La música: “Symphony in blue” de Kate Bush

Ha llegado la hora de abordar un asunto espinoso: el de la escasa, por no decir raquítica, presencia de mujeres en este blog. Aunque he intentado discretamente elevar algo la proporción estas últimas semanas, los números cantan; apenas unas cuantas intérpretes y, lo que es peor, ni una sola canción escrita por una mujer.

La razón de esto último es, pura y simplemente, que la oferta de calidad no abunda. Ahora bien ¿por qué las mujeres han compuesto hasta la fecha tan poca música de interés? Obviamente hay un componente cultural de falta de oportunidades que lo explica en buena medida, pero (y vaya charco en el que estoy a punto de meterme) no totalmente.


No se trata de falta de talento, de eso estoy seguro. Quizás sea por el mismo motivo por el que no coleccionan latas de refrescos ni merchandising de Star Wars. La creación artística de altos vuelos, además de talento, demanda un dedicación obsesiva, rayana en lo enfermizo, a despecho de familia, amigos y hasta la salud. Un esfuerzo, a fin de cuentas, invertido en un tarea que en términos digamos “cósmicos” no deja de ser banal. Mi teoría es que las mujeres poseen algún antígeno que las inmuniza casi totalmente frente a semejante rasgo, o más propiamente defecto, de carácter. En los hombres, sin embargo, asoma de tanto en tanto: si quien lo padece es un Pepito Pérez cualquiera, se desahogará amasando reproducciones a escala de Darth Vader y la Estrella de la Muerte; si se llama Nick Drake vivirá mal y acabará peor, la posteridad lo aclamará como un genio incomprendido, y a otra cosa.


El caso de Kate Bush es paradigmático. Siendo apenas una niña grabó una maqueta con algunas de sus canciones (¡doscientas tenía compuestas!). La maqueta llegó a manos de David Gilmour, el guitarrista de Pink Floyd, que quedó tan impresionado que la apadrinó de inmediato. El resultado: un contrato de grabación con la todopoderosa EMI firmado a la ridícula edad de dieciséis años.

Con veinte años ya había publicado dos álbumes excelentes, que además tuvieron muy buenas ventas. Pero los años siguientes su producción se volvió poco o poco más infrecuente, y un buen día desapareció del mapa. ¿Problemas con las drogas, una crisis nerviosa, tal vez fue abducida por una secta? Ni mucho menos. Estaba felizmente casada, tenía un hijo y nulas ínfulas de estrella de rock, y decidió darle al niño una infancia lo más normal posible. En doce años no publicó una sola nueva canción.

Hoy rendiremos homenaje a esta formidable y singular artista, aunque hay un problemilla. Tiene una canción muy por encima de las demás, tan buena como la mejor que hayáis oído en vuestra vida, pero es demasiado famosa: “Wuthering Heights”. (Abro paréntesis. Si no la conocéis, o creéis que no la conocéis, dejad en este instante de leedme y buscadla en YouTube o donde sea. De paso, daos una vuelta por casa y ved si tenéis una copia de la tremenda novela en que está inspirada, Cumbres Borrascosas. La escribió Emily Brontë, otra chiquilla asombrosa, y es un libro idóneo para leerlo junto al fuego o a un brasero estas Navidades. Cierro paréntesis.) Como alternativa he elegido “Symphony in blue”, y estoy seguro de que no os va a defraudar: gran letra y mejor melodía, incluido un pícaro guiño a la anonadante “Gymnopédie no. 1″ de Erik Satie.

Kate Bush tiene garantizada una nota a pie de página en la historia de la música, aunque por potencial tendría que haberle correspondido un capítulo entero. Desgraciadamente decidió disfrutar de la vida y ser feliz. Qué tonta ¿verdad?

