La música: “Mr. Tambourine Man” de Bob Dylan

Las cosas como son: septiembre es un mes que te pone de mal humor. Sí, ya estoy otra vez protestando de algo, pero ¿qué culpa tengo yo? A lo mejor es que cada casa tiene un espíritu residente que se mosquea cuando el resto del mundo se va de vacaciones, y que se manifiesta sutilmente a nuestra vuelta para mostrarnos su enfado.


Que mi poltergeist casero ha hecho de las suyas es indiscutible, y eso que no lo dejamos solo ni una semanita. Debe ubicarse en alguna rendija de la cocina, por que allí es donde ha hecho casi todo el destrozo: el lavavajillas ha implosionado malamente, la tubería del fregadero gotea y, lo más inquietante de todo, uno de los peces ha desaparecido del acuario; eso, o ha sido devorado por sus congéneres, que no sé lo que es peor. (¡Ah!, y la maldita cisterna ha vuelto a dar la cara, pero esa es que ya vino endemoniada de fábrica.)

Ciertamente, cabe la posibilidad que esta irritación septembrina que tantos sentimos no sea más que la natural consecuencia de las intempestivas horas a las que el despertador vuelve a sonar. Si falta de sueño y mal humor andan de la mano, entonces Bob Dylan debió de dormir fatal durante esos años sesenta en los que andaba revolucionando todo lo revolucionable en la música popular. No hay más que escuchar su vitriólica entonación, cómo se las gasta con la armónica, y sobre todo sus letras abrumadoras, para comprender lo arriesgado que debió ser aquellos días pedirle decir “¡patata!” antes de una foto.


Además, era todo un especialista en contagiar su cabreo a los demás. En su primera etapa, la de “Blowin’ in the wind” y la canción protesta, irritó al establishment. Luego, proclamado (sin mayor interés por su parte) trovador de la lucha por los derechos civiles, desairó a los pacifistas dando un fuerte giro personal e incluso críptico en sus rimas. Y finalmente, cuando electrificó su sonido (“Like a rolling stone” y cuanto representa, para entendernos), puso de los nervios a sus seguidores folk de toda la vida, que durante una buena temporada se hincharon a abuchearlo en los conciertos.

Entretanto, durante sus primeros coqueteos con los amplificadores, Dylan también encontró tiempo para poner los cimientos del folk-rock. El mérito se lo llevaron sobre todo los Byrds con su versión de “Mr. Tambourine Man”, y no seré yo quien se lo niegue, pero como dice el refrán, “con una despensa llena se guisa pronto una cena”. Lo digo porque George Harrison llevaba ya un año usando la guitarra eléctrica de doce cuerdas con los Beatles, y porque a fin de cuentas fue Dylan quien compuso la canción.

Dylan no mojó su pluma en azufre, para variar, cuando escribió “Mr. Tambourine Man”, y eso que es de labios de un insomne desnortado de quien oímos la historia. Inútil buscar interpretación o mensaje en sus versos; el bardo de Minnesota reconoció haberse inspirado viendo a uno de sus músicos, Bruce Langhorne (suya es la guitarra eléctrica que se escucha como suave contrapunto en la canción), golpear un enorme pandero turco, pero eso no conduce a nada tangible. Mejor así, porque el empaque lírico del texto y su poder alucinatorio son tan sustantivos como para transportarte a donde quieras a condición de que no hagas preguntas. Y a todo esto, con una melodía maravillosa y que le encaja como un guante. Una canción, en suma, que se presiente concebida con la ambición de hacer historia.

Que es exactamente lo que ocurrió.

Mr. Tambourine Man:
Mr. Tambourine Man / Bob Dylan  letra y traducción

Más canciones memorables de Bob Dylan:

En la cresta del tsunami que él mismo había generado, Dylan tuvo un grave accidente de motocicleta que le marcó profundamente. De él regresó mucho más templado, mirando al country y hasta con la voz cambiada tras dejar el tabaco una temporada. Años más tarde abrazaría el cristianismo y grabaría incluso gospel, pero son sobre todo los surcos que grabó a fuego, entre The freewheelin’ Bob Dylan (1963) y Blonde on blonde (1967), los que el paso del tiempo ha elevado a los altares.

A esta etapa pertenecen, entre otras muchas memorables canciones, A hard rain’s a-gonna fall, Ballad of a thin man o Just like a woman. Los textos son tan implacables como de costumbre; un inminente holocausto nuclear, un pelele en manos de fuerzas que ignora y una examante a la que se pasa biliosa factura, respectivamente. Dylan ha sido siempre más un orfebre de palabras que de acordes, pero las melodías rayan en los tres casos a una extraordinaria altura.


31 de octubre de 2016:

Hace un par de semanas ocurrió algo casi increíble: Bob Dylan fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Algo he comentado al respecto aquí, pero es en esta entrada donde corresponde hacerle los honores. No es que le hagan mucha falta: como escribió muy finamente no se quién a raíz de la noticia, “más que darle a Dylan un Nobel, los Nobel se han dado un Dylan”. Démonos también nosotros, entonces, un Dylan. La elección es obligada (y la traducción, al César lo que es del César, está practicamente copiada de Bob Dylan. Letras completas, de la editorial Malpaso):

 

Like a rolling stone:
Like a rolling stone: / Bob Dylan  letra y traducción

El ajedrez: problema de M. Kirtley, The Problemist 1986

Tras tanto rato con el apóstol del mal rollo vendrá bien una broma, aunque sea macabra, así que hoy os presentaré el equivalente al suicidio ajedrecístico: el automate.


En un automate nada es como parece y la frontera entre el bien y el mal se vuelve difusa, ya que no se trata de hacerlo lo mejor posible, sino lo peor; lo que pretende el blanco ahora es recibir mate en un número prescrito de jugadas. El negro, por su parte, hace todo lo posible por no ser cómplice de tan aberrante propósito, pero la suerte está echada; es como si fuera una cuerda que el blanco, lazada a lazada, anuda concienzudamente hasta hacerse un perfecto y fatídico nudo corredizo con ella.

El autor del increíble automate en 8 que enseguida os mostraré es Mark Kirtley, un elusivo compositor estadounidense que al parecer vive en las inmediaciones de un parque natural tejano, pero haríamos muy mal en no darle el crédito que se merece a Tibor Szabó (Gödöllő, Hungría, 1955) porque fue él quien concibió toda la estructura fundamental (técnicamente, matriz) de la solución, que mostró en un problema publicado en Magyar Sakkélet en 1983.


A la versión de Szabó le falta apenas una jugada para quedar perfecta, y con un poco más de trabajo podría seguramente haberlo conseguido. Sin embargo, a la vista de su periplo vital, no parece un tipo capaz de aguantar sentado mucho tiempo; ha sido director comercial de una planta agrícola, bajista de un grupo de rock y, durante estos últimos años, escritor de cuentos infantiles. Como problemista de ajedrez (generalmente en modalidades de fantasía) tampoco duró mucho, pues solo estuvo activo durante los ochenta y los primeros noventa, aunque le resultó suficiente para conseguir el título de maestro FIDE en 1990.

El problema es sencillamente asombroso, de los que se ven una vez y se recuerdan para siempre. No debo decir mucho para no arruinaros la sorpresa, pero si fuera de uno de los libros de Szabó, en vez de un problema, de lo que estuviéramos hablando, y el editor necesitara un buen gancho para la contraportada, bien valdría algo como lo siguiente:

El mayor caso de añoranza del hogar jamás visto en un tablero.

Problema de M. Kirtley, The Problemist 1986