La música: “Concerto op. 9 no. 2 – Adagio” de Tomaso Albinoni

Con la música clásica pasa un poco como con la alimentación. Igual que llamamos danones a los yogures, caseras a las gaseosas y nocillas a las cremas de cacao y avellanas, hay ciertos géneros o formatos que están indeleblemente asociados a un compositor concreto, que tuvo el tino de dar con el ejemplo que la gente de a pie, por abrumadora mayoría, acepta como paradigmático (vamos, el que conoce todo el mundo). El bolero de Ravel. El minueto de Boccherini. La marcha nupcial de Mendelssohn. El canon de Pachelbel.


Y el adagio de Albinoni, por supuesto, lo que me parecería de perlas salvo por un pequeño detalle: no fue compuesto por Albinoni. Pero cuidado, no es el clásico rollo de “músico famoso y rico pero mediocre que vampiriza a un pobre genio que no tiene donde caerse muerto”. Es mucho más surrealista, porque aunque en un cierto sentido hay plagiador y plagiado, el plagiado vivió dos siglos después del plagiador.

La historia arranca al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados arrasan con sus bombardeos la ciudad de Dresde, destruyendo la Biblioteca Estatal de Sajonia y, con ella, un gran número de valiosos documentos, entre ellos diversos manuscritos de Albinoni sin publicar.


Antes de eso, no obstante, algunas de estas obras habían sido catalogadas por un respetado musicólogo italiano llamado Remo Giazotto, autor también de una biografía de Albinoni. En 1958, sensacionalmente, Giazotto registró una composición titulada “Adagio in sol minore per archi e organo, su due spunti tematici e su un basso numerato di Tomaso Albinoni”, publicitándola como una “adaptación” del segundo movimiento de una sonata a trío que supuestamente habría formado parte de la colección de Dresde. Según declaró Giazotto, su reconstrucción se basaba en un fragmento con los pentagramas del bajo y seis compases de la melodía que de algún modo había escapado de la destrucción y que los bibliotecarios de Dresde le habían hecho llegar tras el final de la guerra.

Todo muy romántico, la verdad. En parte por esto, pero sobre todo por su conmovedora belleza, la obra se hizo enseguida muy popular (y eso que entonces no se conocía eso de los videos virales en Internet). Buena prueba de lo que digo es solo cuatro años más tarde ya apareció en la banda sonora de dos películas, una de ellas nada menos que El proceso de Orson Welles.

Aunque en un cierto sentido hay plagiador y plagiado, el plagiado vivió dos siglos después del plagiador

Pero algo no encajaba. Otros musicólogos también habían examinado los papeles de Albinoni antes de los bombardeos y nadie sabía nada de esa presunta sonata; y lo que es peor, desde Dresde llegó un desmentido oficial aclarando que no existía ningún registro del supuesto fragmento, que por otra parte Giazotto nunca exhibió públicamente. Así que al final se concluyó que todo era un hábil montaje publicitario y que el adagio era responsabilidad exclusiva del musicólogo. Pero ahora viene lo mejor: tras su muerte su asistente personal halló entre sus papeles una fotocopia, con remite de Dresde, de los famosos pentagramas perdidos que, bingo, aparecen efectivamente en la partitura del adagio.

De modo que en resumen: Giazotto dijo la verdad desde el principio pero no desmontó las acusaciones de montaje, pudiéndolo haber hecho, quizás por pura vanidad, quizás para reclamar con más autoridad unas inesperadas ganancias por los derechos de autor (bien merecidas, por otro lado, porque gran parte del mérito de la composición es indudablemente suya).

A todo esto, me diréis, ¿existe algún adagio compuesto realmente por Albinoni? Vaya si existen:

(N.B. Oboe: Malcolm Messiter; orquesta: Guildhall Spring Ensemble; dirección: Robert Salter.)

Concerto op. 9 no. 2 – Adagio / Tomaso Albinoni 

Más música redonda de Tomaso Albinoni:

Si os habéis quedado con gana de más, cosa probable, no perdáis la oportunidad de conseguir un estupendo disco titulado Albinoni’s adagios, grabado por I Solisti Venici, que contiene otros 22 adagios del maestro veneciano, a cual mejor. Y sí, el adagio de “Albizotto” también está incluido.

