La música: “This must be the place (Naive melody)” de Talking Heads

Recomendaciones primaverales para que alegréis un poco esa cara, o al menos para llevarlo lo mejor posible, dentro de un orden:

Sabio Consejo nº 2: igual Walt Disney estaba en lo cierto, así que vosotros aguantad.

A ver. No me refiero a la leyenda urbana según la cual fue crionizado tras su muerte, con la esperanza de que médicos de siglos venideros sean capaces de resucitarlo hecho una rosa. (En realidad Walt Disney fue incinerado, aunque opera una compañía estadounidense —de dónde si no— que se dedica a este negocio. Hay dos variantes: si tienes pasta suficiente se te puede congelar a cuerpo completo; si no puedes aspirar a ser un neuropaciente, es decir, a que te crionicen solo el cerebro. Cómo está el patio.) No, me refería al enfoque Disney de las cosas, que se resume en: 1) hay buenos y hay malos; 2) hacia mitad de la película, las cosas se ponen feas para los buenos; 3) pero al final el héroe se lleva a la chica y los malos se quedan con tres palmos de narices.


Es normal que andéis cabreados. Son muchos años de comportarse con decencia, intentando hacer las cosas bien, para que ahora un puñado de desahogados se bronceen en las playas tropicales y las estaciones de esquí alpinas a costa del dinero de todos. Pero a la película le queda un rato y todavía pueden pasar muchas cosas. Os contaré, a modo de parábola, algo de lo que fui testigo hace dos años.

Esa noche hacía de chófer de mis padres, ambos maestros jubilados. Volvíamos de una cena multitudinaria que se celebró en mi pueblo, con ocasión del sexagésimo quinto aniversario de la creación del colegio en que desarrollaron prácticamente toda su actividad docente. Durante el banquete, que se prolongó hasta la madrugada, me había impactado observar las decenas de personas que se acercaron a su mesa, cariñosísimas, con esa emoción real que te brilla en los ojos y no se puede impostar ni disimular, a saludarlos y compartir recuerdos. Mientras conducía de vuelta a casa los miraba de tanto en tanto por el retrovisor, mi madre reclinada sobre el hombro de mi padre, mientras recordaban anécdotas de este o aquel alumno, contentos como siempre, como siempre tranquilos. Y de repente caí en la cuenta de que al final no se trata del dinero o ni siquiera del prestigio profesional. La auténtica medida del éxito es la cantidad de gente a la importamos de veras, las personas que el día que nos marchemos sentirán que el mundo se ha vuelto un poco más feo y un poco peor.


Visto el tema de la entrada de hoy, puede parecer chocante que haya elegido para ilustrarlo una canción de David Byrne. Un tipo inteligente y creativo a más no poder, sí, pero egoísta, aprovechado y con unos niveles de empatía equiparables a los de un cráter marciano. Al menos eso dicen sus ex compañeros de Talking Heads. Y margen hay para sospechar leyendo sus letras y viendo como canta, o mejor sería decir se sacude de encima, sus canciones. (Respecto a lo segundo es de visionado obligatorio el fabuloso documental Stop making sense. Lo firma Jonathan Demme, más conocido como director de El silencio de los corderos.) Cinco álbumes le costó escribir una canción de amor como Dios manda, algo que no sonara, según sus palabras, “ni procaz ni idiota”.

Pues la verdad es que para ser un presunto tullido emocional le salió de lujo, seguramente porque tuvo que rascar de bastante dentro con la espátula para que surgiera algo aprovechable. Asoman ideas como refugio, alivio y indefensión, lo que parece hasta lógico conociendo al autor. “Arrópame y dame un beso de buenas noches”, o el amor según David Byrne, lo podríamos resumir.

Y así volvemos a donde empezamos. Ahora el tiempo anda algo nublado, pero nos quedan muchos días de sol por disfrutar. Claro que al final llegará diciembre a nuestras vidas, y ese invierno será el más crudo de todos. Pero si nos hemos construido una casa con buenos cimientos y ladrillos compactos, al frío le resultará más difícil entrar. Y de esa casa, por cierto, no hay banco que te pueda deshauciar.