Symphony in blue / Kate Bush  letra y traducción

Más canciones memorables de Kate Bush:

Como he dicho antes, los discos de Kate Bush que marcan la diferencia son los dos primeros, The kick inside (donde aparece “Wuthering Heights”) y Lionheart, que se abre con “Symphony in blue”. Son trabajos que se alimentan en gran medida de su cancionero juvenil y muestran a una Kate desbocada, efervescente, desaforadamente romántica y brillantísima. La música, inclasificable, bebe de mil fuentes: hay influencias clásicas, aromas a feéricos bosques celtas, un poso del progresivo entonces todavía en boga… Son discos para escucharlos, y tenerlos, enteros, con piezas tan notables, además de las ya mencionadas, como L’amour looks something like you (The kick inside) y In search of Peter Pan (Lionheart).



La magia ya no es la misma en los trabajos posteriores, que no son ajenos a los desvaríos tecno de los ochenta, aunque todos contienen alguna canción especial. La más notable de este periodo “maduro” es This woman’s work (en The sensual world). Significativamente, habla de lo que pasa por la mente de un hombre mientras su esposa sufre el trance de un parto difícil, donde podrían morir ella y su bebé.

El ajedrez: Polgár-Mamedyarov, Olimpiada de Bled 2002

Seguimos a vueltas con lo mismo, porque lo que he dicho hace un momento también vale para el ajedrez. Más todavía, de hecho, porque hay que contar con una carencia adicional del género femenino: la falta de instinto asesino. Fischer, que ha sido el mayor depredador que ha dado el juego, respondió en una ocasión cuando le preguntaron qué era para él lo mejor del ajedrez: “me gusta el momento en que destruyo el ego de un hombre”; la verdad, cuesta imaginar semejante sobrada piscinera en boca de una señora.

En fin, el caso es que uno revisa los rankings históricos y los datos no pueden ser más contundentes: con una sola excepción, ninguna mujer ha entrado jamás en el top-100. La excepción es la húngara Judit Polgár. Eso sí, menudo pedazo de excepción.


La historia de Judit Polgár y sus hermanas mayores Zsuzsa y Zsófia es de antología. Su padre, un excéntrico pedagogo de nombre László, sostenía la tesis de que los genios no nacen, sino que se hacen, y que cualquier persona con una inteligencia razonable, si era entrenada y motivada del modo adecuado, podía sobresalir en una disciplina escogida de antemano. La disciplina elegida fue el ajedrez y para probar sus teorías no se le ocurrió otra cosa que usar a sus tres hijas como cobayas. En lugar de llevarlas al colegio, él y su esposa las instruyeron en casa, básicamente en matemáticas, idiomas (las tres son políglotas) y por supuesto ajedrez en plan masivo. No hace falta decir lo que opinaban las autoridades comunistas de aquel invento; el pobre László estuvo a punto de ser ingresado (no es broma) en un manicomio.

Pero a pesar de los pesares, la cosa siguió adelante y el heterodoxo experimento proporcionó dos resultados, a cual más sorprendente. El primero es que las chicas salieron normales, en el buen sentido de la palabra: modestas, simpáticas y muy educadas; el segundo es que jugaban estupendamente para su edad, y la pequeña Judit increíblemente bien. Ya habían avisado en algunos torneos anteriores, pero su consagración internacional se produjo en la Olimpiada de Salónica (1988), donde Zsuzsa (19 años), Zsófia (14) y Judit (12) consiguieron el oro en la modalidad femenina para su país. Pero fue sobre todo el mareante desempeño de Judit (12½ puntos de 13 posibles) lo que puso al mundo del ajedrez patas arriba: había nacido una estrella.

No hace falta decir lo que opinaban las autoridades comunistas de aquel invento

A partir de ahí, la locura. Judit empezó a batir records de precocidad, no solo femeninos sino absolutos. Antes de cumplir los 13 era ya la 55 del mundo, muy por encima de la vigente campeona mundial, y tras imponerse invicta en el campeonato de Hungría, donde compitieron prácticamente todos los mejores jugadores del país, consiguió el título de gran maestro con tan solo 15 años y medio. Ningún hombre, ni siquiera Fischer, lo había logrado tan pronto.