Y ya puestos, dadle una oportunidad a sus espléndidos conciertos para oboe, los primeros publicados en Italia para este instrumento; la composición que acabáis de escuchar pertenece a uno de ello. En el barroco italiano Vivaldi acapara todas las portadas, pero Albinoni no lo desmerece lo más mínimo.

El ajedrez: Anderssen-Zukertort, Barmen 1869

Se podría decir que el ajedrez moderno comienza con el primer torneo internacional de la historia, celebrado en Londres durante la Gran Exposición de 1851. No solo se dieron cita en él algunos de los mejores jugadores de Europa, que se repartieron una bolsa de premios más que notable; también sirvió para unificar las reglas, estandarizar la notación y fijar límites de tiempo para las partidas.


El torneo se saldó con la victoria de uno de los jugadores más espectaculares de siempre y máximo exponente del llamado “ajedrez romántico”, el alemán Adolf Anderssen (1818-1879), y lo consagró como campeón del mundo de facto hasta la irrupción del cometa Morphy en 1858. Tras la prematura retirada de este y su victoria en el torneo de Londres de 1862, Anderssen recuperó la hegemonía por un tiempo, hasta perderla definitivamente tras su match frente a Steinitz en 1866. Su victoria en el torneo de Baden-Baden de 1870, uno de los más fuertes de todos los tiempos (derrotando a Steinitz en las dos partidas que disputaron) fue su canto del cisne.

Es ridículo hablar de Anderssen y no mencionar “La Inmortal” (Anderssen-Kieseritzky, Londres 1851) y “La Siempreviva” (Anderssen-Dufresne, Berlín 1852), posiblemente las dos partidas más famosas de la historia del ajedrez. Sus inolvidables remates seguirán fascinando a los aficionados toda la vida, pero sometidas al severo escrutinio del análisis moderno pierden parte de su chispa, porque no fueron partidas de competición, el tratamiento de las aperturas es bastante superficial y la corrección de las combinaciones es más que discutible.

Y por supuesto la combinación final es antológica, aunque tratándose de Anderssen eso se da por descontado

La partida que disputó con Zukertort en 1869, en el campeonato de Alemania de la Westdeutscher Schachbund (entonces había tres federaciones y cada una organizaba su propio campeonato), es harina de otro costal. Enfrentado a un adversario de primera categoría (años más tarde Zukertort disputaría con Steinitz el primer campeonato del mundo oficial), Anderssen jugó de forma arriesgada, es cierto, pero con una profundidad y solvencia que firmaría cualquier actual top-ten. Y por supuesto la combinación final es antológica, aunque tratándose de Anderssen eso se da por descontado.

Anderssen-Zukertort, Barmen 1869

Más partidas memorables de Adolf Anderssen:

Anderssen nos tiene tan malacostumbrados que si una partida suya no incluye algún sacrificio grandilocuente, de dama a poder ser, parece que nos sabe a poco. Estas, desde luego, no os van a defraudar: Anderssen-Suhle, 1860, y Rosanes-Anderssen, 1862 y 1863. Todas ellas se disputaron en Breslavia (hoy Wrocław), la ciudad natal de Anderssen, en cuyo instituto trabajaba como profesor de matemáticas y alemán y donde pasó toda su vida.

Uno se pregunta cómo es posible que un personaje de perfil tan prosaico mutara en semejante fiera desatada cuando se sentaba frente a un tablero. Algún retorcido me dirá que precisamente por eso, pero en realidad Anderssen desarrolló su volcánica capacidad para la combinación a base de codos. Resulta que sus primeros pasos en el ajedrez los dio como compositor, consiguiendo cierto renombre con una colección de 60 problemas que publicó en 1842. Vistos hoy resultan un tanto cándidos, porque si la teoría ajedrecista daba entonces su primeros pasos, la de la composición ni os cuento, pero rebosan sacrificios y golpes espectaculares. Si ya lo decía Edison: “El genio es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración”.