La música: “A man I’ll never be” de Boston


Mi cuñado Joaquín es un fiel seguidor de este blog, lo que en su caso es doblemente, o hasta triplemente, de agradecer, porque el ajedrez no le interesa un pimiento, y de la música que pongo apenas el quince por cierto. Afirma que el resto es triste.

Hombre, no es eso lo que yo pretendo, aunque admito que Nick Drake y Nick Hemming no son precisamente los hermanos Calatrava. En todo caso hoy estoy dispuesto a dar salida a mi yo más rumboso, porque que conste: yo también he bamboleado la cabeza como uno de esos perritos de los coches setenteros, mientras punteaba sobre una escoba los solos de “Highway to Hell” o “Smoke on the water”. Total, que he decidido traer al blog una balada heavy: “A man I’ll never be” de Boston.

Esta bien eso de “balada heavy“, pedazo de oxímoron. (Para los damnificados por la LOGSE, del diccionario de la RAE: “oxímoron: combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido”. Por ejemplo, realidad virtual, actuar con naturalidad o, ejem, inteligencia militar.) Ahora bien, ya metidos en contradicciones no puede haber mejor elección que Boston, porque no ha habido otro grupo de hard rock tan paradójico.


Para empezar, no era ni un grupo. En los dos primeros discos, que son los que importan, el noventa por ciento de la música que se escucha sale de las mismas manos, las del multiinstrumentista Tom Scholz (con el imprescindible concurso, eso sí, de la voz superlativa de Brad Delp, sin la que el sonido Boston no sería lo que es); los demás servían básicamente para dar el pego en directo.

Lo segundo, y principal, es que Scholz estaba tan alejado del estereotipo de rockero vivalavirgen y malospelos como os podáis imaginar. Tras graduarse en el MIT (la universidad técnica más prestigiosa del mundo) consiguió trabajo en Polaroid, y fue invirtiendo todo lo que ganaba en la construcción de un rudimentario estudio de grabación en el sótano de su casa. Allí, sin más ayuda que Delp y el batería de turno, y con la paciencia de un franciscano, cocía poco a poco las maquetas que luego enviaba a las discográficas. Durante seis años escuchó todas las formas posibles de decir no que permite la fecunda lengua inglesa. Por fin algún tipo sensato en Epic Records se dio cuenta del potencial del combo Scholtz-Delp y les ofreció un contrato de grabación, justo cuando Scholtz, que andaba más tieso que la mojama (por no tener, no tenía ni nombre para el grupo), se disponía ya a saldar todos los cachivaches que tenía en el garaje y pasar página.


Hay una anécdota muy divertida en relación a la grabación del primer álbum. Para horror de Scholz, la discográfica le dijo que se fuera olvidando de sus maquetas; había que grabar de nuevo las canciones, en un estudio como Dios manda y bajo la dirección de John Boylan, un productor profesional. Pero si ha habido un tío más compulsivamente perfeccionista que Scholtz en el rock, ya sea duro, blando o de yema tostada, yo no me he enterado. Secretamente, Scholz y Boylan llegaron a un acuerdo a espaldas de la compañía: Scholz reconstruiría las cintas nota por nota en su sótano, en tanto que Boylan se llevaba a Delp y los otros a Los Ángeles a grabar un par de temas, para despistar: los emolumentos de la producción, a repartir al cincuenta por ciento. Al final se demostró que como la cocina casera, ninguna. Boston ha sido uno de los discos debut más vendido (según algunas fuentes el más vendido) de la historia del rock, con más de 17 millones de copias.

Os dejo con “A man I’ll never be”. Si tenéis auriculares, usadlos y dadles gas, que la canción lo agradece. Pero como siempre, prudencia en la carretera, que ni siquiera en El Corte Inglés venden tímpanos.

A man I’ll never be / Boston  letra y traducción

Más canciones redondas de Boston:

Tras la publicación de Boston (1976) y Don’t look back (1978), Scholtz se embarcó en un largo contencioso con su representante y la discográfica. Añadid a eso lo pesado que el hombre era ya de por sí y tendréis la explicación de porque no se publicó otro álbum de la banda hasta ocho años después. Para entonces la propuesta ya había perdido mucha chispa, pero no importa: en los dos primeros trabajos hay más materia prima que en toda la discografía de grupos supuestamente de más relumbrón y parecido perfil, llámense Scorpions, Guns’n'Roses o Bon Jovi. ¿Pensáis que me he pasado? Entonces es que no habéis escuchado More than a feeling, Peace of mind o Don’t look back.



El ajedrez: estudio de H. A. Adamson, The Chess Amateur 1924

Tras los fuegos artificiales de las últimas semanas se impone hoy en esta sección algo más sobrio, aunque de categoría. Del autor del estudio, el británico Henry Anthony Adamson (1871-1941), no puedo por desgracia contaros mucho, más allá de lo que T. R. Dawson escribió de él en su obituario en The British Chess Magazine: “un poderoso matemático, tercero de su promoción en Cambridge, y un brillante problemista de ajedrez”.

¿Qué tiene pues de especial, hasta el punto de que no existe ningún ejemplo semejante en toda la historia de la composición?

Su especialidad fue sobre todo el ajedrez de fantasía, lo que nos pilla un poco lejos, pero entre la cuarentena escasa de estudios que compuso hay uno, el que os traigo hoy, que es todo un clásico. Su leitmotiv es el valor relativo del caballo y el alfil. En principio es aproximadamente el mismo, aunque en los finales, sobre todo si hay peones en ambos flancos, el alfil suele ser preferible por dos motivos: su mayor alcance y su flexibilidad. Esto último, en comparación con el rígido movimiento del caballo, puede tener su importancia, pues a veces permite ceder algunos convenientes tiempos que terminan llevando al adversario a una posición de zugzwang.

En el caso que nos ocupa hay peones en las dos alas, el bando del alfil tiene un peón de ventaja y, aun así, pierde la partida. En realidad no es tan sorprendente, porque los peones están bloqueados y ocupan en su mayoría casillas del mismo color que el alfil, limitando su rango. En tales situaciones, la teórica ventaja del alfil sobre el caballo se diluye e incluso, a veces, se revierte. ¿Qué tiene pues de especial, hasta el punto de que, según el experto John Beasley, no existe ningún ejemplo semejante en toda la historia de la composición? Pues para empezar, que la posición se decide por un zugzwang. Pero lo verdaderamente alucinante es que a este desenlace se llega tras una secuencia de movimientos durante la que casi se diría que el caballo ha conseguido hipnotizar al alfil. Y es que este se ve forzado a hacer lo que su antagonista, por sí solo, no puede: perder un tiempo y así ponerse, él mismo, en zugzwang.

Estudio de H. A. Adamson, The Chess Amateur 1924