemplazado. Impresionado por su personalísimo estilo, más parecido al de un saxo improvisando que al de una intérprete al uso, no tardó en llevarla a un estudio de grabación. Tenía tan solo 18 años, pero su potencial era tan obvio que el mismísimo Benny Goodman la arropó con su orquesta en sus dos primeras canciones.


Era imposible que no triunfara; y los treinta, también los primeros cuarenta, fueron buenos años. Pero paulatinamente se fue incorporando a la ecuación una funesta variable: los hombres. Billie Holiday siempre tuvo la desdichada habilidad de elegir a los que más podían perjudicarle. Se dice que fue su primer marido, un tal Jimmy Monroe, quien la introdujo en los turbios placeres de la heroína (con la marihuana y la botella se entendía desde el parvulario). Todavía casada con Monroe, y harta de que le pusiera los cuernos, tuvo un affaire con un trompetista de su banda, Joe Guy, que a la vez oficiaba de camello. Se divorció del primero y se alejó del segundo más o menos al mismo tiempo, aunque solo para caer en las garras de su mánager, un mafioso llamado Louis MacKay.

Devastada por las adicciones, acosada por la justicia y desplumada por la caterva de indeseables que la rodeaban, sus últimos años se volvieron un calvario. El inevitable desenlace tuvo lugar en el Metropolitan Hospital de Nueva York el 17 de julio de 1959, y es tan macabramente lógico que parece sacado del cine: estaba en los puros huesos, su corazón y su hígado competían por ver quién le fallaba antes, uno debilitado por las drogas, el segundo destrozado por el alcohol, y la policía la tenía bajo arresto acusada de posesión de narcóticos. En su cuenta bancaria quedaban exactamente 70 centavos de dólar.

Futuros mártires de la música, tomad ejemplo de Billie Holiday: eso sí que fue una obra maestra de autodestrucción

Lo que distingue a Billie Holiday de tantos otros famosos echados a perder a base de excesos y malas compañías es que su desmoronamiento físico y personal, no solo no se trasladó a su desempeño artístico, sino que lo elevó a cotas de intensidad jamás vistas antes o después. Es cierto que había perdido voz, aunque en todo caso su registro nunca pudo compararse con el de divas tipo Sarah Vaughan o Ella Fitzgerald. Pero si el jazz es emoción entonces Billie Holiday es el jazz, porque cada una de las notas que en esta etapa postrera salen de su boca destila dolor y destila ruina, la completa ruina en que se había convertido su vida.

Como aperitivo a nuestra canción de hoy, tenéis abajo el vídeo de una legendaria actuación en televisión el 8 de diciembre de 1957 que explica lo anterior infinitamente mejor que yo. El tema es “Fine and mellow”, a priori un intrascendente blues escrito por la propia Billie. Los solistas, por orden de aparición, son Ben Webster, Lester Young, Vic Dickenson, Gerry Mulligan, Coleman Hawkins y Roy Eldridge, es decir, el acabose, la Champions League o como queráis llamarlos, pero eso no es lo principal. Billie, sin fuerzas siquiera para estar de pie, es la estrella absoluta, y la devoción casi mística de los que la rodean se palpa en el ambiente. Hay un momento especialmente sublime, entre el minuto y medio y los dos minutos, cuando interviene Lester Young, su amigo del alma, compinche de mil batallas y tan hecho papilla como ella (murió incluso antes que Billie). El solo es de una pureza sobrenatural y, mientras lo ejecuta, observad el modo en que Billie lo mira y sonríe para sus adentros. El crítico de jazz Nat Hentoff, que estaba en la cabina de control, dijo luego que todos los presentes se derrumbaron al contemplarlos. Si no os pasa lo mismo es que se os ha evaporado el alma.

 

 

Vayamos por fin a la canción, que también ha de corresponder por fuerza a sus días crepusculares. Se grabó en enero de 1957, de nuevo con un cartel de secundarios de muchísimo cuidado: Ben Webster al saxo tenor, Harry “Sweets” Edison a la trompeta, Jimmy Rowles al piano y Barney Kessel a la guitarra. ¿Por qué precisamente “Body and soul”? Porque es un clásico entre los clásicos y porque la letra viene tan a propósito que se diría escrita por la propia Billie. El imprescindible sitio JazzStandars.com le otorga el número 1 entre los 1000 temas esenciales del jazz y distingue esta interpretación como la versión vocal de referencia.

