La música: “Alone again (naturally)” de Gilbert O’Sullivan

El dato es escalofriante: cada día que pasa perdemos 200000 neuronas. Hace poco he cumplido años, con lo que me acerco peligrosamente a la inquietante frontera del medio siglo, así que disculpad que me haya puesto algo morboso.


Bien, haré un esfuerzo por retrasar la inevitable erosión de algunas de ellas ejercitando la memoria. Por ejemplo, recordando la música que les gustaba a nuestras madres cuando yo era un crío. Karina, Danny Daniel, Juan y Junior, Salomé, Massiel… Jesús, qué momias. Los jóvenes teníamos un nombre para este tipo de artistas: carrozas. (Unos años después, con el advenimiento del pop quinceañero y besucón de finales de los setenta y principios de los ochenta, ya sabéis, Miguelito Bosé, Los Pecos, Iván y otros tantos guaperas, se hizo imprescindible acuñar un adjetivo más contundente, y es cuando apareció lo de hortera. Conviene recordar que hubo avispados que evolucionaron de carrozas a horteras con la mayor naturalidad. El paradigma es indiscutiblemente Georgie Dann; el día que escriban en Wikipedia una entrada para la palabra “hortera” pondrán seguro su foto.)

En un blog tan serio como el mío no pueden tener cabida estos camándulas, pero el pop carrozón británico es otra cosa. No el pop carrozón británico en general, por supuesto. Después de todo estamos hablando del vivero del que se abastecía Eurovisión, de la música que oían las marujas en las peluquerías londinenses, las mismas que opinaban que los Beatles eran unos melenudos chillones y los Rolling Stones, directamente, unos anticristos. No obstante, en este dudoso vergel se oculta al menos una canción excepcional: “Alone again (naturally)” de Gilbert O’Sullivan.


Igual que cuando uno se pone unas gafas viejas cuya graduación no es la que le corresponde, todo lo relacionado con este hombre y esta canción es un poco raro, como desenfocado. La pinta del personaje, como si fuera un desarrapado de los tiempos de la Gran Depresión, ya es de por sí chocante. La gorra, por cierto, no pretendía disimular una incipiente alopecia, porque más o menos en la época en que publicó “Alone again”, 1971, cambió de look (no sé si a mejor) apostando por un tremendo cardado y unas sudaderas estampadas con una “G” no menos tremenda. Con respecto a su música en general, con decir que es artista de culto en Japón está todo dicho.

Los jóvenes teníamos un nombre para este tipo de artistas: carrozas

Ahora vamos a la canción en sí. Para empezar, lo de añadir un comentario entre paréntesis al título ya es extravagante. Por no hablar de la letra: ¿es de esas medio en broma medio en serio, o mortalmente seria? Imposible saberlo. Finalmente la melodía y su sorprendente progresión de acordes, que así, como al despiste, se va haciendo más y más compleja. Lo más chocante de todo es lo bien que suena (naturalmente).

Alone again (naturally) / Gilbert O’Sullivan  letra y traducción

El ajedrez: Johner-Nimzowitsch, Dresde 1926

No sé si Aron Nimzowitsch (1886-1935, letón, nacionalizado danés) es el teórico más importante que ha dado el noble juego. Si no, es desde luego uno de los principales, y sin duda el más polémico y heterodoxo; de sobra son conocidas sus broncas con el acérrimo defensor de la escuela clásica, Siegbert Tarrasch.

Un tipo heterodoxo, también, en la vida real. Se libró por loco de que lo alistaran para combatir en la revolución rusa afirmando que tenía una mosca dentro de la cabeza. Otra de sus manías era que se le infravaloraba por pura malicia, y no solo en el ajedrez; por ejemplo, cuando cenaba con alguien en un restaurante siempre se quejaba de que a él le tocaba la ración más pequeña.


Más allá de lo que otros pudieran pensar de él, lo cierto es que Nimzowitsch defendió sobre el tablero sus revolucionarias ideas con notable éxito y durante el periodo 1925-1930 fue seguramente el tercer mejor ajedrecista del mundo, tras los intocables Alekhine y Capablanca. Prueba de ello son sus primeros premios en los torneos de Dresde (1926) y Karlovy Vary (1929), superando al ruso en el primero y al cubano en el segundo.

Uno de los nuevos y más característicos conceptos introducidos por Nimzowitsch es el de bloqueo, que se resume en su principal máxima ajedrecística: ¡Primero restringir, luego bloquear, finalmente atacar! Para entender bien qué es esto del bloqueo lo mejor es ver su superclásica partida contra Paul Johner del mencionado torneo de Dresde, que podéis disfrutar con los característicamente sobrados comentarios del ganador. Johner no era a priori un adversario fácil (ganó o compartió el primer puesto en el campeonato de Suiza en seis ocasiones) pero en manos de Nimzowitsch parece un pipiolo.

Johner-Nimzowitsch, Dresde 1926

Más partidas memorables de Aron Nimzowitsch:

Por alguna razón, cuando pienso en Nimzowitsch suele venirme a la cabeza Hércules Poirot, el inolvidable detective belga inventado por Agatha Christie: refinado, extravagante, incomprensible a menudo e insoportablemente agudo. Partidas como Nimzowitsch-Hakansson, Kristianstad 1922, Sämisch-Nimzowitsch, Copenhague 1923 (la famosa “Inmortal del zugzwang“) o Mattison-Nimzowitsch, Karlovy Vary 1929, son prueba fehaciente de su originalísimo talento, y hay muchas más por disfrutar en sus libros. Resalto esto último porque ya habéis visto que los comentarios del danés no suelen tener desperdicio; y si el ordenador no está de acuerdo con ellos, ¡qué demonios!, siempre podéis apagarlo.