La música: “Scarborough fair / Canticle” de Simon & Garfunkel

Ah, qué modos tan caprichosos tienen las musas de repartir la inspiración. A veces, como el caso de A smooth one, aparecen sin que nadie las espere. Otras, incluso en sueños. Un ejemplo muy famoso es el riff de “(I can’t get no) Satisfaction”. Una noche Keith Richards se despertó de repente con los acordes zumbándole en la cabeza, los grabó medio atontado en un casete que tenía a mano y siguió durmiendo. En otra ocasión Paul McCartney soñó con una melodía espectacular. La llamó provisionalmente “Scrambled eggs” en honor a los huevos revueltos que se zampó por la mañana y durante el mes siguiente se la tarareó a todo el mundo, incrédulo, hasta convencerse de que no había permanecido agazapada en su memoria tras haberla oído antes por ahí. La canción terminó titulándose “Yesterday”.

Se trata, no obstante, de historias excepcionales que han sucedido a gente excepcional. Una buena canción, como una buena estatua, requiere por lo general su tiempo: hay que desbastar el material en bruto, cincelarlo luego para aproximarlo a la forma buscada, alisar las aristas rebeldes y por fin pulirlo con mimo.

…de acuerdo con cierta tradición pagana, tales eran los ingredientes para preparar una eficaz pócima de amor

Aunque si atendemos a los cuatro siglos que hicieron falta para rematarla y la cantidad de gente que intervino en su desarrollo, “Scarborough fair”, más que una escultura, es una catedral. Sus orígenes se remontan a “The elfin knight”, una oscura balada escocesa de 1670, si no antes, en la que una doncella se libra de ser raptada por un elfo a base de ir planteándole diversas tareas imposibles. (En “Scarborough fair” el elfo pasa a ser un amante desairado que pide a su interlocutor, de camino a la feria de Scarborough, que haga una visita a una antigua novia y le encomiende trabajos a cual más absurdo; cuando los haga creerá de nuevo en su amor. A veces la canción se interpreta a dúo, con la mujer proponiendo a su vez al hombre una lista de encargos tan irrealizables como los otros.)

Con el tiempo la letra evolucionó y fueron apareciendo distintas versiones; hacia finales del dieciocho había docenas de ellas. Se piensa que las alusiones a la feria de Scarborough y el famoso estribillo “perejil, salvia, romero y tomillo” se incorporaron en el XIX. Sobre el significado de este último hay interpretaciones para todos los gustos, la más bonita la que afirma que, de acuerdo con cierta tradición pagana, tales eran los ingredientes para preparar una eficaz pócima de amor.


Llegamos así, entre unas cosas y otras, a 1916, momento en que el experto folclorista Cecil Sharp (el caballero de la derecha) incluye una partitura de la canción en su recopilación One hundred English folk songs, tras el cual parece haber dormido el sueño de los justos una larga temporada. (Según la Wikipedia la canción se escucha en la banda sonora de El hombre atrapado, una insufrible película de Fritz Lang de 1941, pero tras haber desperdiciado dos horas de mi vida viéndola puedo dar fe de que eso no es cierto. Por cierto, y paradójicamente, el libro en que se basa la cinta, Animal acorralado de Geoffrey Household, es uno de los más entretenidos que he leído jamás.) Tras la guerra, Ewan MacColl, un actor, compositor, poeta, activista de izquierdas y no sé cuantas cosas más (hasta desertor), prueba suerte como intérprete folk y rebuscando entre los archivos tropieza con “Scarborough fair”, que pasa a formar parte de su cancionero. De aquí fue donde la sacó a principios de los sesenta Martin Carthy, un joven cantante que tuvo el tino de adornarla con un nuevo y sugerente arreglo para guitarra.

Es en este momento cuando entra en escena Paul Simon, que en 1965 andaba buscándose la vida en el circuito folk de Inglaterra, ya que Wednesday morning, 3 A.M., el disco que había grabado con su amigo Art Garfunkel el año anterior, había sido un fracaso estrepitoso y el dúo se había disuelto. Al poco de escuchar la versión de Carthy, Simon recibe un notición. Tom Wilson, el productor del álbum, había tenido la ocurrencia (sin contar con nadie) de electrificar una de las canciones, “The sound of silence”, y la nueva versión estaba teniendo un éxito arrollador. (Wilson sabía muy bien lo que se hacía, dicho sea de paso, pues acababa de dirigir las memorables sesiones de grabación de “Like a rolling stone”, la canción con la que Bob Dylan cambió la historia del folk.) Simon regresa a toda prisa a Estados Unidos y el dúo reanuda su corta pero deslumbrante carrera.

Simon y Garfunkel deciden incluir la canción, tal como Simon se la había oído a Carthy, en su disco de 1966 significativamente titulado Parsley, sage, rosemary and thyme, pero entonces Garfunkel tiene una inspiración genial: añadir en contrapunto una segunda melodía. La melodía en cuestión, “Canticle”, era su reescritura de “The side of a hill”, un tema antibelicista que Simon había compuesto durante su etapa británica. Este es el insólito collage que estáis a punto de escuchar.