Como no podía ser de otra manera. A fin de cuentas, Billie Holiday es la cantante de jazz más grande que ha habido jamás.

Body and soul / Billie Holiday  letra y traducción

Más canciones redondas de Billie Holiday:


Tras darle vueltas un buen rato, he decidido declararme insolvente; todos sus trabajos con la discográfica Verve entre 1952 y 1959 me parecen tan imprescindibles que no sé ni por donde empezar. Tan solo os informaré de que en 2005 se publicó una edición completa y remasterizada de todos ellos, titulada The complete Verve studio master takes, lo que hace una cifra redonda de 100 canciones repartidas en 6 cedés.

Hay mejores maneras de gastar 50 euros, pero no muchas. Aparte de que los Reyes tampoco están tan lejos…

El ajedrez: estudio de I. Chuiko, Shakhmaty v SSSR 1963

No haced caso de las insidias de S.S. Van Dine de hace quince días, porque no sé de ningún ajedrecista profesional que haya sido un peligro para la humanidad (y no vengáis con lo del loco del martillo, porque ese no era profesional). Más de uno sí reconozco que ha estado “más p’allá que p’acá”, siendo Rubinstein, Nimzowitsch y por supuesto Fischer algunos de los casos más sonados. Pero por muy extravagante que fuera la conducta de estos tres maravillosos ajedrecistas lejos del tablero, nunca dejó secuelas en su juego, y podría incluso alegarse que les benefició en el corto plazo. El caso de Iosif Chuiko es mucho más complicado que eso.


Nacido en 1943 en Leningrado y posteriormente afincado en Moscú, Iosif Vladimirovich Chuiko sufrió en su adolescencia una rara enfermedad cerebral que requirió una larga atención hospitalaria, le impidió cursar estudios superiores e incluso provocó su internamiento en una clínica psiquiátrica durante dieciocho meses. En el transcurso de los años siguientes la dolencia reaparecería varias veces, pero entre 1962 y 1964 y desde 1968 a 1970, durante sendos intervalos de relativa lucidez, Chuiko se entregó a la composición ajedrecística con auténtico frenesí, hasta que los médicos le prohibieron terminantemente volver a tocar un tablero. De esos breves periodos de actividad provienen, pues, los veintipocos estudios que se conservan de él.

¿Cómo describir las composiciones de Chuiko? Vistas por separado quizá no canten tanto, pero el efecto combinado es de lo más extraño. Se trata en general de posiciones frondosas, sofocantes y de dirección única, en las que el negro queda reducido a mero comparsa y el blanco derrocha fantasía en remates a cual más estrepitoso (Chuiko apenas compuso estudios de tablas). Esto de la unidimensionalidad es muy revelador y un poco patético, síntoma inequívoco de un autor obsesivamente preocupado por mantenerlo todo bajo control. Como revelador resulta, asimismo, que la mitad de sus escasos trabajos no hayan superado el filtro implacable del ordenador.

Pero de entre este convulso amasijo emergen unas pocas maravillas que sería una pena pasar por alto, y la que tenéis abajo, con su inolvidable pareja de caballos desbocados, es la mejor de todas. Pero no hacedme caso a mí: si Genrikh Kasparian, sin duda uno de los mejores compositores de la historia, lo eligió para poner el broche final a su libro Finales artísticos de ajedrez (dominación), por algo debe ser ¿no os parece?

Estudio de I. Chuiko, Shakhmaty v SSSR 1963

Más estudios memorables de Iosif Chuiko:

Sendos estudios en el más puro estilo Chuiko son los aparecidos en Shakhmaty v SSSR en 1964 y 1968. Frente a muy serias amenazas de mate, el negro se ve forzado a extraordinarios sacrificios para seguir con vida. En el primero las entregas se realizan en cinco escaques contiguos; y el rey negro, en su loca huida hacia ninguna parte, visita las casillas que sus piezas ocupaban antes de inmolarse y recibe mate en la última de ellas. En el segundo, por el contrario, es al rey blanco al que le toca viajar por todo el tablero; y cuando el humo de la batalla se despeja, remata el trabajo retornando al punto donde empezó todo el jaleo.

Siempre en Shakhmaty v SSSR, esta vez publicado en 1963, hay un estudio de corte más clásico de lo habitual que también me gusta mucho. El negro se defiende con ingenio pero hay un caballo blanco con evidente sobrepeso: ni con una torre y los dos alfiles hay manera de moverlo.