La música: “This will be our year” de los Zombies

A veces uno tiene la sensación de que en este planeta no cabe un tonto más.

En las Navidades pasadas el Ministerio de Defensa británico, respondiendo a una pregunta por escrito de un ciudadano (cuyo terapeuta no está acertando con la medicación, eso está claro), informó de que el Imperio está bien preparado para contener un ataque zombi. Los exactos términos de la contestación oficial, hecha pública por el diario The Telegraph, son los siguientes: “En caso de un suceso apocalíptico, por ejemplo, zombis, cualquier plan para reconstruir el Reino Unido y devolverlo a su gloria pre-ataque sería llevado por la Oficina del Gobierno. El papel del Ministerio, en este caso, sería dar apoyo militar a las autoridades civiles, pero sin llevar las riendas de la situación y, por lo tanto, sin poder informar de los acontecimientos”.


Suena a bulo del Día de los Inocentes, pero de eso nada, porque en muchos países, Gran Bretaña incluida, el equivalente (el “Día de las bromas”) se celebra el 1 de abril. No consigo imaginarme de dónde proviene esta fascinación de los ingleses por los muertos vivientes, aunque al parecer arranca de lejos, hasta el punto de que allá por los sesenta una banda de chicos bastante formalitos, al menos de aspecto, no tuvo mejor ocurrencia que inspirarse en ellos para escoger su nombre de guerra.


En aquellos tiempos los grupos parecían rivalizar en ver quién elegía el nombre más ridículo (los “Puertas”, los “Animales”, los “Quién”…) pero hay que reconocer que en el caso de los Zombies fue premonitorio, porque cuando se consagraron eran ya (artísticamente hablando) cadáveres andantes. Incluso olían un poco.

Los Zombies habían tenido sus cinco minutos de gloria en 1964 con “Shere’s not there”, un tema muy del gusto del momento que pegó bastante sobre todo en el mercado americano. Durante unos pocos años ahí anduvieron, intentando afianzarse en las listas en tanto que definían su estilo musical, pero perdieron progresivamente el favor del público, que solo quería canciones como las del principio. Total que en 1967, bastante desencantados, decidieron grabar la música que realmente les pedía el cuerpo; en cuanto acabaron cerraron el kiosko y se fueron cada uno por su lado.


Visto en retrospectiva, Odessey and Oracle (que así llamaron a aquel disco) podría subtitularse “los sesenta: modo de empleo”, porque consigue sintetizar en una mera media hora mucho de lo bueno que se había hecho en la década e incluso anticipar parte de lo que estaba por venir. Si Beatles y Beach Boys van de la mano en el formidable tema de apertura, “Care of cell 44″, son ecos de los Doors los que resuenan en “Time of the season”, la canción que remata el disco. Y eso por no hablar de “Butcher’s tale (western front 1914)”, cuyas etéreas texturas parecen resonar en ciertos pasajes de In the court of the Crimson King. En resumen, una joya sin fisuras que el tiempo ha colocado donde se merece pero que en el momento de su salida fue acogida con absoluta indiferencia en las tiendas de la isla. Por insistencia de Al Kooper, un productor de la CBS que estaba enamorado del álbum, la compañía accedió a publicarlo en Estados Unidos, y a principios de 1969 el single con “Time of the season” alcanzó un éxito inesperado. Ya daba igual, porque la persiana estaba bajada y se habían ido hasta las limpiadoras, aunque a algunos carroñeros aún les dio tiempo, en un repugnante ejercicio de necrofagia, a montar grupos de pega con su nombre (singularmente apropiado, dadas las circunstancias) y llevárselos de gira para hacer caja.

Mi canción favorita del disco es “This will be our year”. Me puede su desarmante melodía, tan sencilla como efectiva. La versión que vais a escuchar no es exactamente la publicada originalmente, que lleva un añadido de trompetas un poco al estilo de “Penny Lane”. Hay que tener en cuenta que los Zombies iban muy pillados de presupuesto (la portada la hizo un compañero de piso del bajista, que por lo que se ve no sabía deletrear “odyssey”, es decir, “odisea”, y así se quedó), nada que ver con las orquestas de 41 miembros de los Beatles, y el postizo queda bastante cutre. Libre de este innecesario aditivo, si algo se puede reprochar a la canción es su brevedad, que te deja con ganas de más, mucho más. Apagad entonces vuestra sed con la versión que The Beautiful South grabó en 2007; es muy respetuosa y, ahora sí, cuenta con una orquesta como Dios manda.


Esta, por supuesto, es para nuestro fan casero de The Walking Dead, que ayer estrenó mayoría de edad. Lo tengo clarísimo: este va a ser tu año, campeón.

 

Versión original:
This will be our year / Los Zombies  letra y traducción
Versión de The Beautiful South:
This will be our year / The Beautiful South 

El ajedrez: Dizdarevic-Miles, Biel 1985

Sin género de dudas, el doble sacrificio de alfil es uno de los temas combinativos más lucidos del ajedrez. La idea básica es entregar ambas piezas, cuando las circunstancias son propicias, en h7 y g7 (o h2 y g2 si las negras atacan) para luego amenazar mate con torre y dama en las dos columnas laterales y, como mínimo, recuperar con intereses el material invertido. El mérito de la idea se suele atribuir a Lasker, que la usó con gran efecto en la famosísima partida Lasker-Bauer, Amsterdam 1889, pero la historia es un poco más complicada que eso.