Hay algo atávico tanto en la letra como la música de “Scarborough fair”, profundo, verdadero en suma. Algo que nos habla de tiempos en los que la vida era más corta y más dura, y por eso mismo más intensa. Tiempos en los que el pan sabía a leña, la palabra de un hombre era ley y las puertas estaban abiertas, quizás porque había más dolor que dicha para compartir. Observo con cierta desazón que hoy me ha salido la entrada más larga de todas las que he escrito hasta la fecha, cuando tal vez sea la que menos palabras requería: “Scarborough fair” se defiende sola.

P.S. Para que disfrutéis la canción como se merece he incluido, además de su letra en dos colores para que identifiquéis sin problemas ambas partes, una versión completa de las varias que existen de “Scarborough Fair” —la de Simon & Garfunkel solo contiene unas pocas estrofas—, así como la letra de “The side of a hill”.

Scarborough fair – Canticle / Simon & Garfunkel  letra y traducción

Scarborough fair (letra y traducción)
The side of a hill (letra y traducción)

Más canciones redondas de Simon & Garfunkel:

El dúo se separó definitivamente en 1970 con apenas cinco álbumes publicados, pero hay que ver lo que dieron de sí. Como recordaréis bien los de mi quinta, algunas de sus canciones fueron fijas durante años en acampadas, fiestas playeras a la luz de la luna, romerías y eventos campestres semejantes. ¡Si hasta en las misas de los sábados por la tarde se cantaba el padrenuestro con la música de “The sound of silence”! Probablemente sea por hartazgo de tanto oírlas, pero prefiero las siguientes a ese puñado que conoce todo el mundo:

  • ¿Necesitáis una canción para subir el ánimo, con la de chuzos de punta que están cayendo? Olvidaos de “Don’t worry be happy”, que está ya más que sobada, sobre todo desde que la usaron en el anuncio aquel de compresas, y escuchad The 59th Street Bridge song (Feelin’ groovy). Una razón más, si es que hacía falta otra, para añadir Parsley, sage, rosemary and thyme a vuestra colección de discos.
  • The only living boy in New York es una canción muy representativa de su magnum opus y último disco, el requetesuperventas Bridge over troubled water. Simon (el autor único de prácticamente todo el catálogo del dúo) la compuso mientras Garfunkel estaba en México rodando la película Trampa 22. La pareja tenía los días contados porque, sencillamente, a una persona con las inquietudes intelectuales de Garfunkel (durante un tiempo llegó a compatibilizar su trabajo en el dúo con estudios de doctorado en Matemáticas) el papel de comparsa de un músico tan dotado como Simon se le quedaba pequeño. Una preciosa, amable y positiva canción de despedida a un amigo.
  • Song for the asking. El epílogo de Bridge over troubled water, que es lo mismo que decir que el de Simon & Garfunkel. En una entrevista reciente, Garfunkel declaró no entender por qué esta canción no había sido versionada tantas veces como otras más populares de Simon, ya que era “su canción de amor más dulce”. Amén a eso.

El ajedrez: estudio de M. Liburkin, Shakhmaty v SSSR 1938


Hoy es el turno del gran Mark Savielevich Liburkin (1910-1953), el llamado “poeta del ajedrez”. Contable de profesión, llegó a ser jefe de contabilidad de una gran empresa moscovita, siendo incluso condecorado como “trabajador socialista” ejemplar. Quizás por esto, y desde luego por su prematuro fallecimiento, no publicó demasiado, poco más de un centenar de estudios, pero muchos de ellos son de una elegancia notable, limpios en extremo y muy originales. El cénit de su carrera fue sin duda su doble victoria en el campeonato soviético de composición.

Ha costado elegir, porque tiene cuatro o cinco estudios que son auténticas obras de arte, pero al final me he decantado por uno que apareció en la legendaria revista de ajedrez soviética Shakhmaty v SSSR (de cuya sección de estudios fue editor unos años) porque puede que sea el que mejor ilustra esa pureza de estilo a la que antes me refería. Si hubiera que ponerle un título, “Geometría y danza” le iría que ni pintado.

Estudio de M. Liburkin, Shakhmaty v SSSR 1938

Más estudios memorables de Mark Liburkin:

Tres de esas obras maestras a las que aludía antes son las publicadas en:

  • Vechernyaya Moskva, 1932. ¿Qué decir de esta hermosura? ¿Que, por ejemplo, incluye a la vez subpromociones de alfil, torre y caballo? El asunto este de las múltiples subpromociones es demasiado jugoso para despacharlo en una nota a pie de página y lo trataremos en el blog a su debido tiempo, pero los impacientes pueden ir empezando por aquí.
  • 64, 1935. Dos peones negros en séptima y protegidos por el rey no son suficientes para salvar la partida, y eso que uno de ellos corona. El epílogo, con el blanco dándole a su adversario el oxígeno justo para no ahogarse mientras teje su red de mate, es inolvidable.
  • Shakhmaty v SSSR, 1939. Otra de sus producciones más aseadas, tanto en lo concerniente a la posición de partida como al juego posterior. Alfil y caballo ganan el duelo a una dama, y no de cualquier manera: ¡sacrificando el alfil!