1994 me parece el año clave de su carrera. Fue cuando arrasó en el supertorneo de Madrid, donde competían cuatro jugadores entre los diez primeros del mundo, consiguiendo así el más importante, hasta la fecha, de todos sus triunfos. Fue también el año del infame incidente con Kasparov en el torneo de Linares. En el ajedrez rige la norma de “pieza tocada, pieza movida”. Lo que significa esto exactamente es que cuando coges una pieza has de moverla, pero la casilla donde la colocas no queda fijada hasta que la sueltas. En un momento de su partida con Judit, Kasparov cogió su caballo y lo colocó en una casilla equivocada; en la posición resultante la húngara ganaba fácilmente. Tras soltarlo unas décimas de segundo (como las cámaras de televisión demostraron a posteriori) se dio cuenta de su error, lo agarró de nuevo y lo llevó a una casilla segura. Judit se dio cuenta pero no protestó porque “jugaba contra el campeón del mundo y no quería dar un espectáculo en su primera participación en un torneo tan prestigioso”. El ogro de Bakú, por descontado, se calló como un muerto, terminó ganando la partida y le apretó luego las tuercas a los organizadores para que no usaran el vídeo y lo descalificaran. ¿Recordáis lo del “instinto asesino” que decía yo al principio? Aquí tenéis un buen ejemplo.

Pero sobre todo 1994 significó el comienzo del final del sueño, el sueño de ver a una mujer conquistar el título mundial. Los años siguientes Judit siguió codeándose con la élite (su mejor puesto en el ranking ha sido el octavo), pero poco a poco quedó claro que había tocado techo. En 2002, a la avanzada edad de 25 años y recién casada, reconoció en una entrevista que aunque deseaba seguir progresando, no estaba dispuesta a darlo todo por ganar el campeonato: tenía una vida que vivir. En la actualidad, tras una breve retirada por el nacimiento de sus dos niños, sigue en la brecha, gozando de su familia pero dispuesta a cortar cuantas cabelleras masculinas se pongan a tiro. Nunca será campeona mundial, pero es bastante evidente que le importa un pimiento.

Polgár-Mamedyarov, Olimpiada de Bled 2002

Más partidas memorables de Judit Polgár:

Judit Polgár ha sido toda la vida la niña mimada de la afición por dos razones. La primera es la obvia; la segunda su estilo, justamente el opuesto que cabría esperar de una mujer, explosivamente táctico y osado hasta lo temerario. De entre sus grandes partidas de ataque me he quedado con la que jugó contra Mamedyarov en Bled porque es singularmente nítida e instructiva, pero había razones objetivas para elegir cualquiera de estas tres:

  • Shirov-Polgár, Buenos Aires 1994. Los choques de Polgár y Alexei “Fuego en el tablero” Shirov siempre han echado chispas, pero este es seguramente el más incandescente de todos. Burgess, Nunn y Emms, en su libro The mammoth book of the world’s greatest chess games, seleccionaron la partida como una de las cien mejores de todos los tiempos.
  • Polgár-Anand, Dos Hermanas 1999. En mis notas a la partida Polgár-Mamedyarov menciono un comentario de Judit sobre una partida disputada en este torneo de Dos Hermanas de 1999 entre Svidler y Anand. El indio se defendió con la misma variante que posteriormente jugó Mamedyarov, y Judit confiesa la envidia que sintió pensando la que podría haber montado si ella hubiera llevado las blancas. No entiendo tanta saña con el pobre Anand, porque en la primera ronda del torneo ya le había zurrado a base de bien. Es más, Judit considera su ataque en esta partida como el mejor que ha jugado nunca.
  • Polgár-Berkes, Budapest 2003. Esta es grande. Judit tenía el día peleón y sin preparación previa se mete en un lío tremendo que resuelve con una combinación tan ingeniosa como heterodoxa. Šahovski Informator la eligió partida del año.