Resulta que años atrás ya se había dado una combinación semejante, en concreto en la partida Burn-Owen, Liverpool 1884. John Owen fue un vicario ingles que durante la década de 1860 se codeó con los mejores del mundo. Cuando se disputó la partida de Liverpool Owen ya había cumplido los sesenta; quizás por cansancio, no supo rematar el ataque y acabó perdiendo.

Es difícil saber si Lasker estaba al tanto de esta partida. Tal vez no, si damos crédito a una sabrosa anécdota que se cuenta en relación al gran torneo de San Petersburgo de 1914. Durante el banquete de clausura Tarrasch, que había derrotado espectacularmente a Nimzowitsch con el mismo doble sacrificio, mostró a Lasker su irritación con el comité de expertos que le había negado el primer premio de belleza. “Dígame, doctor, ¿no cree que mi combinación contra Nimzowitsch es realmente hermosa?” “No solo hermosa”, asintió el campeón del mundo, “sino además extremadamente rara. Tales combinaciones solo aparecen una vez cada 25 años…”. Una respuesta bastante borde, la verdad, aunque debemos tener en cuenta que Tarrasch y Lasker se llevaban durante esos años poco menos que a matar.

Es como si el fantasma de Owen le hubiera estado rondando, intentando que Miles acabara la tarea que él había dejado inconclusa

El caso es que es Owen perdió una oportunidad inmejorable de escribir su nombre en la historia del ajedrez con letras de oro, porque su combinación esconde una sutilísima jugada intermedia que permite la victoria y la hace aún más bonita que la de Lasker; si la hubiera descubierto él, y no su compatriota Tony Miles, sería hoy el protagonista de esta entrada.

Aunque nunca tuvo opciones serias de disputar el título mundial (su mejor puesto en el ranking fue el noveno en enero de 1986), Miles formó parte del selecto puñado de occidentales que animó el cotarro internacional en los setenta y los ochenta. Despuntó triunfando en el Mundial Juvenil de Manila en 1974, convirtiéndose dos años después en el primer gran maestro británico de la historia, lo que le valió una jugosa recompensa de 5000 libras del mecenas Jim Slater. Lo mejor de su carrera fue su doble triunfo en el supertorneo de Tilburgo (1984 y 1985). La segunda victoria fue particularmente sonada, pues sus dolores de espalda le obligaron a disputar casi todo el torneo ¡tumbado boca abajo sobre una tabla de masajes!


Ya lo veis, Miles fue un hombre heterodoxo, de lengua afiladísima (esta fue su concisa reseña del libro Unorthodox chess openings de Eric Schiler para la revista Kingpin: “una absoluta porquería”), que se las tuvo tiesas con no pocos burócratas y algunos de sus colegas, en especial Nigel Short y Ray Keene. Las cosas se le fueron de las manos y acabó siendo carne de psiquiátrico, tras ser sorprendido por la policía intentando saltar la verja de Downing Street; pretendía poner al corriente de uno de sus contenciosos al primer ministro. Un fallo cardiaco, consecuencia de una diabetes a la que no prestaba la debida atención, acabó con su vida en 2001, a los 46 años de edad.

Pero estábamos hablando del doble sacrificio de alfil. La conexión con Miles es casi paranormal, porque en el corto plazo de tres años tuvo la oportunidad de usarlo dos veces, ambas con éxito. Es como si el fantasma de Owen le hubiera estado rondando, intentando que Miles acabara la tarea que él había dejado inconclusa. La primera vez, contra Browne en la Olimpiada de Lucerna (1982), bastó la variante estándar de la combinación. Pero en la partida que estáis a punto a ver, en una posición de asombroso parecido con la que se había dado 101 años entre Burn y Owen, Miles vio lo que a su antecesor se le había escapado. El viejo vicario pudo al fin descansar en paz.

Dizdarevic-Miles, Biel 1985

Más partidas memorables de Tony Miles:

A pocas partidas cabe aplicar el adjetivo “memorable” con más propiedad que a la Karpov-Miles, Campeonato de Europa por equipos, Skara 1980. Miles tuvo la desfachatez de contestar a la habitual 1.e4 del campeón del mundo con la absurda 1…a6. Y encima acabó ganando.

Karpov tendría que habérselo esperado, porque Miles gustaba de jugar de vez en cuando líneas extravagantes en las aperturas, sobre todo con negras, a fin de sacar de los libros al adversario lo antes posible. En la partida Ligterink-Miles, Wijk aan Zee 1984, hizo al holandés un tremendo lío con la defensa Nimzowitsch 1.e4 Cc6, cargándoselo en 17 movimientos. La posición final, en la que con su dama amenazada por un alfil Miles se enroca con la mayor desvergüenza, es antológica.

Paradójicamente, en vista de su acreditada pereza para estudiar aperturas, Miles tuvo el mérito de firmar la que algunos consideran la novedad teórica más importante de todos los tiempos; al menos es la única en la historia a la que el exigente panel de expertos del Informator ha concedido un perfecto y redondo 10. Sucedió en la partida Miles-Beliavsky, Tilburgo 1986. Pero es que Miles era mucho Miles, al menos cuando estaba en sus cabales…