La música: “Freeway” de Chris Rea

Es una lástima, porque la culpa no es suya, pero hay docenas, acaso centenares de maravillosas canciones, que no tienen la más mínima posibilidad de aparecer en este blog.

Son las que yo llamo canciones de la clase Kiss FM. Canciones como “When a man loves a woman”, “Imagine”, “My way”, “Everybody’s talkin’”, “Wonderful world”, etc. etc. Su problema es que están sobadas, baqueteadas y deslustradas por la sobreexposición, no solo en las radios comerciales, sino en spots publicitarios, películas, noticiarios y cortinillas varias. Es como trabajar frente a la catedral de Burgos, con todo el santo día los clientes recordándote “No se quejará usted ¿eh?, qué vistas…” ¿No terminarías ya empachado de tanta catedral? Pues ese es el tema.


Por supuesto el asunto demanda cierta mano izquierda y, como se dice en el argot legal, in dubio pro reo. En varias de mis entradas he rondado la zona fronteriza de la clase Kiss FM, cosa en el fondo casi inevitable, porque si una canción es verdaderamente excepcional entonces, salvo que nos hayamos vuelto locos todos, una cierta popularidad ha de tener. Pero por mucho que lo intente, no veo modo de salvar de la quema a “On the beach”, una de las canciones veraniegas por excelencia de los años ochenta. Sin ir más lejos, no hace ni un par de semanas que sonó en los altavoces de una terraza donde cenaba con unos familiares.

Lo paradójico del caso es que la canción no es veraniega en absoluto, a menos que entendamos la palabra “verano” en sentido estricto, es decir, la estación del año que acaba el veintitantos de septiembre, y tengamos claro que es de ese verano crepuscular del que estamos hablando. Chris Rea lo explicó en una entrevista años después: “Cuando la gente escucha esas pocas notas iniciales se levanta y grita, y es incómodo. [...] Todos piensan que es una canción de éxito, hurra, hurra, vamos a bailar. Pero en absoluto es esa clase de canción. Es una canción que habla de no estar en la playa y de desear estarlo.”


El equívoco radica en que estamos acostumbrados a una versión ad hoc para la radio, acelerada y extrapercusionada con respecto a la original, la que abre el álbum del mismo nombre. Aquí todo es sutil, pero sustancialmente distinto. Lo primero que oímos es el sonido de unas olas rompiendo que, sin solución de continuidad, son sustituidas por el suave platillo de la batería. Al final las olas regresan y la canción se funde con ellas, dando entrada al siguiente tema, “Little blonde plaits”. Casi todo el disco continúa en una línea introspectiva y melancólica, recordando amores perdidos y ocasiones desperdiciadas, pero hay mucha más serenidad que tristeza en él. La playa tiene sus propios fantasmas y es justo dejarlos regresar a su morada, como a nosotros nos toca venir a la nuestra y seguir con nuestras vidas por donde se quedaron, con la mirada al frente si es posible, porque el pasado no va a volver.


Con especial dedicatoria para mi buen amigo Férez, quien me hizo ver que On the beach no es lo que se supone que es, y con el que he compartido, y seguro seguiré compartiendo en el futuro, memorables charlas sobre música, cine, y todo lo que se presente.

 

Freeway / Chris Rea  letra y traducción

Más canciones redondas de Chris Rea:

Es posible que Rea no tuviese en mente hacer un disco tan equinoccial como el que finalmente le salió. De hecho “Freeway”, que lo resumiría mejor que la propia “On the beach” sin más que cambiar “February” por “September” en el verso inicial, no aparece en la primera edición en vinilo, aunque sí en las posteriores en cedé, y hay dos o tres canciones que no terminan de encajar en su atmósfera. Yo en casa lo he tuneado sustituyendo estos temas por otros de álbumes posteriores que deberían haber estado en este: Josephine y, evidentemente, Looking for the summer y Sweet summer day. Es justo lo que necesita el disco para subir de notable alto a sobresaliente desahogado.

El ajedrez: Kupferstich-Andreassen, Horsens 1953

Al igual que la que vimos hace quince días, la partida de hoy se disputó en 1953, en concreto en el campeonato danés. Es lo único que tienen en común. Si vale el símil cinematográfico, cabría decir que la de Gligorić es ajedrez de autor, al estilo de un Welles, un Fellini o un Kurosawa. La de hoy, por el contrario, conectaría mucho mejor con la filmografía de George A. Romero o Tobe Hooper, porque es puro entretenimiento gore.


La variante Frankestein-Drácula suele ser sinónimo de carnicería en el tablero, y esta no es una excepción. Desde la salida el blanco se lanza como un maniaco a la yugular del rey negro, sin reparar en gastos y sacando a pasear la sierra con una saña propia del mítico Leatherface (prohibido perderse la brutal variante tras la jugada 22). Y cuando al final la desenchufa, no es sino para emparedar al desventurado monarca en un rincón. Hacia allá se desplazará el rey blanco, con sádica parsimonia, para rematarlo con sus propias manos.

Una partida no apta para menores de dieciocho años.

Kupferstich-Andreassen, Horsens 1953