This must be the place (Naive melody) / Talking Heads  letra y traducción

Más canciones redondas de Talking Heads:

Si os digo que la música de Talking Heads suena a música de baile compuesta por la banda de un sanatorio mental estaría exagerando. La canción de hoy no es así, sin ir más lejos. Pero a veces es justo lo que pienso cuando escucho sus dos discos fundamentales, Fear of music (1979) y Remain in light (1980). Cuando escucho el frenético dialogo de las guitarras de Harrison y Byrne, el bajo funky y catatónico de Tina Weymouth y, sobre todo, el epiléptico fraseo de su líder. Las letras oscilan entre lo raro y lo paranoico así que no desentonan lo más mínimo, y para que no falte de nada ahí está Brian Eno en la producción, alimentándolos con infecciosos ritmos de todas las latitudes del planeta.

Las melodías nunca fueron una prioridad para esta panda, pero cuando dan con la tecla el efecto combinado es demoledor. Once in a lifetime, Cities y Crosseyed and painless son tan compulsivamente pegadizas que los discos deberían llevar una pegatina desaconsejando su escucha excesiva. El video de la primera, en particular, no se puede explicar con palabras. Abajo lo tenéis para que gocéis de David Byrne en toda su gloria.

 

 

El ajedrez: Topalov-Ivanchuk, Linares 1999

A Vassily Ivanchuk (1969, Kopychyntsi, Ucrania) también hay que echarle de comer aparte. Y dado que en cualquier torneo de ajedrez que elijáis al azar el número de frikis por metro cuadrado supera netamente el de la Convención Anual de Star Trek (lo sé por experiencia), decir eso es decir bastante. A Ivanchuk, el cliché ese de “genio excéntrico y despistado” no es que le vaya al pelo, es que se le queda corto.

Desde que a finales de los ochenta se incorporara a la aristocracia del ajedrez, donde se ha mantenido ininterrumpidamente por espacio de un cuarto de siglo, este hombre ha generado anécdotas para escribir un libro, y de los gordos. En el torneo de Tilburg (Holanda) de 1989 consiguió desesperar al resto de participantes por su peculiar manera de pensar las jugadas: repantigado en la silla, la vista fija en el techo (si miraba mucho rato al tablero “se le cansaban los ojos”, decía) y hurgándose ferozmente la nariz; esta última costumbre, por desgracia, aún no la ha perdido. Aunque lo más sonado (nunca mejor dicho) de aquel torneo fue cuando en una de las rondas, histérico porque su oponente tardaba demasiado en mover y harto de dar tumbos por la sala de juego, golpeó el gong con el que el árbitro señalaba el comienzo de la jornada. ¿Y que me decís de la indumentaria que lució en el importante torneo de Morelia-Linares de 2008 (véase la foto de abajo), para consternación de árbitros y organizadores, con el peregrino argumento de que era su chándal de la suerte?


Pero lo anterior son minucias si lo comparamos con el lío que armó en la Olimpiada de Dresde, también en 2008, tras su derrota en la última ronda del certamen, que le costó a Ucrania una de las medallas. Tras darle una patada con toda su alma a una columna de la sala, que no le costó el pie de puro milagro, se fue a la cafetería, donde casi tiró abajo el mostrador de un puñetazo, y a continuación se largó del recinto a toda pastilla. Todo ello, haciendo caso omiso a un desesperado funcionario que intentaba explicarle que por sorteo le había tocado pasar el control antidoping. (La FIDE tiene la pretensión, muy poco realista, de que el ajedrez sea algún día deporte olímpico, y por ello ha de someterse al código antidopaje del COI, por muy ridículo que esto parezca. Dicho sea de paso, la “olimpiada” de ajedrez no tiene nada que ver con los Juegos Olímpicos, es simplemente un campeonato del mundo por países que se celebra año sí y año no.) La cosa tenía su miga, porque negarse a pasar un control equivale de facto a un positivo y acarrea dos años de suspensión. Menos mal que al final la FIDE dio carpetazo al asunto: en la correspondiente audiencia Chucky (así le llaman cariñosamente sus colegas) alegó que no se había enterado de nada y los jueces, por supuesto, le creyeron.

A Ivanchuk, el cliché ese de “genio excéntrico y despistado” no es que le vaya al pelo, es que se le queda corto

Ivanchuk tiene clase y conocimientos de sobra para haber sido campeón del mundo, y su currículum así lo acredita (Linares —por tres veces—, Tilburg, Wijk aan Zee, Memorial Tal, Amber, cuatro títulos olímpicos, dos con la URSS y otros dos con Ucrania, etc. etc.). Por desgracia, los nervios le han privado de la necesaria consistencia para aspirar a lo más alto. En 2002 casi lo consiguió, en el mundial FIDE que se celebró en Moscú, pero a última hora lo echó todo por la borda perdiendo la final con el desconocido e imberbe Ponomariov. En el torneo de Candidatos celebrado hace unas semanas en Londres para decidir el retador de Anand ha vuelto a hacer de las suyas. Tras un horrendo desempeño, habiendo perdido cuatro (!) partidas por tiempo y hundido en el fondo de la clasificación, le tocaba enfrentarse con negras al líder, el noruego Carlsen, en la antepenúltima ronda. Carlsen había practicado un ajedrez de cine, estaba imbatido y se daba por hecho que vencería al ucraniano asegurándose así, virtualmente, la victoria. Pero llega Ivanchuk, juega una partidaza, tumba al noruego y pone el torneo patas arriba. Lo mejor, sin embargo, estaba todavía por venir. A la última ronda se presentan igualados a puntos Carlsen y el ex campeón mundial Kramnik. Se enfrentan, respectivamente, a Svidler e Ivanchuk (que en la jornada anterior había dado otra vez la de arena perdiendo, para no variar, por tiempo); si persiste el empate la victoria será para Carlsen por su mejor tie-break. Cuando el control de la jugada 40 se aproxima, Carlsen e Ivanchuk tienen ligera ventaja en sus respectivas partidas, pero ambos se enfrentan al mismo problema: les quedan escasos segundos en el reloj. En esto el servidor del torneo se cuelga por sobrecarga de visitantes. Cuando la conexión se restablece, ya pasado el control, descubrimos que Carlsen se ha hecho un lío tremendo y su partida no tiene salvación. ¿Y Chucky? Pues Chucky ha jugado como un jefe y tiene contra las cuerdas a Kramnik, que no tarda en inclinar su rey. Será Carlsen, pues, quién dispute el título a Anand el próximo mes de noviembre. ¡Grande Ivanchuk!

¿Y Chucky? Pues Chucky ha jugado como un jefe y tiene contra las cuerdas a Kramnik

Tras la partida de hoy también hay una historia antológica. Casi podríamos hablar de nuevo de dopaje, aunque esta vez de un tipo harto extraño: el espiritual. Ocurrió en Linares, 1999, año de uno de los más arrolladores triunfos de Kasparov. La ciudad jienense era prácticamente su cortijo, no solo por el montón de veces que ganó allí, sino por la obscena pleitesía que le rendía la organización. Por ejemplo, en el restaurante del hotel donde dormían los jugadores y se disputaban las partidas, su equipo tenía una mesa reservada en exclusiva y había una silla especial para él. Es mediodía, pocas horas antes de la penúltima ronda, en la que Ivanchuk (farolillo rojo del torneo) debe jugar contra Topalov. Chucky irrumpe en el comedor y, ante la estupefacción de los camareros, va y se instala en la silla de Kasparov. El horrorizado maître le ruega que se levante de allí pero Vassily le espeta muy serio que necesita cinco minutos “para absorber su espíritu”. En estas, la madre del ruso entra en la sala y se acerca a pedirle explicaciones. Vassily se las da y Klara Kasparova, muerta de risa, se sienta en la mesa de al lado y espera pacientemente a que concluya su ritual.

Estáis a un clic de saber qué salió de todo aquello.

Topalov-Ivanchuk, Linares 1999

Más partidas memorables de Vassily Ivanchuk:

Ya lo habéis visto: de este Curro Romero del ajedrez cabe esperar cualquier cosa, desde lo excelso a lo grotesco. Cuando está inspirado su creatividad no conoce límites: baste recordar su inexplicable e improvisado sacrificio de dama en la partida Ivanchuk-Shirov, Wijk aan Zee 1996, o el surrealista remate de la Ivanchuk-Jobava, Olimpiada de Khanty-Mansiysk 2010, donde, con su rey en el centro y todas las piezas amontonadas a su alrededor intentando defenderlo, de repente se las ingenia para cazar la dama de su rival.

Pero ni mucho menos todo es extravagancia en su ajedrez. Como esté en vena y le dé por tirar de técnica, más vale que no te pille por delante. La partida Ivanchuk-Kasparov, Linares 1991, quizás el enjuague posicional más aplastante que sufrió el archicampeón en toda su carrera, es la mejor muestra de ello. En aquel evento Ivanchuk también consiguió el triunfo final, rompiendo así una racha de victorias de Kasparov en torneos que se remontaba ¡a diez años atrás!